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Me arrepiento de ser madre

Últimamente se escucha la voz de muchas mujeres que dicen arrepentirse de haber sido madres. Este arrepentimiento provoca debates enconados sobre la maternidad y la diferencia entre obligación y opción. Seamos serios, ser madre es una opción, no una obligación, y como toda opción necesita una elección. Así pues algunas mujeres eligen no ser madres y son tan felices el resto de su vida pero, ¿qué pasa con las que se arrepienten de no haber tenido hijos? Que no escuchemos habitualmente su postura no quiere decir que no existan. Y aquí queremos darle voz a todas las mujeres que no saben qué hacer cuando creen que cometieron un error.

¿Por qué no has sido madre?

Puede que nunca hayas tenido instinto maternal, puede que estuvieras esperando a tener una estabilidad económica o sentimental, puede que no te sintieras preparada, pero el caso es que no has sido madre y ahora te encuentras en una edad en la que ya no es posible.

Tener hijos es una gran responsabilidad y no deja de ser una elección en la vida. Estamos acostumbradas a pensar que todo tiene arreglo en esta vida y que nunca es tarde. Nunca es tarde para darle un nuevo giro a tu vida, poco importa la edad para enamorarte de la persona adecuada, para ponerte a estudiar, para cambiar de trabajo, para dejarlo todo atrás y comenzar una vida nueva en otro lugar… Nunca es tarde y la edad no importa, eso cierto. Excepto cuando hablamos de fertilidad.

Si te has pasado toda la vida muy segura de que no querías tener hijos y ahora que ya es tarde te arrepientes, ¿qué puedes hacer? No es algo que puedas cambiar, ya que a cierta edad ni siquiera es posible la adopción. Y ciertamente se trata de un aspecto fundamental en la vida: tener hijos o no tenerlos. No puedes hacer nada al respecto, salvo ocuparte de ese arrepentimiento.

Cuando te arrepientes de no haber tenido hijos

No sirve de nada que te arrepientas de no haber tenido hijos, eso lo sabes, pero no puedes evitar ese sentimiento de arrepentimiento y de haberte equivocado en algo muy importante. Lo primero es dejar de lado la cuestión de la utilidad de ese sentimiento, dejar de pensar que no sirve de nada arrepentirse, aunque sea cierto, porque lo único que conseguirás es juzgarte por lo que sientes.

Así que permítete sentir la pena, la tristeza, el arrepentimiento, la culpa y todas las emociones derivadas de una decisión que crees equivocada. Acepta esos sentimientos y pasa al siguiente nivel. De acuerdo, ¿estamos hablando de una equivocación en la vida?, ¿hay que aceptar que todos cometemos errores, que no somos perfectas? Lo cierto es que no se trata de un error.

Cuando tomaste la decisión de no ser madre o cuando evitaste tomar la decisión de tener hijos no era un error. Te pareció lo mejor en ese momento porque efectivamente era lo mejor. Así que no cuenta como error. Solo que ahora tu perspectiva vital ha cambiado, pero hiciste lo correcto en su momento. ¿Te hubiera gustado ser más alta, ser rubia o haber nacido en una familia rica? Piensa en lo que te hubiera gustado ser o tener pero no ha sido posible, ¿a que no puedes arrepentirte?

Pues tómatelo de la misma manera. No has tenido hijos porque así lo decidiste en su momento. ¿Serías más feliz si hubieras tenido hijos? No lo puedes saber por más que te lo imagines. ¿Serías más feliz si hubieras estudiado Veterinaria en lugar de Empresariales? No te dejes llevar por los «y si hubiera…» y céntrate en el presente, en tus posibilidades reales, en tus recursos actuales, que seguro son suficientes para aprender a amarte a ti misma y a la vida que te has creado.

¿Qué hago si me arrepiento de ser mamá?

Te encuentras en una reunión amigas, mamás todas, compartiendo experiencias e intercambiando consejos sobre la maternidad, de repente, a bote pronto, una de ellas dice, con lágrimas en los ojos y cara de desesperación: “La verdad, no aguanto más, no saben cómo me arrepiento de haber sido mamá”. “Si pudiera regresar el tiempo, no tendría hijos”. ¿Cómo te sientes antes estas frases? ¿Te resulta difícil entender que una mujer con un bebé hermoso se arrepienta de haberlo tenido? ¿Puede una mujer decir que se arrepiente de ser madre?

Somos herederos de una tradición natalista que promete a la mujer, a través de la maternidad, realización plena, felicidad eterna, sentido de totalidad y garantía de trascendencia. Desde la infancia, se prepara a la mujer para ser madre, muñecas con las que juega a ser mamá, educación en casa que fomenta el cuidado y responsabilidad hacia los demás, continuos mensajes de los medios de comunicación que refuerzan la creencia que la perfección sólo se podrá alcanzar cuando se convierta en madre.

¿Por qué tenemos hijos?

Es un hecho que estamos dotados con recursos biológicos para sobrevivir y sobre todo para preservar la especie. Helen Fisher, socióloga, afirma que aquello que experimentamos como enamoramiento no es otra cosa más que el impulso biológico para reproducirnos. Si, la naturaleza llama, tener hijos y cuidar de ellos está en nuestra biología. Sin embargo, el ser humano tiene capacidad de decisión, reflexión y, por lo tanto, de incidir en su biología. Tener hijos no sólo responde a una llamada de la naturaleza, sino también a reclamos económicos. Por ejemplo, países que pagan a sus ciudadanos por tener hijos, a presiones sociales ¿cuándo vas a tener hijos? A necesidades emocionales: para dar sentido a la vida o para consolidar una relación.

Detente por unos instantes y reflexiona, ¿Por qué tuviste hijos? ¿Fue una elección libre y consciente? ¿Es la maternidad lo que tú esperabas? ¿Te ha sido fácil la adaptación al nuevo estilo de vida que impone la llegada de los hijos?

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Ser madre es extenuante

El ser humano es una especie que depende por un largo periodo de tiempo de sus cuidadores, no solamente para ser alimentado y atendido, también requiere de ellos para desarrollarse física, psicológica y emocionalmente. Generalmente este trabajo recae en las madres, con el argumento de que son ellas las que tienen de manera natural las habilidades y cualidades para satisfacer estas necesidades. Es un trabajo 24/7, sin tregua, cortos periodos para dormir, altas dosis de estrés, con un exigente molde social a cubrir y además de todo, sin el derecho a quejarse, porque es su deber como mujer y madre. Las madres son abnegadas, sufridas, sacrificadas y santas.

La maternidad genera en la mujer cambios fisiológicos, emocionales y en su estilo de vida; en ocasiones renuncian a su trabajo y a su libertad económica en aras del bienestar de sus hijos. En el momento en que nace su hijo, la mujer deja de ser un yo y se convierte en la madre de… Es un cambio abrupto de 180 grados, al que deberá de adaptarse de manera rápida, con la esperanza de que en cualquier momento experimentará el éxtasis prometido.

