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Manos agarrotadas ansiedad

“Tenía la sensación de que me estaba dando un infarto”. Es muy frecuente oír decir esta frase a aquellas personas que han padecido una crisis de pánico por primera vez.

Y lo cierto es que tiene sentido que piensen tal cosa, ya que los síntomas son fácilmente confundibles: en ambos casos se observa entre otros síntomas activación somática, hormigueos, dolor en el pecho, taquicardia y ahogos. Pero existen diferencias que nos pueden ayudar a determinar si lo que nos sucede en sólo producto de la ansiedad o estamos ante un problema cardíaco real. En este artículo vamos a observar algunas de las diferencias entre ambas problemáticas.

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Síntomas en común

De cara a establecer las diferencias entre ansiedad y problemas cardíacos deberíamos en primer lugar tener en cuenta a qué se refiere cada término.

1. Ansiedad

La ansiedad es un estado de inquietud, malestar subjetivo de grado variable que se produce por norma general ante la anticipación de un posible estímulo, escenario o situación futuro. En algunas personas, un nivel muy elevado de ansiedad puede terminar por causar una de las conocidas como crisis de ansiedad o de pánico.

En estas situaciones aparecen de manera repentina un elevado nivel de sufrimiento y malestar en el que aparece por lo general taquicardia, dolor en el pecho o en otras zonas del cuerpo, sudoración, temblores, sensación de asfixia, hormigueos, síntomas disociativos como desrealización o despersonalización, aturdimiento y pensamientos sobre la posibilidad de perder el control o morir, creyéndose con frecuencia que se está sufriendo un infarto. Se trata de un fenómeno muy común que no tiene porqué circunscribirse a un trastorno (de hecho, técnicamente la mayoría de nosotros tendremos al menos una a lo larga de nuestra vida), que se origina debido a una hiperactivación del sistema límbico que genera a su vez la hiperactivación del sistema nervioso simpático.

2. Problemas cardíacos

En lo que respecta a los problemas cardíacos, existen una gran cantidad de posibles alteraciones que podrían tenerse en cuenta para provocar síntomas semejantes, pero lo más habitual es considerar la existencia de una angina de pecho o de un infarto. Los síntomas más habituales incluyen dolor en el pecho, sensación de mareo, fatiga y dificultad para respirar, a menudo precedido en el caso del hombre de dolor y adormecimiento del brazo derecho.

En la mujer los síntomas son más fácilmente confundibles con la ansiedad, pues el dolor no suele ser tan localizado en el brazo derecho sino a nivel más general. Las causas por lo general se encuentran en la presencia de obstrucciones al flujo circulatorio, generalmente en las arterias.

Principales diferencias entre ansiedad y problemas cardíacos

A continuación vamos a observar algunos de los principales elementos que nos permiten diferenciar entre ansiedad y problema cardíaco. Sin embargo hay que tener en cuenta que se trata de diferencias generales, siendo en muchos casos necesaria la realización de un electrocardiograma y/o otras pruebas para confirmar la presencia o ausencia de daños cardíacos.

1. Tipo y localizaciones de dolor

Las personas que padecen un infarto, el principal problema cardíaco con el que se confunde la crisis de ansiedad, refieren haber sentido un dolor de tipo opresivo que se presenta en el pecho, cuello y espalda, y en el caso de los hombres en el brazo izquierdo. Sentimos como si estuviésemos siendo aplastados, y normalmente empeora con el esfuerzo.

En la ansiedad sin embargo el dolor se describe como punzante, como si nos clavaran algo en el pecho. Además de en esta zona el dolor puede aparecer en cualquier parte del cuerpo, y al contrario que en los trastornos cardíacos no se vincula con el esfuerzo que estemos realizando.

2. Duración de los síntomas

Los síntomas de una crisis de pánico o ansiedad tienden a durar unos pocos minutos, si bien en algunos casos se puede llegar a prolongar. Existen diversas consideraciones al respecto, pero por lo general tienden a durar como máximo entre diez y quince minutos.

En el caso de la presencia de daños cardiacos o infarto lo que el dolor tiende a perdurar largo tiempo y si desaparece suele volver a reaparecer al poco tiempo.

Obviamente esto no quiere decir que ante el surgimiento de los síntomas tengamos que esperar para comprobar cuánto duran, ya que en caso de infarto la espera excesiva podría resultar mortal. Es necesario acudir a un centro médico con la mayor rapidez posible.

3. Alteraciones respiratorias

Una de las principales diferencias que pueden permitirnos distinguir entre un problema cardíaco y la ansiedad se vincula a la presencia o ausencia de alteraciones respiratorias. En la ansiedad resulta muy común la presencia de hiperventilaciones y sensación de ahogo, cosa que no es habitual en un ataque al corazón.

En los problemas cardíacos por lo general la respiración sigue funcionando con normalidad o bien se presenta una dificultad para llevarla a cabo, sin que esta se acelere a menos que el propio ataque cardíaco provoca la aparición simultánea de ansiedad.

