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Convencer anciano residencia

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Autorización judicial de ingresos en residencias. ¿Déjà vu?

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Un «déjà vu» es esa sensación que se tiene a veces de haber vivido una situación cuando lo cierto es que es la primera vez que se experimenta.

Entramos en una habitación y pensamos «yo he estado aquí», pero sabemos que es imposible porque es la primera vez que visitamos esa ciudad; alguien dice algo y pensamos «esto ya lo he vivido», pero sabemos que no es así.

Dejando de lado exóticas explicaciones paranormales, la psicología nos explica que esa sensación puede tener varias causas: unas tienen que ver con la forma en que el cerebro almacena la memoria y clasifica los recuerdos, otra más prosaica es que, a veces sencillamente «hemos estado allí» o ya habíamos vivido la situación.

Digo esto después de asistir a la conferencia de un fiscal en unas interesantes jornadas organizadas por Geriatros SARquavitae sobre protección jurídica de los mayores que decía cosas como que, de acuerdo con la ley, ingresar a una persona mayor con demencia (que no es capaz de formar una voluntad, o sea que no entiende lo que supone ingresar en una residencia) sin obtener una autorización judicial previa supondría un delito de detención ilegal.

Según este fiscal, de acuerdo con la Constitución y la Ley sólo un juez puede privar de libertad a una persona. Por eso sólo el juez puede «meterte en la cárcel» y sólo un juez puede autorizar un internamiento. La policía podrá detenerte unas horas; una situación de urgencia habilita a un médico a proceder a un internamiento de urgencia, pero la intervención del juez y la garantía jurisdiccional siempre planea y puede «ponerte en libertad» en cualquier momento.

El fiscal explicó que según la Ley hay dos procedimientos (Artículo 763 Ley Enjuiciamiento Civil):

  • Uno ordinario, que es el que más se debería utilizar, que requeriría a los familiares a acudir al juzgado, solicitar una autorización, tramitar un procedimiento y, una vez obtenido el Auto, proceder al ingreso en la residencia.
  • Uno de urgencia que permite a un médico autorizar el ingreso obligándole a comunicarlo al juzgado lo antes posible (máximo 24 horas). El juzgado en 72 horas da respuesta ratificando el internamiento o no. En esas 72 horas el juez ofrece a la persona la posibilidad de tener representación de un abogado; escucha directamente a la persona afectada, al Ministerio Fiscal, a un facultativo y practica las pruebas que considere adecuadas.

Después avisó de que no hay que caer en la tentación de utilizar el procedimiento de urgencia cuando éste no es justificado y comparó ingresar en una residencia con ir al teatro. «Primero compras la entrada y después entras en la sala». «A nadie se le ocurre entrar en el teatro, sentarse y entonces pensar en comprar la entrada». Nos ilustró con una sentencia del Tribunal Constitucional e incluso llegó a plantear que, a veces, aplicarlo mal puede llevarnos a la necesidad de «dejar en libertad» al residente.

Reconoció el fiscal que estos trámites, necesarios para no atentar contra derechos fundamentales, pueden plantear algunos inconvenientes burocráticos pero que éstos nunca serán tan graves como el hecho de privar de libertad a una persona, que recordó, es un delito.

En ese momento yo ya empezaba a dudar sobre si ese fiscal era un extraterrestre que acababa de llegar al planeta Tierra y sólo había tenido tiempo de leer la ley antes de su aterrizaje, si se estaba burlando de nosotros o si, verdaderamente creía lo que decía.

Para mí la base del error del argumento del fiscal es el cómo vemos eso de la voluntariedad en el ingreso en residencias y cómo lo situamos en el contexto socio/demográfico que vivimos.

Lo intenté explicar en un capítulo que escribí en el libro «Diez temas jurídicos de Portal Mayores» para el Imserso en 2006 que empieza así:

El Sr. A, de 52 años, sufre una enfermedad mental en fase aguda y existe un serio riesgo de que cause daño a sus familiares con los que convive, a sus vecinos o a sí mismo. El tratamiento que requiere tiene que ser administrado, a criterio de su médico, en una unidad psiquiátrica de internamiento pero él no quiere ingresar de ninguna manera. Dice que «no está loco», que no quiere que le «metan en un manicomio» y que todo es un complot del médico y su familia.

La Sra. B, de 87 años, sufre un Alzheimer en fase avanzada y vive con su hija, de 65 años y el mari- do de ésta. Tras una caída sufrida por la Sra. B, su hija, que a su vez sufre una lesión de espalda que le impide levantar pesos, se da cuenta de que cuidar a su madre cada vez le resulta más difícil. Además, el marido de la hija insiste en que la situación no es sostenible teniendo recursos suficientes como para poder pagar una residencia. Finalmente deciden ingresar a la Sra. B. Buscan una residencia, la contratan y efectúan el ingreso. ¿Qué dice la Sra. B?, nada. A veces sonríe, a veces llora, pero hace tiempo que no dice nada inteligible.

¿Tienen algo en común el Sr. A y la Sra. B?

Sí. En ambos casos se ingresa a personas en un centro del que no podrán salir voluntariamente sin que ellos hayan consentido.

¿Tienen lo suficiente en común como para que la Ley arbitre el mismo procedimiento para ambos casos?

A mi entender no tienen lo suficiente en común para que se justifique la puesta en funcionamiento de un mecanismo costoso y complicado. Además sabemos que, con la cantidad de personas mayores que sufren demencia e ingresan en residencias, es imposible que los juzgados puedan hacer aquello que la Ley prevé de una forma lo suficientemente ágil como para que ayuden.

A mi entender la señora B no ingresa «contra su voluntad» ni «de forma involuntaria». Lo que sucede es que la demencia ha provocado que millones de personas en el mundo, incluida la señora B, vivan «más allá de la voluntad». Estas personas son lo suficientemente importantes y lo suficientemente numerosas para que nuestros legisladores, gobernantes y jueces se den cuenta de que lo que se pensó «para meter locos en manicomios» y se fue adaptando para convertirse en «internamientos psiquiátricos», no vale para el ingreso de personas con demencia en residencias de mayores.

Ahora el tema vuelve a ser de actualidad en Cataluña al hilo de las instrucciones que ha enviado una administración a las residencias obligándolas a realizar nuevas comunicaciones a fiscales y jueces sobre el ingreso y estancia de residentes.

Cientos de residencias de tercera edad de Catalunya están preparando quilos de papel que en las próximas semanas habitarán las mesas y archivos de los juzgados y fiscalías catalanas.

Volviendo al «déjà vu». Cuando empecé a trabajar como inspector en febrero de 1991 en Cataluña se empezaba a aplicar el decreto 145/1990 (hoy derogado) que obligaba a las residencias a comunicar los ingresos de los presuntos incapaces y obtener autorización judicial. En ese momento muchas residencias empezaron a «comunicar todo para curarse en salud» y utilizaron por defecto el sistema de urgencia. Los jueces empezaron a tramitar expedientes hasta que se hartaron y empezaron a acumular las comunicaciones sin hacer nada o incluso se negaron a admitirlas. Lo expliqué en un escrito de hace casi veinte años.

Ahora parece que volvemos a estar en lo mismo. Lo que dice el Fiscal y lo que exige la Generalitat, me temo, se volverá a convertir en un mero trámite burocrático sin una verdadera consecuencia sobre el residente.

Las residencias comunicarán y las comunicaciones, en su inmensa mayoría, envejecerán almacenadas alimentándose de «polvo de juzgado».

No pude preguntarle al fiscal algo que me apetecía mucho plantear. ¿Podría una residencia concertada decirle a la comunidad autónoma que se niega a ingresar a un presunto incapaz que tiene asignada una plaza pública en esa residencia si no tiene un auto judicial que autorice ese ingreso? ¿Debería una residencia que no ha obtenido respuesta sobre el ingreso urgente al cabo de 72 horas «dejar en libertad» al residente?

