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Azotes en el matrimonio

Cuando de pequeños se recibe la amenaza de un azote, desde luego, la idea no resulta nada placentera. Ya desde la infancia se aprende a identificar el concepto del azote con castigo y dolor. Sin embargo, al crecer, el azote se convierte en una de las fantasías sexuales más comunes.

Bien sea darlos, con la pareja sobre las rodillas, o recibirlos, exponiendo las nalgas sin vergüenza, o más comúnmente repartir algún azote al azar en el momento de la penetración, parece que el azote es también sinónimo del placer, y no solo de dolor. ¿Por qué?

En realidad, la explicación es más bien científica, y parece tener que ver con la relación cerebral entre el placer y el dolor. Así lo afirmaba, entre otros, Barry Komisaruk, investigador de la Universidad de Rutgers, en Nueva Jersey, que declaraba que hay una relación fundamental entre las vías del dolor y las del orgasmo. Sirva como ejemplo la cara que ponemos cuando nos damos un golpe en el dedo meñique del pie: ¿acaso no se parece bastante a la del orgasmo?

De hecho, una de las principales conexiones es la liberación de dopamina, el neurotransmisor que determina la manera en que el cerebro reacciona ante estímulos y situaciones como el dolor o el placer.

El placer y el dolor del azote

Más allá de esta curiosa relación, cabe preguntarse por qué esta práctica se focaliza precisamente en el trasero, y de esta forma concreta. Óscar Ferrani, asesor de sexualidad en Amantis, aporta que el azote conlleva una serie de respuestas físicas que pueden influir en la experiencia sexual.

«Un azote o una serie de azotes bien articulados aumentan la circulación sanguínea, modulan el ritmo respiratorio, facilitan desfocalizar la atención consciente de nuestra respuesta puramente genital e intensifican la acción de nuestros sentidos, incluso más allá del tacto».

A todos estos factores, el experto añade que también se ha de tener en cuenta que «existen muchas terminaciones nerviosas compartidas entre, por ejemplo, los glúteos y los genitales», todo lo cual convierte al azote en una práctica sexual que cobra mucho más sentido.

Desde un punto de vista más psicológico, también cabe señalar que «todos los factores fisiológicos se ven afectados por nuestro estado mental». En este sentido, este tipo de prácticas sexuales también se relacionan con «abandonarse a determinados roles predeterminados, cuestionar patrones de conducta establecidos, ampliar nuestros límites sensoriales, el contexto de máxima confianza…», y con todo aquello que nos da morbo.

En definitiva, «un excelente coctel psicológico que hace que cada vez más personas disfruten estas prácticas a unos u otros niveles de complejidad».

Además, aunque en el imaginario colectivo los azotes se relacionen con una mujer vestida de colegiala, la realidad es que el placer no distingue entre sexos. Es decir, que hombres y mujeres pueden dar tanto como recibir. Así, el experto matiza que «aunque las diferencias anatómicas, como la forma de acumular grasas en los glúteos y muslos, pueden requerir pautas, posturas o herramientas diferentes, los principios son los mismos, más allá de estereotipos sociales».

No todos los azotes son iguales

Más allá de la explicación de por qué un azote puede ser placentero, siempre teniendo en cuenta la experiencia subjetiva de cada persona, también es importante aclarar que no todos los azotes son iguales ni surten el mismo efecto. En palabras de Ferrani, «cualquier forma de estimulación sexual física tiene unas pautas, ritmos y maniobras asociadas».

En este sentido, la idea inicial siempre será la de azotar con la palma de la mano, pero si queremos ampliar el repertorio, existen diversas herramientas que pueden mejorar notablemente la experiencia. Es decir, palas de azote, fustas con lengüetas, azotadores de tiras, varillas de avellano y un largo etcétera. Todas ellas pensadas para que la sensación que provoquen sea diferente.

Igualmente, no solo puede variar la forma, intensidad, ritmo o herramienta con la que se azote, sino que el propio contexto también condicionará bastante la experiencia. «Podemos azotarnos como práctica sexual en sí para alcanzar el éxtasis, para intensificar la percepción de otros estímulos en paralelo o para activar la respuesta orgásmica», expone Ferrani.

Respecto a esta última, la idea es tan sencilla como que si se está demasiado obsesionado en la búsqueda del orgasmo, y por eso este no llega, precisamente el azote actúa como despiste, ayudando a desbloquearnos.

De ‘amateur’ a experto

El spanking, o el arte de azotar, tradicionalmente se entendía como el propio castigo de pegar a alguien en sus nalgas con la mano abierta, e incluso como una forma de violencia doméstica y dominación de los maridos hacia sus mujeres en el siglo pasado. Algo que, de hecho, se llegó a popularizar en las escenas del cine clásico de los años 50 en Hollywood.

Actualmente, alejado de estos orígenes truculentos, el spanking es la técnica que busca proporcionar más placer o dolor durante el acto de azotar, pensado sobre todo en un contexto sexual. Por lo tanto, se trata de un arte que necesita un aprendizaje tanto teórico, como práctico. Las diferencias respecto a un azote amateur, según Ferrani, «son las mismas que entre las melodías de un aficionado a la guitarra y las un Paco de Lucía calentando antes de un concierto», por poner un ejemplo muy claro.

Pese a ello, el experto insiste en que, aunque esté bien probar y experimentar, siempre hay que tener en cuenta que este debe ser un juego consensuado –preguntar antes de azotar– y que resulte divertido para todos, por lo que nunca se debe «convertir la práctica en un intercambio de poderes o cesiones, para solucionar discrepancias fuera de la experiencia sexual».

Para asegurarse de que todo va como debe, otro consejo fundamental es «acordar una palabra de seguridad en prácticas más severas, que indique que se desea parar inmediatamente». Porque como concluye el experto en sexualidad, en esta y otras prácticas sexuales es mucho más fácil dejarse llevar y disfrutar «si se ha establecido una relación de confianza absoluta».

Azotes en el culo: ¿morbo, masoquismo, sumisión, placer o todo a la vez?

Son muchas las personas, hombres y mujeres, que se excitan recibiendo o dando azotes a la pareja.

Muchos lo afrontan como un juego: «Te has portado mal y debo castigarte», excusándose para propinar las cachetadas. A multitud de personas les parece algo raro pero también es mucha la gente que siente un escalofrío que les recorre de arriba a abajo y les pone a mil. Saber que tu pareja tiene el poder de hacerte eso y… que no harás nada para detenerlo: excita.

A muchas parejas lo que les procura el morbo es que se cree un guión: “soy una niña mala y mi hombre me castiga doblada sobre sus rodillas, con el tanga bajado y la falda levantada. Que ella se vista de colegiala y él de profesor. Ella de secretaria y él de jefazo…” Se trata de meterse en una película y de dejar volar la imaginación. El sexo siempre tiene que ser imaginativo y si encima lo hacemos divertido, ¿qué más podemos pedir? Los azotes, por favor, que no lleven a heridas ni cosas raras; sólo que duela un poquito pero sin exceso. Tenemos que saber compensar el castigo con el placer.

También hay gente que utiliza esta práctica como una manera de sentirte sumisa o como una forma de “liberarse”.

También hay parejas que aprovechan estas prácticas para cambiar los papeles y buscan el morbo vistiéndose él de mujer y ella de hombre y cambiando los roles por un día…

Lo cierto es que hay que probar todo en el sexo, si no lo probamos no podemos decir que no nos gusta… Como con los niños unos azotes bien dados y a tiempo quitan muchas tonterías.

“Dame duro papi, que me vengo” ¡Como me gusta escuchar esa frase!

Doctor Orgamus.

Azotes a las mujeres para que rejuvenezcan, la tradición más llamativa de la Pascua checa

Foto: Ondřej Tomšů La época primaveral fue desde siempre la más rica en lo que se refiere a las fiestas y tradiciones, sobre todo si hablamos de la Pascua. Esta celebración tiene en la República Checa un sabor especial, ya que además de ser la más importante para los cristianos, en nuestro territorio se han mantenido algunas tradiciones que tienen sus raíces en la época precristiana, y no se practican en otras partes del mundo con excepción de Eslovaquia.

La tradición que más atención suscita sobre todo entre los extranjeros es la de azotar a las mujeres con una vara hecha a mano con ramas de sauce. Se trata de una celebración que se practica durante la mañana del lunes de Pascua. Los varones tienen que trenzar la llamada »pomlázka» con varas de sauce entrelazadas. Luego forman grupos de varias personas que van de puerta a puerta por las casas del pueblo.

Las mujeres abren la puerta, y los señores se ponen a cantar unas rimas tradicionales para la ocasión mientras azotan en el trasero a damas y muchachas con sus varas. A cambio reciben huevos, los niños dulces, y los adultos frecuentemente un vaso de alguna bebida alcohólica. Las señoras por su parte pueden también decorar el látigo con cintas coloridas. Solía ser tradición que las mujeres añadieran sus propias cintas para que el látigo mostrara cuántas mujeres el hombre en cuestión ya había visitado. Así los grupos siguen visitando las casas hasta el mediodía.

Las raíces de esta costumbre llegan hasta los tiempos paganos, y se practica solo en Chequia y Eslovaquia. Según nos cuenta la etnóloga del Museo Nacional, Daniela Záveská, nuestros antepasados creían que las varas de sauce frescas daban a las mujeres buena salud, belleza, fertilidad y vitalidad.

“Entre los investigadores no hay un acuerdo total. Sin embargo, la teoría más general y aceptada dice que los azotes tienen como propósito el rejuvenecimiento. Podemos explicarlo de la siguiente manera. Las varas frescas de sauce entrelazadas tenían un poder mágico. Al tocar el trasero de la mujer se transmite el poder de la vara fresca a la señora o a la muchacha. La gente creía que ayudaba para no tener mucha pereza y para no envejecer».

Originalmente la gente se azotaba entre sí. El señor de la casa empezaba con su esposa y sus hijos y luego ellos lo azotaban a él.

Lenka Volková, foto: Ondřej TomšůLa costumbre se registra desde la Edad Media y puede llegar a cambiar en las diferentes regiones. No es lo mismo en la ciudad que en el campo, y también hay diferencias entre las regiones del este y el oeste.

En algunas partes no se azota nada, y en vez de esto la gente se tira agua. Sin embargo, el uso del agua se limita a las regiones del norte de Moravia, Silesia, y las regiones fronterizas con Eslovaquia. En otras regiones las chicas tienen su venganza el martes, cuando les llega su turno con la vara, mientras que en otras zonas devuelven el rejuvenecimiento con un cubo de agua helada. Záveská del Museo Nacional explica algunos detalles.

»Por ejemplo hay regiones, donde no registramos la costumbre de azotar. Se trata de zonas en el sur de Bohemia. No disponemos de materiales que describan esta costumbre durante todo el siglo XIX. No sé exactamente cómo es la situación de hoy, pero antes los muchachos buscaban los huevos sin azotar a las muchachas. El agua puede ser una alternativa a los azotes, y en algunas regiones se practica junto con esta costumbre».