4. Parestesias y adormecimiento

Otra característica que suele ser distintiva en ambos problemas es la hemiparesia o el hormigueo. (Más información sobre la hemiparesia). En la ansiedad es frecuente que nos encontremos con cierto adormecimiento y hormigueo de brazos y piernas acompañados de pinchazos súbitos. Sin embargo en un ataque cardíaco real tiende a darse un adormecimiento uniforme y sin variaciones, a menudo únicamente en la parte izquierda del cuerpo.

5. Sensación de pérdida de control

Por norma general, a menos que el propio padecimiento del problema cardíaco genere una crisis de ansiedad en quien lo sufre, el sujeto que sufre un infarto no tiende a tener ningún tipo de pérdida de control conductual.

En la ansiedad por el contrario es frecuente que el sujeto tenga sensaciones de extrañeza y síntomas disociativos como la desrealización, así como la sensación de que no puede controlar su propio cuerpo y emociones. También es frecuente el pensamiento de que puede estar volviéndose loco.

¿En qué puede derivar el hormigueo de pies y manos?

Esclerosis múltiple

En estos casos, las personas que desarrollan dicha enfermedad con frecuencia tienen afectación sensitiva. «Si la persona siente el hormigueo en una sola mano o en el brazo y en la pierna simultáneamente, podría ser por un problema al nivel de cerebro o por médula espinal y una de las causas de esto podría ser esclerosis múltiple», cuenta el experto de la SEN aunque asegura que depende mucho de cómo sean la aparición de los síntomas. «Hay veces que las personas con esclerosis, sufren como primer síntoma este hormigueo pero no hay porqué preocuparse porque este se suele quedar como algo local», termina Irimia. De hecho, la esclerosis múltiple suele ir acompañada de otros síntomas como perder visión, fuerza y estabilidad.

Hipocalcemia

Otra causa endocrinológica pero menos frecuente es la hipocalcemia, ocasionada por niveles muy bajos de calcio en la sangre como consecuencia de niveles bajos de la hormona paratiroidea. «Si se detectan niveles bajos de calcio en la sangre, un parámetro habitualmente muy estable, hay que consultar al endocrino», asegura el experto de la SEEN.

Hipotiroidismo, acromegalia, déficits de vitaminas…

Este hormigueo también puede ocurrir en algunos casos mal controlados de hipotiroidismo o en otras endocrinopatías más raras como la acromegalia pero se trata de algo muy poco frecuente, según cuenta el Dr. Francisco Botella. «De forma excepcional, en casos de desnutrición crónica severa, algunos déficits de vitaminas pueden cursar con estos síntomas», explica el médico.

Por último, las lesiones en la médula espinal, la artrosis, los problemas de las raíces nerviosas o que la médula espinal esté comprimida o alterada a nivel de la médula también pueden ser precedentes de estos hormigueos.

Las crisis de ansiedad están relacionadas con momentos de estrés o acontecimientos traumáticos, aunque pueden darse incluso en situaciones de calma. Conocer a alguien que las sufra o las haya sufrido es de lo más común: según un estudio publicado por la Sociedad Internacional de trastornos afectivos, más del 10% de la población adulta en España ha sufrido uno de estos ataques.

Estas crisis, también llamadas «ataques de ansiedad» o «ataques de pánico», son «una reacción emocional extrema de alarma, que llega a provocar miedo», explica por teléfono a Verne Antonio Cano Vindel, catedrático de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid y presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés.

Para Cano, una de las principales causas por las que se entra en pánico durante las crisis de ansiedad es el miedo que produce el desconocimiento de los propios síntomas. «Son similares a los de una situación de ansiedad común, la misma que puede sentirse al hacer un examen o una entrevista de trabajo», explica, «pero al aparecer sin explicación aparente, producen miedo e inquietud». A su vez, ese miedo e inquietud retroalimentan los síntomas.

«Se produce un círculo vicioso», cuenta Cano. «Si la persona afectada empieza a tener taquicardia, cree que puede estar sufriendo un ataque al corazón, de modo que se asusta, aumenta la ansiedad y la taquicardia empeora». La clave para minimizar los ataques e incluso evitarlos es, por tanto, conocer la sintomatología «para no magnificarla y saber que no puede producirnos ningún daño».

Síntomas para identificar un ataque de ansiedad

Entre los síntomas que presenta un ataque de ansiedad, Cano enumera:

1. Incremento brusco de la sensación de ansiedad y miedo

2. Taquicardia

3. Palpitaciones fuertes

4. Aumento de la temperatura corporal

5. Sudoración

6. Temblores

7. Sensación de irrealidad

8. Despersonalización (sentirse fuera de uno mismo) o desrealización (sensación de que lo que ocurre no es real)

9. Temor a morir, a perder el control o el conocimiento

10. Sensación de ahogo.

Además de los síntomas mencionados por Cano, el Manual diagnóstico de trastornos mentales, de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, enumera también:

11. Sofoco

12. Opresión o malestar torácico

13. Sensación de entumecimiento u hormigueo.

En un ataque de ansiedad no tienen por qué aparecer todos estos síntomas. Junto a la aparición de la sensación de ansiedad y miedo –síntoma principal– deben aparecer al menos cuatro síntomas más de los arriba enumerados. Todos ellos se inician bruscamente y, si no se controlan, llegan a su máxima expresión en los primeros 10 minutos. No tienen una duración determinada: «Va a depender de cómo lo procese la persona y cuánto tarde en lograr distraerse», explica Cano.

