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Historias hombres se visten mujer

Crossdressers: hombres heteros que, a veces, se visten de mujer

Hay una práctica que últimamente cada vez está menos escondida en la sociedad: se trata del fenómeno del crossdressing, que cuenta entre sus filas con hombres crossdressers, cuya orientación sexual está muy clara (son heterosexuales, mayoritariamente) pero les gusta vestirse de mujer de vez en cuando. ¿Qué maldad puede tener eso? Un fenómeno extraño quizá sí, pero lo tratan con total naturalidad, al menos en la actualidad.

No, no tiene nada que ver con ser transexual o travesti. Simplemente se trata de hombres normales, que te podrías cruzar por la calle y con un trabajo estándar, desde arquitectos hasta abogados, cuyo entretenimiento es, de vez en cuando, vestirse con la ropa de su mujer o comprarla ellos mismos si están solteros. También es un fenómeno que puede ocurrir en las mujeres, pero es más típico de los hombres.

Cuando decimos que no tiene nada que ver con ser travesti es porque los crossdressers no van siempre vestidos de mujer, ninguno es transgénero ni tienen intención de serlo. Se visten de vez en cuando con faldas, tacones, maquillaje…pero no lo hacen todos los días de la semana ni viven permanentemente vestidos como lo haría el sexo opuesto.

De hecho, no es algo completamente nuevo, aunque esté de moda: se ha practicado a lo largo de gran parte de la historia registrada y en muchas sociedades. Hay muchos ejemplos en la mitología griega, nórdica e hindú. Se sabe que un número razonable de figuras históricas se han vestido en diferentes grados y por una variedad de razones. Hay una rica historia de crossdressers que se encuentra en el folclore, la literatura, el teatro y la música. Los ejemplos incluyen Kabuki y chamanismo coreano.

Por lo general, este tipo de práctica de cambiar el vestuario (como hemos mencionado antes, también se puede dar en mujeres) se suele hacer en la intimidad, aunque no son extraños los casos de hombres saliendo de fiesta vestidos de mujeres por puro ocio. La mera curiosidad por lo femenino, en algunos casos, se despierta en los hombres desde que son muy jóvenes, pero la culpa y la sensación de que son “bichos raros” les ha mantenido al ma rgen hasta ahora.

Crossdressers: los hombres a los que les gusta vestirse como mujeres

Cuando entraron al bar, el señor tanguero, que se tapaba la calvicie con una peluca, terminaba su gaseosa. Tamara y su esposa caminaron hasta la mesa del fondo de un bar de Chacarita. El tanguero los miró con disimulo cuando pasaron a su lado. Y el mozo ensayó cierta indiferencia. Tamara avanzó segura con su mini –muy mini– y los stilettos. Antes de sentarse, giró suavemente la cabeza en un acto deliberado de coquetería y su melena rubia flameó en el aire. Ana, su esposa, se ubicó frente a ella. Se miraron y sonrieron con complicidad.

Tamara es un crossdresser. Esto es: un varón, generalmente heterosexual, que lleva una vida habitual del género masculino, pero que le gusta vestirse de mujer en ciertos momentos. Y lo hace con la estética que persigue en su fantasía y el fetiche que le provoca el roce en su cuerpo de las ropas femeninas.

La subcultura del crossdressing ha empezado a descorrer de a poco el velo que la mantenía oculta. Mucho tiene que ver el éxito de una obra teatral, Casa Valentina, que la aborda en clave de comedia. Y que ofrece la punta de un ovillo que conduce a lugares de encuentro, códigos particulares y una jerga propia.

Tamara le cuenta a Viva que no es un travesti. Por el contrario, se define como varón heterosexual, con hijos, y feliz en su matrimonio de tres décadas con Ana. Jugar un rol femenino es una de las actividades que le da placer. “No estoy siempre vestida así ni me interesan los hombres. Esto no tiene nada que ver con mi sexualidad”, aclara con voz suave, sin dejar de mirar a su esposa.

«Tolero que mi marido se vista de mujer, pero, la verdad, no lo acepto. A veces me pone entre la espada y la pared, me lleva a pensar si sigo o no sigo con él.» (Carolina, esposa de Jorge)

Ana asiente. Dice que no tiene problemas en ver a su esposo en minifalda y stilettos. En toda la charla lo nombrará con su nombre femenino y hablará de “ella”. Aunque se casaron hace muchos años, supo de la existencia de Tamara hace poco tiempo, porque vestirse de mujer siempre fue algo que su marido hacía a escondidas, en soledad. Cuando el tema se blanqueó, fue un momento de desconcierto. El sintió alivio. Ana se llenó de dudas.