¿Hay alguna solución? Yo llevo planteando ésta desde hace unos 20 años cuando la articulé en mi proyecto de final de curso del Máster en Gerontología Social. Lo dejo para aquellos a quiénes le interese:

El deterioro de salud que, en muchos casos, acompaña al envejecimiento, los cambios de la estructura familiar, los problemas económicos que se prevén para los mayores en el futuro próximo, unido al previsible aumento de este estrato de la sociedad hace necesaria una regulación específica de la protección de aquellos que no pueden valerse por sí mismos.
Los guardadores de hecho, familiares o personas que se encargan del mayor aunque no dispongan de documento alguno que lo acredite, deberían recibir de la ley unos poderes que les permitiesen, bajo control administrativo, administrar el patrimonio y proteger al mayor. Estos poderes deberían venir necesariamente acompañados por una serie de obligaciones, en especial en caso de ingreso en residencia que supusiese hacerles corresponsables de posibles condiciones humillantes o menoscabo si éste pudo ser previsto por el guardador en el momento de pactar el ingreso. La figura de la guardada de hecho, que podría denominarse «geroguarda» sería siempre fruto de un procedimiento administrativo «pacífico», queriendo decir que se haría participar a los familiares de primer grado intentando que, entre ellos nombrasen al «geroguardador» y pudiesen establecer medios de control, siempre dentro de la familia.
Por supuesto seguiría en vigor la normativa de incapacitación e instituciones tutelares para casos en que no fuese posible establecer la geroguarda por oposición de parte de la familia. En estos casos, mientras durase el proceso se debería intentar crear guardadores provisionales (administración o entidades sin ánimo de lucro) que ejerciesen de tales hasta la resolución judicial.
La idea es ambiciosa ya que, al tratar de derechos fundamentales de las personas exigiría la aprobación por parte del parlamento de una Ley orgánica y del correspondiente desarrollo por parte de la Administración Central y Autonómica. Pero no por ello debe desestimarse ya que, aunque, fruto de discusiones podría alterarse sustancialmente la propuesta, considero muy importante que empecemos a plantear posibles soluciones a un problema que empieza a acercársenos a pasos agigantados y no esperemos a que se nos eche encima para adoptar medidas de urgencia improvisadas y condenadas al fracaso.

EL INGRESO OBLIGADO EN RESIDENCIAS DE MAYORES.

Hace unas semanas acudió a mi despacho un cliente a quien conocía ya de tiempo atrás. Vino apurado para tratar de solucionar un problema que tiene con su padre, ya anciano. Me explicó que su padre está muy deteriorado físicamente, que necesita atención personal las 24 horas del día para desarrollar las actividades más elementales de su vida diaria tales como asearse, vestirse o comer; que precisa de atención médica y fisioterapéutica continuada, así como que en la actualidad se encuentra en una residencia de mayores que le ofrece todos estos servicios. Sin embargo el padre mantiene un carácter fuerte y no desea permanecer en la residencia sino volver a su casa, a pesar de que es incapaz valerse por sí mismo. Se muestra despótico e irascible y dificulta a conciencia las tareas de sus cuidadores para provocar su expulsión. Sus hijos hablan con él y reconducen la situación por unas semanas o por unos días, pero al tiempo vuelve a sus trece y hay que convencerle de nuevo de que en la residencia es donde mejor asistido está. Y así, pasa los días a regañadientes él, y temerosos de que en algún momento pueda llegar a cometer un disparate, sus hijos.

Revisé el contrato con la residencia y efectivamente, alarmada, advertí que en él no constaba la firma del residente, sino sólo la de un familiar, junto a la firma del representante del Centro.

Mi cliente no había oído nunca hablar del concepto de incapacitación, ni del delito de retención ilegal, ni mucho menos vinculaba estos conceptos con su situación, pero lo cierto es que, siendo una persona razonable y bondadosa como es, algo le chirriaba en el hecho de tener que obligar a su padre a permanecer en un lugar en contra de su voluntad, por mucho que le conste que es lo mejor para él. Mi cliente me transmitía asimismo que los responsables de la residencia no se encuentran tampoco cómodos con la situación. Le instan a “resolver el problema” sin concretarle cómo y sin pasar de meras insinuaciones, quizá por prudencia, si bien le requieren cada vez con más insistencia.

Lo cierto es que mientras un Juez no determine lo contrario, el padre de mi cliente es una persona mayor de edad y en plenitud de facultades que tiene derecho a decidir lo que hace o deja de hacer con su vida aunque a juicio de los demás no sea capaz de discernir lo que sensatamente le conviene. Los familiares –ni siquiera los hijos- no tienen autoridad para imponerle la permanencia en un sitio u otro. La autoridad moral de quienes sólo desean su bien no es suficiente a efectos jurídicos, de forma que si el padre de mi cliente quisiera marcharse de la residencia, hoy por hoy nadie podría retenerle allí. De hecho la propia residencia, debería facilitarle la salida.

Sin embargo, se plantea un problema serio. Los hijos tienen, no sólo el derecho, sino también el deber de cuidar y asistir a sus padres, de conformidad con los artículos 142 y siguientes del Código Civil, procurándoles lo que les sea necesario aún en contra de la voluntad de éstos si sus capacidades físicas o psíquicas se hallan mermadas. Yendo más allá, me atrevería a afirmar que la obligación llegaría al punto de incurrir en responsabilidad los familiares directos en caso de que, por abandono de los mayores, éstos llegasen a causarse algún daño a sí mismos o a otros.

Para manejar adecuadamente estas situaciones la ley prevé la posibilidad de que los parientes insten el auxilio judicial en los supuestos de enfermedades o deficiencias persistentes de carácter físico o psíquico que impidan a una persona gobernarse por sí misma. En tales casos los parientes más próximos tienen el derecho y el deber de instar la incapacitación de su familiar, y éste fue el consejo que le di a mi cliente. Instar la incapacitación del padre mediante la incoación de un procedimiento judicial a tal efecto.

Interpusimos la demanda y pocos días después, casualmente, apareció en prensa la noticia de que el Justicia de Aragón había dado traslado a la Fiscalía de un supuesto en el que unos sobrinos mantenían a su tía en una residencia en contra de la voluntad de ésta a pesar que la anciana se hallaba en perfecto estado físico y mental, pudiendo haber incurrido los sobrinos –y en mi opinión también la residencia- en un delito de retención ilegal.

En este tipo de procedimientos de incapacitación, los interesados exponen cuáles son las circunstancias físicas y/o psíquicas en las que se encuentra el presunto incapaz, qué es lo que necesita, y qué es lo que él desea, y se le pide al Juez que adopte las medidas necesarias para cubrir tales necesidades. En el supuesto que relato, solicitamos del Juzgado que autorizase o impusiese el ingreso y permanencia del padre de mi cliente en una residencia que contase con las instalaciones y los medios técnicos y humanos necesarios para prestarle los cuidados que requiere y que no se le pueden proporcionar en casa.

De la demanda se dará traslado al presunto incapaz, dándole la oportunidad de defenderse oponiéndose a ella, si bien aunque no responda, el Juez escuchará su versión personalmente. También tendrá en cuenta el informe del Ministerio Fiscal, que intervendrá en todo caso para garantizar los derechos del presunto incapaz y evitar que se cometan abusos contra su persona o sus bienes. Además, en el procedimiento se someterá al supuesto incapaz a un examen médico y psicológico forense y se escuchará a los familiares más cercanos.

Finalmente, en la Sentencia que dicte, el Juez decidirá hasta qué punto o para qué actos reputa capaz o incapaz esa persona, acordará la adopción de las medidas que se le hayan pedido o que considere adecuadas –en nuestro caso la permanencia en la residencia- y nombrará un tutor que complemente la capacidad del incapaz, es decir, que tome las decisiones que éste no puede adoptar, que controle su bienestar y que rinda cuentas a la Fiscalía o al Juzgado cada vez que sea requerido para ello.