Revisa: Las ventajas de ser mamá soltera

Ser madre no es fácil, desafortunadamente no hay un entrenamiento previo, pareciera que las que ya son madres quisieran mantener secrecía alrededor de lo difícil, cansado y frustrante que puede ser la maternidad. Nadie habla de las noches de llanto imparable que no deja dormir ni al vecino, de la falta de sueño, de la poca energía para iniciar o continuar proyectos, de la impaciencia, la impotencia, la frustración y la culpa que genera la idea de no ser una buena madre.

¿Te digo un secreto? Me arrepiento de ser mamá

La maternidad puede sobrepasar a cualquiera, especialmente cuando las expectativas son muy diferentes a la realidad, las mujeres pueden sentirse atrapadas, decepcionadas, incapaces, pero sobre todo se sienten SOLAS. Solas porque en una sociedad que glorifica la maternidad, se espera que una mujer al ser madre se sienta bendecida, realizada y plena. No se le permite expresar lo difícil que le resulta serlo y mucho menos decir con todas sus letras me arrepiento de ser mamá, sin el miedo de ser juzgada, señalada y alienada.

Arrepentirse de ser mamá no es una actitud egoísta, ni un rechazo a los hijos, es una llamada de atención a replantearnos el concepto de maternidad, a bajar las exigencias que se tienen hacia la mujer como madre, a desmitificar la maternidad y a aceptar que es una opción y no un destino.

Checa: ¿Cómo una mala relación hiere tu salud?

Si por momentos experimentas arrepentimiento por ser mamá o es un sentimiento que te ha acompañado por un largo tiempo, es momento de reconocerlo y aceptarlo porque de lo contrario se expresará en conductas irritables, impacientes y agresivas para ti y para tus hijos.

Empieza por hacer una lista de lo que eran tus expectativas y lo que tienes en realidad. Ponerlos en papel y sacarlos de la mente ayuda a ver y comprender las cosas desde otra perspectiva.

Pide ayuda a tu círculo cercano o apóyate en servicios especializados para el cuidado de tus hijos, a fin de disponer de tiempo y energía para realizar otros proyectos.

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Aprende a regular el estrés, prueba terapias basadas en psicofisiología como el Biofeedback o la práctica de Mindfulness. Los niveles equilibrados de cortisol, la hormona del estrés, favorecerán la claridad en la toma de decisiones que mejor convengan para tu bienestar y el de tus hijos.

Por supuesto que el contacto visual de un bebé y su risa provocan en el cerebro de su madre estados de bienestar y gozo y de esta manera ambos cerebros se sintonizan y vinculan, sin embargo, las expectativas poco realistas propias y ajenas impiden que esta relación se consolide y florezca.

Por otro lado: ¡Confirmado! las mamás sí tienen un hijo favorito

Como mujeres, como madres, sintonicemos y vinculemos, enseñemos a nuestros hijos la belleza de la empatía y la compasión para con nosotras y para con el mundo que nos rodea. Más de una en algún momento ha sido o es una madre arrepentida, lo cual no significa que no ame y desee lo mejor para sus hijos. Es sólo que ser madre a veces es cuesta arriba y necesitamos una mano que nos haga sentir que no estamos solas.

«No recuerdo la última vez que fui feliz»: los padres arrepentidos de haber tenido hijos

17/11/2017 05:00 – Actualizado: 19/11/2017 03:56

Criar a un niño no es una tarea fácil. Hay algunos días en que los padres se sienten tan abrumados que lamentan el día que decidieron que era una buena idea tener hijos. Y para algunos, ese día es todos los días. Ya sea porque un niño ha adoptado una actitud rebelde o simplemente ignora a todo el que hay a su alrededor, algunos padres acaban pensando que han cometido un error. Sin la capacidad de hacer retroceder el tiempo, estos adultos viven una existencia miserable con un niño al que desprecian por completo.

Algunos se han sincerado en ‘Whisper’ y en el foro ‘Mumsnet’, y recogemos sus declaraciones. Pero no han sido las primeras. Corinne Maier ya publicó en el año 2008 un libro cuyo título es toda una declaración de intenciones: ‘No Kid. 40 buenas razones para no tener hijos’.

Es horrible decir esto, pero odio a mis hijos. Les doy todo y parece que nunca es suficiente. Debería haberlos dado en adopción

Asimismo, la socióloga Orna Donath entrevistó en su día a 23 mujeres, algunas de ellas ya abuelas, quienes le confesaron que con los conocimientos y la experiencia que hoy poseen no hubieran sido madres en su día.

Opiniones hay para todos los gustos, e igual de respetable es amar la maternidad como no hacerlo. A algunos les horrorizarán las siguientes declaraciones, mientras que otros se sentirán muy identificados. A continuación, las confesiones de madres y padres que se arrepintieron de dar el gran paso, aunque les dé verguenza expresarlo en público.

«No puedo soportarles»

«Odio a mi hija. Es tan parecida a mí que a veces no puedo soportarla. Hay días que me gustaría mandarla a paseo. Tiene 7 años».

«Detesto a mis hijos. Nunca me dejan tranquila y lo único que quiero son mimos».

“¿Otra se arrepiente de haber tenido un hijo? Yo amaba mi vida anterior. Mi marido quería un niño y lo pospuse durante mucho tiempo sabiendo que no era mi vocación”.

No les soporto. No importa cuántas veces les intente enseñar algo, no lo entienden, carecen de todo intelecto

«Sé que es horrible decir esto, pero odio a mi hija y a mi hijo. Les doy todo lo que quieren y parece que nunca es suficiente. Debería haberlos dado en adopción».

“No soy una persona a la que le gusten los bebés y la dependencia de mis hijos hacia mí me resultó muy difícil. Así que volví a trabajar tan pronto como pude y encontré a alguien para que cuidara de los niños”.

“Tengo dos gemelos de 10 meses y odio mi vida”.

«No les puedo controlar»

«Odio a mis hijos. Sé que debería amarlos, pero no puedo controlarles. Y detesto esta parte de mí misma. No es que quiera controlarlos, solo quiero que me respeten y que acepten nuestras diferencias. Fallé».

«Detesto a mis hijos. Actúan como unos tiranos, y no tengo idea de dónde están aprendiendo ese tipo de comportamiento. No tienen respeto alguno».

«No soporto a mis hijos. No importa cuántas veces les intente enseñar algo, no lo entienden, carecen de todo intelecto. Si pudiera volver atrás en el tiempo nunca hubiera sido madre».

Aborrezco a mi hijo. Siento que me ha metido en una vida que yo nunca quise. No recuerdo la última vez que fui feliz

«Algunas veces odio a mis hijos por su incapacidad para seguir órdenes, y eso me hace sentir como una madre horrible».