“Llegué a pensar que se había casado conmigo para guardar las apariencias –se sincera–. Pero cuando ‘ella’ me aseguró que esta práctica no tenía nada que ver con su elección sexual, que no le gustaban los hombres, quise saber de qué iba, por qué lo hacía. Traté de entender y lo acepté ”. En realidad, admite, primó el miedo a perderlo y que su hogar se fuera por la borda. Tamara completa la historia: “Para mí tampoco era fácil estar así frente a ella. No porque me diera vergüenza sino por incomodidad. Nunca se me ocurrió que esto iba a suceder. Tenerla a mi lado hace que no me importe nada de lo que me pueda decir otra persona”.

Superados esos días de zozobra, el personaje Tamara se fue incorporando a la vida matrimonial y esta situación parece haberle puesto pimienta a la pareja después de tantos años juntos. Empezaron jugando con la depilación, con el maquillaje, con el intercambio de prendas, y hasta se animaron a ir de shopping (Ana y Tamara), de la mano o del brazo.

“Para mí, ahora, es como salir con una amiga. Al principio, fue raro. Estaba atenta a no cruzarnos con alguien conocido o a que alguien le dijera una grosería. Hasta ahora eso no sucedió”, cuenta Ana. Como muchos en el ambiente del crossdressing, no quieren fotos y piden reserva de identidad. Prefieren cuidar el “lado A” de sus vidas .

En su “lado A”, Tamara es Néstor y se dedica al diseño. Una profesión que le permite llevar el cabello largo recogido y las uñas largas con un poco de brillo. Una imagen cool, a sus 50, que no levanta sospechas en el ambiente.

En el bar de Chacarita, donde conversa con Viva, Néstor/Tamara entrecruza las piernas moldeadas, fibrosas y extensas, que con los stilettos lucen interminables. La mini –muy mini– le queda bien. En abril de 2015, fue a su primera reunión cross y significó su salida al mundo como Tamara. “Ana me alentó mucho –señala–. Me vestí en la camioneta y, cuando llegó el momento de bajar, nos dimos cuenta de que no había elegido un nombre de mujer. ¿Cómo me presentaría? Así que ella misma me bautizó Tamara.” Néstor dice, con convicción, que ya encontró su imagen ideal para Tamara, su otro yo. La define como “una rubia inimputable”. Y confiesa que le gusta cuando recibe un piropo por la calle: “Significa una aprobación”.

En la superficie. El concepto crossdressing salió del territorio chico de los iniciados gracias a Casa Valentina, la obra dirigida por José María Muscari, y que se convirtió en una de las más vista de esta temporada en la calle Corrientes. La historia, escrita por Harvey Fierstein a fines de los ‘60, cuenta la intimidad de un grupo de crossdressers que solían reunirse en las afueras de Nueva York para transformarse en mujeres por un fin de semana. Hombres reales, con sus vidas auténticas, que cruzan de vereda.

“No es una obra sobre gays ni travestidos ni mariconadas –dice Muscari–. Es una comedia sobre las emociones de hombres que gozan y se realizan sacando afuera su costado femenino. Varones felizmente casados, con hijos, profesionales, que tienen ese fetiche vedado. En el caso de la obra, son empresarios, jueces, jubilados, militares, banqueros, recién casados, que agazapan el rouge y el delineador en su portafolio.” Para eso, los actores Boy Olmi (modelo de parte de la producción fotográfica de esta nota), Gustavo Garzón, Fabián Vena, Diego Ramos, Roly Serrano, Pepe Novoa y Nico Riera, bucearon hasta encontrar a las mujeres que había en su interior.

“Fue un trabajo de relojería expresiva junto a las dos únicas actrices de la obra, María Leal y Mariela Asensio –cuenta Muscari–. Además, resultó mi primer contacto con el mundo cross y me di cuenta de que hasta los actores más masculinos podían descubrir el goce de usar tacos y corpiños.” El director de la pieza cree que Casa Valentina fue bien aceptada “porque habla de la felicidad, de la libertad, de la tolerancia y sobre todo, del dolor hacia lo incomprendido. Todos sentimos temor sobre lo que desconocemos y más cuando se bordea la sexualidad”.

El refugio. En un tres ambientes ubicado en pleno centro funciona Crossdressing Buenos Aires, un cobijo para los hombres que juegan al cambio de hábito a escondidas de esposas, novias, hijos y, sobre todo, fuera de miradas indiscretas. En la subcultura cross, vestirse de mujer tiene un verbo específico: montarse. Algunos dicen que viene del argot gay y del teatro, por aquello de “montar un personaje”. Puede que haya una diferencia sutil con la acción de travestirse, pero los cross marcan muy bien la distinción.