Así, sí, el internamiento en la residencia del padre de mi cliente se habrá llevado a cabo con todas las garantías y parabienes legales.

Denuncian el ingreso no voluntario y sin garantía judicial de mayores en residencias

El Justicia de Aragón, Fernando García Vicente, ha criticado el ingreso «irregular» de mayores en residencias aragonesas. El motivo no es otro que el internamiento no voluntario de estas personas sin su consentimiento, al considerar que no cuentan con las condiciones psíquicas adecuadas para tomar esta decisión por sí mismos.

Sin embargo, según la legislación vigente, este pacto entre los familiares y los centros residenciales debe llegar avalado por un auto judicial que confirme la incapacidad de juicio del internado. Algo que, en Aragón, no se está cumpliendo. Según el informe elaborado por la institución que vela por los derechos de los aragoneses, han detectado estas «situaciones irregulares» en «la mayoría de los centros residenciales visitados».

Los técnicos de El Justicia realizan continuas visitas a los centros y establecimientos geriátricos, sean públicos, privados o de carácter social, para verificar las condiciones de las personas válidas o asistidas. Fruto de estas ‘inspeccciones’ se ha detectado esta problemática que vulnera el derecho de muchos internados de forma no voluntaria y sin las garantías legales requeridas.

Así lo establece la Ley de Enjuiciamiento Civil, en su artículo 763: «El internamiento, por razón de trastorno psíquico, de una persona que no esté en condiciones de decidirlo por sí, aunque esté sometida a la patria potestad o a tutela, requerirá autorización judicial, que será recabada del tribunal del lugar donde resida la persona afectada por el internamiento».

En este sentido, El Justicia recuerda un pronunciamiento de la Fiscalía General del Estado en el que se asegura que «viene siendo usual que los ingresos sean convenidos entre los familiares del interno y el centro, llegando incluso a pactarse el régimen del internamiento, restringiendo o excluyendo la libertad personal al convenirse el régimen de visitas, salidas al exterior e incluso comunicaciones telefónicas o postales, lo que puede resultar gravemente atentatorio a derechos constitucionales básicos y a la dignidad de las personas».

Desde el Consejo Aragonés de Personas Mayores (Coapema), aseguran que desconocían esta situación, por lo que agradecen la labor del Justicia. «Todos aquellos casos de incapacidad psíquica deben pasar por juez», explica su presidente, Jesús Giménez, aunque cree que en muchas ocasiones, los acuerdos entre familiares y centros se llevan a cabo sin el conocimiento de esta exigencia, por lo que también anima a la DGA a regular mejor el proceso.

Sin embargo, fuentes del departamento de Servicios Sociales del Gobierno aragonés niegan las acusaciones del Justicia, y aseguran que «aquella persona que ingresa en una residencia firma un contrato de aceptación y si no es él lo hace un representante que acostumbra a ser un miembro de su familia».

Indican a su vez que «si se aplicase lo que se apunta en este informe, en los casos en lo que hubiese duda de que a esa persona se le está privando de su libertad, habría que mandarlo a casa hasta que el Ministerio Fiscal o un Juez dictaminase si son capaces o no».

Regulación contradictoria

En la actualidad, algo más de 13.000 personas mayores viven en residencias para la tercera edad en Aragón. En concreto 13.312, lo que significa que el 1% de la población total, porcentaje superior a la media española del 0,58 % y sólo superado por el de Castilla y León (1,26 %).

En la Comunidad, el ingreso de estas personas viene regulado por un decreto que establece la obligación de obtener una autorización judicial para los casos de incapacidad del anciano, y por una orden de la DGA que no recoge ninguna prescripción al respecto.

Por ello, García Vicente solicita que «se revise la normativa a fin de adaptarla a las consideraciones expuestas sobre la necesaria autorización judicial en los casos en que el usuario no esté en condiciones de prestar válidamente su consentimiento para el internamiento».

Y a su vez, reclama que los servicios de inspección del departamento de Servicios Sociales verifiquen el cumplimiento de estas prescripciones, «informando en su caso a las personas encargadas de los centros del contenido de esta resolución, a fin de que soliciten la autorización judicial para el internamiento en los casos que proceda».

Sentimiento de culpa por ingresar en una residencia

Ingresar a un padre en una residencia es una decisión dolorosa que genera un fuerte sentimiento de culpa. Uno piensa que no ha hecho todo lo que estaba en su mano o que no ha actuado como debiera.

TESTIMONIOS:

«La incapacidad de mi padre ha llegado a unos límites tales que no tenemos más remedio que buscarle una residencia. Sin embargo, no me atrevo a tomar la decisión. Tengo la sensación de que es como abandonarle. ¿Es normal que me sienta así?»F. R.

«Mi madre, de 91 años, y yo vivimos solas. Siempre me he jurado a mí misma que nunca me separaría de ella, pero… Al cabo de los años, se ha convertido en una persona absolutamente dependiente, ha perdido la memoria y, como sólo me tiene a mí, no me atrevo a dejarla sola un minuto. Desde hace cinco años, casi no salgo de casa, y mi estado es tal que todos los días me desahogo llorando.
Después de dudarlo mucho, he decidido reservarle una plaza en una residencia, donde espero esté bien atendida y donde podré visitarla a diario. Con todo, tengo remordimientos, porque creo que es como abandonarla. Me avergüenzo de mí misma. Cada día me arrepiento y, en el fondo de mi corazón, le pido perdón a mi madre, pero tengo 67 años y necesito seguir viviendo, poder dormir, ver a mi familia y a mis amigos, recuperar la salud y no estar todo el día angustiada. Hay que armarse de valor, pensar que no podemos hacerlo todo solos y que, a veces, no queda otro camino.»R. L.

«Mi madre tiene Alzheimer. La cuidé en casa todo el tiempo que me fue posible, pero llegó un momento en que fue imprescindible llevarla a una residencia. Elegí una residencia situada a unos 50 kilómetros de mi casa. Fue una decisión muy dura pero, con el tiempo, me he dado cuenta de que mi madre está mejor allí, y que recibe cuidados que yo no podía proporcionarle. Al ir a visitarla regularmente, empecé a relacionarme con familiares de otros enfermos y hemos creado un grupo de apoyo para las familias que tienen que ingresar en este tipo de centros a sus mayores.
Han pasado ya cuatro años y, gracias a la ayuda de este grupo de familiares, he soportado mejor la situación y he conseguido liberarme de mi sentimiento de culpabilidad. A menudo me repito que, si mi madre se hubiera quedado en mi casa, no podría haberla cuidado como lo hacen en la residencia y, además, habría acabado hundiéndome. A veces, para superar la culpa, es necesario hablar con un psicólogo. Si es así, creo que no hay que dudar en recurrir a estos profesionales que pueden ayudarnos mucho. Además, hay que apartar el pensamiento de que abandonamos a nuestros padres, porque podemos ir a visitarlos. No hay que sentirse culpable y, sobre todo, no prestar oídos a lo que digan los demás: hay que hacer lo que uno cree que debe hacer y actuar en consecuencia.»Marisa G.

NUESTRA OPINIÓN:
«Residencia de ancianos». Su solo nombre es para muchos sinónimo de abandono. Sin embargo, no hay que sentirse culpable. Nadie está libre de sentir que ha dejado de cumplir con sus principios. Lo importante es expresar los propios sentimientos y, con el tiempo, encontrar el equilibrio entre las necesidades de quien precisa los cuidados

SÍNDROME DEL CUIDADOR: ¿TE SUENA?

Aunque cada persona es diferente, y ya cada familia ni te cuento, en general el cuidado de una persona dependiente es un acto de amor.

A pesar de ello, cuando esa persona cuidadora debe encargarse del enfermo en solitario, sin ayuda familiar, ni de organismos públicos, es bastante común que la situación le sobrepase.