«Los factores que empeoran una crisis de ansiedad son la magnificación y la atención a los síntomas», cuenta el Psicólogo. «También, en los casos de gente que ya ha sufrido alguno, la anticipación: la propia ansiedad que provoca pensar en un ataque puede llegar a provocarnos uno». La clave para el psicólogo es, por tanto, lograr desviar la atención de los síntomas en cuanto aparezcan, para no agravarlos.

Cómo ayudar a una persona que sufre un ataque de ansiedad

Lo prioritario para que un ataque de ansiedad desaparezca es lograr que la persona afectada deje de pensar en los síntomas que está sufriendo. Para ello, Cano recomienda:

1. Mantener una conversación activa: «La clave es lograr distraer a la persona, aunque no es fácil porque su atención se centrará en lo que cree que la amenaza», explica Cano. Para el catedrático, la forma de que desvíe su atención es «hacer todo lo posible para que el afectado hable».

2. Ayuda a no magnificar los síntomas: es importante intentar que la persona afectada comprenda que nada de lo que le está ocurriendo puede hacerle año. Mientras hablamos con ella, «hay que intentar hacer ver que son los mismos síntomas que se tienen cuando hacemos un examen o hablamos en público», cuenta Cano.

3. Normaliza la situación: «Uno de los temores que se dan en el inicio de un ataque de ansiedad es que los síntomas sean observables», explica Cano. Es importante, por tanto, evitar llamar la atención y que se generen corros de personas alrededor del afectado.

¿Y la bolsa de plástico?

En el imaginario colectivo se encuentra la idea de que, frente a un ataque de ansiedad, hay que poner al afectado a respirar en una bolsa de plástico. Esto se debe a que las crisis de ansiedad han estado relacionadas durante mucho tiempo con la hiperventilación, una respiración excesiva que produce una disminución del dióxido de carbono en sangre. Esta reducción produce, a su vez, síntomas asociados a la ansiedad, como mareo o taquicardia.

Sin embargo, la hiperventilación no es la causante de los ataques: un estudio del Centro de Estudio de la Ansiedad de la Universidad de Boston, en el que trataban de inducir ataques de pánico mediante hiperventilación, concluyó que esta no siempre produce una reacción de ansiedad. «Hay a quien puede funcionarle», aclara Cano, «pero la hiperventilación no es el verdadero motor de las crisis», concluye Cano. «Lo es la magnificación y la atención de los síntomas, que es lo que hay que intentar combatir».

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Testimonio de una paciente con ataques de pánico

Los ataques de pánico se valoran según el DSM-IV-TR (cuarta edición revisada del Manual estadístico de los trastornos mentales). Una crisis de angustia o ataque de pánico es la aparición repentina de miedo o malestar intenso, que se acompaña de por lo menos cuatro de los siguientes síntomas:

  1. Palpitaciones o taquicardia
  2. Sudoración
  3. Temblores o sacudidas
  4. Sensación de ahogo
  5. Sensación de atragantarse
  6. Opresión o malestar en el pecho
  7. Náuseas o molestias abdominales
  8. Inestabilidad, mareo o sensación de desmayo
  9. Sensación de irrealidad o de estar separado del propio cuerpo
  10. Miedo a perder el control o volverse loco.
  11. Miedo a morir.
  12. Hormigueos
  13. Escalofríos o sofocaciones

Enfrentarse a una crisis de angustia, no es nada fácil. Cualquier persona que lo haya experimentado podría afirmarlo. Los pensamientos destructivos que acompañan a las personas que sufren estas crisis son devastadoras. Hoy les traigo al blog la experiencia de una paciente cuando sufre sus ataques de pánico y lo que siente en el período intercrisis.

Capítulo 1. “Mi crisis”.

De repente te invade una sensación de pánico: el terror nace en el centro de tu pecho y se extiende por cada centímetro de tu cuerpo en cada latido taquicárdico como si estuviera disuelto en la sangre y tuviera una afinidad del carajo a la hemoglobina.

Ese miedo es un miedo arrollador: te sientes como en el segundo después de dar un frenazo para evitar al subnormal del todoterreno que se cree el dueño de la carretera y casi hace que os matéis los dos; como el instante justo en el que el profesor clava los ojos en ti en clase y ves maldad en sus ojos porque te va a preguntar a qué antibióticos es sensible el Acinetobacter baumanii y tú sacaste la micro por los pelos; es como la noche antes del examen, el momento en el que el piloto del avión dice que “vamos a pasar por una zona de turbulencias” y el segundo en el que te das cuenta de que te has olvidado de ajustar los espejos diez minutos después de empezar tu examen de conducir.