De Agustín a Agustina. Abogado de día, chica coqueta a la noche.

Claudia Molina, la dueña del lugar, ofrece una sesión de dos horas en la que los participantes pueden elegir la ropa y cambiarse en un cuarto abarrotado de prendas de todos los estilos (desde las más clásicas hasta las más atrevidas), zapatos que superan el talle 40, pelucas de varios tonos y cortes, ropa interior y prótesis de siliconas para usar en el corpiño, resaltar la cola o marcar bien la cintura.

También, en ese refugio, hay un guardarropa para los que tienen su propio vestuario y necesitan un sitio donde esconderlo e ir a buscarlo cuando quieren montarse para alguna reunión, fiesta o simplemente, salir a la calle a caminar, casi siempre de noche, cuando hay poca gente.

“Vienen varones de entre 25 y 65 años ­–cuenta–­. Suelen traer una foto en el celular y me dicen: ‘Quiero quedar así’. Buscan verse femeninos y sexies.” Una vez ya lookeados, Molina les ofrece una sesión de fotos, que después se llevan y suben a Facebook. La mayoría de los crossdressers tiene una página a nombre de su personaje de mujer y no aceptan a cualquiera así nomás.

Molina asegura que, desde el estreno de Casa Valentina, recibe más consultas a través del sitio web (www.crossdressingbsas.com.ar), y que le llegan, en promedio, una docena de hombres más por mes que van en busca de vestuario, maquillaje y fotos para el recuerdo.

“El crossdresser no es un travesti. Es una práctica íntima que está lejos de ser una oferta sexual”, analiza la psicoanalista Any Krieger, autora del libro Sexo a la carta. “En la clínica, se define al crossdressing como un desorden llamado travestismo fetichista. Yo lo pienso como un síntoma de esta época donde lo que impera es el desorden.” “Los cross describen cómo se preparan frente al espejo, lo cual puede llevarles horas, hasta ver esa mujer que se parece a su fantasía –explica Krieger–. Esta experiencia no es un cambio de sexo sino un cambio de género. Y la concreción de esa fantasía está dada por el uso de elementos como el maquillaje y las ropas femeninas.”

«Salir con mi marido vestido de mujer es como salir con una amiga. Al principio estaba atenta a no cruzarme con alguien conocido, pero nunca nos sucedió.» (Ana, esposa de Néstor)

Avanti, morocha. El hombre es grandote. Practica artes marciales. Tiene 51 años. Vive manejando un camión de repartos. Lleva el cabello al ras, renegrido. Sus ojos son oscuros; sus manos se cierran en dos puños gruesos. Se llama Jorge y se muestra como un macho alfa: “Si me tengo trompear con alguien en la calle, voy y lo hago”, asegura. En su celular tiene fotos de Laura, su nombre de mujer cross. Laura es una morocha de ojos verdes que se fotografía con muecas provocativas, una femme fatale. No hay rastros de Jorge debajo de la peluca azabache. “Siempre me gustaron las morochas de ojos verdes. Por eso uso lentes de contacto de ese color cuando soy Laura”, cuenta.

En la clandestinidad de vestirse con ropas femeninas, compró y tiró el vestuario entero varias veces, con el propósito —­nunca cumplido—­ de no volver a hacerlo. “Llegué a pensar que me convertiría en travesti”, confiesa Jorge. Sobre todo, cuando se acostó con un hombre y sintió que había cruzado una raya. “No sentía angustia sino enojo. Por eso tiraba todo: pelucas, zapatos, ropa, maquillaje. Pero pasaban dos o tres meses y armaba un conjunto nuevo –cuenta–. Para mí no existía el concepto crossdresser. No sabía que otras personas vivían lo mismo que yo. Me enteré muchos años después.”

Carolina, su mujer, interviene: “Yo tolero esta situación, pero, la verdad, no la acepto. Me abrí un poco más, pero a veces siento que me pone entre la espada y la pared, que me lleva a pensar si sigo o no sigo con él”. Suena tajante. Jorge asiente, pero no retruca ni reprocha. “La entiendo”, acepta cabizbajo.