Záveská continúa explicando la diferencia entre las ciudades grandes y los pueblos.

»En las ciudades grandes, las tradiciones en general no son tan fuertes, porque la gente no tiene tanto contacto con sus vecinos. Sin embargo, en las ciudades pequeñas y en los pueblos se mantienen todavía, y por supuesto las regiones de Moravia son las más fuertes en este sentido».

Los azotes impactan a los extranjeros

La costumbre de azotar a las muchachas y a las señoras siempre llama la atención de los extranjeros, que nunca han visto algo similar en sus países. Conversamos con varias personas de diferentes nacionalidades que nos hablaron sobre sus experiencias e impresiones.

Foto: Klára Stejskalová Saskia es una joven de Alemania. Llegó a la República Checa hace unas semanas, y nunca había visto esta costumbre. En su opinión, es una tradición de otros tiempos, y no le hace mucha gracia.

»Lo veo por la primera vez y bueno, me parece bastante horrible. No me parece bien que los hombres azoten a las mujeres, y que ellas deban agradecérselo e incluso regalarles algo a cambio. No creo que sea una costumbre muy bonita. En mi opinión esto no tiene mucho que ver con el mundo contemporáneo en que el vivimos. Incluso para los hombres tiene que ser raro. Creo que si lo intentaran en Alemania, tendrían un problema serio. A lo mejor si uno lo ve por primera vez, le da risa, pero si uno se lo piensa, no tiene mucho encanto. En Alemania, el lunes de Pascua no hacemos nada de esto».

Igual que Saskia, también Meltem de Turquía nunca había visto nada similar.

“A mí me parece bastante interesante. Creo que la generación de los jóvenes no piensa que esté bien azotar a la mujer. Pero supongo que en el pasado, la gente pensaba que podría ayudar a la mujer para que fuera sana y tal. Creo que estas tradiciones están relacionadas con cosas buenas. Entonces sobre todo me parece interesante».

Anton de Rusia, que vive en la República Checa ya desde hace varios años sostiene que es una tradición bonita. Nos explica cómo llegó a conocerla.

»En cuanto a la tradición de los azotes, eso fue un gran choque. Los padres de mi esposa viven en un pueblo moravo, y por allí es bastante fuerte hasta hoy en día. Yo no lo conocía para nada, y de repente me dieron la vara y me mandaron azotar a las señoras. Decían que me lo agradecerían y que estarían felices. Yo me preguntaba que por qué debería hacerlo. Mientras que Anton tuvo que acostumbrarse a participar por su familia checa, a Pierre de Francia no le gusta nada esta tradición, y su novia se lo agradece. Tardaron mucho en explicármelo. Para mí era algo completamente nuevo y no lo entendía mucho. Además querían que cantara algo, y que les pidiera los huevos y cintas de colores. Y había que participar, me obligaron. Encima en aquella época todavía vivía la abuelita del sur de Moravia, y esta quería que viniera para azotarla muy fuerte. Cuanto más fuerte, más sana sería. Tenía unos 80 años y lo disfrutaba mucho».

Strahinja Bucan, foto: archivo de ČRo Mientras que Anton tuvo que acostumbrarse a participar por su familia checa, a Pierre de Francia no le gusta nada esta tradición, y su novia se lo agradece.

No participo en la celebración de la Pascua ni en la República Checa, ni en Francia. Pero bueno, aquí en Praga me parece que igual no es muy fuerte, he visto solo un par de niños. La tradición me la explicó mi novia, y ella no tiene muy buena experiencia con esto. Cuando era pequeña, tenía miedo de salir de casa el lunes de Pascua. Yo me considero feminista y no puedo llegar a comprender por qué hay que pegar a las mujeres. Comprendo que es una tradición, y tal vez sea como la corrida de toros española, estoy en contra, pero de una cierta manera respeto que la gente lo hace”.

Hablamos también con Strahinja, cuya familia viene del este de Croacia, pero creció en Alemania. Ahora vive en Chequia junto con su familia checa y la Pascua en su casa es una mezcla de tradiciones de varios países, explica.

“Celebramos la Pascua todos los años. En nuestra casa se suele hacer una mezcla de tradiciones, porque yo crecí en Alemania, pero en una familia de Yugoslavia. Entonces tenemos la típica ensalada pascual del este de Croacia, y al mismo tiempo el pan de Pascua checo. En cuanto a la costumbre de los azotes, hasta ahora no he tenido la oportunidad de participar en ningún pueblo de las regiones donde se practica de forma más tradicional. Sin embargo, en mi casa lo hacemos. No preparamos la vara a mano, sino que la compramos en algún mercado. A mí me parece más bien divertido, no creo que sea algo horroroso. Ni la esposa ni su madre se quejan. Pues creo que no hay problema. Los muchachos no pegan muy fuerte, entonces es más bien simbólico. De todas maneras creo que hay gente que diría que se trata de una costumbre arcaica y patriarcal, y que no tiene nada que ver con el siglo XXI”.

Una excusa para beber y relacionarse

Anton Kaimakov, foto: Khalil Baalbaki, ČRo Según Anton de Rusia, la costumbre de los azotes podría tener bastante éxito en su país. Anton sabe que en los pueblos los hombres no reciben solamente huevos, sino también un vasito de alcohol y esto les gustaría a sus amigos de Rusia, comentó.

“Si les explicaría a algunos de mis amigos la base de la tradición, que tienen que hacer, y sobre todo qué van a recibir, les gustaría bastante. Es que lo de los niños, dulces y huevos es una parte de la tradición. Pero la verdad que en aquellos pueblos los hombres más bien quieren beber un trago, no les importan las cintas de colores ni los huevos. Además es una buena oportunidad para abrazar y besar a las señoras, y eso les gustaría a mis amigos”.

Y como Anton es bastante conocedor de la historia, añade que hay que verlo en un contexto histórico más amplio, porque en el pasado, la costumbre era una de las pocas oportunidades en la que los hombres jóvenes podían llegar a tener algún contacto con las muchachas del pueblo.

»Esto no lo podemos olvidar. En realidad era una oportunidad para aproximarse a las muchachas. Era la única ocasión en la que podían abrazarlas de manera legal. Una vez vi una exposición fotográfica donde se exponían las fotos de principio del siglo XX. Había fotos muy bonitas de la región del sur de Moravia en las que se veía a los jóvenes corriendo detrás de las muchachas, y estas al escapar tenían que levantarse un poquito las faldas. Me perdonan, pero nunca en mi vida había visto algo tan erótico. Las piernas descubiertas era lo más erótico de aquella época. Allí me di cuenta de este aspecto de la costumbre”.

La opinión de Anton corresponde con lo que nos cuenta la etnóloga del Museo Nacional, Daniela Záveská.

»En el pasado era una oportunidad para que se puedan aproximar dos personas que se querían. Si un muchacho se mostraba interesado en casarse con alguien, durante el año había un par de ocasiones en las que podían regalarse cosas, y la Pascua era exactamente una de estas oportunidades en las que podían expresar sus sentimientos».

Foto: Ondřej Tomšů Sin embargo, los jóvenes de hoy en día ya disponen de otras oportunidades para encontrarse o regalarse cosas y la tradición en sus formas más originales se mantiene sobre todo en los pueblos. En las ciudades pequeñas participan sobre todo los niños, que aprovechan la ocasión para pedir dulces a sus vecinas.

Muchas veces acontece que los más atrevidos tocan las puertas de personas que no conocen nada, y esto puede llevar a situaciones poco agradables. Nos cuenta una joven checa Eliška.

»Yo prefiero no participar en estas celebraciones y les voy a explicar por qué. La tradición, como la conozco de mi niñez, es bastante problemática. Pienso que la antigua tradición de los azotes tiene un fundamento bonito. Sin embargo, tengo problemas con la forma de hoy que no me parece nada agradable. Prefiero pasar el día con mi familia, porque así celebras con la gente que conoces y a la que quieres. Pero mis recuerdos son diferentes. En nuestro bloque de pisos siempre aparecía un grupo de chicos que no conocía de nada. Y se suponía que yo les tenía que dar las gracias por azotarme, yo creo que no es nada para agradecer. Luego cuando por ejemplo estuve en casa de mi abuela en el pueblo, acontecía que muchachos que nunca había visto venían y esperaban que me hiciera mucha gracia. Pero no, me parecía más bien muy estúpido».

Foto: Ondřej Tomšů Hablamos también con Lukáš, que es un caso ejemplar de un joven checo, que viene de un pueblo, y durante su niñez iba a azotar a las muchachas con sus amigos. Sin embargo, luego cuando cambió de casa y empezó a vivir en la capital, ya no volvió a practicar esta tradición.

»No, no lo celebro. Cuando era pequeño, digamos hasta los diez o doce años, iba con mis amigos, pero después dejó de ser divertido para mí. Proengo de Moravia y allí se celebraba, se iba de casa a casa. Sin embargo, luego cambiamos de casa y aquí en Praga se perdió la magia».

De cualquier manera no queríamos crear la impresión de que todos los checos jóvenes están en contra de celebrar la Pascua de la manera tradicional, tal como lo hacían nuestros antepasados. Por eso conversamos con Tereza, una estudiante de 25 años, quien nos muestra que no sería bueno generalizar.

“A mí me gustan mucho las tradiciones en general. Y a pesar de que el caso de la Pascua es en mi opinión más bien folclórico, me gusta participar en las costumbres de esta fiesta. Cuando tenga niños, quiero celebrarlo con ellos también. Lo que pasa es que tengo recuerdos muy bonitos de mi niñez. Vivíamos en un pueblo pequeño y siempre estaba toda la familia. Pintábamos los huevos de Pascua, horneábamos el cordero, y luego esperábamos a los chicos. O sea muy buenos recuerdos. Me acuerdo que una vez los muchachos vinieron justo después del mediodía y probablemente no sabían nada sobre la tradición de tirarles agua fría, y yo decidí mojarlos a todos”.

Foto: Ondřej Tomšů Tereza sigue explicando que en su opinión todas las tradiciones son de cierta forma arcaicas, y que es precisamente eso lo que las convierte en tradiciones.

“Yo creo que todas las tradiciones las podríamos considerar como arcaicas. O sea está claro, entiendo que si alguien tiene una mala experiencia con esta costumbre, quiere evitarla. Pero yo personalmente no tengo ningún problema con esta tradición. Creo que es bonita».

Y de recompensa, un huevo

La recompensa que los señores recibían por haber cantado y azotado a las mujeres consistía sobre todo en huevos, un símbolo de la vida nueva. El alcohol y los dulces faltaban en la mayoría de los casos. Por lo tanto la decoración de los huevos es una parte importante de la tradición. Según los etnógrafos, en Chequia, sobre todo en Moravia y luego en Eslovaquia es donde podemos encontrar la mayor cantidad de técnicas de decoración de todo el mundo.