Es esa clase de miedo. Sólo que no estás en la carretera y después de evitar al otro coche no puedes decir palabrotas, seguir conduciendo y ponerte a cantar a grito desafinado el Drive By que suena en la radio. No te puedes relajar después de fallar la pregunta. No hay examen para hacer. No hay señal de cinturón de seguridad encendida ni azafato sonriente.

Es esa clase de miedo. Sólo que no termina. Sigue. Crece. Ni siquiera sabes a qué tienes miedo. Pero tienes miedo. Mucho. Y empiezas a temblar como si tuvieras 40 de fiebre. Una tiritona violenta sin sentir el más mínimo frío. A veces sentirás calor de una forma desagradable, como si estuviera en forma de líquido envolviendo todo tu tórax, desde los hombros hasta la mitad de la espalda y por delante siguiendo el borde inferior del esternón.

Te levantas temblando. Te fallan las rodillas. Te das cuenta de que el corazón te va a mil por hora y que puedes sentirlo latir en cada una de las arterias de tu cuerpo. Tratas de respirar profundamente y tus pulmones deciden que ellos van a seguir el ritmo que les dé la gana y generalmente ese va a ir a juego con el del tirite.

Y es ahí cuando aparte del miedo empiezas a sentirte horriblemente estúpida. ¿De qué tienes miedo? Estás tranquilamente en tu cama durmiendo, o sentada delante del ordenador chateando en el Facebook; estás viendo una película de dibujos animados; leyendo un libro que va de unicornios rosas, mariposas y nubes de algodón de azúcar; estás hablando por teléfono, bajando la escalera, estudiando… ¡¿De qué coño tienes miedo?!
Y es ese momento cuando los pensamientos de tu cabeza empiezan a jugar al ping-pong a tal velocidad que parece que las pelotas están empapadas en anfetas.

— ¡Estás en tu puñetera casa, joder! ¿Qué podría darte miedo aquí: que se te caiga el techo encima?

—No, la verdad es que no. Es un techo muy sólido.

— ¿Que te suspendan tooooooooodos los exámenes de enero?

—A ver, eso no me hace mucha ilusión, pero puedo presentarme de nuevo en Julio y en el peor de los casos repito alguna asignatura el año que viene y ya está. Voy limpia. Puedo permitírmelo.

— ¿Es que has empezado a pensar que tus amigos son más falsos que una moneda de 3 euros?

—No, no es verdad. Tengo amigos de verdad, que se preocupan realmente por mí. Es más, desde que me han empezado a notar rara me mandan un montón de mensajitos y me ponen canciones a tutiplén en el Muro del Facebook.

— ¿Te da miedo no ser capaz de encontrar a alguien que te soporte y morir sola?

—No seas absurda, voz estúpida de mi cabeza…

—Jjijijiji, ha dicho moriiiiiiir.

—Sí, ya sé que ha dicho morir.

—Te vas a morir.

—Nadie se muere de un ataque de ansiedad, idiota.

—Yo no he dicho que te vayas a morir ahora. Sólo que te vas a morir. En algún momento de los próximos 60 años, más o menos, cerrarás los ojos y te morirás. Ya está, pluff. ¿A lo mejor es como quedarse dormido sabes? Cierras los ojos pensando en que a la mañana siguiente quieres levantarte temprano para ir a correr y ese es el último pensamiento que tienes por toda la eternidad. A lo mejor te reencarnas o hay vida después de la muerte. ¿Te imaginas la vida después de la muerte, la eternidad? ¿Leer todos los libros jamás escritos, ver todas las películas (incluso las malas), memorizar todas las canciones, hablar con todas las personas que jamás han existido, contar los granos de arena del desierto… y seguir existiendo? Te vas a morir.

—Pero todos nos morimos tarde o temprano. Está claro que no es un tema que me haga mucha gracia pensar pero no hay nada que yo pueda hacer para evitar morirme o para conocer la respuesta de lo que hay después de la muerte. Tampoco sé qué es lo que me gustaría que hubiese, así que…

—No, pero en serio. ¿Tú qué opinas? ¿Crees que después de la muerte vas a “vivir” para siempre? Porque eso es una putada. ¿Cómo se tomará Dios que no pises una Iglesia desde los 18? ¡Pero qué digo! ¡Si te conozco como si fueras yo! ¡Llevas intentando recuperar la fe desde el mismo momento en el que la perdiste! Aunque te mueras de ganas, no crees que haya Dios ni ningún otro ser superior ni pamplinas. Tú maldito cerebro incapaz de creer en las cosas que la ciencia no pueda probar te dice que te mueres y punto. Si tienes suerte pasarás a ser parte del abono de un bonito manzano, pero todos tus pensamientos, tus sentimientos, tus ideas, todos los libros que no habrás escrito, los hijos que no habrás tenido y los árboles que no habrás plantado se quedarán en NADA. Todo lo que quieras hacer lo tienes que hacer en los próximos sesenta años, y piensa lo rápido que han pasado los anteriores 23. Antes de que te des cuenta estarás muerta. Pasarás del ser al no ser. Por si no te ha quedado claro: nada, negro, finito. Será como esas ocho horas que pasan en un parpadeo cuando estás dormido pero E-T-E-R-N-A-M-E-N-T-E. ¿Te das cuenta de cuánto dura un eternamente?