«Aborrezco a mi hija. Se comporta terriblemente mal y solo hace cosas estúpidas. No quiere escuchar y raramente es cariñosa, y eso que siempre le he dado y le doy todo».

«A veces mi hijo me asquea. Desde el divorcio se volvió muy rebelde, ya que se puso de parte de su padre completamente. ¿Qué he hecho mal?».

«Odio a mis hijos. Tienen 12 y 9 años, y son sumamente irrespetuosos con los adultos. Intento educarles, pero solo recibo respuestas soeces. Acabo de quitarles todos los juguetes y de decirles que este año puede que no haya regalos de Navidad»

«Quiero ser quien era antes»

«Me duele confesar esto, pero realmente aborrezco a mi hijo. Siento que me ha metido en una vida que yo nunca quise. No recuerdo la última vez que fui feliz».

«Odio a mis hijos en secreto. Arruinan todo y afectan a mi relación de pareja. No hay día que no esté arreglando cosas que han roto».

«Odio en secreto a mi hijo. Por su culpa cada día estoy más gorda y calva».

No puedo con mis críos. Probablemente porque me recuerdan a mi exmarido, y eso me produce náuseas

«En ocasiones detesto a mis hijos y pienso que ojalá nunca los hubiese tenido. Desde que nacieron no me han aportado nada bueno, solo estrés. Me siento una madre horrible por sentir esto».

«Hay días que no puedo con mis críos. Ellos arruinaron la relación de pareja que teníamos su padre y yo. Las cosas iban bien y éramos muy felices, hasta que ellos llegaron al mundo».

«A veces siento que no puedo con mis críos. Probablemente es porque me recuerdan a mi exmarido, y eso me produce náuseas».

Amaba mi vida anterior. Mi marido quería un niño y lo pospuse durante mucho tiempo sabiendo que no era mi vocación

“Mi hija tiene ahora 12 años y las cosas son más fáciles según va haciéndose mayor, pero a veces la miro y deseo que no hubiera nacido nunca. Soy una madre soltera y desde el momento en que la comadrona me la entregó no viví ese amor inmediato del que tanto habla la gente. Todo lo que sentí fue el enorme peso del arrepentimiento”.

“Adoro a mis hijos, pero yo no estaba preparada para el esfuerzo de los primeros años. Parece que nunca terminara. Estoy cansada, rota y me siento aislada. Desería tan solo haber pensado más antes de embarcarme en este viaje a la maternidad”.

¿Qué opinión te merecen estas confesiones?

La escritora israelí Orna Dornath revolucionó en 2016 el mundo de la maternidad con su libro ‘#madres arrepentidas'(editorial Reservoir Books). En él saca a la luz algo que, para mí, es la pura verdad: que existen mujeres que, tras ser madres, no nos sentimos ‘realizadas’. No, no tenemos ningún tipo de plenitud ni pensamos que nuestra vida por fin tenga sentido después de traer a un hijo al mundo. Aunque le amemos profundamente, de haber sabido en lo que nos metíamos, no lo habríamos hecho. Así de simple.

A decir verdad, lo de ser madre nunca fue algo que tuviera en mente. De pequeña no jugaba con Barriguitas ni Nenucos. De adolescente, me diagnosticaron una enfermedad que requería de por vida una medicación que provocaba malformaciones fetales y me avisaron de que mis (posibles) embarazos serían de riesgo. De joven, me cambiaba de mesa si el bebé de la familia de al lado se ponía a llorar o pedía sin remordimientos a la madre que, por favor, le hiciera callar.

A los 23 años apareció ‘él’ y a los tres meses nos fuimos a vivir juntos. Pasamos siete años estupendos. Teníamos trabajo. Conocimos San Francisco y Las Vegas y nos recorrimos Francia e Italia en coche. Cuando llegábamos a casa, nos tirábamos en el sofá a contarnos las cosas del día, a leer, a jugar. Salíamos con amigos. Cenábamos en los restaurantes de moda. Íbamos al cine todos los findes y luego hablábamos de la peli durante horas. Íbamos a conciertos. Los sábados y los domingos remoloneábamos en la cama hasta las 10. Nos tumbábamos en un banco o en un césped a charlar hasta las tantas. Nos reíamos sin parar.

Y un día, no sé cómo fue, empezamos a pensar en tener hijos. Él sí que quería, él sería un padrazo. A mí me tuvo que animar. Quizás, en el fondo, me sentía obligada por la sociedad. ‘Tocaba’ hacerlo. Tenía más de 30 años y empezaba el ‘tiempo de descuento’ en el reloj biológico. Y pronto comenzó el autoengaño: todo sería maravilloso. Fantaseábamos con un bebé al que achuchar y con un niño con el que pasear de la mano por el campo. Ja.

Tres años, dos operaciones, dos fecundaciones in vitro y nueve meses después, nació mi hijo. Fue una sensación extraña cuando me lo pusieron sobre el pecho. La pediatra presionándome para que iniciara la lactancia, el primero de los malditos caballos de batalla que tenemos las madres. Luego llega el que opina de que lo abrigas mucho o poco; el que te dice que lo tienes que poner boca arriba o boca abajo; el del chupete sí o chupete no; el de ‘no sabes cómo cogerle, déjame a mí’.

Todos opinando. Y es que otras personas tienen ayuda de esas personas que opinan: sus madres, sus ‘salus’, de amigas. Nosotros llegamos a casa y no había nadie más que nosotros. Esa misma noche, el bebé no dejó de llorar. Siempre había sabido por qué no quería tener hijos, pero aquel día lo refrendé… y se me cayó el mundo encima. Estaba atrapada. Aquello era irreversible. Las semanas siguientes, apareció la depresión posparto. No podía más. Apenas dormía. Cuando el bebé cogía el sueño, nunca más de una hora seguida, era yo la que lloraba. Arrojaba cosas contra la pared. Volví a fumar.

«¿Y si le dejamos en un orfanato?»

La relación con el príncipe azul comenzó a resquebrajarse. Él cuidaba del pequeño en mis crisis de ansiedad y no entendía que yo no pudiera con todo eso. Todos los días eran iguales: biberón, llantos, paseos. Nunca podías hacer nada. Si te sentabas a tomar algo, el bebé lloraba. Tenías que marcharte donde no te miraran mal; ahora me pasaba a mí aquello de lo que tanto me había quejado. Un día llegué a decirle al padre de la criatura que, por favor, le dejásemos en un orfanato. No podía más.

Cuando alguien venía a vernos, y todo el mundo alababa lo maravilloso que era la maternidad y lo bueno que era mi hijo, no me quedaba otra que poner esa maldita sonrisa forzada. ¿Cómo iba a decirles que estaba destrozada por dentro, que la maternidad no era para mí, que me aburría hacer purés, etiquetar la ropa para la guardería y rellenar todas las mañanas una agenda, que yo echaba de menos mi vida anterior?