Apenas empezaron a convivir, hace más de una década, Carolina supo de la existencia del personaje Laura. Había salido y Jorge aprovechó que estaba solo para montarse. Pero, al cambiarse de nuevo, se olvidó la peluca en el baño. Un descuido o un fallido que lo obligó a contar que le gustaba vestirse de mujer y ser Laura. “En ese momento pensé: ‘O lo acepto o se termina todo’ . Como no quería terminar la pareja, decidí darle su espacio. Pero la primera vez que lo vi como Laura, en minifalda y tacos, me enojé mucho”, cuenta Carolina.

“A veces lo ayudo con el maquillaje o le compro un arito –se sincera ella–. Pero la mayor pare del tiempo sólo quiero que sea mi marido, que se quede en casa conmigo y no que salga vestido de Laura. Y de hecho, ni siquiera puedo llamarlo así, no puedo…” ­

Una diva. Agustina tiene 30 años. Llega a la reunión en Palermo Hollywood con lentes de sol y un aire glamoroso. Viste una blusa liviana de marca, la pollera ajustada, sandalias de tacos aguja. Por los accesorios, cuidadosamente elegidos, se nota que invierte dinero en su vestuario.

De día, Agustín ­–el lado A de Agustina– es un abogado de saco y corbata y cabello peinado con gel. Cuando se monta, va detrás de dos modelos que tiene en su cabeza. “Antes que nada mi abuela, que fue una mujer con un charme increíble. Y Grace Kelly, salvando las diferencias y las distancias, por supuesto”, describe mientras toma un té en un lugar de moda. Y sigue: “A veces, las chicas (los otros crossdressers) no se saben adecuar al vestuario con lo que les queda bien. Entonces yo les pregunto: ‘¿A quién querés parecerte: a Violetta, a Lali Espósito?’ Es importante tener en cuenta un criterio estético tanto como el paso del tiempo.” Entre los cross, hay estilos muy variados desde el vintage hasta el animé japonés y las botas de charol; y no faltan los que usan corset y puntillas que legaron de madres o abuelas.

“A muchas no les importa estar sufriendo en una cena con unos tacos empinados. El taco les da esa femineidad que les llega a través del fetichismo. Yo odio las medias de nylon, por ejemplo. Me parecen sofocantes. Pero para algunas chicas, las media son un must, y se las calzan en invierno o con 45 grados a la sombra. Es lo que les genera esa sensación de bienestar, el contacto de la lycra o del nylon con el cuerpo, que es ahí donde entra en juego el fetiche”, describe Agustina. Es la referente de un grupo de crossdressers que se reúne una vez por mes, en lugares públicos, a la vista de todos: “En el grupo, trabajamos mucho para que las chicas puedan dar ese gran paso de salir al exterior. Todas empezamos pegándonos las pestañas en el baño de casa, después probamos el lápiz labial, hasta que un día salimos a la calle”, explica.

Agustín/Agustina se monta cuando tiene ganas, sea para salir con amigos (los que saben de su práctica) o ir al cine o al teatro. Y si no, anda “de civil”, con ropa de varón. Sus recuerdos con ropas femeninas se remontan a la niñez. “A los 5, 6 años, la funda de una almohada o una sábana se convertían en un vestido de Oscar de la Renta”, sonríe.

“Hoy, un cross que no puede tener ese par de zapatos preciosos porque tiene una empanada en cada pie, lo soluciona con una ojota, una zapatilla, un look más deportivo. Cualquier medio es válido para alcanzar la imagen femenina más cercana a la idea de femineidad máxima”, detalla.

Agustín, el abogado de día, reconoce que tuvo parejas homosexuales, pero que a ninguno le interesó verlo vestido de mujer. Lo que marca uno de los grandes conflictos de esta subcultura: la aceptación de los demás sigue siendo complicada.

Boy Olmi en la obra Casa Valentina.

BOY OLMI:

«En el camarín hablamos de fútbol vestidos con medias de red»