Es entonces cuando empiezas a darte cuenta de que el corazón, que te iba deprisa, ha duplicado su velocidad. Trastabillas hacia el baño, apoyas las manos en el borde del mármol y aprietas los puños con fuerza. No sientes como tuyas esas manos que se crispan. Las miras. Son las tuyas sí. El lunar rojo y la cicatriz de cuando te caíste en las canchas del colegio. Las tuyas.

Piensas en mover un dedo y se mueve. Pero es casi como si se lo ordenaras a un personaje de un videojuego con unos gráficos muy buenos. No lo sientes como tuyo.

El rostro pálido que ves en el espejo como a través de una bruma tiene el labio tembloroso y los ojos húmedos. Los ojos. Los ojos parecen muy vivos. Y es entonces, como si de un mazazo se tratara, cuando asumes que estás viva y en consecuencia todo el peso de tu mortalidad… a un nivel de conciencia superior.

—Te vas a morir.

— ¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHH!!

—Te vas a morir. Vas a dejar de existir, a ser nada. Y da igual que descubras la cura contra el cáncer o escribas el gran clásico del siglo XXI. Te vas a morir igual. Tus logros aquí sólo importarán a los que dejas. Pero tú-te-mue-res. TE-MUE-RES.

— ¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHH!!

—Te mueres. Te mueres, te muereessssssss.

— ¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHH!!

— ¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHH!!

—¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHH!!

Ahora el pánico no es como el de un examen, el pánico se ha convertido en el malo de la peli de SAW queriendo jugar contigo; se ha convertido en lo que debe de sentir un paciente de oncología cuando le dan su cuenta atrás; en que se te acabe el aire en una inmersión treinta metros bajo el agua.

Quizás exageras, pero el corazón te va como mínimo a doscientos latidos por minuto, necesitas respirar más rápido de lo que tu diafragma está dispuesto a hacerlo y sientes cosquilleos en las mejillas y en los dedos. Un puño de acero te retuerce el estómago y empiezas a tener náuseas. Hay una mano invisible apoyada con fuerza justo encima de tu esternón. Quieres gritar. De verdad que quieres, con toda tu fuerza, como las voces de tu cabeza, pero no puedes. Gritar fuerte, golpearte la cabeza contra la pared, llamar a alguien.

Llamar a alguien.

Te deslizas arrastrando los pies hacia el cuarto de tus padres. Te extraña que el castañeo de tus dientes o el sonido de tus arcadas no les haya despertado. Y dudas. Ellos tienen derecho a su sueño. No te estás muriendo. No necesitas que te lleven a Urgencias. Sólo estás histérica porque eres subnormal.

—Sabes que los seres vivos se mueren desde que tienes tres años. ¿De qué vas? No ha cambiado nada.

—Mamá, ¿puedes venir?

Y tu madre se levanta tan rápido que le hubiera robado todos los récords a Usain Bolt si se hubiera tratado de una Olimpiada, coge una bolsa de papel y te pide que respires más despacio. Te da un Trankimazin. Te cuenta su día y algunos chistes estúpidos. Se tumba a tu lado en la cama, en tu cama que es demasiado estrecha. Te abraza.

Te abraza y su tacto te llega como si estuviera amortiguado. ¿El tacto se puede amortiguar, como los sonidos? Te molesta. Y te sientes mal porque el abrazo de tu madre no te reconforte. ¿Es que acaso no la quieres?

Intentas concentrarte en los recuerdos felices que debería traerte el calor de su piel, ¿es calor? Al menos no se siente como tal.

Tu madre te aprieta más fuerte. Te acaricia el brazo.

Le contarías todo lo que sientes, pero, ¿y si le contagias tu ansiedad? Nadie jamás debería sentirse ni siquiera cerca de cómo tú te sientes ahora. Nadie. NUNCA.

—Dime qué puedo hacer para ayudarte.

No respondes. Ni siquiera sabes qué es lo que puedes hacer tú para ayudarte a ti misma. Te giras lentamente y la miras a los ojos, esos ojos oscuros que están ligeramente enrojecidos a diez centímetros de ti y a la vez muy lejos, como si estuvieran a cien mil años luz o al otro lado de una gruesa pared de metacrilato.

Tú que habías dejado de temblar, vuelves a hacerlo. La miras a los ojos e imaginas que lucirán igual cuando no haya vida detrás de ellos. Si a ti con suerte te quedan unos sesenta años de vida… ¿cuántos le quedarán a ella?