Ay, esa vida. Cuando te quedas embarazada, nadie te dice la verdad. Según los científicos, el cerebro está programado para sobrevivir, así que solo te cuentan lo adorable que es su olor y la enorme ternura que se siente cuando le das de comer. Te dicen que las cosas malas «son rachas». Ajá. No te cuentan las noches de insomnio. No te cuentan que tendrás que salir arrastrándote por la puerta como un marine para que tu hijo no se despierte después de más de una hora meciéndole en brazos con 10 kilos de peso. No te cuentan que explotará con una rabieta en el momento menos oportuno. No te cuentan que te pedirá jugar cuando vuelves destrozada del trabajo y que te sentirás mal cuando te veas buscando una excusa para no hacerlo… simplemente porque te quieres sentar cinco minutos en el sofá.

«Cuando alguien venía a vernos y alababa lo maravilloso que era la maternidad y la bondad de mi hijo, no me quedaba otra que poner esa maldita sonrisa forzada. ¿Cómo iba a decirles que estaba destrozada por dentro?

Y, lo más duro de todo, no te cuentan que tu vida desaparece. Adiós al cine, a los restaurantes, a los conciertos, a levantarte a las 10 y a permitirte una buena resaca. No te cuentan que discutirás con tu pareja, todo el rato, constantemente, sin parar, en cada aspecto, sobre la educación y la crianza y que tu relación afectiva se resentirá y se convertirá en un campo de minas. Que pasaréis de estar compenetrados a no entenderos prácticamente en nada.

Quizás a ti no te pase. A mí, particularmente, esta situación me llevó a lugares inesperados de mi mente… y a consultorios. La maternidad destrozó mi psique y acabé en el psicólogo y en el psiquiatra. La maternidad me provocó ira, así de sencillo, y empecé a sacar lo peor de mí. Tenía miedo: no podía más, no sabía hasta donde podía llegar, y pedí ayuda. Psiquiatra, psicólogo, terapia de pareja: una reconstrucción de mi personalidad en toda regla.

Mi hijo acaba de cumplir 6 años. Y, ahora sí, lo puedo decir alto y claro, le adoro. No puedo renegar de que haya nacido la persona a la que más quiero en esta vida. Pero me arrepiento de la maternidad, porque no es el lugar donde quiero estar. Es una dicotomía con la que tengo que vivir: arrepentirme de la maternidad a la vez que me esfuerzo por cuidar y educar a un niño maravilloso.

Me preocupo por lo que come, voy a todas las reuniones del colegio, pido tutorías cada tres meses, establezco unas normas, leo sus libros, trabajo con él las materias de clase y me siento a su lado a repasar inglés. Pero odio profundamente todas estas tareas. Odio ser todo el rato el poli malo. No quiero ser la que pone restricciones. No quiero la falta de libertad que supone tener un hijo. No quiero tener ese segundo trabajo al llegar a casa.

No, lo siento.

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En pocos ámbitos de la vida se espera de las mujeres una respuesta más drástica que cuando se habla de maternidad. Como si el mundo se dividiera entre mujeres que nacen con la vocación única de ser madres y mujeres que no quieren ver a un bebé ni de lejos. Se entiende regular que puedas querer ser madre en un momento de tu vida y que cambies de idea después. O al contrario. Bueno, al contrario… algo menos. Si te has pasado media vida diciendo que no quieres tener hijos y, al final, los tienes, la respuesta habitual es un «¿Ves cómo al final has cambiado de idea?». Casi como si nos estuvieran diciendo que hemos entrado en razón.

Soy una firme defensora de que cambiar de idea es sano. Muy sano. Nos abre la mente y demuestra nuestra capacidad de aprender de las experiencias de la vida. A mí me daría pavor pensar ahora, a los treinta y seis, igual que pensaba a los dieciséis. Yo he cambiado de idea sobre la maternidad un par de veces en mi vida. Nunca he sido especialmente maternal, no me encantan los niños, y hasta los 28-29 años, no me apetecía nada ser madre. Cambié de idea en torno a los 30, lo intenté un par de años, no ocurrió y no me traumaticé por ello (esto también sorprende). Mis circunstancias vitales cambiaron y, con ellas, mis ganas. No me lo he vuelto a plantear. De hecho, ahora mismo estoy bastante segura de que nunca volverá a apetecerme.

Cuando le digo que no quiero ser madre a alguna de las personas que supieron en su día que buscaba quedarme embarazada, casi siempre me hacen la misma pregunta: «Pero hace cinco años querías, ¿no?». Sí. Y hace quince quería ser reportera de guerra, hace diez quería ser profesora de inglés y hace cinco pintar alpargatas. La siguiente pregunta también me la sé: «¿Y si los hubieras tenido?». Pues, hombre… los querría con toda mi alma, digo yo. Que el hecho de que hoy en día no me apetezca nada ser madre no significa que los odiara si los hubiera tenido. A mí no me parece tan difícil de entender: mi vida sería diferente si hubiera sido madre y quizá estaría pensando en lo que me habría perdido si no lo fuera; o quizá tendría muchos días en que pensaría que maldito el momento y que a ver si llega ya el campamento de verano para perderlos de vista unos días. No creo que fueran unas experiencias muy diferentes a las de cualquier madre, de las que han deseado serlo todas sus vidas o de las que no.

A mí lo que me gustaría es tener diez o doce vidas. Una para vivir en una buhardilla mohosa de París, otra para tener una granja y vivir rodeada de animales, otra para recorrer mundo mochila al hombro, otra para irme de voluntaria a algún rincón remoto del planeta, otra que fuera exactamente la que estoy viviendo… En una de ellas (o en varias), querría ser madre. En otras no. Lo que sí querría ser en todas ellas es… feliz. Así de simple y así de complicado.

En mi vida actual no hay espacio para la maternidad, y no sé por qué tengo que explicar mis razones. Jamás he oído que alguien le pregunte a una madre por qué quiere tener hijos; lo lógico sería no tener que explicar tampoco la opción contraria. Pero las normas de la lógica, en algunas ocasiones, no rigen los sentimientos alrededor de la maternidad. Si no, difícilmente se explicaría que Samantha Villar se haya visto atacada en los últimos días por expresar una visión de la maternidad que solo pretendía expresar su experiencia personal.

Decir que no quieres ser madre (nunca) genera todo tipo de sentimientos en los demás. Uno de ellos es la compasión. Seguro que con toda la buena intención del mundo, pero muchos nos compadecen. Ladean la cabeza y nos preguntan si estamos seguras o si no tenemos miedo a arrepentirnos en el futuro. Y yo me pregunto… incluso eso, el arrepentirse, ¿sería tan grave? Yo me arrepiento de no haberme ido de Erasmus a los 19 o de no haberme tomado un año sabático al acabar la carrera. ¿Estoy traumatizada por ello? No. Si algún día me arrepiento de no haber tenido hijos, y mi situación vital ya no me permite remediarlo, no creo que lo sienta como una losa que me ha destrozado la vida.