Photo: Ondřej TomšůEn el pasado los huevos se coloreaban en su mayoría de rojo. Era el color de la vida nueva, del sol, y además el color rojo era mucho más accesible que por ejemplo el amarillo o el dorado. Los huevos de Pascua más antiguos datan de la época antes de Cristo.

También sobre la decoración de los huevos de Pascua hablamos con los extranjeros que viven en la República Checa. Nos cuenta Anton, quien destacó la habilidad de las mujeres checas que se dedican a esta vieja tradición.

»Mi esposa viene de Chequia, del norte de Moravia, y estudió algún tiempo en Rusia, entonces yo sabía que existían los huevos de Pascua, los pintamos también en Rusia. Pero por supuesto no sabía que era posible hacerlo de una manera tan bonita y elaborada como cuando se hace aquí. Lo único que sabía era que había que colorearlos y luego comérselos».

Strahinja de Alemania, quien como ya sabemos vive en Chequia con su familia, nos dijo que se dedican a esta actividad todos los años.

Foto: Ondřej Tomšů »En nuestra familia pintamos y decoramos los huevos. La verdad que el año pasado no salió muy bien, pero esperamos mejorar este año. Vamos practicando».

Para hablar sobre la decoración de los huevos nos encontramos con Lenka Volková, quien fue galardonada con el título de Maestra de las Artes Populares que otorgan los etnógrafos. Volková explica cómo empezó a decorar huevos.

»Por primera vez me puse a decorar huevos en la escuela. Luego no lo hice durante años y se me olvidó, porque me dedicaba a los estudios. Pero después, en, 2006 me acordé de esta actividad y me di cuenta de que me gustaba muchísimo. Entré en la Asociación de Decoración y allí llegué a conocer otras técnicas de decorar».

Volková destaca la peculiaridad de esta costumbre y sostiene que en ningún otro lugar del mundo se decora de una manera tan bonita como en Chequia. Incluso se puede notar que por ejemplo los motivos de la decoración en algunas regiones tienen algo en común con los trajes típicos de la región.

Foto: Ondřej TomšůVolková se dedica a tres técnicas diferentes. La primera es la decoración con pajas que se pegan a los huevos. Se trata de una técnica que requiere bastante tiempo de preparación. Antes de empezar hay que buscar las pajas. Se utiliza el centeno, la cebada y la avena.

Volková explica que va frecuentemente al campo para colectar las pajas de edad diferente, porque en cada época tienen un color especial.

“Pueden ver que tengo aquí paja de colores diferentes. Voy al campo muchas veces, porque cada día el color de la paja es un poco diferente. Primero hacía los ornamentos típicos, como por ejemplo flores. Luego hago también ornamentos geométricos».

Los tallos primero hay que meterlos en agua, luego cortarlos longitudinalmente y plancharlos. Después podemos empezar a cortarlos en piezas pequeñas de formas deseadas y los pegamos en los huevos. Antiguamente se hacía todo solo con tijeras, pero ahora usamos también una especie de punzón para conseguir las formas más complicadas rápidamente.

La segunda técnica es el relieve de cera. Nos explica Volková.

Lenka Volková, foto: Ondřej Tomšů»Esta es la más fácil de las técnicas. Se necesita un soporte para el huevo, un mechero con etanol y una cuchara para disolver la cera. Yo tengo mi manera especial de preparar la cera y luego para la decoración del huevo utilizo varias herramientas. Son por ejemplo un alfiler que se usa para hacer los puntos. Si uno dispone de alfileres de diferentes tamaños y ya es suficientemente hábil, puede crear con esos directamente los ornamentos. Para hacer líneas se utiliza un palito hueco de madera. Además del palo de madera se puede usar también el cañón de pluma».

Antes se decoraba con cera de abejas. Sin embargo, se pueden usar lápices de cera también. Los huevos que se decoran suelen estar pintados de rojo. La tercera técnica es la decoración con un junco, una especie de hierba que crece en los lugares húmedos. Volková nos habla sobre esta técnica especial.

Lenka Volková, foto: Ondřej Tomšů »El junco hay que buscarlo cerca de los ríos y lagos. Luego hay que sacar la pulpa del junco con una cerilla. La pulpa se utiliza para crear ornamentos que se acompañan con cintas de terciopelo».

Los huevos decorados de esta manera tenían una función especial. Se colgaban del techo para decorar las salas. Sin embargo, no se trata de una técnica muy conocida, ya que se usa en áreas bastante limitadas, sobre todo en Bohemia central.

Dicho de una manera breve, la decoración es todo un proceso, se necesita bastante paciencia y sobre todo muchos huevos. Pero el resultado vale la pena.

Por qué los castigan con azotes y en público

Un puñado de activistas, artistas o intelectuales asume los riesgos de vivir al margen de la estricta ley islámica en la provincia de Aceh, la única de Indonesia en la que está vigente la sharía, donde azotan a quienes tienen relaciones sexuales fuera del matrimonio o participan de apuestas.

Aceh, al oeste de la isla de Sumatra, representa la cara más conservadora de la nación con la población musulmana más grande del mundo, que el miércoles celebra elecciones generales y en los últimos años está viviendo el auge del islam más conservador.

Entre las tranquilas calles de la capital provincial Banda Aceh, el manto de la sharía permite cierta relajación que evidencian las mujeres no musulmanas que carecen de velo o algunas interacciones entre hombres y mujeres que incumplen los requisitos de segregación por género.

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Sin embargo, las autoridades locales castigaron el lunes mediante azotes con una vara de madera en una plaza pública de Banda Aceh a varios condenados por los delitos de apostar y mantener relaciones sexuales sin estar casados.

Tras la última revisión de la sharía realizada en 2015, la ley criminaliza también la sodomía, las relaciones sexuales lésbicas o el consumo de alcohol, además de otros delitos comunes como el asesinato o la violación.

Una abogada que defiende a acusados bajo la sharía y que prefiere mantener el anonimato indica que la legislación islámica afecta en primer lugar a la mujer, que es responsabilizada de delitos como el adulterio o la violación, además de las faltas morales de su familia.

«La mujer es el pilar de la religión, cuando el pilar se rompe la religión y la comunidad se rompen también», indica la letrada a Efe en una cafetería de Banda Aceh.

La abogada, que desafía las miradas de la Policía de la sharía al no cubrir su cabello y vestir pantalones en vez de una falda larga, asegura haber recibido amenazas por su activismo y apoyo a las mujeres.

«Algunos jefes de los pueblos me llaman provocadora, porque hablo de los casos y digo que las mujeres deben levantar la voz y luchar por sus derechos», dice la indonesia.

«A veces imagino que quizás algún día vaya a la cárcel y entonces, tras haberlo perdido todo, posiblemente me sienta más libre para hablar más alto», añade.

La provincia occidental introdujo la ley islámica de manera paulatina a partir de 2003 como concesión del Gobierno central para que abandonase sus aspiraciones independentistas y avanzar en el proceso de paz con el grupo armado separatista Movimiento para la Liberación de Aceh (GAM, en indonesio).

Aunque la gran mayoría de la población de Aceh apoya la existencia de la sharía, las críticas respecto a su implementación han aumentado en los últimos años.

Para el profesor de la universidad Syiah Kuala, Mirza Ardi, que enseña ley islámica, en realidad la sharía «no consiste en castigar con varazos, ni obligar a las mujeres a llevar el velo; consiste en educar, en reducir la desigualdad y en el buen gobierno».

Terrible castigo en video: azotan a parejas en público

INDONESIA – Cinco parejas recibieron este miércoles entre 10 y 20 golpes con una vara de madera como castigo por verse a solas sin estar casados en la provincia de Aceh, la única de Indonesia que se rige bajo la «sharía» o ley islámica.

El castigo se ejecutó en un escenario en el exterior de la mezquita en la calle Tengku Abdurrahman de la capital provincial, Banda Aceh, y ocho de los condenados recibieron cuatro azotes menos debido al tiempo que pasaron detenidos, según presenció un fotógrafo de EFE.

Cuatro parejas fueron acusadas de «ikhtilat», o mantener relaciones afectivas sin estar casados, y una de «khalwat», reunirse en un espacio privado a solas sin haber contraído matrimonio.

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El delito de «ikhtilat» conlleva un máximo de 30 varazos y el de «khalwat» un máximo de 10 bajo la última revisión de la «sharía», que se implantó en 2015.

Al evento público acudió el alcalde de Banda Aceh, Aminullah Usman, y una multitud en la que había niños y que grabó el castigo con teléfonos móviles.

Otros delitos tipificados en esta ley incluyen la apuestas, beber o comerciar con alcohol, relaciones extramaritales o sodomía, delitos que conllevan un máximo de 200 azotes con una vara de ratán, especie de palmera trepadora de uso similar al mimbre.

Aceh comenzó a regirse con la sharía a comienzos del 2,000 como concesión del gobierno central para que abandonase sus aspiraciones independentistas y avanzar en el proceso de paz con el grupo armado separatista Movimiento para la Liberación de Aceh.

A comienzos de 2018, el gobierno provincial anunció que llevaría los azotes en público a las cárceles, sin embargo solo se implementó en contados municipios y hasta el momento continúan los castigos en las plazas públicas.

Indonesia es el país con la mayor población musulmana del mundo, con el 88% de sus más de 260 millones de habitantes, que en su mayoría practican una forma moderada del islam, aunque activistas denuncian un aumento de la influencia de los radicales.

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CAPÍTULO 16

Un ejercicio sagrado

Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.
(Hebreos 12.11)

Mientras escribo estas palabras, las lágrimas comienzan a caer por mis mejillas. Yo escribiré de un tema bastante conmovedor en este capítulo. Les explicaré en detalle el método que tenemos para castigar a nuestros hijos con la vara. En mi mente tengo muchas memorias preciosas que me ayudarán a escribirles lo que deseo que conozcan, pero les aseguro que son memorias que llenan de lágrimas mis ojos.

¿Recuerdas que en el capítulo 9 te hice una descripción del Señor donde él colocaba sus manos sobre las nuestras, ayudándonos de esa manera a construir nuestra casa? Pues bien, cuando castigo a uno de mis hijos es como si fuera un tiempo sagrado, cuando las manos del Señor guían las mías para juntos corregir al niño. Yo medité por mucho tiempo, tratando de encontrar algún versículo bíblico que pudiera explicar el gozo y a su vez la tristeza que me ha sobrevenido cuando pongo en práctica este ejercicio sagrado. Y elegí el versículo que encabeza este capítulo, el cual describe perfectamente la realidad de mi corazón.

Yo amo a mis hijos y para mí no es fácil causarles dolor a través del castigo. Entre mis hijos y yo existe una dulce relación amorosa, pero dentro de la misma no dejo de aplicar el castigo con la vara. Aunque he mencionado esto anteriormente, yo voy a repetirlo de nuevo: No es nada fácil castigar a tu mejor amigo o amiga. Supongo que ésta sea la razón por la que en este momento las lágrimas ya están empezando a rodar por mis mejillas.