En Casa Valentina hago de un juez que en secreto usa portaligas. Para nosotros, los actores, es fascinante componer un personaje muy alejado de lo que tenemos a la mano. Por eso, este trabajo implica un desafío tan complejo y atractivo, como hacer de guerrero vikingo o de príncipe azteca. Empecé sumergido en un vestido que usé siempre, para moverme distinto. El roce de mis piernas se sentía tan diferente a un pantalón. Hacia el final del proceso incorporé los tacos. Encontré el zapato cómodo, y empecé a jugar desde allí arriba. Entonces afloraron, muy naturalmente, las mujeres de mi vida. Mi abuela, mi madre y mis hermanas, las mujeres que amé y la que amo, las actrices y modelos, las bellezas de las fotos, las mujeres del cine y de los sueños… En el espejo de mi camarín hay imágenes de algunas de ellas, y hasta de mi padre en camisón y ruleros, en una de sus perfomances humorísticas. En ese ámbito íntimo de varones se produce, cada noche, la transformación. Corpiños, medias de red, lápiz de labios, delineador y pelucas, se van superponiendo en capas, en medio de charlas de fútbol, mate, elongación, y relatos de nuestros hijos y matrimonios. Una vez en el escenario ya somos “esos otros”. Banqueros, empleados, militares, padres, abuelos y maridos que juegan en secreto a ser chicas espléndidas. En los ensayos, vimos material de la obra presentada en Londres y en Broadway, pero lo esclarecedor fue conocer a los “crossdressers” reales de Buenos Aires. En una inolvidable reunión, nos contaron sus experiencias y secretos. Nunca me incomodé por intentar que este personaje fuera lo más mujer posible. Al contrario, ésa fue mi elección. El genial director Alberto Ure me enseñó que el teatro nos protege, y nos permite asomarnos al Cielo y al Infierno para después salir enriquecidos. No por viajar lejos uno se va a vivir a otro país. He viajado mucho por el mundo, y siempre me gustó volver a casa.

A mi pareja le gusta vestirse de mujer, ¿me tengo que preocupar?

A algunos hombres les gusta vestirse de mujer, ya sea ocasionalmente o de modo profesional. Los travestis son hombres que visten como tales durante el día, pero que por la noche se ponen vestidos, tacones, pelucas y maquillaje para parecer una mujer. Si has descubierto o tu pareja te ha confesado que le gusta vestirse de mujer deberás conocer nuestros consejos antes de saber si debes preocuparte.

Cuando tu pareja se viste de mujer de modo ocasional

A muchos hombres les gusta, al menos una vez a lo largo de su vida, llevar un disfraz de mujer. Se escudan en fiestas como carnaval para ponerse vestidos, faldas muy cortas y mucho maquillaje. Y es que la ropa de mujer atrae tanto a hombres como a mujeres y la mayoría de ellos quieren saber qué se siente al llevarla.

Puede que a tu pareja le guste particularmente la ropa femenina hasta el punto de lucirla ocasionalmente en la intimidad. Esto no debe alarmarnos en el siglo XXI, ya que la moda cambia constantemente y cada día más mujeres lucen zapatos y trajes con una inspiración muy masculina. Para los hombres no es tan fácil llevar ropa inspirada en el sexo contrario, por lo que probablemente opten por admirar estos vestidos y otras prendas en la intimidad.

Puede ser que a tu pareja le guste vestirse de mujer pero ocasionalmente

Si tu pareja simplemente siente atracción por la belleza de la moda femenina la cual ha utilizado o utiliza ocasionalmente en la intimidad o a modo de disfraz no debes preocuparte. Simplemente habla con él y explícale cómo te sientes (siempre respetando los gustos personales de cada uno e intentando ser lo más empático posible). Seguramente te darás cuenta de que es una persona con una curiosidad un tanto tabú aún en nuestra sociedad.

Lo cierto es que a medida que han ido pasando los años, la moda es cada vez más unisex y no hay tanto cuestionamiento en torno a lo que se ponen los hombres y las mujeres. Si bien antes hablábamos de los trajes masculinos para mujeres, sudaderas oversize o zapatillas, lo cierto es que cada vez son más los hombres que se atreven con las faldas, sobre todo con las de inspiración escocesa. Esto se ha visto sobre todo en televisión, pero ya no es tan extraño ver a chicos utilizando falda. Esto no es cuestionable y cada persona debe poder vestirse como quiera.

El travestismo

Un travesti es aquel hombre que se viste y comporta como tal durante el día, pero por la noche se viste, peina y maquilla como una mujer hasta el punto de cambiarse el nombre y crear una vida paralela en muchos sentidos. Tu pareja puede ser perfectamente heterosexual y gustarle vestirse de mujer. Ante esto no debes tener problema, porque ser travesti no tiene que ir unido con la homosexualidad.

Muchos actores que no son homosexuales han actuado en películas con un disfraz o vestidos de mujer siendo elogiados por muchos por su recreación del personaje femenino. Además el travestismo es también una ocupación y todos esos hombres que llevan el disfraz o se visten de mujeres pueden ganar grandes sumas de dinero acudiendo a locales o actuando por las noches. Muchas veces se trata de una afición o un mero trabajo pero que disfrutan al máximo.