Otro adjetivo que se nos atribuye a quienes no queremos ser madres es el egoísmo. Ni siquiera sé por qué ser egoísta es algo malo, pero, si se refiere a que me da pereza cambiar mi estilo de vida y quiero disfrutarla tal cual es ahora mismo, sin querer compartirla con una pareja o unos hijos… sí, supongo que lo soy. No sé si también es egoísta priorizar el trabajo sobre la vida personal, especialmente con lo que nos ha costado a las mujeres llegar al lugar que ocupamos hoy. Yo no tengo demasiada familia y alguna que otra vez he oído que debería tener hijos porque… ¿quién se va a ocupar de mí en el futuro si no? Curiosamente, es un comentario que han recibido también otras mujeres que conozco. ¿No es más egoísta tener hijos por ese no quedarse sola que no tenerlos para vivir la vida que queremos?

No sé si de este artículo alguien deducirá que tengo algo contra la maternidad. En absoluto. Me parece una decisión maravillosa y que, además, cada vez somos más libres de tomar con independencia de tener o no una pareja. No tengo nada contra la maternidad, pero, simplemente, no es para mí. Tampoco tengo nada contra el tomate, pero no me lo como porque no me gusta. No creo que tenga que pedirles perdón a los amantes del tomate.

La clave, supongo, está en ser feliz con las decisiones que tomamos y con la vida que tenemos. Bien por quien quiera ser madre. Bien por quien no quiera serlo. Es una simple cuestión de libertad. Bueno… y también de igualdad. Porque con este artículo pueden estar de acuerdo algunas mujeres y otras no. Pero lo más probable es que, a cualquier hombre, todo esto le suene a chino. ¿O existen hombres cuya decisión de ser o no padres se vea constantemente cuestionada por la sociedad? Yo, desde luego, no conozco a ninguno.

La maternidad es un tema delicado de tratar, supongo que como todos los que tocan de cerca los instintos más primarios y los sentimientos más profundos. Hace unos días, hablábamos con diferentes mujeres sobre su decisión de no ser madres y veíamos lo cuestionadas que se veían por ello. Mi caso quizá es diferente. Yo me pregunto por qué se asume que solo una de las vías lleva a la felicidad de cada uno. Yo soy muy feliz sin ser madre. Tan feliz como podría serlo si tuviera dos niños correteando a mi alrededor.

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Las madres no lo tenemos fácil. Sin hacer comparaciones ni caer en divisiones, la realidad es que todas las madres en algún momento hemos tenido que renunciar a algo. Nos encanta poder tener la oportunidad de vivir ambas experiencias: ser profesional y ser madre, pero aunque muchas lo consiguen, desafortunadamente, dedicar total atención a ambos al mismo tiempo es algo que cuesta mucho tiempo y esfuerzo.

Son muchas las circunstancias personales que hacen que algunas mujeres tomen la decisión de renunciar a sus trabajos cuando se convierten en madres. ¿Pero es esta siempre la mejor opción? Hablamos con nueve mujeres que nos comparten sus experiencias personales y nos cuentan de una manera sincera por qué se arrepintieron de haber dejado de trabajar al convertirse en madres.

Antes de continuar, me gustaría hacer una pequeña aclaración, que aunque considero es algo que se sobre entiende, no está de más dejarlo de forma clara. Las mujeres que tuvieron el valor y la gentileza de compartirnos su experiencia están felices de ser madres y aman a sus hijos más que a nada en el mundo.

De ninguna manera queremos indicar o dar a entender que se arrepienten de convertirse en madres, pues estas entrevistas están enfocadas en los cambios de estilo de vida y las decisiones a las que se enfrentan las mujeres trabajadoras cuando deciden tener hijos. Esperamos que sus testimonios sean de utilidad para otras mujeres que se encuentran pasando por la misma situación.

Mujeres profesionales que se convierten en madres

Como mencionaba al inicio de este artículo especial, cuando llega el momento de tener hijos, las mujeres que trabajan fuera de casa suelen hacerse una pregunta que podría cambiar aún más su ritmo de vida (además de la llegada de su bebé): ¿renunciar o seguir trabajando?

Aunque cada mujer vive su maternidad de forma diferente, lo cierto es que para todas siempre resulta muy difícil despegarse de los hijos, especialmente cuando están tan pequeñitos. Es por ello que muchas mujeres elegimos decirle adiós a nuestra vida profesional y enfocarnos al cien por ciento en el cuidado y crianza de nuestros hijos.

Algunas eligen renunciar con la intención de hacerlo de forma permanente, mientras que otras planean hacerlo durante los primeros años de sus hijos, y otras, si su trabajo lo permite, deciden tomar alguna clase de licencia o permiso además de la baja por maternidad para poder pasar la mayor cantidad de meses posibles con sus hijos.

En el caso de las madres que hoy nos comparten su experiencia personal, ellas eran mujeres trabajadoras, que tenían una carrera en desarrollo y que se sentían plenas en sus lugares de trabajo, como Rosalina, de 28 años y madre de dos niños:

Soy Ingeniera Forestal y trabajaba como asesora de impacto ambiental en la planeación y construcción de carreteras. En el trabajo yo hacía los documentos para pedir permisos ambientales y llevaba el seguimiento en campo durante la construcción de carreteras. Para esto tenía que estar viajando constantemente a los proyectos y esa parte me gustaba mucho, la de viajar. Además me sentía bien, pues trabajaba en mi carrera con un buen sueldo y buenos compañeros de trabajo, es un trabajos que suele ser de hombres, pero yo me sentía realizada.

Algunas de ellas tenían trabajos y actividades que las mantenían ocupadas todos los días, llevando un ritmo de vida muy activo, como el caso de Suset, quien tiene 31 años y es madre de un niño:

Antes de convertirme en mamá trabajaba todo el día: salía de mi casa a las ocho de la mañana y llegaba a las siete de la noche. Tenía doble turno y solo salía a comer con mi esposo a medio día. Me sentía muy bien, todo el día ocupada y los fines de semana estudiaba mi maestría. Así que siempre tenía algo que hacer. Los domingos eran de descanso, durmiendo mucho y viendo películas con mi esposo, ambos trabajábamos todo el día y los sábados él estudiaba otra licenciatura, así que nos manteníamos ocupados.