Cuando nosotros castigamos a nuestros hijos por lo general invertimos de 15 a 20 minutos para realizarlo. Tal vez tú digas: “¡20 minutos! ¡Yo no tengo tanto tiempo como para ocupar 20 minutos en castigar a mi hijo!” Bueno, tú debes saber que si se practica esta tarea correctamente entonces no se tiene que hacer tantas veces. Es cierto que hay veces que una disciplina rápida será suficiente (por ejemplo, si hay visitantes en la casa), pero por lo general, aislar al niño del resto de las personas y propinarle un castigo corporal deprisa sólo provoca una actitud rebelde. Recuerda, lo que voy a compartir en adelante siempre se debe practicar sólo en el contexto de los otros aspectos (amor, paciencia, buenas relaciones, etc.) acerca de la crianza de los hijos.

NUNCA castigues a tu hijo estando enojado. ¡NUNCA!

De ninguna manera se debe castigar a nuestros hijos con la vara mientras estemos enojados. Yo espero que esto no sea una sorpresa para ti, pero también deseo que sepas que nosotros no nos permitimos el hecho de castigar a nuestros hijos si estamos enojados. De la misma forma te informo que nunca bebemos bebidas alcohólicas ni fumamos así como tampoco castigamos a nuestros hijos con la vara si estamos enojados. Mi oración es que Dios nos ponga un freno en el corazón para que nunca hagamos tal cosa.

Muchos padres me han confesado que tienen “un problema con el enojo”, como si se tratara de algo que no tiene mucha importancia. Me parece que el enojo en los padres es uno de los asuntos más serios cuando se trata de la crianza de los hijos, ya que sus consecuencias son muy devastadoras. Si tú no has conquistado tu enojo entonces necesitas ser librado de sus cadenas por medio del arrepentimiento. Si has procurado vencerlo, pero no lo has logrado, tal vez debes buscar el consejo de alguien a quien puedas hacer responsable para que te ayude. Haz lo que tengas que hacer para librarte de esa maldad y pecado. Las leyes de muchos países están cambiando, las cuales provocarán que algunos tengan que hacer caso a la hora de tratar con su ira. De lo contrario, las autoridades llegan y les quitan a los hijos a todos aquellos que persisten en castigarles o abusar de ellos, llenos de enojo. La gran mayoría de los casos de abuso infantil se dan debido a que los padres los golpean en un estado de ira, les pegan demasiado duro, o les dan en las partes donde no se les debe golpear. En algunos casos, el enojo está en los padres a causa de las experiencias de castigo crueles que ellos mismos sufrieron durante su niñez.

Por amor a Dios, quien es el que está siendo mal representado, y por amor a tus hijos, quienes están siendo deformados emocionalmente debido a tu ira incontrolable, busca ayuda para liberarte de tu enojo.

El padre de familia representa a Dios ante sus hijos. Si un padre castiga a sus hijos, estando enojado, entonces les transmite una descripción errada de Dios. Ellos van a pensar que Dios está en los cielos, con un gran palo en la mano, esperando que nosotros hagamos algo malo para poder darnos un fuerte castigo. Tal concepto de Dios es erróneo. No obstante, muchos de nosotros los adultos nos lo imaginamos de este modo, pues recibimos palizas muchas veces inhumanas de parte de nuestros padres durante nuestra niñez. Pero Dios no es así. Por eso, cuando le propines un castigo a tu hijo, yo te sugiero que lo mandes a que se retire a otra habitación de la casa por un rato, mientras te calmas al tratar de controlar tu enojo. Si tú lo castigas con la vara, influenciado por un espíritu de enojo, vas a empeorar la situación.

Muchos padres no entienden el concepto correcto del castigo. El castigo no es un juicio aplicado por un error. Más bien, el castigo es una corrección para la futura conducta del niño. Hay una gran diferencia entre estos dos puntos de vistas. Si aplicamos un castigo como un juicio, nos sentiremos justificados de estar enojados. Por eso, muchos padres creen que está bien mirar a los hijos desobedientes con los ojos encendidos y llenos de ira, con la vara en la mano, gritándoles ferozmente palabras de condenación y juicio. Si tú castigas a tus hijos de esta manera, queda claro que no entiendes la razón divina del mandamiento de castigar a tus hijos. Voy a recalcártelo una vez más: el castigo es para el beneficio de la futura conducta del niño, no para administrar justicia por las malas acciones cometidas. Es cierto que las malas acciones son un punto muy importante que se hace necesario analizar; sin embargo, no debemos estar motivados a castigar solamente a razón de lo sucedido. Si castigamos al niño, pensando en su futuro, entonces recibiremos resultados completamente diferentes que si los castigamos solamente por las malas acciones del pasado.

Quizá te sientas abrumado al pensar: ¿Cómo podré aplicar todo esto correctamente? Por esta razón te informo que es preciso que estemos rendidos completamente a Dios para que él pueda poner sus manos sobre las nuestras y guiarnos mientras castiguemos con la vara a nuestros hijos.

Tus hijos son pecadores

Tus hijos van a pecar. Sí, tú debes concebir esto en tu mente y prepararte, porque ellos van a errar. Es sabio que lo hagas para que cuando suceda, no te desanimes cuando ellos se comporten de una forma que no lo deseas. Algunos padres necesitan cambiar su modo de pensar acerca de los fracasos o de los pecados o de los malos comportamientos de sus hijos. De alguna manera, algunos tienen la idea errada que los niños siempre deben comportarse como santitos, y esto causa que los padres se frustren y se enojen cuando sus hijos fracasan o se portan mal. No quiero decir con esto que no debemos preocuparnos en nada por la conducta de nuestros hijos. Antes bien, si entendemos que para un niño fracasar es normal en el proceso de crecimiento y madurez, entonces nosotros podemos estar más tranquilos y actuar con razón y mucha sabiduría en la disciplina de nuestros hijos. A continuación, yo les voy a compartir algunos comentarios acerca de cuando mis hijos me han desobedecido. Cuando ellos me desobedecen, yo lo veo como otra oportunidad para corregirles, pensando en su futura conducta; o sea, yo lo veo como otra oportunidad para enseñarles una valiosa lección, aunque esta lección les lleva dolor. Entonces podemos resumir este párrafo al concluir que los niños van a errar, pero que esto es un modo típico de aprender.

Un carácter piadoso y un fruto apacible de justicia serán la cosecha de las lecciones dadas con amor en medio de los fracasos de nuestros hijos. Muchas veces me parece que nuestro orgullo es la raíz de nuestro enojo cuando nuestros hijos fracasan, pues es fácil pensar que él es mi hijo, y debe comportarse mejor. Jackie y yo hemos tenido que resistir esta manera de pensar más de lo normal, pues soy conocido como alguien que predica sobre la vida hogareña con mucha frecuencia. Gracias a Dios, nosotros hemos logrado resistir este pensamiento, permitiendo que nuestros hijos fueran, por así decirlo, “normales”. Es decir, ellos fracasan y aprenden tal como cualquier otro niño, a pesar de que otros piensan que los hijos del predicador deben ser perfectos. Sí, tus hijos van a errar muchas veces; es normal. Tú puedes considerarlo tan normal de manera que te ayude a planificar tu modo de actuar en la próxima ocasión que aparezca un mal comportamiento en la vida de tus hijos. Al planear así tu vida con relación al comportamiento de tus hijos, tú podrás administrar la debida disciplina con la paz y la calma que sólo Dios puede poner en tu corazón. Esto será algo excelente, ¿verdad?

Reconozco que hubo ocasiones en las que yo pude discernir que uno de mis hijos necesitaba una corrección, pero a la verdad a veces no sabía lo que él había hecho. No obstante, yo sí sabía que algo andaba mal ese día. En tales ocasiones, se puede fijar que el niño no anda contento. Es más, uno puede discernir que dentro de poco tiempo ese niño va a fracasar o se va a comportar de una forma indebida. Bueno, cuando percibo que uno de mis hijos está en tal condición, yo lo observo más atentamente; además oro y espero. Regularmente, antes que ese día concluya, ya se habrá presentado una oportunidad para dirigir y corregir a ese hijo con tal actitud. Para mí, esto no es algo perverso o un acto de malicia, sino que es una forma más de mostrarle a mi hijo, a Dios y al mundo que amo interesarme por el bienestar de mis hijos.

Castiga a tu hijo del mismo modo que Dios te castiga a ti

Si nos apropiamos de este principio en lo profundo de nuestro corazón y meditamos en el mismo de forma constante, entonces nunca necesitaríamos a otra persona para que nos enseñe cómo castigar a nuestros hijos con la vara. Así de sencillo, ¿verdad? ¿Cómo te castiga Dios a ti? ¿Acaso él te agarra por el cuello, gritándote y diciéndote cuán malo eres? ¿Acaso él te castiga con mucho enojo, utilizando la vara y mirándote con el ceño fruncido? ¡De eso nada! Al contrario, cuando nuestro amante Padre celestial nos castiga entonces se puede decir: “La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron” (Salmo 85.10). Sí, nuestro Dios de forma amable y calmadamente nos revela la falta cometida y el pecado en nuestra vida, nos toma en sus manos llenas de consuelo y nos da un castigo con su vara. Y al terminar el castigo, él no nos abandona, sino que nos sigue guiando e instruyendo en el camino correcto, afirmando su amor hacia nosotros en vista de nuestro bienestar eterno.

La piedad verdadera es ser semejante a Dios en todas las áreas de nuestras vidas. Por lo tanto, a nosotros nos corresponde conformarnos a su modo de castigar. Si puedes plasmar en tu mente la descripción del modo que Dios usa para castigar a sus hijos y tú puedes llegar a imitarlo al castigar a tus hijos, entonces has logrado algo de mucho valor. ¡Sí, tú lo puedes lograr!

Un ritual consagrado

Ahora voy a explicarles con un poco más en detalle la manera típica que usamos para castigar a nuestros hijos con la vara. Cuando alguno de ellos desobedece una de nuestras reglas entonces en una forma calmada le informamos al transgresor que él se ha comportado mal y que por lo tanto lo vamos a castigar con la vara. Por supuesto, esto lo hacemos sin adoptar un tono de enfado. Levantar el tono de la voz incita los deseos y la actitud para dar un castigo inapropiado. Algunos padres levantan la voz para establecer su autoridad, pero esto realmente lo que provoca es lo opuesto. Por lo general, un padre empieza a gritarle al hijo que ha errado debido a su propia demora al no haberle aplicado el castigo hasta que él mismo ya está enojado. Nunca levantemos el tono de la voz cuando les aplicamos un castigo a nuestros hijos. Advierte una sola una vez a tu hijo, usando únicamente palabras dichas en un lenguaje amoroso y pasivo: “Ve a tu cuarto. Vas a recibir un castigo con la vara”.