Entonces te revuelves en la cama. Te incomoda estar en ella con tu madre y te da miedo estar sola, pero tampoco quieres que te toque. Le dices que se vaya a dormir. No, que vuelva. Que se vaya.

Enciendes el ordenador entre temblores todavía y con tres de tus cuatro voces gritando por dentro. Pones un capítulo de Scrubs tras otro con la esperanza de que alguno te haga reír como la primera vez que viste la serie y aunque te va relajando, al menos despistando, temes en silencio el momento en el que la pastilla haga efecto y te duermas.

Porque, ¿y si cerras los ojos y te mueres?

— ¿Y si desperdicias tu vida por temer a la muerte?

—Si es que nunca le he tenido miedo a la muerte…

—Pues ahora sí. Asúmelo. Supéralo. ¿Tienes 23 años, tres cuartas partes de tu vida por delante y la vas a desperdiciar a base de inflarte a antidepresivos, ansiolíticos y terapia? Bien por ti, campeona.

Poco a poco los ojos se te van cerrando. A veces te adormilas un poco y vuelves a despertarte al instante con el mismo pánico que al principio. Miras la pantalla donde un par de actores ríen y te preguntas cómo es posible que ellos se sientan felices en algún momento. ¿Por qué no están paralizados de pánico? ¿Por qué ellos no se sienten como si estuvieran encerrados en una caja de acero de 1,75×50 y fueran incapaces de gritar?

—Ahora es cuando gritas y despiertas a toda la casa.

—Tranquila, no te estás volviendo majara. Lo has estudiado. Sabes que todos éstos son síntomas muy naturales de las crisis de pánico. No te creas el ombligo del mundo. Relájate.

—Grita, loca.

Dudas.

— ¡Qué risa como esto te ocurra mañana en la biblioteca! Nos vamos a reír un rato. Por cierto, ahora en vez de tener un ataque de histeria deberías estar estudiando para tus exámenes, ¿sabes? ¿Cómo de capaz te ves de estudiarte 400 páginas en 4 días teniendo 3 ó 4 ataques de estos al día y sin poder de concentración? Ya te vas a Julio con toda la asinatura, el parcial que habías aprobado también, por subnormal, ¿quieres más? ¿Crees que podrás ser algún día cirujana si no eres capaz de aguantar un poquito de estrés? Me meo con una médico que se eche a temblar cada vez que algo le recuerde la temporalidad de la vida. ¡Espera, espera! Juguemos a algo: 1, 2, 3, responda otra vez: posibles formas de morirse súbitamente mientras duermes estando en la veintena y llevando un estilo de vida saludable. Por ejemplo… ¡ictus hemorrágico!

—Disección de aneurisma de aorta.

—Fallo cardiaco por malformaciones congénitas no detectadas.

—Fallo respiratorio por intoxicación por benzodiacepinas.

—Tromboembolismo pulmonar.

— ¡SILENCIO!

De golpe te das cuenta de que te acabas de convertir en una chica de 23 años que tiene miedo a la oscuridad, al silencio, a la muerte… y sientes mucha vergüenza.

Culpa. Tienes que disculparte con tu madre.

Fastidio. ¿Por qué tiene que pasarme esto a mí? Hasta hace nada eras una persona perfectamente normal que se pasaba los lunes soñando con dormir hasta tarde los sábados y ahora te da miedo tu propio edredón.

Ojalá pudieras volver a ser la tú de hace un mes…

Y al final, con la luz encendida, la serie a medias, concentrada en los ronquidos que vienen del otro lado del pasillo y teniendo más miedo del que recuerdas haber sentido en toda tu vida, te duermes sin sueños, tan súbitamente que parece que te has desmayado.

Capítulo 2: Mi intercrisis.

Me encantaría que mi periodo entre crisis y crisis se pareciera a la normalidad. Podría vivir con los episodios de pánico si así fuera. Pero no lo es. Cuando no estoy atacada me siento siempre como si al día siguiente fuera a tener un examen: las voces me irritan, tengo el estómago hecho un nudo, no me entra la comida y ni siquiera conservo el apetito. Mis pies están todo el rato golpeando el suelo rítmicamente y, como si de un medidor Geiger se tratara, van más y más rápido a medida que aumenta la ansiedad. A veces, cuando estoy rozando la crisis, son las manos las que se mueven.

De vez en cuando tengo que doblarme sobre las rodillas, como la posición de seguridad de los aviones, y hacer ejercicios de respiración que no sirven para nada.

Probablemente una parte de mis nervios no son más que el temor de volver a encontrarme en una situación de crisis.

Me paso el día entero con pensamientos de muerte rondándome la cabeza. A veces la lógica consigue desarmarlos y a veces no. Sea como sea, yo sigo nerviosa.

Estoy desconcentrada. Todo me viene como a través de un muro de metacrilato. Los sonidos me llegan ahogados y los sabores pierden su intensidad. Si tuviera que compararlo con algo, diría que me siento como en la bajona de una borrachera, cuando estás zombie, ya no sabes qué palabras están saliendo de tu boca, qué es lo que te han dicho cinco minutos atrás y no eres capaz de centrarte ni un segundo en el mismo objeto/persona/tarea.