Otras, como Alejandra de 36 años y madre de una pequeña de un año, trabajó desde que era muy joven y estaba muy acostumbrada a los beneficios que esto le aportaba:

Siempre he trabajado, desde que cumplí los 18 años he sido una persona que le ha gustado mucho trabajar, no tuve la oportunidad de estudiar la universidad por cuestiones económicas así que decidí abrirme a la oportunidad laboral, siempre en el mismo rubro: secretaria, auxiliar, ejecutiva de ventas, facturista y cajera. No me había ido nada mal y disfrutaba mucho de mi tiempo y mi trabajo, atendía mi casa, a mi esposo y a mis padres que ya son personas mayores. Tenía mucho tiempo, un ingreso económico que tal vez no excelente, pero que nos permitía salir de vez en cuando de vacaciones, escaparnos un fin de semana de novios.

La transición hacia una maternidad 24/7

Pasar de mujer sin hijos a madre de un bebé, es algo que cada una experimenta de manera distinta, pero que sin duda trae muchos cambios en cada una de nosotras: en nuestro cuerpo, nuestra forma de pensar, así como nuestro ritmo y estilo de vida. Cuando renunciamos a un trabajo, debemos añadir eso a la lista de cambios a los que deberemos adaptarnos tras tener hijos.

Para Paola, de 40 años y madre de tres hijas, fue particularmente difícil el adaptarse a una vida en casa, pues desde temprana edad se había dedicado a trabajar:

Yo trabajé embarazada de mis tres hijas, en cuanto mi incapacidad por maternidad terminaba yo regresaba. Pero mi mamá ya había fallecido y ya no tengo más familia que me apoyara con eso y mi esposo también trabajaba, así que decidí ser mamá de tiempo completo. La transición fue todo un descubrimiento porque nunca lo había vivido. Desde que estaba en mi último año de bachillerato yo trabajaba, así que nunca había hecho algo parecido ni ser ama de casa, no sabía ni cocinar.

Otro factor al que se enfrentaron, y que le sucede a muchas madres que se quedan en casa, es lo solitario que pueden volverse los días tras estar acostumbrada a una vida laboral y socialmente activa. Para Dulce, de 35 años y madre de un hijo, la soledad y estar lejos de su familia fueron algunas de las cosas más difíciles de su adaptación a la maternidad:

Mi transición a ser mamá y ama de casa de tiempo completo fue muy difícil, era mamá primeriza y mi familia estaba en México. Mi suegra vivía aquí, pero me agobiaba y quería hacer todo con mi bebé a su antojo. Mi esposo trabajaba prácticamente todo el día y yo entré en depresión. Estaba feliz con mi hijo, es lo mejor del mundo, pero para lo demás no estaba preparada, ni siquiera mentalizada, pues estaba acostumbrada a mi dinero, mis decisiones y libertad que eso te da.

Me sentía feliz de poder estar con mi hijo, de no perderme su desarrollo y pensaba en mis amigas que trabajan fuera y debían dejar a sus bebés en guardería con apenas unos meses. Eso me hacía sentir bien, estar con él, pero las labores del hogar y estar todo el día y todos los días fue pesado, estaba sola, sin amigas, aprendiendo a ser mamá y esposa de casa. Me costaba pedir dinero para algo, a pesar de que mi esposo es el mejor hombre para mí, nada tacaño, amoroso y buen padre. Pero todo eso no quitaba que como mujer sintiera que algo me falta, me sentía incompleta.

Algunas mujeres, no renunciaron de forma inmediata al nacer su bebé, sino que con el paso del tiempo se dieron cuenta que necesitaban estar a su lado. Así le sucedió a Laura, de 27 años y madre de una niña:

Cuando regresé al trabajo me sentí horrible, no quería despegarme de mi bebé para ir a trabajar. Decidí renunciar a mi trabajo a los 7 meses de que regresé a pesar de que me habían ascendido y me iba mejor. No tenía tiempo suficiente para estar con mi bebé, sólo era mamá de fin de semana y cuando estaba con ella, no tenía un vínculo. Así que decidí presentar mi renuncia y quedarme en casa full time.

Lo bueno era que ya no tenía presiones y ahora podía dedicarme a lo que tanto anhelaba: ser mamá (de tiempo completo). Pero me llevé una sorpresa cuando me di cuenta que no tenía un vínculo con mi hija y que prácticamente no la conocía. Me sentí terrible y entre en depresión otra vez, pues ya había tenido depresión postparto.

Fue muy difícil adaptarme a ser sólo mamá y ya no la mamá que tenía el dinero, que comía donde quería y que compraba lo que quería. Pasé a ser dependiente económica de mi ex pareja y de mi mamá, pero valió cada esfuerzo y cada lágrima por ganarme el amor y confianza de mi hija. Que me reconociera como su mamá y que ambas pudiéramos tener una conexión real.

Dependencia económica y soledad, las principales causas de arrepentimiento

Al hablar con las nueve madres entrevistadas, pude darme cuenta que todas ellas son mujeres que aman a sus hijos y describen la maternidad como la mejor experiencia de sus vida. Pero entonces, ¿por qué se arrepienten de haber renunciado tras convertirse en madres?

La respuesta de la mayoría fue porque perdieron su libertad e independencia económicas, y ahora dependían de alguien más para obtener las cosas que necesitaban, algo a lo que nunca habían estado acostumbradas ya que gracias de sus trabajo podían tener y controlar sus propios gastos e ingresos.

Para Gyna, de 27 años y madre de una niña, esta fue la principal razón por la que considera que renunciar a su trabajo no fue la mejor opción, la cuestión económica:

No aportar a la casa me hacía sentir triste, aunque mi esposo jamás me ha echado nada en cara. Me arrepiento por mi independencia económica y el tiempo que tenía para mí, ya que por más que fuera trabajo lo disfrutaba, me arrepentí mucho, muchísimo por eso.

También, dejar sus metas y desarrollo profesional al abandonar su carrera, era algo que las hacía dudar de su decisión de renunciar, como le sucedió a Astrid, de 30 años, madre de un niño y en espera de otro bebé:

La transición a ser madre de tiempo completo fue tranquila pero sentía que me faltaba algo. No disfrutaba de mi hijo al estar pensando en que mis metas estaban en pausa y para ser una buena madre, debes de estar bien contigo misma.

Si estás pensando en renunciar después de convertirte en madre

Además de compartirnos su experiencia y los motivos por los cuales sintieron que renunciar tras convertirse en madres no fue la mejor opción, les pedí que también nos compartieran algún consejo, lección o aprendizaje que pudiera servirle a otras mamás que se encuentran en la misma situación o que están considerando renunciar.

Karla, de 24 años y madre de un niño, tuvo que renunciar a varios trabajos en los que se alejaba mucho de su hijo por lo complicado de sus horarios. Afortunadamente, hoy ha vuelto a trabajar en una empresa en la que comprenden que es mamá:

Creo que nosotras como mujeres nos podemos proponer en trabajar y ser mamá siempre y cuando tengamos un balance. Claro, no es fácil, en todo ese tiempo me desanimaba muchísimo entrar a una empresa muy entusiasmada y salir decepcionada por el hecho de que no entendían que también era mamá.