Esto va a generar:

  • Cansancio continuado.
  • El ya citado aislamiento.
  • Cambios que afectan al humor y favorecen la irritabilidad.
  • Problemas laborales.
  • Dificultad para concentrarse.
  • Mayor consumo de tranquilizantes o sustancias que generan adicción.

Llegados a este punto, la sobrecarga del cuidador es brutal; sin embargo, si este no es consciente de que está al límite de sus fuerzas, la debacle es inminente.

En definitiva, el resultado es cuidador enfermo y anciano con problemas de Alzheimer a la residencia.

En el siguiente vídeo, se analizan las características que podrían poner al afectado en situación de sobre-aviso, para no llegar a desarrollar un síndrome del cuidador.

Prevención

Con anterioridad te he comentado la importancia que tiene el bienestar del propio cuidador.

Un cuidador saturado, no va a ofrecer cuidados de calidad a ese ser querido. Clic para tuitear

¿Cómo evitar el síndrome del cuidador?

De lo anterior se deduce que para evitar el síndrome del cuidador, el cuidador principal, lo primero que ha de hacer es cuidar de sí mismo (aunque sea mucho repetir).

Ese cuidado de sí mismo puede basarse en implantar las siguientes 6 estrategias:

  • Conocer la enfermedad que tiene la persona a la que se va a cuidar.
  • Evitar el aislamiento social, lo que supone delegar funciones y tareas en otros familiares.
  • Potenciar la propia autonomía del enfermo, lo cual supone un doble beneficio: se mejora su autoestima y la carga de trabajo para el cuidador es menor.
  • Cuidar la realización de determinados movimientos, pues el cuidador a veces tiene que cargar con el peso del familiar enfermo, y eso en muchas ocasiones, día tras día.
  • Vigilar su alimentación y mantener sus aficiones, evitando caer en la rutina de vivir exclusivamente para cuidar del familiar enfermo.
  • Facilitar las habilidades de comunicación, de modo que el cuidador pueda hablar en confianza sobre sus problemas, temores, …, con alguien de su entorno.

¿Cómo superar los principales escollos que surgen en el cuidado de un familiar?

Para prevenir que el cuidador acabe siendo un cuidador quemado, lo mejor es conocer cuáles son las “grandes lagunas” que aparecen al hacerse cargo de una persona dependiente, y especialmente, si el motivo de esa dependencia es un cuadro como la enfermedad de Alzheimer, con todo el cortejo sintomático que la caracteriza.

Así pues para superar todos los baches que degenerarán en un síndrome del cuidador, lo más práctico es saber de antemano cuáles son estos y qué medidas permiten sortearlos.

Los grandes escollos que aparecen en el cuidado de alguien de la familia, se pueden encuadrar en uno de los siguientes apartados:

      • Falta de privacidad.
      • Privación del sueño.
      • Síndrome del “Soldado Solitario”.
      • Falta de anticipación ante la siguiente fase.
      • Tareas de cuidado agotadoras.

Las medidas más idóneas para hacer frente a tales escollos, están ampliamente desarrolladas en la siguiente presentación interactiva.

A modo de resumen de qué puede hacer la persona cuidadora para prevenir el denominado síndrome del cuidador, te dejo el siguiente gráfico.

Testimonio de una persona cuidadora

Seguidamente te dejo con el testimonio de Sabrina Bequir, quien amablemente ha aceptado mi petición de ofrecer su testimonio.

Las estadísticas nacionales señalan que la enfermedad de Alzheimer afecta a más de 600.000 personas en España, cuyo cuidado recae en el 80% de los casos en las propias familias.

Pues bien, yo puedo decir que estoy dentro de ese porcentaje, de dichas cifras, por segunda vez en mi vida. Se podría afirmar que el Alzhéimer ha vertebrado mi vida y que el hecho de ser cuidadora me define mejor que cualquier otro calificativo.

Voy a comenzar relatando mi vivencia personal para que me conozcan y pueda ejemplificar de la forma más práctica posible cuál es mi experiencia como cuidadora.

Cuando tenía 10 años (en 1990), mi mamá empezó a mostrar los primeros signos visibles de este mal, a pesar de contar solo con 35 años de edad. Creo recordar, incluso, que ella se convirtió en una de las primeras pacientes jóvenes diagnosticada con esta demencia en España.

Desde entonces, y durante 20 años, en mi familia, todos nos convertimos en cuidadores informales de mi madre, tornándonos satélites cuya vida giraba en torno a su persona y su enfermedad. Cuidábamos de ella 24 horas al día, 7 días a la semana, si bien, en lo que a mí respecta, yo siempre fui una cuidadora ‘secundaria’ o de apoyo.

Cuando, en el año 2011, finalmente mi madre falleció decidimos tomárnoslo con la mayor filosofía posible y aprender a disfrutar más de la vida, de la libertad y del sosiego de no tener que estar velando todo el tiempo por su bienestar.

Sin embargo, jamás llegué a pensar que su óbito significaría un punto y aparte para mí, una etapa que se terminaba sí, pero para dejar paso a otra etapa similar en la cual esta vez yo, a mis 35 años, estaba destinada a ser la cuidadora principal de la familia…

Tres años después de que esta demencia se llevase a mi madre, una visita a una profesional de la neurología ponía en mi vida un nuevo diagnóstico desolador: mi hermano, con 38 años, padecía… Alzheimer. Y dadas las circunstancias familiares, yo debía hacerme cargo de él. Y en ello sigo.

Como es fácil imaginar, el síndrome del cuidador quemado es una amenaza constante para mí.

Si con la enfermedad de mi madre había sentido que poseía una vida llena de limitaciones y restricciones, ahora observo que mi vida personal se ha congelado en el tiempo y mi misión primordial en ella, más allá de mis necesidades y realizaciones, es ser la sombra, la guardiana y la protectora de mi hermano.

Y aunque dicha tarea tenga sus gratificaciones, lo cierto es que en estos últimos 2 años, he vivido un carrusel de altibajos emocionales dignos de una novela romántica decimonónica.

Así que, en mi larga convivencia con la enfermedad de Alzheimer, son muchos los episodios que he experimentado y he tenido que superar.

Puedo confirmar sin el menor atisbo de duda, lo laboriosa que resulta esta dolencia para los cuidadores, el gran desgaste físico, emocional y mental que supone y cuántos ‘daños colaterales’ ocasiona en la vida cotidiana de quienes nos dedicamos a la labor de atender a esta clase de enfermos.

Así pues, el agotamiento, la ansiedad, la angustia, la impotencia, la falta de autoestima, la sensación de estar en estado de alarma continuo y, en definitiva, el estrés en todas sus formas, son sentimientos que de modo circular he vivido con frecuencia en los últimos años.

En este sentido, supongo que el famoso síndrome del cuidador quemado (o burn out) es inherente al rol del cuidador. Pero, realmente éste se trata de un cúmulo de factores que convergen en un estado emocional de flaquezas y angustias.

Sin embargo, como les decía anteriormente, la vulnerabilidad que tanto golpea a quienes como cuidadores, no solo es producto de la convivencia con un enfermo crónico que padece una demencia, sino también se acentúa por la actitud que tenemos los propios cuidadores ante la tragedia y la falta de apoyo externo, tanto de los allegados como de la sociedad o del Estado en general.

Y es que ser cuidador de un enfermo con demencia ya implica desde un primer momento la necesidad de abandonar toda lógica de aprendizaje y progreso, ya que precisamente el Alzheimer se basa en un desaprendizaje y una involución irrefrenable en nuestro enfermo, además de un pensamiento inverosímil, absolutamente irracional.

Por eso, una nunca sabe con exactitud qué necesita realmente su familiar dependiente, aunque sí intuye que tiene que estar a su disposición porque una es indispensable en su vida.