El travestismo puede ser practicado por homosexuales o por heterosexuales. No hay una norma

Sin embargo, si crees en tu pareja y sabes que es un hombre que se traviste y que no es homosexual no tienes de qué preocuparte. La confianza y el diálogo es lo más importante en una pareja, por lo que si a él solamente le gusta el travestismo te demostrará que te quiere a pesar de eso. Puede que tu pareja te haya escondido que es travesti por miedo a perderte o a tu reacción, no seas demasiado brusca ni te sientas ofendida al saberlo.

Confianza en la pareja

Debes entender que nuestra sociedad no está preparada al cien por cien para el travestismo y muchos hombres se sienten cohibidos a la hora de contarlo. Una vez sepas que a tu pareja le gusta el travestismo y no solamente llevar ropa femenina de modo ocasional, la decisión será tuya en saber cuánto le quieres, si confías lo suficientemente en él como para no desconfiar y si puedes realmente aceptar el hecho de que a tu pareja le guste vestirse de mujer. De este modo podréis seguir juntos todo el tiempo que queráis respetando los gustos de cada uno y aún así siendo muy felices.

Tener confianza en la pareja es algo fundamental

La base de todo está en el respeto y la confianza, por lo que está en manos de ambos que la relación fluya sin problemas. Al tratarte de una profesión o afición un tanto peculiar a día de hoy, es importante que tu pareja te explique a lo que se dedica sin ningún tipo de tabú. Si esa persona de verdad te quiere no tienes que dudar sobre su orientación sexual, simplemente seguid con vuestra relación y sed felices.

¿Por qué los hombres se disfrazan de mujer?

El bailarín Joaquín Cortés, el cantante Miguel Bosé y el diseñador Jean-Paul Gaultier han aparecido más de una vez vestidos con falda. Diseñadores como Yamamoto, Armand Basi y Kenzo están empeñados en “quitar los pantalones” a los hombres. Incluso el Museo Victoria & Albert de Londres tiene una exposición titulada Hombres con falda.
A pesar de todo, los varones sólo recurren a esta prenda cuando se disfrazan para divertirse. O si no les queda más remedio, como le sucedió en el siglo XVIII a Charles d’Eon, un espía francés que tuvo que vestirse de mujer para viajar por Europa.

Y es que este disfraz es, posiblemente, el más universal de todos, desde la antigüedad clásica. De hecho, en los dramas griegos y romanos, y en la época isabelina, todos los papeles de mujeres eran representados por hombres, que se vestían con prendas femeninas.

Precisamente es en el teatro donde tiene su origen el hecho de que los integrantes del sexo masculino se engalanen como féminas. Por ejemplo, la frase “ir de trapos” fue, en su origen, teatral y aludía al hecho de que los hombres utilizasen trajes de mujeres para representarlas. En realidad, lo hacían para escandalizar y burlarse de los estereotipos establecidos. Una motivación que todavía continúa vigente en nuestros días.

Elemento transgresor
En una sociedad como la occidental, con una larga tradición judeocristiana, donde los roles del hombre y de la mujer están perfectamente definidos y donde la ropa supone una manifestación exterior de la sexualidad –las mujeres con falda, los hombres con pantalones–, la necesidad de transgredir esos patrones establecidos es la principal motivación que lleva a un hombre a disfrazarse de mujer. Como muestra, ya el Antiguo Testamento (Deuteronomio, 22,5) nos advertía: “La mujer no usará lo que pertenece al hombre, y el hombre tampoco se pondrá vestimenta de mujer, pues todos aquellos que lo hacen son abominables a los ojos de Dios”.

Por eso es en el Carnaval, fiesta de la transgresión por antonomasia, cuando más se lanzan los hombres al cambio de papel. Al fin y al cabo, todo disfraz es un rol social con que se simulan comportamientos que no están bien vistos. Y es que en nuestra sociedad, según opina la psicóloga Mª del Mar Fajardo, “las normas sociales son más rígidas para los hombres –no pueden maquillarse, sólo se les permite llevar pantalones, etc.–, por lo que la mejor forma de liberarse es tener un comportamiento opuesto al que se espera de ellos”.

Hacia roles más difusos
Además, el origen de esta festividad es, precisamente, el intercambio de papeles: ya en Roma los esclavos ocupaban el puesto de los señores y viceversa.
Pero incluso en esto los tiempos cambian. Según explica Alberto Ramos Santana, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Cádiz, “que un hombre se vistiese de mujer se consideraba más transgresor hace años que ahora, ya que suponía adoptar un papel absolutamente contrario a lo establecido social y políticamente”. De la misma opinión es Fernando Giobellina, profesor de Antropología de la Universidad de Cádiz, quien afirma que en la actualidad la diferencia de roles ya no es tan rígida: “Los chicos llevan pendientes, pelo largo… Posiblemente haya menos hombres que se disfracen de mujer que hace 40 años. Antes había más necesidad de salir del encasillamiento (el hombre macho)”.