A veces siento que los gráficos del Assassins Creed de mi hermano parecen más reales que mi propia vida.

No soy capaz de retener lo que leo en un párrafo y eso me causa ansiedad. Pero ansiedad de la “buena”, de la que conozco. Miedo a suspender los exámenes y esas cosas. Tampoco tengo ganas de hacer nada en particular: no tengo ganas de leer, o de ver películas, de escribir, de estudiar… pero tampoco de quedarme quieta hecha un ovillo. Creo que lo que mejor se me dan son las tareas mecánicas, que entretengan mi cerebro pero que no le pidan mucha implicación.

Me he dado cuenta de que empiezo a elegir los libros y películas que veo minuciosamente. No quiero arriesgarme a encontrarme algo que pueda desencadenar una crisis. El otro día estaban echando Al otro lado de la vida en televisión y lo que pasó fue de todo menos divertido. Así que básicamente veo películas de dibujos animados, comedias tontas y leo libros de literatura juvenil. ¡Yupi! (#IroníaModoOn).

Respecto a la música, bueno, a veces me la pongo a todo volumen en el iPod para evitar escuchar mis pensamientos pero la mayoría del tiempo un ruido así me irrita demasiado.

Quizás la única actividad que logra hacerme olvidar por completo que me estoy volviendo como una cabra sea el deporte, pero no puedo pasarme la vida encima de una bicicleta estática, ¿no?

También de un tiempo a esta parte salgo menos. Siento una apatía bastante constante y el hecho de que una amiga me proponga ir al cine me da pereza, así que rechazo casi siempre la oferta, aunque sea adicta a las películas y sepa que me voy a reír mucho en su compañía. Sólo estos últimos días he empezado a rechazar invitaciones por el miedo de que me dé un ataque de pánico en público.

¿Cómo será cuando retome las clases? ¿Cómo me enfrentaré a pacientes moribundos en el hospital o a gente que esté ingresada en psiquiatría con cuadros parecidos al mío?

A veces, muchas veces en realidad, me sorprendo imaginándome que los ataques pararán en cuanto acabe la época de exámenes. Una parte muy grande de mí lo desea. La misma parte que fantasea con mandar todo el estrés a tomar por culo, dejar la carrera, olvidarse de ser médico e irse a hacer el cangrejo a una isla desierta sin reloj y sin personas.

Personas…. Mmm… La soledad, el silencio, me agobia. El ruido que genera la gente a mi alrededor también, sobre todo si es mucho. Sin embargo necesito un mínimo de sonido a mi alrededor constantemente. Ahora duermo cada noche con las cortinas de mi habitación abiertas para que entre la luz de la calle y la puerta sin cerrar para que me lleguen las respiraciones de todos aquellos que duermen en mi casa.

Últimamente tampoco me gusta que me toquen. Me hace recordar lo irreal e irrelevante que se siente todo. Y rechazar el contacto se vuelve complicado cuando todo el mundo está preocupado y pendiente de ti. Por ejemplo, mi hermano lleva días sin pelearse conmigo, mis padres no paran de preguntarme cómo estoy, de traerme regalos, de comprarme chocolate, de abrazarme… Me agobian.

Gente a la que quiero ahora no me causa más que indiferencia o irritación. Responder los mensajes del chico que antes me gustaba se ha vuelto fastidioso; hablar con mis amigos fingiendo que el mundo no se me cae encima, casi imposible. Hago esfuerzos casi constantes para parecer normal, para preguntarles por sus días, sus exámenes, sus problemas, pero o me son indiferentes o sólo consiguen apenarme (por el hecho de cargarle con los míos teniendo ellos los suyos). La gente no se da cuenta de lo realmente difícil que se me hace mantener una conversación.

Me siento culpable por lo mal que hago sentir a toda esta gente que me quiere, a mis padres sobre todo, y muy avergonzada por lo estúpida que sueno cuando digo en voz alta lo que pasa por mi cabeza.

Me paso el día diciéndole a todo el mundo que les quiero por el miedo a morirme. También he renunciado a gran parte de mi sentido del humor negro, que sé que a veces molesta a la gente (además, me faltan ganas para bromear) y me dedico a hacer tareas y realizar favores como si de verdad me fuera a morir mañana y quisiera dejar detrás de mí un buen recuerdo. No me molesta ser mejor persona, pero no creo que éste sea el modo. Además, de verdad que me gustaba mi sentido de humor sarcástico tirando bastante al cinismo.

A veces sólo creo que toda esta parafernalia es una estrategia de mi subconsciente para llamar la atención, y me cabreo, me cabreo conmigo misma por no ser la persona fuerte que todos dicen que soy, de vivir la vida o de sobrevivirla, de sonreír…

Me cuesta recordar momentos en los que fui feliz, y eso que tengo las paredes de mi cuarto empapeladas de ellos. Siento esa felicidad como falsa y eso me apena. También no paro de preguntarme cómo es posible que el resto de las personas no sientan tanto miedo como yo, o se sientan tan lejos de todo. Sé que yo una vez me sentí bien, normal, feliz, aunque ahora no sea capaz de recordarlo, así que ni siquiera respondo a esa pregunta, pero también me apena y aumenta la sensación de irrealidad que me da todo.