En este sentido, cuidar a una persona con demencia exige poco menos que sacrificar la vida personal del cuidador. De ahí que una de las decisiones más críticas de mi vida reciente fue tener que dejar aparcada mi carrera laboral. Clic para tuitear

Dicho en otras palabras, el tener que cambiar mi rol de empleada asalariada por el de cuidadora no remunerada. Sin embargo, dejar de trabajar implica no generar ingresos económicos y esa es una fuente fundamental de quebraderos de cabeza.

Y si a esa nueva condición añadimos el hecho de que cada vez me veía más obligada a recluirme en mi casa y a adaptar mi vida a la de mi hermano a cada nuevo paso que avanzaba su enfermedad de Alzheimer, bueno… es fácil comprender la desazón que me sacudió y lo complicado que fue apreciar mi nueva etapa como cuidadora principal (en realidad, cuidadora única).

Por otro lado, otra de las mayores angustias que he padecido en estos años, en que he tenido que relegar toda mi vida social para centrarme en mi cometido de cuidadora principal, fue sin duda descubrir que me iba quedando cada vez más sola. Pero no, como a priori se pueda suponer, porque me dedicase obsesivamente al cuidado de mi hermano y nada fuera de tal labor careciera de mi interés. ¡No, para nada, nada más lejos!

La realidad es que en mi vida anidó la prioridad de atender a mi hermano y la restricción de no disponer de tanto tiempo libre para ver a mis amistades.

Así, mucha gente de mi círculo cercano no supo comprender mi contexto, ni amoldarse a mis nuevas limitaciones. Y de este modo cada vez te vas quedando más sola, sometida a un aislamiento social que en ningún momento fue voluntario. Y ya se sabe que toda soledad fortuita genera cierta tendencia a la depresión. Clic para tuitear

En lo que respecta a la enfermedad en sí misma, como cuidadora lo que más me frustra son 2 aspectos concretos: por un lado, el deterioro del lenguaje de mi familiar, que dificulta sobremanera nuestra comunicación y entendimiento. Y, por otro, esos repentinos cambios de humor y de carácter que experimentan los pacientes con Alzheimer, que tanta irritación y negatividad causan en el ambiente.

Es muy, muy complicado tratar de razonar con una persona encolerizada, obstinada en su confusión o alucinación, así como resulta realmente desgastante intentar hacerte entender por un enfermo de Alzheimer y entenderle a él. Y estas circunstancias generan mucho malestar en mí, me frustran, me irritan y me causa sentimiento de culpa a partes iguales.

Y en estos casos, es primordial que los cuidadores agudicemos el ingenio y busquemos rápidamente la forma de calmar a nuestro enfermo, de evitar que se produzcan episodios desagradables (principalmente el abandono del hogar por parte del paciente) y, al mismo tiempo, que no nos sintamos desbordados por la incomodidad que producen estas situaciones críticas.

Por lo tanto, mi lema en estos casos es aquél que reza: si no puedes con el enemigo, únete a él.

Por último, quisiera destacar la gran responsabilidad que implica velar por el bienestar y la dignidad de nuestro familiar, que por muy infantil o irracional que sea su comportamiento, no deja de tratarse de una persona adulta.

Y es que mis circunstancias personales y familiares me obligan a actuar sola:

  • Tomar determinaciones rápidas y eficaces.
  • Ocuparme de la situación o el problema con la mayor celeridad posible (porque, al fin y al cabo, lidiar con la enfermedad de Alzheimer es como librar una batalla contrarreloj con el tiempo).
  • Estar prevenida y alerta de episodios futuros.

Por tanto, no dispongo de mucho margen de error, ya que sus consecuencias no sólo me afectarían a mí, sino a mi enfermo. Qué duda cabe que esta circunstancia particular resulta altamente estresante y mina mi capacidad de tomarme las cosas con más templanza.

Así pues, estos episodios y muchos otros propios de una enfermedad larga, corrosiva, progresiva e irremediable son los que se encargan de fomentar en los cuidadores un sentimiento de malestar integral continuo y una carga de responsabilidad y compromisos casi imposible de asumir en toda su magnitud, por mucho que se intente abarcarlo todo.

Así pues, no es extraño que la entrega total a esta labor tenga como consecuencia, a medio o largo plazo, en los cuidadores una tendencia a somatizar la propia dolencia de nuestro familiar enfermo, con todos los problemas que acarrea, hasta el punto de terminar siendo una extensión de su propia vida.

En otras palabras, si no actuamos con lucidez, los cuidadores terminamos siendo un enfermo más en el hogar. Clic para tuitear

Sin embargo, yo personalmente tengo claro que la clave para evitar que el síndrome de cuidador haga mella en nosotros es la actitud que tengamos ante la enfermedad misma.

Todo se reduce a aceptar que las cosas pasan inevitablemente, pero cómo ellas pasan por nuestra vida depende de nosotros.

En este sentido, se gana la batalla a este fatídico síndrome que tanto nos acecha, aprendiendo a valorarnos, a cuidarnos y a no despersonalizarnos.

De hecho, en el blog que he comenzado a escribir mientras ejerzo de cuidadora (Buenos días, Alzheimer) hago mucho hincapié en la necesidad de ejercitar nuestra autoestima, en mantener nuestros propósitos personales vigentes y en no olvidarnos de darnos nuestro lugar y nuestro tiempo.

Es obvio, ser cuidadores de un enfermo de Alzheimer nunca va a ser un camino de rosas; pero ello no significa necesariamente que deba de ser una vivencia espinosa per se.

De la asunción o no de una actitud positiva y agradecida depende todo el resto.

Por tanto, tener un actitud positiva y hacer lo que se pueda con lo que se tenga, reconociendo en todo momento nuestras limitaciones como personas (y, por ende, como cuidadores) nos evita más de un momento de desesperación.

Por lo demás, el convivir con una enfermedad tan limitadora y prolongada, si bien resulta toda una prueba de fuego para la voluntad y la capacidad de resiliencia y afrontamiento de las adversidades para los cuidadores, también conlleva una lección de vida muy valiosa, que tiene que ver con nuestra inteligencia emocional y nuestro poder personal, a saber: nos enseña a dar lo mejor de nosotros mismos en cuanto a afectos, solidaridad y capacidad de sacrificio se refiere.

Y esos son aprendizajes que después podemos aplicar a todas las áreas de nuestra existencia y que nos ayuda a relativizar los momentos agridulces que nos depara la vida a lo largo de los años. Clic para tuitear

Hasta aquí el testimonio de Sabrina, quien narra magistralmente la realidad a la que se enfrenta el cuidador del enfermo con Alzheimer.

Simplemente, agradecer a mi invitada Sabrina Bequir, la generosidad demostrada al ofrecer su testimonio, pues no todo el mundo está dispuesto a mostrar sus sentimientos y contar su realidad.

Antes de concluir, te dejo un gráfico bastante completo, pues recoge las características que definen al cuidador principal.

¿Hay que acoger en casa a nuestros padres ancianos?

Glosario

24 ene 2018, 18:33 0 Comentarios

Ante las vicisitudes de la edad, convivir en familia puede parecer una solución afectuosa. Pero, para que no haya conflictos, dicha decisión debe responder a determinadas condiciones.

Para la redacción de Croire Aujourd’hui, he aquí los consejos de Joëlle Chabert, periodista y autora con Anne Belot de Vivre le grand âge de nos parents .

Los padres dedican años a educar a sus hijos, por lo que muchos esperan que, cuando llegue el momento, se les devuelva lo que han dado. Y los que sufren por un envejecimiento difícil de sus padres se dicen: «Con todos los sacrificios que han hecho para criarme…».