Aun así, esta conducta cumple una función sociológica. Como explica el antropólogo Alfonso Muñoz Goemes, debe haber un intercambio de roles para que se rompa la estructura restrictiva de la sociedad, se produzca una liberación y luego todo vuelva a su sitio.

Atracción por lo femenino
Pero hay otras muchas razones por las que a los hombres les gusta disfrazarse de mujer. El sociólogo Enrique Gil Calvo tiene una teoría en la que se da una curiosa paradoja: por un lado, los hombres sienten una atracción sexual por los signos de feminidad, y canalizan ese deseo a través del disfraz, porque de este modo ven en sí mismos lo que desean en la mujer y es una forma de apropiarse de lo que se desea (los atributos femeninos).

Muchas veces responde también a un deseo de parecerse a algo que se valora y admira. En este sentido, la escritora Elizabeth Badinter hizo una reflexión sobre por qué muchos varones envidian al sexo opuesto: “ser hombre implica un esfuerzo que parece no exigírsele a la mujer. Al varón se le desafía permanentemente con un “muestra que eres hombre”, y esta demostración exige unas pruebas de las que la mujer está exenta”.

Por otro lado (y aquí está la paradoja), también puede ser un signo de misoginia, cuando lo que se pretende es parodiar y ridiculizar a las mujeres. De ahí que todo se exagere: labios pintarrajeados, pechos y trasero enormes… Una frase que resume este dilema sería: “las mujeres son despreciables porque las deseo”. “En realidad, los hombres que se disfrazan por este motivo intentan neutralizar su temor a la mujer, que ven como una vulva dentada que puede manejarles a su antojo con sus armas sexuales”, explica Enrique Gil Calvo.

Ahora bien, todo esto entra dentro de lo habitual y es diferente de cuando un hombre sólo se excita sexualmente contemplando o vistiéndose con lencería femenina. “Aunque únicamente podría hablarse de trastorno, si la necesidad masculina de vestirse de mujer habitualmente interfiere en su vida cotidiana”, aclara la psicóloga Mª del Mar Fajardo.

¿Por qué los hombres se visten de mujer?

La relación entre sexualidad y disfraz de mujer la apunta el filósofo Gabriel Bello: “En los años 60 y 70, muchos de los hombres que se disfrazaban de mujer eran gays”. Era la forma que tenían de ser admitidos socialmente por unos días y “así daban una vía libre a su situación”. Hoy en día esto ha variado mucho y la normalización de la homosexualidad también se ha llevado al Carnaval. El filósofo no le da demasiada transcendencia a este asunto y recuerda que “como el Carnaval consiste en transgredir reglas e invertirlas, esa es la explicación a este elección de disfraz: transgredir las reglas de género y de identidad sexual”.

La doctora en Psicología Educativa y de la Evolución, Juani Mesa explica que “normalmente, el hombre está muy encorsetado en su rol masculino y nosotras tenemos mucho espacio para expresar afectividad”. Para ella, en Carnaval “hay una licencia para que lo vivas todo. Los hombres encuentran una forma de expresar su parte más femenina”. Además, lo relaciona con la sexualidad al decir que “vestirse de mujer despierta en ellos el morbo sexual” y añade que “el Carnaval es un gran liberador de roles y estereotipos”. Entonces…¡con falda y a la calle!

“Va pasando el tiempo y lo que no acabo de llevar bien, de hecho, lo llevo fatal, es encontrármelo por casa vestido…Me encuentro una tieta, mi marido travestido de la manera más extraña. Es que no soporto a esta señora A menudo, pienso que lo mejor que podría pasar es que muriese. Sí, muerto. Qué fuerte pensar eso”, escribió Carme en su diario, poco después de que su marido, tres días antes de su 25 aniversario de casados, le confesase que le gustaba vestirse de mujer. Carme y Xesca, su marida, como la llama, son dos de los protagonistas del documental En Femme, de la antropóloga Alba Barbé.

El trabajo de Barbé se centra en personas como Xesca, cross-dressers, habitualmente hombres heterosexuales, muchos de ellos casados, que se visten de mujer a escondidas. Algunos, un día dan el paso y se lo cuentan a su familia; otros, siguen buscando el momento adecuado para explicarlo, ante el temor de que su vida se desmorone. Han pasado ocho años desde que Carme escribiese en su diario los terribles sentimientos que la desbordaban ante la revelación de su marido. “El tema de la transexualidad, travestismo, cross-dressing o como se quiera llamarlo ya no es lo que hará que sigamos juntos o separados. Será la vida”, concluye en el documental, que se podrá ver el 11 de mayo en el Teatre Lliure.