Un tiempo para llorar

En mi caso, después de enviar al niño que se portó mal hacia su cuarto para que estando allí se siente y espere hasta que yo vuelva, entonces agarro la vara para castigarlo y la Biblia para instruirlo. ¡Es preciso que uses la Biblia! Ella es una herramienta divinamente inspirada que santificará lo que tú estás por hacer. De esa manera, yo entro al cuarto del hijo desobediente con la vara y la Palabra de Dios. Al entrar a ese cuarto, mi corazón clama a Dios por sabiduría y gracia, pues entiendo que él conoce a mi hijo mejor que lo que yo lo conozco. En tales ocasiones, yo dependo de Dios, así como dependo de su guía divina cuando tengo que aconsejar a una persona que está buscando la salvación.

Cuando entro al cuarto donde está mi hijo o hija desobediente, lo más probable sea que él o ella ya está llorando, pues no le gusta recibir castigos con la vara… ¡le duelen terriblemente! Al ver a mi hijo llorar, yo también empiezo a llorar. ¿Puedes tú llorar con tu hijo? ¿Puedes santificar tu corazón de tal manera que las lágrimas empiezan a fluir a causa de la compasión? ¿Sabías que es bíblico llorar con tu hijo en los momentos de sus castigos? La Biblia dice: “Llorad con los que lloran” (Romanos 12.15). De hecho, me pongo en la perspectiva de mi hijo por un momento para entonces sentir lo que él está sintiendo. Está bien si lloras juntamente con tu hijo desobediente; no tienes que actuar como un juez austero. En realidad, tú debes ser un padre amante así como Dios, nuestro Padre celestial es con nosotros. Por eso, yo extiendo los brazos para recibir a mi hijo desobediente y él inmediatamente viene a mi regazo para compartir un tiempo de cariño conmigo. Luego, lo miro a su rostro, esperando que me diga algo. Y normalmente me dice:

—Papá, lo siento. Te amo.

Con lágrimas, le respondo:

—Sé que tú lo sientes y yo te amo también.

He escuchado a personas decir lo siguiente: “No consueles a tus hijos en el momento de castigarlos, pues deben sufrir bien su castigo”. ¡Eso no es correcto! Tal idea está orientada o alimentada por medio de los deseos de venganza. Por esa razón, yo le demuestro cariño por un momento a mi hijo desobediente, diciéndole:

—Siento tener que castigarte con la vara, pero tú sabes que has desobedecido. Papá te ama y no estoy enojado contigo. Tú eres un hijo especial para mí y yo te amo mucho. —Es bueno decirle tales palabras para asegurarle que realmente lo vas a castigar por su bienestar futuro.

Un tiempo de instrucción

Luego de consolar a mi hijo, nosotros dos tenemos un tiempo de instrucción. Charlamos acerca de su error y normalmente le pregunto si él entiende por qué va a recibir un castigo con la vara. A veces, el hijo no entiende el porqué del castigo y responde a mi pregunta, diciendo: “Porque yo me he comportado mal”. Es muy importante aclararle por qué tienes que castigarlo y no dejar que el niño sepa que se portó mal, sin saber lo malo que haya hecho. Por eso es que nosotros charlamos un rato, repasando su error. Sí, ese es un tiempo de instrucción.

El tiempo utilizado en ese tipo de charla sobre el comportamiento del niño varía según la edad del mismo y la clase de ofensa cometida. Cuando el niño tiene más años de edad se necesita más tiempo, pues a veces los de mayor edad tratan de evitar el castigo, pensando que ya son más sabios y podrán persuadirme a dejar de usar la vara. Para mí, estos tiempos de instrucción son la llave para el castigo bíblico. Si realmente lo estamos corrigiendo para su bienestar futuro, vamos a invertir suficiente tiempo para explicarles los asuntos y las razones. Si simplemente queremos vengarnos de su error, vamos a darle unos azotes a la ligera y olvidarnos de la situación. Yo siempre llevo mi Biblia y generalmente leo algunos versículos que se refieran al error cometido. Es sumamente importante que tú fundamentes con la Palabra de Dios un buen cimiento para entonces castigar con la vara.

Mientras instruyo al niño acerca de estas cosas, yo aprovecho la oportunidad para enseñarle el principio de castigar con la vara. Al leer el versículo que encabeza este capítulo podemos notar que la actitud tanto del padre como del hijo es de gran importancia a la hora del castigo. Es por eso que durante el tiempo de instrucción, yo le enseño al hijo desobediente cómo recibir el mayor provecho de su castigo. No hay dudas que el tiempo de castigo es un momento muy oportuno para enseñar, y normalmente el niño está atento para aprender en tales momentos. Le explico acerca de cómo rendir o de cómo abrir el corazón a su padre. A veces hasta le permito orar acerca de su modo de responder a la corrección. Puede ser que te sorprenda su oración, pues el hijo sabe que dentro de poco tiempo va a recibir un castigo con la vara. De hecho, entre más se rinda el niño a la instrucción y al castigo, más provecho sacará de él. Y como consecuencia de ello, entre más lo aproveche, menos necesidad tendrá de recibir otro castigo en el futuro. Un niño puede entender todo esto y así mejorar su carácter en cada ocasión de castigo.

¿Me hago entender? Al comprender más acerca del principio de castigar, el niño desobediente empezará a colaborar contigo en los tiempos de castigos, por lo cual no tendrás que aplicarle un castigo tan duro ni en tantas ocasiones en el futuro. De este modo, los niños aprenden a darte gracias por el castigo recibido, pues comprenden que realmente los castigos con la vara son bendiciones. Los niños no van a comprender al principio, pero al pasar el tiempo sí lo comprenderán. Cuando nuestra hija Hannah tenía tres años, ella no comprendía por qué nuestro hijo Samuel (quien tenía más edad que ella) me decía luego de recibir un castigo con la vara:

—Gracias, Papá, por darme ese castigo con la vara. Ya me siento mucho mejor ahora.

Tiempo para aplicar los azotes

Luego de tener un tiempo de instrucción entonces llega la hora de aplicar los azotes. Te animo a que inviertas tiempo en instruir a tu hijo en cómo recibir los azotes o el castigo corporal por medio del uso de la vara. Los niños tienen la capacidad de aprender a no resistirse a los azotes, sin poner sus manos sobre sus glúteos o echarse de un lado al otro para evitarlos. Además, si se tiene que perseguir al niño por todo el cuarto para darle los azotes entonces no aprovechará mucho su castigo. Muchos padres tratan de corregir a sus hijos en tal desorden, pero esto es contraproducente. Hay maneras de enseñarle al niño a que aprenda a recibir los azotes sumisamente. Nosotros hemos optado por informarles a nuestros hijos que recibirán menos azotes si no se mueven. Por otro lado, nosotros también hemos optado por darles otros azotes más por haber tratado de escaparse de nuestras manos. De esta manera, los niños pueden aprender a determinarse quedarse quietos mientras reciben los azotes. Normalmente, nosotros hacemos que el niño se arrodille ante una silla, poniendo la cabeza sobre una almohada y las manos debajo de la misma. A pesar de todo, nosotros sabemos que no es fácil recibir un castigo con la vara, aunque el niño se determine a permanecer firme ante la tentación de evadir los azotes.

Ya con el niño en tal posición, nosotros le damos unos cuantos azotes con toda firmeza. El castigo debe causar dolor; Dios lo diseñó de esa manera. Hay algo que debe obrar en el corazón de un niño mal portado y si no se le aplica un castigo firme entonces eso no va a ocurrir.

En el momento de proporcionar el castigo se presentan muchas preguntas. ¿Cuántos azotes se le debe aplicar? ¿Cuán duros deben ser los mismos? ¿Cuándo se debe parar? ¿Cómo se sabe que ya el castigo es suficiente? Entre más comprendas la obra que necesita ocurrir en el corazón del niño desobediente, más seguro estarás en cuanto a castigar a tu hijo. Nosotros les aplicamos por lo menos diez azotes en sus glúteos. Unos pocos azotes débiles no harán mucho. La verdad es que a muchos niños solamente les causa enojo cuando reciben menos azotes a una menor intensidad de la necesaria.

Durante todo el tiempo del castigo, nosotros tratamos de percibir la actitud del corazón del niño ante la disciplina con la vara. Es mejor no decirle cuántos azotes le vas a dar, pues el niño puede endurecer su corazón para aguantarlos sin que se logre quebrantar su voluntad. Como lo he escrito anteriormente, el quebrantamiento del espíritu rebelde es la meta de la disciplina con la vara. Al comprender el propósito de Dios con respecto al castigo con la vara, el niño más pronto se somete a sus padres; se da cuenta que es mejor que el castigo haga su obra para terminar así con tal situación lo más pronto posible. En conclusión, para cumplir la meta de esta disciplina se necesita suficiente dolor para “purificar su corazón” (Proverbios 20.34).

Voy a repetirles que nosotros no les aplicamos el mismo castigo a todos nuestros hijos, sino que ajustamos el tamaño de la vara y la intensidad del castigo según el tamaño del niño. No deseo promover el abuso de los niños. Debemos tener mucha compasión a la hora de castigar a nuestros hijos con la vara. Existen padres que hasta hacen chiste de los momentos del castigo con la vara. Esto no es bueno. Creo que a estas personas sería bueno si un adulto les diera diez azotes con una vara para ver si después hacen chiste de lo mismo. De igual modo, yo he escuchado a personas hablar indiscretamente de los castigos que les han aplicado a sus hijos, y esto lo hacen en presencia de ellos. ¡Qué crueldad! Castigar con la vara es un asunto muy serio.

Un tiempo para afirmar

Luego de terminar con los azotes, yo me arrodillo al lado de mi hijo y lo abrazo, llorando los dos juntos. No es difícil llorar, pues he permitido que mis sentimientos se unan con los de mi hijo. Yo he tenido ocasiones en las que he llorado de tal manera que mi hijo o hija se ha quedado sorprendido… ¡tanto que él o ella me ha tratado de consolar a mí!

Al terminar de llorar, oramos juntos. Yo casi siempre animo al hijo a que le diga a Dios todo lo que pasó. ¡Tales oraciones son muy preciosas! El niño le pide perdón a Dios por su falta y luego oro yo, intercediendo con fervor por mi hijo. Al hijo le hace mucho bien escuchar todo esto, pues le confirma que yo lo amo. En medio de todo esto, yo puedo apropiarme de la promesa de Dios, y digo:

—Señor, tú nos has ordenado a castigar con la vara. Confío en ti que mi hijo comprenderá que le amo. En el nombre de Jesús, amén.