Hay que preservar el equilibrio familiar

Solange y Gilbert han acogido a Pierrette, la madre de Solange, de 93 años. Solange explica: «En nuestro trabajo, los padres dejan la tierra a sus hijos, que sienten un deber moral hacia ellos; además, la solidaridad es una costumbre del mundo campesino. Es una tradición cuidar de los padres ancianos. ¡Una residencia cuesta demasiado! La gente nos dice: «Podríais haber estado tranquilos, viajar…». Mi marido tiene una salud frágil y yo soy hogareña, aceptamos no movernos. Al principio yo me ocupaba de los quehaceres de la casa, la cama, el aseo, vigilaba por la noche, hasta que me hospitalizaron. Ahora, las cuidadoras pasan por la mañana y por la noche. Cuando nuestro nieto se casó, se organizaron para ocuparse de la abuela. Mi madre no se queja. Es sobre todo una carga mental. Cada vez se olvida de más cosas y, por nuestra parte, ¡somos cada vez más viejos! Mi marido y yo no hacemos nada juntos, pero yo paseo, voy a la peluquería… Mi marido es comprensivo y paciente. Todo esto nos ha acercado. Cuando mi madre se vaya, sentiré un gran vacío, pero habré hecho lo que debía».

Sin embargo, en muchos casos, incluso con mucha generosidad, convivir no es obvio. ¿Cómo podemos saber si hemos tomado una buena decisión?

Se imponen varias reflexiones previas. Antes de tomar la decisión, hay que tomarse tiempo para hablarlo en familia y con la persona interesada. Es oportuno hablar también con su médico. Después, es necesario reflexionar sobre las consecuencia para la vida familiar. Prever el choque de temperamentos. La llegada de un progenitor bajo el techo conyugal es una intrusión en la vida de una pareja. Está claro que no tenemos la misma relación con nuestros padres que con nuestros suegros. Por ejemplo, cuando una madre va a vivir con su hija, suelen reaparecer los reflejos maternos. El marido corre el riesgo de sentirse, o ser, abandonado. Esta dificultad se evita si el matrimonio se pone de acuerdo y se apoya mutuamente. Ante una decisión definitiva, es necesario fijar las reglas de la vida en común. Hay que asegurarse, entre otras cosas, que el familiar que se acoge es una persona discreta: ¿sabrá no inmiscuirse en la intimidad de la pareja?

A continuación, es necesario prever los cambios necesarios, garantizando que se podrá tener ayuda para poder descansar. Y, sobre todo, hay que iniciar de manera positiva. Considerar la convivencia con un progenitor minusválido como un «problema» es llevar la situación al fracaso.

Quieren seguir siendo dueños de su vida

Una vez se ha tomado la decisión, ¿qué es lo que hay que evitar? Primero de todo, proteger excesivamente a nuestro progenitor, algo que surge de manera espontánea cuando vemos la fragilidad de un familiar cercano. Tenemos tendencia a hacer las cosas en su lugar, a confundir dependencia y fragilidad, ausencia de autonomía y restricción de libertad. Nuestros ancianos piden protección, pero quieren seguir siendo dueños de su vida: «¡Que tenga un pie en la tumba no significa que no pueda caminar!», replica Josette.

Un padre dependiente no soporta ser molestado ni molestar. Dar en abundancia es menos importante que comprender sus necesidades reales. Se sentirá feliz si puede recibir a sus amigos, si reservamos tiempo para estar juntos. Se sentirá más valorizado si le confiamos pequeñas responsabilidades: ayudar en la cocina, doblar la colada, comprar el pan o el periódico.

Se trata, además, de no matarse trabajando. Cuidar, distraer, prestar atención nos puede superar rápidamente. Frustrados por no poder hacer lo que desearíamos, culpabilizamos al otro y podemos acabar siendo agresivos. Entonces, para «compensar», hacemos aún más. Y conseguimos aún menos. Es una espiral infernal. Se trata de no sentirse culpable si no conseguimos resolver todos los problemas.

Poner a punto la logística

Convivir exige tener espacio. Alojar a un progenitor implica poner a su disposición una habitación con calefacción, un teléfono y un baño adaptado. La persona debe apropiarse de su espacio. Le gustará llevar consigo su cómoda, sus fotos de recuerdo y su animal de compañía. Cuando hay una minusvalía, hay que hacer ciertos cambios necesarios: poner barandillas, aumentar la altura del WC, agrandar la puerta… Es importante eliminar obstáculos (mesitas auxiliares, alargadores eléctricos…) y cuidar los puntos de luz: ni penumbra, ni exceso de luminosidad. Hay que controlar también el acceso a la calle. Lo mejor es prever dos puertas, dos buzones, dos líneas telefónicas y calefactores independientes. Cuando estamos preparando el traslado, pide «un crédito fiscal para la adquisición de equipos especialmente concebidos para personas ancianas o minusválidas». A veces se decide vivir juntos por cuestiones económicas.

Es necesario establecer, también, quien pagará el suplemento de las facturas de gas, electricidad, agua…La ley no prevé ayudas para quienes acogen a un progenitor. La persona acogida hace su propia declaración de hacienda. Si la persona acogida es titular de un carné de minusvalía, sus entradas pueden incluirse en la declaración de la familia que le acoge, por lo que estos tienen entonces el derecho a añadir la mitad.

Dejarse ayudar

Acompañar a un progenitor es una tarea de larga duración. Una sola opción: utilizar todos los recursos a nuestra disposición y hacer pausas.

Los beneficiarios de las ayudas a la dependencia siguen recibiéndola aunque cambien de domicilio; basta justificar que su utilización es conforme al plan de ayuda elaborado por el equipo médico-social que evaluó la situación. Por lo tanto, no hay que dudar en pedir un servicio de ayuda y atención domiciliaria si es necesario. Las visitas regulares de los profesionales son una garantía.

Los centros de día proponen también actividades una vez a la semana para las personas con dificultades psíquicas. El acogimiento temporal, durante unos días o unas semanas, permite a los familiares «recargar las baterías» y a los ancianos cambiar de aires y conocer a gente nueva. ¿Qué testimonio dan los matrimonios que han vivido esta experiencia? Es importante no mirar para otro lado: a la conciencia tranquila del deber cumplido se añade el cansancio y, a veces, el resentimiento. Pero también hay sorpresas agradables y la familia regala grandes riquezas, como le sucedió a Léa: «Vivimos veinte años con mis padres. Mi padre falleció con 81 años y nos quedamos con mamá, 82 años. Con la ayuda de la atención domiciliaria y de mi hermano, llegó a los 87 años. Fue una experiencia muy enriquecedora para nuestros hijos, que vivieron relaciones intensas con sus abuelos y son capaces de comprender la discapacidad causada por la vejez».

Joëlle Chabert, periodista y autora con Anne Belot de «Vivre le grand âge de nos parents»

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¿Cómo decir a tu madre que la llevas a una residencia?

Desde luego esta es una buena pregunta. ¿ Como decir a tu madre que la llevas a una residencia ?.

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Hay casos en los que un mayor puede tener sus facultades mentales mermadas. Pero en general, al menos en nuestra residencia, la mayoría de personas mayores solo ingresan porque necesitan cuidados y ayuda. Es decir, que entienden perfectamente dónde están, porqué están y lo bien que están.

Evidentemente también tenemos pacientes con Alzheimer, Parkinson u otras demencias, pero eso tampoco ayuda. Por lo tanto, qué hago si mi madre no quiere ir a una residencia. Y no solo eso, que hago si mi madre no se adapta a la residencia. Son muchas preguntas sin respuesta.

La decisión de llevar a nuestro padre o madre a una residencia no será fácil. Para muchas personas supone un fracaso en su labor protectora o de abandono de su ser querido, y en todos los casos resulta doloroso tomar esta decisión. El factor humano, como sientes cuando dejas a tu madre en la residencia tiene mucho peso.

Pasos sobre Cómo decir a tu madre que la llevas a una residencia

1.- Asimilar que hacemos lo correcto.

El primer paso es dejar a un lado nuestros sentimientos personales y valorar la situación. Es decir, antes de hablar con el mayor hay que tener claro que una residencia es la mejor opción. Esto dicho así puede parecer simple pero es que es simple. Si una persona mayor en el entorno familiar no puede estar bien cuidado. Si existe un riesgo real de caída o de no tomar la medicación correcta. O si el mayor está la mayor parte del tiempo solo y sin ningún tipo de actividad pueden ser razones suficientes para elegir una residencia.