“Históricamente, el travestismo se ha asociado al transformismo del mundo gay, o a las personas que llegaron de Sudamérica en los años setenta y se dedican al mercado sexual. Entre el travestí gay y el espectáculo no ha habido una identificación”, cuenta Barbé, sobre las personas que forman parte de su documental. Por eso algunos han preferido adaptar el término anglosajón cross-dresser.

“Soy una persona cross-dresser, aquello que toda la vida se ha conocido como un travestí”, cuenta Sofía, que actualmente preside la asociación En Femme, que da nombre al documental. Sofía tardó 15 años en contarle a su pareja que tenía una parte femenina que necesitaba expresar, y que se vestía de mujer. 15 años después, siguen juntas. “Mi chica entiende que si es algo que necesito que lo haga, que siga adelante”, explica en el local de En Femme, en el barrio del Guinardó de Barcelona.

Entre sus cuatro paredes nació todo. Barbé estaba enfrascada en la tesina, acudió al local, conoció a Sofía y al resto de personas que forman parte de la asociación (una veintena de socias en la actualidad que pagan a medias el alquiler) y acabó escribiendo su tesis doctoral sobre cross-dressing, que luego se convirtió en un documental, centrado en la vida de las personas de En Femme. Se preestrenó en junio del año pasado en la Filmoteca de Cataluña, se estrenó en marzo en el Festival de Cine de Guadalajara (México) y ahora arranca una gira por Cataluña, Madrid, Navarra, el País Vasco y las islas Baleares.

En Femme nació en 2006, creció con el boca-oreja e internet hizo el resto. Su finalidad inicial era poder transformarse con tranquilidad, caminar con los tacones por sus 120 metros cuadrados, guardar la ropa en una de sus 20 taquillas. Llegar siendo un hombre, transformarse en mujer, y volver a casa como hombre. Pero, sobre todo, “dejar de estar sola”, explica Sofía. Entre sus socias hay diversidad (cross-dresser, transexuales, travestidos…), “pero el perfil mayoritario son hombres casados con familia”, cuenta Mònica, música de profesión, a quien “salir del armario” le costó el divorcio. “Hay señores que son médicos, albañiles, abogados o panaderos que de vez en cuando se ponen una falda”, afirma. Y se alegra de que las cosas están cambiando: “Antes o te quedabas dentro del armario o te ibas al teatro a hacer la loca o hacer la puta. Ahora esto tiene otras salidas”.

En Femme ha tenido una función esencial en esa evolución.“Gracias a la asociación muchas personas han empezado a decírselo a sus familias, a sus hijos. Han empezado a salir a la calle, han dejado de ocupar ese espacio genérico de polígonos industriales, periferia y bosques, han empezado salir de día por espacios ya no tan anónimos”, asegura Barbé. Sofía, por ejemplo, va a trabajar cada día como Sofía. “Lo hice poco a poco, primero un pañuelo, luego una camisa, luego las uñas pintadas…”

Con el documental, Barbé quiere ayudar a romper el silencio. “El secreto estructura y vertebra la práctica del cross-dressing, y es una de las bases de la transfobia”, explica, sobre uno de los motivos que la impulsaron a llevar a cabo el documental, que ha sido posible “gracias a la familiaridad con ellas”. También ha querido reconocer la labor de En Femme, “una segunda familia, un espacio de calidez y de acompañamiento en la construcción de la identidad” de las personas “en un momento de los más difíciles de su vida”.

“Por la mañana te levantas como hombre, te vas a trabajar y cuando tienes un rato, vienes a En Femme, te vistes y te conviertes y te sientes una mujer. Y luego vuelves a casa convertida en un hombre. Es el fenómeno de ida y vuelta en el género, fluctuando entre el hombre y la mujer”, resume Sofía, una de las protagonistas del documental En Femme. “El cross-dressing es una experiencia fluida del género, que fomenta romper con las estructuras temporales del género”, explica su directora Alba Barbé. “Y muchas personas que lo practican —lamenta— se ven de manera constante cuestionadas y obligadas a explicar si van a hacer un tránsito entero, a orientarse hacia un lugar”. “¿No tomar una decisión no es ya una decisión?”, plantea la antropóloga.

Fe de errores

En una versión inicial de este texto se confundía por error los nombres de la primera pareja citada en el reportaje.

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