Al terminar el tiempo de oración, después del castigo, yo normalmente le demuestro mucho cariño a mi hijo y además le digo que lo amo. Entonces seco sus lágrimas y tenemos otro tiempo de instrucción. Aquí le repito lo que le dije anteriormente, preguntándole si le quedó bien claro la razón por la que le di el castigo. Luego, yo invierto tiempo en afirmar mi amor para con él con palabras llenas de consuelo. Le digo que a pesar de lo que hizo, él es un buen hijo y que en la mayoría de las cosas que hace le trae gozo a mi alma. Y a veces cantamos un canto espiritual. Muchas veces hemos cantado el canto que dice: “Todo está bien, en casa de mi Dios, en casa de mi Dios, en casa de mi Dios…”. Al comenzar a cantar, el niño quizá empiece a llorar, pues su corazón para ese tiempo ya está bien ablandado.

Amados padres, si la disciplina con la vara se hace de esta manera y todos los otros aspectos acerca de la crianza de los hijos también se aplican correctamente, tal castigo trae resultados maravillosos. No hay dudas, el hecho de castigar con la vara, guiado por los principios de la Palabra de Dios, llega a ser una experiencia que cambia la vida. Por lo general, el hijo que ha sido disciplinado se vuelve a mí más tarde para decirme:

—Papá, gracias. Gracias por ese castigo. —Y quedamos como muy amigos por el resto de ese día y los siguientes. Yo incluso he notado que después de castigar a mi hijo, él desea estar conmigo durante el resto de ese día. Yo nunca he visto que un castigo correctamente aplicado haga que el hijo se rebele. He escuchado a ciertos padres decir:

—Al terminar de darle un castigo con la vara, mi hijo me mira con algo de desprecio y no desea estar cerca de mí. —Yo nunca he experimentado esto, pues después de una sesión de disciplina con azotes mis hijos siempre quieren estar en mi presencia. Ellos me aman y saben que yo les amo a ellos.

Recuerdo la ocasión cuando nuestra hija Hannah recibió la lección acerca del no pegarle a otro niño. En nuestro hogar no se permite que un niño le pegue a otro, y cada hijo ha tenido que aprender acerca de la maldad que existe cuando alguien golpea a otra persona. Para nosotros, que un niño le pegue a otro es igual que jugar en una calle que tenga mucho tráfico o jugar cerca de un río profundo. A los niños más pequeños en ninguna manera se les permite que hagan estas cosas. Pero tú sabes cómo son los niños; la gran mayoría le va a pegar a otro en un momento u otro de su vida. Por cualquiera que sea la razón, un niño le va a pegar a su amiguito o a su hermanito en la cara. Tal vez tú te has reído al ver que esto sucede, pero uno no se debe reír cuando ve suceder esta situación. En nuestro hogar, nosotros tratamos de corregirlo desde la primera vez que ocurre.

Bueno, en esa ocasión Hannah le pegó a Samuel, pues él estaba haciendo algo que no le agradaba a ella. Ya que Hannah nació siendo una pecadora, al igual que todos los niños, entonces es muy natural que hiciera tal cosa. Sin embargo, nosotros le dimos algunas lecciones acerca de no pegarle a otro niño. Nosotros tratamos de demostrarle lo que uno hacía cuando le pegaba a otra persona de manera que ella entendiera lo que deseábamos decirle. En realidad, Hannah todavía era muy pequeña.

Entonces pasaron dos días y ella volvió a hacer lo mismo. Por supuesto, yo esperaba que eso volviera a ocurrir. Lo cierto es que al saber lo que ella haría, yo me di a la tarea de planificar la próxima lección acerca de no pegarle a otro niño. Al ver que volvió a suceder, yo pensé que ya llegó el tiempo para que Hannah reciba otra lección. Le expliqué de nuevo lo mismo que la vez pasada, y al recibir ella el castigo con la vara, fue curada del mal de pegarle a otro niño. Después de aquella lección, ella se me acercó tres o cuatro veces ese mismo día para decirme:

—Papá, Samuel hizo algo que no me gustó, pero no le pegué.

Nosotros sabemos todo lo demás que sucede en tales ocasiones, ¿verdad? Con ojos muy abiertos y con voz de alguien que tiene autoridad, ella también dijo:

—No le pegamos a otra persona con la mano. —Bueno, ella había aprendido la lección y se consideraba experta en la misma.

De esa manera se debe aplicar un castigo con la vara. Cuando el castigo se aplica de la forma correcta entonces produce resultados maravillosos. No obstante, el problema es que muchas veces no hacemos caso a lo que hemos aprendido. Dejamos lo que hemos aprendido para entrar en la próxima lección a la carrera. Hermanos y hermanas, no se debe hacer de tal manera. Al contrario, nosotros debemos adelantarnos en amor, con propósito definido y con un plan, guiando al alma de nuestro hijo en justicia.

Oración

Oh Padre Celestial, enséñanos acerca de tu modo para aplicar la disciplina. Sé que no lo entendemos a cabalidad. Por favor, Señor, escríbelo en la tabla de nuestro corazón para que podamos verlo claramente en el momento de castigar a nuestros hijos con la vara. Confórmanos a tu imagen, oh Señor, para el bien de nuestros hijos y para tu gloria. Amén.

¡¡Siguen los azotes en la Casa de Caifas!!

Así, tan expresivamente bíblico, definía un querido amigo, compañero en las tareas radiofónicas, ya desaparecido, las injusticias de cualquier índole que llegaban a sus oídos. Uno, que entonces tenía una buena dosis de paciencia, escuchaba atentamente sus acertadas conclusiones que siempre rubricaba con la susodicha frase y con gesto de viejo y cansado profesor mirando por encima de unas gruesas gafas que hacían un difícil ejercicio de equilibrio sobre la punta de su nariz. Y yo entendía sus “cabreos” aunque, a veces, para restar importancia al asunto, le daba una palmadita en la espalda al tiempo que le decía: ¡Pero hombre, no cojas lucha!.
Hoy, entiendo perfectamente aquellos enfados porque la capacidad de aguante de uno, en ocasiones, se ve desbordada por la magnitud de la injusticia. Y este es mi caso en el día de hoy. ¡Señoras y señores, estoy francamente enfadado! Verán y entenderán mis motivos porque el caso que traigo a estas páginas de BienMeSabe tiene tela. Una vez más, los olvidos intencionados han hecho nuevamente su aparición. Esta vez, de la mano del Centro de la Cultura Popular Canaria y su publicación El Álbum de Oro de la Música Canaria que, según reza la nota remitida a los medios informativos, vio la luz a finales del pasado mes de diciembre. He de manifestar a los lectores que en el Centro tengo buenos amigos con los que he colaborado en algún que otro proyecto. Sin embargo, ello no es óbice para que, cuando se haga necesario, pueda propinarles un justificado buen tirón de orejas, sin reprimirme ni un milímetro. Ni siquiera para coger resuello, fíjense. Y sobre todo, cuando los hechos están relacionados con nuestra historia musical y nuestro patrimonio sonoro, que denotan olvidos malintencionados en su exposición.

El caso es que en este trabajo, compuesto de libro más 4 Cd´s, eso sí, primorosamente editado, está ausente el grupo pionero y más representativo, por muchos años, de nuestro acervo musical como son LOS HUARACHEROS que, a día de hoy, aún continúan en la brecha, pese a quien pese. Y tengo por seguro que le pesará a unos cuantos. Y vuelvo a insistir en lo que ya planteaba en un artículo anterior cuando me refería a los olvidos, sospechosamente frecuentes, de algunos de nuestros valores en publicaciones dedicadas a resaltar tanto a autores como a intérpretes de nuestros aires vernáculos y, como derivación, a la canción popular canaria.
Pero… ¿por qué ese empeño en borrar de la historia de nuestro folclore al grupo que más prestigio dio a nuestras Islas tanto en la Península como fuera de sus fronteras desde que se fundara allá por el año de 1942? Voy a refrescarles la memoria a nuestros amigos. Las primeras actuaciones del emblemático conjunto canario son anteriores a la fundación del legendario trío LOS PANCHOS y que desde ese momento, 1942, comienzan sus giras peninsulares que culminan con las primeras grabaciones en Madrid. ¿Seguimos hablando de viajes? LOS HUARACHEROS cruzaron el Charco rumbo a América en los albores de 1957. En una tournée que duró casi un año, visitaron Cuba, Venezuela, Miami, Puerto Rico, Méjico y Colombia, lo que les valió el sobrenombre de Embajadores de la Canción Canaria. La labor humanitaria de LOS HUARACHEROS fue intensa en Cuba y Venezuela, actuando de manera desinteresada en centros hospitalarios, asilos y, en definitiva, en cualquier pueblo donde hubiese una colonia canaria, dejando con sus canciones un entrañable recuerdo del terruño. Pero, señores, hay más. Si nos atenemos al repertorio del conjunto hay que señalar la existencia de más de trescientas canciones originales de Diego García Cabrera y Antonio González Santamaría, algunas inéditas, y que sus trabajos discográficos están repartidos en ediciones aparecidas en España, Estados Unidos, Japón, Venezuela, Cuba, Puerto Rico, Italia o Francia y bajo sellos tan importantes como Columbia, Montilla, La Voz de su Amo, Canario, Milano, Barclay, Turpial, Movieplay, Zafiro, Pathé, Manzana, Latidos Music y Multitrack. Ese es el legado de mis queridos HUARACHEROS, los fundadores, los continuadores y los actuales componentes. Tengo todos sus discos, por si lo dudan. Ellos sí que dan vida a una verdadera historia de la canción popular canaria, sin olvidos malintencionados.
Posiblemente, el artículo del periodista Francisco Ayala publicado en el matutino EL DÍA, de fecha lunes 8 de enero, en su sección La Media Columna, nos haga reflexionar sobre la injusta e indisimulada fobia contra el grupo, además de la sospecha de que en este tinglado hay una mano negra. Y no es casualidad porque en la susodicha nota de prensa enviada a los medios informativos se nos dice: El Álbum de Oro de la Música Canaria permite comprobar la extraordinaria calidad y riqueza de la música del Archipiélago. Estas virtudes indiscutibles contrastan con la evidencia de no estar suficientemente valoradas, ni dentro ni fuera de Canarias, debido al escaso apoyo y difusión que se le ha dado. ¡Señoras y señores del CCPC! Una auténtica contradicción como la copa de un pino. Hay que hacer patria desde el propio Centro. Estoy plenamente de acuerdo con el Sr. Ayala y su artículo cuando constata que el trabajo ha sido cuidadoso, costoso y bellamente presentado, así como malévolamente redactado, por la ausencia aludida. Luego esa declaración de principio no se cumple. Y menos la finalidad o el destino de la obrita cuando se nos dice en la nota informativa: Por último queremos mostrar nuestro deseo de que El Álbum de Oro de la Música Canaria juegue también un papel determinante cara a enseñantes y comunicadores que deseen cumplir con esa responsabilidad, inherente a su profesión, de divulgar las señas de identidad de nuestra tierra.
Pues bien, amigos, el panorama que se vislumbra es de excepción. Si comenzamos a enseñar haciendo caso omiso al rigor que debe presidir todo trabajo histórico y pudiendo hacerlo no se hace, fobias y antipatías aparte, creo que la irresponsabilidad tiene un claro destinatario. Y no sólo es el productor de la obra el responsable de tal desaguisado sino que salpica, además, a las entidades oficiales que aportan los dineros, en este caso, la mayoría de los Cabildos y Ayuntamientos de las islas. Dineros públicos para una historia contada a medias.
Seguro que el coordinador del CCPC no tuvo en cuenta esas “virtudes indiscutibles” de LOS HUARACHEROS. De modo que, visto lo visto, aguardo con impaciencia contenida, si Dios quiere, el próximo Álbum de Platino de la Música Canaria. Quizá se subsane el error. Y es que, mis estimados amigos, la historia de nuestro folclore no es tan moldeable como muchos creen.