2.- Elegir bien el centro residencial.

A veces hablamos con el mayor y luego buscamos el centro. Nosotros pensamos que es mejor buscar antes la residencia de mayores. Por un lado hay que saber que podemos pagar esa residencia. A veces el coste no es asumible salvo que todos los familiares estén de acuerdo y aporten una parte del mismo. Y por otro lado tiene que ser una residencia que cumpla con las expectativas y pueda acoger al mayor.

Antes de decidirse por una residencia es importante visitarla y confirmar que cuenta con todos los servicios, personal e instalaciones adecuadas. Nosotros recomendamos siempre que nos visiten y conozcan el centro

3.- Hablar con tu madre sobre el tema.

Llegados a este punto, donde el familiar ha asimilado que hace lo correcto y que el centro residencial es el adecuado, es mucho más fácil saber qué tiene que decir a su padre/madre. Es importante elegir un momento adecuado. Lo ideal es aprovechar ese dia que tu madre es la que la saca el tema. Una vez se empieza a hablar de ello debemos intentar conseguir que sean ellos quienes tomen la decisión voluntariamente. Llevar a los padres a una residencia es algo que deciden normalmente los familiares. Pero el ingreso no se puede realizar sin el consentimiento del mayor. Esto debemos tenerlo claro.

4.- Qué hacer si un anciano no quiere ir a una residencia. Se le puede obligar a ingresar

Como hemos comentado esto no es posible. Existe la posibilidad de realizar el ingreso involuntario pero esto requiere de la aprobación de un juez. Y esto siempre que el mayor no esté capacitado para decidir por si mismo. Por tanto, nosotros recomendamos hablar siempre con la mayor normalidad. Explicar muy bien al mayor las ventajas de una residencia y en último lugar ofrecer la opción al mayor de una estancia temporal. A veces no se deciden si piensan que el ingreso va a ser permanente pero si quieren probar un mes por ejemplo. En cualquier caso hay que hablar mucho y darles tiempo para decidir.

Por último y en vista del gran número de visitas que tiene esta página. Os animamos a participar y contar vuestra experiencia. Más abajo tenéis un formulario donde podéis hacerlo. Por supuesto si queréis consejo o realizar alguna pregunta también podéis hacerlo. Estaremos encantados de atenderos lo mejor posible.

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Por qué debes evitar el ingreso en una residencia de ancianos

Pasillos vacíos y auxiliares ajetreados con innumerables pacientes que requieren de paciencia y cariño y que sin embargo, aún habiendo depositado todo su fe y dinero en ello, no reciben los cuidados que deberían, ni la calma ni el bienestar que se merecen.

En la mayoría de las residencias, aún cuando los costes para poder residir en ellas son elevados, ni trabajadores ni enfermos reciben o son partícipes de un servicio de calidad. ¿Como puede ser? Muy frecuentemente, dichas instituciones no disponen de las instalaciones necesarias, tampoco del material adecuado (como toallitas o pañales suficientes por todos aquellos ancianos que sufren de incontinencia) ni tan siquiera del tiempo del que requieren algunas personas mayores para que las ayuden, los cuidadores, a ponerse el pijama por las noches.

La residencia apaga lentamente la vida de las personas mayores

Aunque duela decirlo, cada vez más las residencias se han vuelto una fábrica de hacer dinero que se aprovechan de la dificultad de los familiares para compaginar su vida con el cuidado de sus padres, tíos o cualquier otro miembro de la familia; así como se aprovechan de la mayor presencia en general de la senectud en nuestra sociedad.

De esta manera, pasan los días en el calendario y los ancianos que allí residen van perdiendo progresivamente su vitalidad. También los auxiliares de enfermería, frente a la gran carga de faena que reciben, van perdiendo la energía y motivación para hacer bien su trabajo. Y si bien es cierto que como institución podría tener algún tipo de rol social, termina por convertirse en una cárcel para ellos y un lugar verdaderamente deprimente para todo el mundo.

Sin embargo, ¿podríamos decir que es eficaz su modelo de funcionamiento? Al institucionalizar esta función social que realiza – como es el cuidar de la gente mayor – sistematizandola, sin querer al mismo tiempo, contribuyen a la pérdida o la disminución de unos lazos afectivos; no sólo entre trabajadores y residentes sino también con la propia familia. Cuando dejamos nuestros mayores a cargo de las residencias, de algún modo también nos acabamos distanciando de ellos. Ir a visitarlos se convierte en una tarea más de nuestra ajetreada agenda y bajo la idea de que allí estarán bien, traspasamos esa responsabilidad de su bienestar emocional a dicha institución que, sin embargo, parece no cumplir con su propósito inicial.

Así pues, cuando nuestros padres o abuelos, nos dicen que no quieren estar más en una residencia o que no quieren ni probarlo, ¿qué podemos hacer?

¿Qué alternativas tenemos a las residencias de ancianos?

Si el problema está en que tus mayores padecen de cierto grado de dependencia, tanto la asistencia a domicilio como la teleasistencia permiten brindar un cuidado más personalizado a la persona, con la garantía que el servicio que recibirán es de calidad.

Un cuidador a domicilio que pueda estar con él o ella en casa, no sólo les va a permitir estar mejor asistidos – puesto que el ritmo de trabajo no el mismo – sino también tener la tranquilidad que confiere el poder seguir habitando en el propio hogar. De igual manera, la teleasistencia les permitirá sentirse seguros de que frente a cualquier urgencia médica – más allá del cuidado – van a tener un profesional que se va a encargar de que estén bien.

Además este tipo de servicio se puede complementar también con los centros de día, opción intermedia en este tipo de instalaciones especializadas en personas de la tercera edad; puesto que permiten que no se produzca la desvinculación total con su entorno y les proporciona, al mismo tiempo, una actividad que les mantiene ocupados y les permite estar rodeados de otras personas.

Convencer a nuestros mayores para que se dejen cuidar

No es sencillo convencer a nuestros mayores para que se dejen cuidar.
Para nadie es agradable reconocer que se han perdido competencias o habilidades básicas.
Las personas mayores son celosas de su entorno porque les transmite una sensación de control que se puede ver alterada con la llegada de un “extraño”.
Es una situación muy delicada en la que debemos persuadir a la persona con grandes dosis de afecto y comprensión.
A continuación les indicamos algunos pasos que pueden ayudarles a alcanzar una solución consensuada en la que todos salgan beneficiados y sin que se generen conflictos innecesarios.

Tomar la iniciativa.

Parte del problema suele ser nuestro propio miedo a sacar el tema y herir los sentimientos de la persona interesada. Estas conversaciones hay que afrontarlas con naturalidad y de forma participativa: se debe establecer un diálogo en el que la persona mayor pueda argumentar y exponer su punto de vista.
Es bueno abordar el tema desde el punto de vista de la compañía y de una ayuda merecida, en lugar de transmitir una idea de desconfianza o un interés que pueda parecer más egoista que altruista.

Analice las razones aportadas por su familiar.

Las razones que pueda aportar su familiar pueden ser de tal naturaleza que incluso le convenzan a usted mismo: escuche atentamente y trate de analizar objetivamente si su argumentación está fundamentada. En cualquier caso, hágale una pregunta clave: ¿Qué podría tener de positivo contratar a una persona de apoyo? Poner a su familiar a argumentar a favor de la solución que usted considera oportuna puede traer los primero puntos de entendimiento: aunque su familiar crea en general que no es algo necesario, seguramente encontrará algunos argumentos positivos.
Hágase fuerte en ellos.

La alternativa a las residencias.

No se trata de utilizar las residencias como un “coco” y amedrentar a nuestros familiares, pero las personas mayores no desean salir de su habitat.