Hasta mi propio cuerpo no se siente como mío. Me toco y no lo siento. Da igual cuanto me abrigue que no tengo calor. Incluso le pedí a mi madre que me diera una bofetada para ver si se me quitaba así la tontería y no sentí apenas nada.

La parte más racional de mi cerebro no para de decirme que sufro un trastorno psiquiátrico, que estoy deprimida y que tengo crisis de pánico, que todo lo que me ocurre entra dentro de la normalidad y que no hay razones objetivas para sentirme como me siento. Pero aun así en ocasiones no puedo evitar pensar que enloquezco.

Hay otra parte de mi cerebro sin embargo que se pone a elaborar teorías alternativas con etiologías orgánicas: ¿cómo pinta un feocromocitoma? ¿Algo del tiroides? ¿Un tumor de las suprarrenales? ¿Insuficiencia cardiaca? Creo que sería muchísimo más llevadero padecer algo que pudiera abordar de golpe, o al menos de alguna forma que me dé garantías.

Llevo menos de un mes así, tan sólo unos días teniendo varias crisis por jornada, y ya estoy agotada. No me sorprendería acabar curada sólo porque a mi cuerpo se le ha acabado la adrenalina y a mi cerebro la sensación de miedo.

Enfrentarse a la crisis de pánico no es una tarea imposible pero se requiere de mucho esfuerzo. Buscar métodos para evitar constantemente el pánico no hacen si no reforzar el circulo vicioso del que se alimenta. La mejor opción para hacerle frente es buscar la ayuda de un profesional, nosotros en Psico·Salud somos expertos en Trastornos de Ansiedad en Tenerife. Si quieres pedir cita o tienes cualquier pregunta, no dudes en hacérnosla.

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Cuídate

¿Por qué se produce la sensación de hormigueo?Laura López

El hormigueo es una sensación incómoda que se produce en diferentes partes de nuestro cuerpo, sobre todo, en las extremidades: manos, brazos, pies, piernas y dedos. Suele ignorarse, ya que con frecuencia aparece por mantener una postura durante un largo periodo de tiempo, provocando la falta de riego sanguíneo en determinadas zonas, que se “duermen”; o por una leve infección. Sin embargo, si se da de manera frecuente, puede convertirse en un motivo de preocupación. El cuerpo podría estar indicando que algo no funciona y que podría estar desarrollando una enfermedad. Éstas son algunas de sus causas más frecuentes.

  1. Problemas de circulación
    Las personas con problemas circulatorios sufren sensaciones de hormigueo esporádicamente. Sin embargo, si esto se convierte en una constante, deben consultar a un médico, ya que podría ser un indicador de que se padece algo más grave

  2. Pérdida de sensibilidad
    El hormigueo también es uno de los síntomas característicos de la parestesia, una patología temporal ocasionada por la presión sobre los terminales nerviosos y que conlleva variaciones en la apreciación de los sentidos y una pérdida de sensibilidad

  3. Diabetes
    Esta enfermedad aparece cuando los niveles de azúcar en la sangre aumentan, pudiendo causar daños en el sistema nervioso que desencadenan la llamada neuropatía diabética periférica. Ésta se manifiesta principalmente en las extremidades y los síntomas puedes ser hormigueo, ardor o pérdida de sensibilidad

  4. Síndrome de piernas inquietas
    El hormigueo nocturno es uno de los indicadores de la aparición de este trastorno neurológico. De hecho, lo síntomas se activan cuando intentamos relajarnos, al acostarnos, por ello las personas que lo sufren suelen tener trastornos de sueño e incluso ansiedad. Puede provocar dolor, picor y calambres

  5. Lesiones nerviosas
    Cualquier lesión en un nervio, la presión sobre los nervios raquídeos que aparece causada por una hernia discal o, incluso, el daño provocado por el plomo de las bebidas alcohólicas o el tabaco también en ellos también puede propiciar la aparición de esta sensación

Además de todas ellas, la fatiga, el agotamiento, unos niveles anormales de calcio o potasio en el organismo, falta de vitaminas como la B12, alergias, mordeduras y picaduras de animales o el uso de ciertos medicamentos, entre otras, también pueden ser factores desencadenantes del llamado hormigueo. Para intentar calmar esta sensación, podemos optar por remedios naturales como aplicar agua muy fría en la zona afectada o utilizar algún tipo de solución oral con principio vasoprotector para ayudar a su correcta circulación sanguínea. Eso sí, si es un síntoma que se nos repite de forma habitual, debemos ser conscientes de que lo mejor para cerciorarnos sobre el origen de nuestra afección es visitar a un médico para obtener un diagnóstico certero.

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