Los niños, en todo el mundo, sufren atropellos no sólo de carácter físico, sino también psíquico, porque quien no maltrata a su hijo con un chicote, lo hace por medio de la amenaza o el insulto; métodos de castigo que se usan desde la más remota antigüedad, tanto en vía pública como detrás de los muros del hogar.

El concepto de patria potestad, erigido en la sociedad patriarcal, permite que los padres consideren a los hijos su propiedad privada, sobre los cuales tienen derechos de autoridad y decisión. Aristóteles tenía la idea de que el hijo era igual que un esclavo, y afirmaba: Un hijo o un esclavo son propiedad. El padre podía libremente dispo­ner de él y someterlo a su autoridad, sin que nada ni nadie cuestionara este sentido absoluto de la propiedad paterna respecto a los hijos.

El castigo físico era el método más tradicional en la educación. Al hijo que se ama, se lo castiga, era el con­sejo que se transmitía de generación en generación. La desobediencia y el desacato eran reprimidos drásticamente, y aunque el garrote no era lo más sagrado, al menos era el mejor instrumento para amordazar, imponer lo deseado y corregir los hábitos indeseados. También era común escuchar a severos catones del derecho decir: los padres -por muy malos padres que fuesen- tenían derecho a sus hijos, y al consuelo sentimental que ellos podían proporcionarles.

Jean-Jacques Rousseau, refiriéndose al trato que recibía una criatura en el siglo XVIII, escribió: El niño grita así que nace, y su primera infancia se va toda en llantos. Para acallarle, unas veces le arrullan y le halagan; otras le imponen el silencio con amenazas y golpes. O hacemos lo que él quiere, o exigimos de él lo que queremos; o nos sujetamos a sus antojos, o le sujetamos a los nuestros, no hay medio; o ha de dictar leyes o ha de obedecerlas. De esa suerte son sus primeras ideas las del imperio y ser­vidumbre. Antes de saber hablar, ya manda; antes de poder obrar, ya obedece; a veces le castigan antes que pueda conocer sus yerros, o por mejor decir, antes que los pueda cometer (Rousseau, J. J., 1979, p. 11).

En la Edad Media, los padres castigaban a los hijos antes del bautismo, mas no sólo por conservar el respeto y la obediencia a la autoridad, sino que, además, para purificar su alma , amenazada constantemente por el pecado y la tentación demoniaca. De esta creencia y tradición no se salvaron ni los hijos de la nobleza.

En Francia, el rey Luis XIII fue azotado todas las mañanas desde sus 25 meses de edad. La prueba está en la carta que su padre envió a uno de sus gobernadores: Ustedes no me confirmaron que mi hijo haya sido azotado cada vez que desobedeció o se comportó indebidamente -le decía-. Yo sé que no existe en el mundo otra cosa mejor que el castigo. Yo mismo saqué mucho provecho de esto. Lo sé por experiencia propia.

En la España medieval, Alfonso X el Sabio regulaba todavía algunos casos en los que se podía vender al hijo, y en otros países se hablaba de que habían niños de la cólera por naturaleza , y que, por lo tanto, éstos estaban sujetos a la venganza eterna . Eran carnes de cañón que iban a engrosar el oscuro mundo de los pícaros y delincuentes. A ese grupo de niños mendigos, castigados y explotados por rufianes insensatos, pertenecen las figuras de Los mise­rables , de Víctor Hugo, y Oliver Twist , de Charles Dickens.

Ya en la literatura picaresca del Siglo de Oro español, encontramos el castigo contra los niños. En el Lazarillo de Tormes , obra de autor anónimo, el pro­tagonista narra su propia vida, dedicada a servir como criado, y los actos de picardía que lo ayudan a sobrevivir a los castigos y burlar a sus amos, pues Lázaro, el niño de ojos tristes, que está condenado a vivir un tipo de vida que no ha elegido voluntariamente, debe aguantar el hambre y los sufrimientos con una resignación que le impide re­belarse. Pero, al mismo tiempo, la autobiografía de Lázaro es el fiel reflejo del autoritarismo de su época, en la que la violencia contra la infancia formaba parte de la vida social. El Lazarillo de Tormes es una obra que justifica la actitud pícara de un niño, ante la crueldad del castigo físico y psíquico, cuyas consecuencias son nefastas en la formación de la personalidad humana.

De acuerdo a la psicoanalista Alicia Miller, el castigo físico y psíquico son factores que determinan la futura personalidad del niño. En su ya reputado estudio sobre la infancia de Adolf Hitler y otros líderes del nazismo, demostró que el niño no sólo idealiza la imagen del padre, sino que imita la conducta de éste. Un niño que es agredido por su padre, es muy probable que, una vez que éste sea padre, agreda también a su hijo.

Un padre déspota puede forjar un hijo esquizofrénico como Adolf Hitler, quien conoció des­de la infancia la golpiza y el terror de la pedagogía negra , o forjar un hijo retraído y acomplejado como Franz Kafka. Los psicólogos aseveran que el escritor checo es la metáfora perfecta de la tragedia del hombre reducido a la nada por el poder omnipresente del padre, cuya autoridad está reflejada tanto en la sociedad como en la familia. La metamorfosis, sin duda, es la radiografía más auténtica de Kafka, él es Gregorio Samsa convertido en una miserable cucaracha.

En la famosa carta que le escribió a su padre, poco antes de morir ahogado en su propia pesadilla, se lee: puedo recordar directamente un solo suceso de mis primeros años; quizá también tú lo recuerdes. Una noche, al mismo tiempo que gimoteaba, yo pedía agua sin cesar; desde luego, no tanto por sed, sino probablemente, un poco por fastidiar y un poco para entretenerme. Como no dio resultado ninguna amenaza violenta, me sacaste de la cama, me llevaste en brazos has­ta el balcón y allí me dejaste solo, en camisón, parado ante la puerta cerrada (…) Años más tarde, aún me perseguía la visión torturadora de ese hombre gigantesco, mi padre, que en última instancia casi sin causa podía venir una noche y transportarme de la cama al balcón: a tal punto yo no era nada para él (Kafka, F., 1985, p. 25).

Durante siglos, para la mayoría de la gente constituía algo completamente natural que los niños tuvieran que obedecer, sin objeciones, a los padres. A la obediencia in­condicional que se exigía del niño, seguía la necesidad del castigo físico. Por regla general, se carecía de conoci­mientos acerca de los riesgos que implicaba esta forma de educación. Según el catecismo, todos los amos debían inculcar a los sirvientes y domésticos, entre ellos a los hijos, buen orden y disciplina, y castigar a los desobedientes con golpes razonables. Cierto obispo, que comentó el cate­cismo en el siglo XVII, manifestó: un buen amor paternal consistía en castigar y azotar de forma razonable a sus hi­jos. Asimismo, en otras circunstancias y lugares, se recomendaba los castigos corporales, arguyendo que: quien vive sin castigo y sin ley, muere deshonrado.

Entre 1700 y 1800 era común encerrar a los niños desobedientes en calabozos y tétricos roperos. Desde entonces, estos métodos de castigo no han sido modificados, pues aún existen quienes abandonan a los hijos en cuartos oscu­ros, ya que la violencia desatada contra la infancia parece una gangrena difícil de extirpar de la vida social.

El mundo tuvo que esperar hasta 1959, año en que se promulgó la primera Declaración de los Derechos del Niño en la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), según la cual era deber del Estado y la sociedad proteger al niño del maltrato físico y psíquico. La Declaración de los Derechos del Niño fue ratificada en otras oportunidades, pero los castigos continuaron siendo habituales en el hogar y la escuela.

En Alemania, en una encuesta realizada en 1964, se lle­gó a la conclusión de que el 80% de los padres castigaban a sus hijos, de los cuales el 35% usaban la caña de Bengala; este número era superior si se incluían las demandas por agresiones sexuales y abusos deshonestos, seguidas por las de abandono familiar. En Suecia, considerada para­digma que respeta los Derechos del Niño, según un censo de 1986, se dedujo que se maltrataban a más niños que en los Estados Unidos, a pesar de que ya en 1920 se promulgaron leyes que condenaban a los padres que seguían teniendo el derecho expreso de castigar físicamente a sus hijos.

El mejor documento de este atropello indigno constituye el libro de memorias escrito por Ingmar Bergman, La linterna mágica, en cuyo primer capítulo relata las vivencias de su infancia: la terrible relación que le liga con sus padres, sobre todo, con el insobornable pastor pro­testante que debió ser su padre, quien le dio una educación rigurosa, en la que no faltó el castigo brutal.

Un martes de invierno -recuerda Bergman-, cuando mi madre me fue a buscar en el teatro y yo traté de abrazar­la y besarla, ella me apartó y me dio una bofetada. Luego continúa: La técnica de mi madre para las bofetadas era insuperable. Soltaba el golpe con la rapidez de un relámpago y con la mano izquierda, en la que dos pesados ani­llos, el de compromiso y el de boda, daban al castigo un doloroso énfasis. En otra parte de su biografía, confiesa: Los castigos eran algo completamente natural, algo que jamás se cuestionaba. A veces eran rápidos y sencillos, como bofetadas o azotes en el culo, pero también podían adoptar formas muy sofisticadas, perfeccionadas a lo largo de generaciones (…) Los delitos más graves eran castiga­dos ejemplarmente: todo empezaba con el descubrimiento del delito. El delincuente confesaba ante una instancia de menor entidad, es decir, ante las sirvientas, o ante mamá, o ante alguna de las innumerables mujeres de la familia que vivían a temporadas en la casa rectoral. La consecuencia inmediata de la confesión era el aislamiento. Nadie hablaba ni contestaba. Esto tenía por objeto, según puedo entender, hacer que el delincuente deseara el castigo y el perdón. Después de la comida y del café se convocaba a las partes al despacho de papá. Allí se seguían los interrogatorios y las confesiones. Después traían la pala de sacudir alfom­bras y uno mismo tenía que decir cuántos azotes creía merecer. Una vez establecida la cuota se cogía una almo­hada verde, muy rellena, se bajaban los pantalones y los calzoncillos, lo ponían a uno boca abajo sobre el cojín, alguien sujeta con firmeza el cuello del malhechor y se daban los azotes. No puedo afirmar que fuese particularmente doloroso, lo que dolía era el ritual y la humillación. Mi hermano lo pasó aún peor. Muchas veces mamá se sentaba en su cama para curarle la espalda, en la que los latigazos habían levantado la piel y marcado sanguino­lentas estrías (…) Terminados los azotes, había que besar la mano de papá (Bergman, I., 1988, pp. 16-19).