Yo creo que si estás trabajando, y en tu empresa te apoyan, entienden que serás mamás o lo eres, y tú te sientes a gusto ahí trabajando y tu familia te apoya ¡no lo dejes! Los bebés crecen súper rápido, y pronto verás que ya son unos niños súper despiertos y que entienden todo. Igual puedes tú darte un descanso para estar con ellos y considerar el trabajar después, pero pienso que uno como mujer si es bueno tener sus propios ingresos y te ayuda a crecer tanto emocional como profesionalmente.

Rosalina por su parte, aconseja hablar del tema económico a profundidad con la pareja y no olvidarse del tiempo para una misma, que es muy importante para sentirnos bien como mujeres:

Mi consejo es que aunque puede ser difícil y tornarse solitario, al final vale la pena cada momento de ver crecer a un bebé. Pero que sí se aclare desde el principio con tu esposo la división del ingreso, apartando una parte para ti, para ropa y necesidades no tan básicas pero que ayudan a tu autoestima, también un rato para salir a conocer amigas, como talleres, la estética o el gym y no encerrarse 24 horas en casa.

En relación al tema de la soledad, Paola nos aconseja prepararse desde el embarazo con un círculo de apoyo, para así rodearnos de familia que pueda apoyarnos ocasionalmente:

Mi consejo para las embarazadas es que no se queden solas, que busquen un círculo de apoyo porque van a estar muy cansadas. Hay que buscar una o unas amigas o familiares que les permitan descansar y ser ellas mismas, que no se pierdan entre todas esas obligaciones y situaciones que ocurren.

También que sean pacientes porque los hijos duran muy poco pequeños y que la vida es muy larga y hermosa. Cuantos más años cumples te vuelves más hermosa en todos los sentidos, eres más sabia y sabes las cosas que sí te gustan. Paciencia porque dura poco y tú, eso que ves y sientes detrás de tus ojos cuando los cierras, eso eres tú, ahí estará contigo y es a ella a la que hay que complacer.

Y como sabemos que ésta es una decisión personal y que cada familia tomará de acuerdo a sus necesidades y capacidades, cerramos con el consejo de Laura:

En mi experiencia, es difícil trabajar y no poder estar con tu bebé, pero hay que intentar encontrar el equilibrio en ambas cosas, tener nuestro criterio bastante claro y tomar decisiones que pueden ser mejor. Y sobre todo: escuchar lo que diga tu corazón. Los tiempos son perfectos, si quieres dejar de trabajar un tiempo y dedicarte a la maternidad 24/7, HAZLO. Si quieres seguir trabajando y combinando ambas tareas, HAZLO.

El tema de las madres que trabajan fuera de casa es uno muy complejo y para el cual se necesita continuar trabajando mucho más en cuestión de conciliación y luchar por tener mejores ambientes de trabajo para quienes tienen hijos. Agradecemos a las nueve mujeres que renunciaron a sus trabajos tras ser madres y después se arrepintieron de haberlo hecho por compartir su experiencia personal con sinceridad.

Fotos | iStock

Me arrepiento de ser madre: ¿qué hago?

En este artículo te damos tres sugerencias para madres arrepentidas:

1. Expresión emocional

Existen sentimientos que se censuran y se reprimen a nivel emocional cuando la persona juzga como negativas sus emociones. En el caso concreto de la maternidad, se añade el factor social de la opinión ajena. Sin embargo, es muy importante que te des el permiso de exteriorizar tus emociones y tus pensamientos sin juzgarlos como negativos. Puedes hablar con una persona amiga de tu máxima confianza o también puedes utilizar recursos de expresión anímica como la escritura de un diario o la arteterapia.

2. Pon esta experiencia en su contexto

Es humano que quienes están en pareja se pregunten en algún momento cómo sería su vida en soledad. Ocurre lo mismo en la situación inversa. Del mismo modo, muchos padres y madres también se preguntan en determinado momento cómo hubiese sido su vida sin tener hijos. Es natural reflexionar sobre la biografía desde la perspectiva presente.

Las personas que sienten que se arrepienten de tener hijos, quieren a sus hijos de forma incondicional. Sin embargo, también sienten el nivel de renuncia, dedicación, compromiso y responsabilidad de esta decisión. Así como una persona que prefirió no tener hijos puede arrepentirse de esta elección en determinado momento de la vida, también puede darse este cambio de opinión en la situación opuesta.

3. Estereotipos sociales sobre la felicidad

Aunque no existe un único camino para alcanzar la felicidad personal, todavía existen creencias que vinculan la búsqueda de la alegría con unos estereotipos determinados en el proyecto de vida. Muchas películas románticas muestran esos pasos de enamoramiento, boda y familia. Desde la perspectiva de la edad, cuando una persona observa su pasado, valora distintos escenarios posibles y analiza el ayer desde el presente.

Estos estereotipos sociales en torno a la maternidad pueden generar unas altas expectativas que luego no están alineadas con la realidad.

4. Piensa en ti

Ser madre resulta todo un reto que debemos plantear desde la perspectiva psicológica y emocional. El rol de la maternidad es exigente, sin embargo, eso no significa que invada todo tu espacio. Alimenta tu propio espacio personal a través de objetivos de desarrollo personal que te ilusionan.

Las madres que se arrepienten de haber tenido hijos

La mayoría de los padres está dispuesto a reconocer que los hijos generan bastante trabajo, pero por lo general también sienten que la experiencia tiene mucho más de bueno que de malo.

Pensar lo contrario es prácticamente inconfesable. Pero también hay mujeres que lamentan haberse convertido en madres.

BBC Mundo te trae el testimonio de tres mujeres que le contaron a Jean Mackenzie, del programa Victoria Derbyshire de la BBC, cómo es desear en secreto nunca haber tenido hijos.

  • «La gente me pregunta cómo es que les di a la pequeña. Yo solo me río»: la experiencia de convertirse en una madre sustituta

Raquel

«Si pudiera retroceder el reloj, no tendría hijos», confiesa Raquel, quien actualmente ronda los 50 años.

Pero tiene tres -el menor tiene 17-, y la mayor parte del tiempo los ha criado como una madre soltera, lo que no hizo las cosas más fáciles.

Image caption Raquel dice que no pensó bien lo que implicaría tener hijos.

«Hubo veces en que no me sentí lo suficientemente madura como para ser responsable por alguien, por esa personita que me necesitaba para vivir», cuenta.

«Se sentía como un círculo eterno en el que ponía un biberón o comida en su boca para que luego saliera por el otro lado y pensaba: ¿en qué momento puede algo de todo eso volverse divertido?», recuerda.