Aunque la residencia no sea una opción: es bueno hablar del AHORA como un buen punto de partida para entablar una relación con un cuidador/ora.
Es ahora, cuando la persona se vale por sí misma, el momento adecuado para empezar a construir una relación que debe ser entendida como algo más allá de lo económico.
Acostumbrarse ahora a tener un cuidador, incluso poder probar con varios hasta encontrar el candidato/a ideal, puede ser un buen argumento de entrada: hacerlo más adelante puede ser más dificil, sobre todo si la persona puede haber entrado en una fase en la que se encuentre más necesitada.

Convencer a nuestros mayores para que se dejen cuidar con afecto y comprensión

Finalmente decir que «convencer» no es sinónimo de imponer. Las personas mayores tienen tanto derecho a decidir como cualquiera. Aunque puede ser conveniente guiarlas en ciertos procesos pero hay que evitar someterlas a nuestro deseo contra su voluntad.

Siempre hay recursos como los centros de día, más aún los especializados en demencia si es su caso.

Si existe una urgencia médica estamos más indefensos que en una residencia, pero también hemos de pensar en que compensa más: vida larga o vida con calidad de vida.

Si pensamos en el dinero, echo una cuenta de asesoramiento, material para los cuidados, y otros posibles profesionales que podamos necesitar y creo que la cuenta asciende a los 1500 – 2000 euros al mes, pero en este caso la atención es TOTALMENTE individualizada.

CASA DE UN HIJO:

Parece que ésta es la opción intermedia, nos ahorramos los desplazamientos, aunque no es propia casa pero no es una casa desconocida.

Nos enfrentaremos a los mismos retos que en la opción anterior con la ventaja de que habrá muchas horas al día que no precise pagar a nadie para estar con su padre o madre. Así que los gastos serán algo menos: entre 1000 y 1200 euros al mes.

Con lo que en este caso tenemos todas las ventajas de la opción anterior: tratamiento individualizado, con el amor y compañía que da la familia (que ningún servicio puede sustituir) y tal vez con menos desventajas de desorientación y posible depresión por parte de nuestro mayor.

CASA DE LOS HIJOS: cada 6 meses en una casa.

Es una opción que desaconsejo totalmente por el bien de la persona a cuidar y por el bien de la familia.

Es verdad, que por ejemplo si son 2 hermano o 3, y se queda en una casa sólo, este hijo al final está más tiempo al pie del cañón que los otros, pero a lo mejor pueden compensar en tiempo que se vayan con su padre o se ocupen de los médicos o repartan otras muchas tareas que irán surgiendo.

Pero de esta manera tenemos los mismos gastos que en la opción de estar en casa sólo, tenemos que montar la misma infraestructura de material y de personas en 2 o 3 casas diferentes; y para nuestros mayores no es bueno, provocamos una sensación de desarraigo, no son de ninguna parte, y puede que nosotros como cuidadores no lleguemos nunca a entender a nuestro padre o madre, esto que decimos de “ya le he cogido el truquillo…”.

Dicho todo esto, cada situación es diferente y nadie mejor que vosotros mismos podéis valorar qué es lo mejor, dicho de otra manera, vuestra escala de valores es vuestra e intransferible.

Pero decidáis lo que decidáis hacedlo convencidos, asesorados y en consenso con el resto de la familia.

Desde Geriarte os ayudamos en la medida de lo posible, si necesitáis más información pregúntanos! ¡No te quedes con la duda!

¿Cuándo ha llegado el momento de decidirse por ingresar en una residencia si la persona mayor sufre alzheimer?

Aunque sólo una parte relativamente pequeña de personas que sufren Alzheimer u otro tipo de demencias necesitarán ingresar en una residencia geriátrica, es ésta una posibilidad que hay que contemplar y considerar con tiempo.

Las personas cuidadoras de enfermos de alzhéimer o de otras demencias tienen a su cargo personas con evoluciones complicadas y poco previsibles de la enfermedad.

El deterioro tiene fases más lentas y en ocasiones la pérdida de facultades o los trastornos de conducta se producen de forma sorpresiva y acelerada. Son enfermos a los a medida que avanza la enfermedad es más es difícil tratar el domicilio, pues su nivel de dependencia es siempre mayor. Los cuidadores se sienten incapaces de soportar la carga de la atención sin sufrir de estrés y la enfermedad ellos mismos. Ante las dificultades, el cuidador, el entorno y el médico pueden pensar que la persona estará mejor atendida en una residencia geriátrica.

Muchas veces la decisión, a pesar del desgaste físico y emocional que supone el cuidado, supone un desgarro emocional. No es sencillo decidir sobre la vida de nuestro padre o madre con demencia. Sin embargo, a pesar de lo doloroso que pueda ser o de tener la sensación de que se le abandona, muchas veces no hay otra alternativa, pues precisan un tipo de cuidados cada vez más específicos las 24 horas del día. Hay algunos signos reveladores de que los cuidadores deben plantearse que su familiar precisa una cuidado especializado en casa no se puede dar.

Cuando la persona vaga sin motivo y de manera intempestiva aumentando el riesgo de caídas o que se pierda, cuando el comportamiento es muy alterado y perturba de forma grave la rutina familiar, cuando se producen agresiones…

En estos momentos debe el cuidador ser honesto y preguntarse si la casa es un entorno seguro para la persona mayor y, lo contrario, si la persona con alzhéimer supone un riesgo para sí misma. También es importante si el cuidado excede las capacidades tanto físicas como psicológicas de la persona que está a cargo. Es estrés del cuidador es también una señal de que se debe buscar una solución residencial.

Para tener la seguridad de que las personas estarán bien atendidas, antes de decidirse por una residencia u otra es importante visitarlas, confirmar que cuentan con todos los permisos, que sus instalaciones están preparadas para la especificidad de esta enfermedad, hablar con el personal… en definitiva, cuanta más información más seguridad en la decisión que se tome y que sus instalaciones están perfectamente preparadas para atender a este tipo de enfermos.

Cuando se considera ingresar en una residencia

Si se trata de una residencia de tecera edad especializada, pública o privada, dispondrá los servicios necesarios y adecuados, en entornos seguros, con personal cualificado y medios suficientes. A su ingreso la persona con alzhéimer recibirá un plan de atención personalizado, que irá modificándose con el tiempo y del que el cuidador principal estará permanentemente informado.

Es importante la consideración de que el ingreso en una residencia geriátrica especializada no supone un abandono. El cuidador principal sigue siendo el principal responsable del bienestar de la persona enferma, debe controlar que recibe un trato adecuado, que está cómodo en su entorno y, mientras se pueda, acompañarle, darle afecto y hacerle saber que no está solo.

Encontrar una plaza para ingresar en una residencia de tercera edad

En ocasiones, el paso intermedio por el centro de día, donde la persona con alzhéimer pasa unas horas y vuelve a su domicilio, es un buen entrenamiento para el futuro tanto de ella como de la persona cuidadora, que también puede aliviar la carga física y emocional durante unas horas.

Decidir sobre la vida de otras personas no es fácil. Pero hay circunstancias en las que la planificación y contar con ayuda especializada pueden ayudar y aliviar sentimientos de culpa. También la propia conciencia en la persona que cuida y su entorno de que se llega a situaciones donde la carga y el estrés lleva a sentimientos negativos hacia la persona enferma y a deterioro en la salud del propio cuidador.

Cuando la mejor decisión es ingresar en una residencia especializada a un ser querido, se debe procurar pensar que le van a ofrecer la calidad de vida que en el domicilio ya no puede proporcionarse y que se sigue siendo responsable. La supervisión y las visitas periódicas son fundamentales para afrontar con garantías y el menor coste emocional posible estas enfermedades tan devastadoras para la persona afectada y su entorno.

Enlaces de interés:

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Elegir una residencia geriátrica

Los cinco errores más comunes al buscar una residencia de tercera edad

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