Otro ejemplo es el de Máximo Gorki, quien, tras quedar huérfano a los seis años de edad, vivió en la casa de sus abuelos, en un hogar agobiado por el odio, donde se tenía la costumbre de repartir manotazos entre los niños. El propio Gorki, que hizo del mundo su universidad y vivió imbuido de un enorme amor por el prójimo, escribió en su inolvidable autobiografía las experiencias más crudas de su niñez. En el segundo capítulo de Días de Infancia narra cómo él y su primo fueron castigados por su abuelo, tras habérseles ocurrido la travesura de perder un dedal y teñir un mantel: El abuelo me vapuleó –dice–, hasta que perdí el conocimiento. Estuve enfermo durante varios días. Me acostaron en un lecho amplio y muy mullido en una estancia que tenía una sola ventana y en la que había una lamparilla que iluminaba un estante lleno de imágenes re­ligiosas. Aquellas horas de mi enfermedad creo que perma­necen aún en mi memoria como las más importantes de mi existencia. No me cabe duda de que durante este período crecí extraordinariamente, y que en mi interior tuvo lugar un singular proceso. Fue en aquellos momentos cuando se manifestó en mí por vez primera esa inquietud que después he sentido por todos los seres humanos. Era como si hubie­ra sido despellejado mi corazón, el cual se tornó extraordinariamente sensible con relación a toda clase de vejaciones y a todos los sufrimientos, ya fueran éstos los propios o los ajenos (Gorki, M., 1976, p. 40).

El escritor Ian Gibson, en su libro sobre el vicio inglés, afirma que el imperio británico se erigió sobre el látigo. Se flagelaban a los niños en la casa y en la escuela. Recién en 1986, las cortes británicas abolieron, por un solo voto a favor, el uso de la azotina en las escuelas públicas, y ello teniendo en cuenta que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos había condenado al Reino Unido por seguir permitiendo, como el único país en Europa, dichos castigos.

En la actualidad, entre los sociólogos, psiquiatras y pedagogos que trabajan con los problemas de la relación entre padres e hijos, reina el acuerdo unánime de que los castigos corporales deben rechazarse como métodos de educación, puesto que el factor principal para el maltrato de los niños ha sido -y sigue siendo- la educación. Todas las familias tratan de educar a los hijos en función de cómo ellos fueron educados.

Los padres que golpean al hijo no consiguen nada positivo en su educación, sino que, al contrario, arriesgan que el niño sufra algún detrimento de carácter psíquico. Además, hay muchos castigos psíquicos que tienen la misma influencia perniciosa en el desarrollo del niño que los castigos corporales. Encerrar a un niño, amenazarlo, asustarlo, tratar de aislarlo o dejarlo en ridículo, tienen que considerarse también como tratos humillantes y, por lo tanto, deben estar prohibidos por ley.

La sociedad de hoy, donde los principios democráticos consideran al niño como un individuo independiente y con derechos propios, exige que los niños estén entrenados a pensar por sí mismos, acostumbrados a elegir y a asumir su propia responsabilidad. Uno no puede ya golpear a los niños para que sean obedientes y exigir, al mismo tiempo, que se atrevan a pensar por cuenta propia. Esto implica aplicar un tipo determinado de educación infantil, una educación democrática, orientada a desarrollar la persona­lidad del niño conforme al desarrollo también democrático de la sociedad.

Bibliogafía

Bergman , Ingmar: La linterna mágica. Ed. Tusquets, Bar­celona, 1988.

Gorki , Máximo: Días de infancia. Ed. Bruguera, S. A., Barcelona, 1976.

Kafka , Franz: Carta al padre. Ed. Akal, Madrid, 1985.

Rousseau , Jean-Jacques: Emilio o de la educación. Ed. Po­rrúa, Argentina, 1979.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Un pequeño gran secreto del pasado

Debía procesar la información en mi cabeza.

Carlos estaba con Amanda y yo con Hadrien, Amanda tiene por sumiso a Carlos, Carlos casi me delata… y se delata. si Amanda o Hadrien saben que nos conocemos probablemente se enojen bastante y nos prohiban volver a hablarnos.

-Evelyn… el es carlos, es el sumiso de Amanda, llevan 8 meses juntos.

Los mismo que había estado yo con Hadrien desde que me atraparon. Esto no era mera casualidad, el trama a algo y me decidí a averiguar que era.

-Carlos, ve por la comida.- le ordeno Amanda. El como un idiota siguió ordenes.

-Tu que niña?- dijo viéndome sería y algo enojada, como si estuviera fastidiadad. – ve y ayudalo. Veo que ya has olvidado todo sobré obedecer.

Era mi oportunidad, se notaba que ellos queria hablar sobre algo, no se que era. No me interesa asi que salí corriendo y lo abrace, el me respondió con un abrazo bastante fuerte.

-¿Que haces aqui?

-Te he estado buscando. Vi todo, el hombre en la biblioteca y el secuestro en tu casa.

-Pero porque con Amanda? Ella es un monstruo con sus sumisos.

-Asi es, pero es por ti. No podemos hablar aqui de esto alguien podría oírnos.

-De acuerdo.

Tome un plato con papas y me voltee al darme la vuelta cai por los tacones sobre Carlos.

-¡¿pero que carajos hacen?!- Amanda estaba parada frente a nosotros.

-Carlos no ha tenido la culpa, yo me he caído por estos tacones.- me levanté y Carlos despues.

-Te he pasado ya muchas Evelyn, esto es el colmo. Eres una zorra! Hadrien, con tu permiso pero esta estúpida merece un buen castigo y si tu no se lo das se lo dare yo.

-Adelante, ella se lo busco.

-Que?! Pero si solo me he caido.

-Sobre mi chico zorra.- me dio una fuerte cachetada que me tumbo al suelo. De nuevo… Tomando mi pelo entre sus manos me llevo hasta las escaleras donde me jalo hasta el cuarto mas cercano, para mi mala suerte era el de Hadrien.

Me metio y me tiro sobre la cama. Puso seguro a la puerta y jalando mi pelo y poniéndose a mi altura.

-Te mueves y no sales viva de aqui, ¿me entiendes?

Me resigne a solamente asentir.

Se volteo y abrió el armario, saco dos corbatas de seda y un cinturón de cuero, esto no iba a acabar bien. Para mi colmo, fue y prendió la regadera con agua hirviendo, me ató las manos y pies juntos, las manos amarradas sobre la cabeza a la cabecera de la cama y los pies a los postes de la cama. Me sentia inmune ya que estaba boca abajo y no veia nada en absoluto.

Pasaron cerca de 5 minutos y entonces levanto mi vestido de un solo movimiento y llegaron los azotes.

-Cuéntalos… ALTO! Quiero oirte gritar lo mas fuerte que puedas.

***

Conte 20 azotes con cinturón de cuero. cuando término mi cuerpo temblaba del dolor, Hadrien jamas me habia pegado tantas veces. las máximas habían sido 7 y eso que fue con la mano.

-Ahora zorra, di: «no debo acercarme a los sumisos de los demás»

Yo solo lloraba y temblaba, aun tirada boca abajo.

-Que lo digas!!

Lo repetí tartamudeando.

-Bien, ahora el verdadero castigo.- vi lo sádico en su mirada. Me soltó las cuerdas excepto las manos, esas me dejo las muñecas atadas. Me jalo hasta el baño, yo no podía ni moverme, el agua ardía, soltaba humo insesante, oía como burbujeaba de lo caliente.

-Siéntate en la esquina de la bañera.

Como pude lo hice y jalo mis pies hasta que quedarán bajo el agua ardiente. Grite lo mas fuerte que había hecho jamas. Ella únicamente río y me tuvo mis pies bajo el agua.

-Si los sacas te azotare hasta el amanecer y apenas son las 6 de la tarde, no te gustaría verdad?

Negué mientras lloraba a mares. Mi vestido estaba empapado y yo sudaba de dolor de estar sentada y mis pies ardían. Pasaron 8 minutos hasta que el agua empezaba a enfriarse, entonces los saco y me ordeno salir del baño.

-Quiero que te pongas los tacones.

¿Qué? ¿Acaso estaba loca? No podría mantenerme ni un segundo. Estaba abatida y dolorida ademas de quemada.

-no puedo…

-Hazlo o…- mostró el cinturón en su mano

Me los puse y senti el cuero de los tacones calentarse junto con mi piel. Me levanto y jalo hasta salir del cuarto. Apenas me mantenía en pie, las plantas me ardían y las nalgas las sentia hinchadas y doloridas. No podría sentarme en un mes y caminar sería una tortura, mas en esos tacones.

Antes de entrar a la sala, Amanda me arreglo el maquillaje.

-Ya no llores! o te dare una razón para hacerlo.

-lo siento.- dije y agache la cabeza en señal de sumisión.

Entramos y ella estaba parada frente a mi.

-Traigo a una nueva Evelyn, despues de lo ocurrido alla arriba, créeme que no será la misma.

Se movió dejándome ver, tenia el labio roto y un moretón en el ojo por la fuerte cachetada que me dio, los tacones me mataban, camine hasta el sillon y me senté junto a Hadrien.

-No te sientes Evelyn. Tráenos los platos por favor.

-Ya Amanda, no se puede ni mover.

-Ella puede. O no?

Asentí y con paso lento y doloroso salí a la cocina llevando conmigo los platos hasta la sala donde por fin me pude sentar a descansar y dejar a las calientes lágrimas correr por mis lastimadas mejillas.

-Evelyn, no quieres abrir tus regalos? Amanda y Carlos los han traído con mucho cariño.

-Solo Amanda.- dijo carlos corrigiendo a Hadrien

-Ábrelos querida.

Tome la primera caja y Amanda dio un brinco.

-Esa no es del todo tuya. De hecho ninguno asi que Hadrien tambien puede abrirlos, no tengan pena, carlos ya vio los regalos.

Eso solo indicaba algo malo. La caja contenía una cadena con argollas en las muñecas, tobillos y cuello. El sueño de cualquier chica de 17. Las demas contenían cosas parecidas, no conocia la mayoría de estos.

La noche cayo de golpe y el cansancio y dolor amenazaban con dejarme caer desmayada en cualquier momento.

-Ya debemos irnos. Carlos tampoco se ha comportado bien hoy asi que tampoco le irá bien en casa.

-de acuerdo. Hasta luego.

Salieron y con la mirada me despedí de Carlos, pidiendo perdon con la mirada.

En cuanto salieron me dispuse a quitarme los tacones pero cai desmayada por el dolor.

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