«Tenía ganas de gritar que la realidad no es como tan buena como dicen. Si eres del tipo maternal, perfecto, tienes todo lo que querías; pero si no tienes el instinto, lo único que hiciste es atraparte a ti misma», opina.

  • Lo que a las madres no les dicen sobre el parto y la maternidad

Raquel admite que no pensó bien cómo tener hijos podía afectar su vida. Si lo hubiera sabido, no los habría tenido.

«Pero me siento culpable diciéndolo, porque la verdad es que amo mucho a mis hijos», dice.

«Sientes que no has sido una buena madre y esa es una culpa que siempre te acompaña, que nunca se va, y te preguntas si ellos lo saben», confiesa.

«Pero la vida no debería obligarte a renunciar a tu vida, tu libertad, para que ellos puedan tener una vida».

Image caption Muchas mujeres no hablan del tema por miedo a la crítica.

Esto es algo difícil de admitir, porque «la gente asume que no eres buena persona».

Y Raquel quiere desesperadamente que las mujeres que siente igual no sean vilipendiadas.

«Me sentía muy sola, sentía como que había algo malo conmigo. Pero si hubiera podido hablar de ello y alguien me hubiera entendido, tal vez me habría resultado más fácil lidiar con la maternidad», concluye.

¿Qué tan común es el sentimiento?

Es imposible saber cuántas mujeres se sienten así, porque muy pocas hablan abiertamente del tema.

Pero en una encuesta realizada en 2016 en Alemania, el 8% de un total de 1.200 consultadas dijo que lamentaban haberse convertido en madres.

Y en 2015 la socióloga israelí Orna Donath publicó un estudio con mujeres que lamentaban haber tenido hijos, describiendo este «deseo de revertir la maternidad» como «una experiencia maternal inexplorada».

Las mujeres que admiten ese sentimiento sostienen que es algo muy diferente a la depresión posparto.

Alison

«Sólo vi a la familia feliz con la casita y el jardín, con los niños que iban contentos a la escuela: el cuento de hadas».

Alison fue adoptada y de pequeña siempre soñó con tener su propia familia.

Así que no fue hasta que tuvo a su primer hijo que se dio cuenta de que no era del tipo materno.

Y desesperada por salir de casa y escapar a su nuevo rol, solo se tomó seis meses de subsidio antes de regresar al trabajo.

Image caption Alison dice que no sabía como jugar con su hijo.

«A veces me tomaba el día libre y lo dejaba con la niñera, para tener el día para mí sola», confiesa

«No es que no quisiera pasar tiempo con él, pero no sabía qué hacer, no era buena inventando juegos», cuenta.

Como no quería que su hijo creciera sin hermanos, Alison y su esposo tuvieron otro niño. Ambos están ya en la universidad.

Pero ella admite que si hubiera sabido lo que sabe hoy, nunca se hubiera convertido en madre.

«Los deseos y necesidades de otros siempre son más importantes. Mi mantra por las últimas dos décadas ha sido ‘si los demás están contentos, entonces yo estoy contenta’, lo que a veces es un poquito irritante», explica.

«Podría haber tenido una mejor carrera. Pero me tocó llevarlos y buscarlos en la escuela durante 15 años, lo que limita mucho profesionalmente».

Alison deja rápidamente en claro lo mucho que ama a sus dos hijos, pero admite que en realidad era demasiado egoísta para tenerlos.

«Resentía su intrusión en mi tiempo», confiesa.

Para ella, muchas mujeres no hablan del tema por que tienen miedo a ser juzgadas. «No quieren ser vistas como egoístas. La implicación es que si no querías hijos, entonces eres una mala madre», lamenta.

Joy

Joy, quien tuvo a su hija hace 20 años, se dio cuenta bastante temprano que no quería ser madre.

«Todo el mundo habla de como les entregan al niño y sienten esa fabulosa corriente de amor que les recorre el cuerpo. Yo no sentí nada de eso. Simplemente parecía una inmensa responsabilidad», cuenta.

Image caption Joy dice que no tiene instintos maternos.

A Joy todavía le cuesta recordar con cariño los primeros años de su hija.

«Fue duro, una lucha diaria por salir adelante», recuerda.

«Me imagino que todas las madres pasan algo parecido, pero en mi caso no encontraba nada que pudiera decir que disfrutara de verdad. Era deprimente», dice.

Joy cree que a ella le falta el instinto materno que hacer que otras madres disfruten a sus hijos.

«Durante mucho tiempo me pregunté si (las otras madres) en realidad estaban bromeando al decir que las cosas eran tan maravillosas como las pintaban y si en realidad alguna vez iban a ser honestas conmigo», admite.

«Parecía que no tenía la capacidad de ser este tipo de madre cariñosa y calurosa».

«Quería regresar al trabajo, quería continuar con mi carrera, con la empresa que estaba iniciando, y esto solamente era un gran extra adicional», confiesa.

De pequeña, la hija de Joy dudaba del amor de su madre «porque yo no era como dictan las normas de la sociedad», dice Joy.

«La quiero de verdad», insiste, «pero el lazo no es empalagoso».

Joy dice que si más mujeres fueran honestas con cómo que sienten, habría menos presión para que se volvieran madres. «Somos muchas más de lo que se dice», asegura.

«Lo genial sería que las mujeres pudieran ser profundamente honestas con ellas mismas. Y si tener hijos y una familia es realmente importante, entonces háganlo de corazón», dice.

«Pero si adentro hay una sensación que dice ‘En realidad no veo qué tiene esto de especial’, no tengan miento o vergüenza de plantar la cara y decir: ‘Soy alguien que no quiere ser una madre, no quiero hijos'», concluye.

(Por solicitud de las entrevistadas, todos los nombres fueron cambiados).

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Aunque parece estar de moda hablar de lo femenino, también hay hombres que también se arrepienten de su paternidad. Sin embargo, su calvario no es, ni mucho menos, tan penoso como el de las mujeres. «A un hombre no se le juzga de la misma manera por replantearse la paternidad. No se considera tan reprobable, ni tan aberrante, ni tan antinatura como en el caso de una mujer. Además, si un hombre lo comparte en su entorno, suele ser entendido y raramente es criticado», sostiene Laura García Agustín, directora del Grupo Clavesalud.

En general, «para las mujeres, tener hijos significa un gran trabajo, muchas renuncias, sacrificios, preocupaciones, cambios de prioridades e incontables horas dedicadas a ellos, y esto no es fácil. El problema es que no siempre se piensa en todas estas cosas antes de tenerlos y esto hace que a veces en esta ardua tarea pueda aparecer el arrepentimiento», asevera Boyer. En otros casos, es la presión social la que empuja a un camino que uno ya sabe que no es el suyo.

Pero por si el peso de la culpa no fuera suficiente, el rechazo social se suma a la batalla. Para la psicóloga Carla Boyer, la penalización social es un hecho irrefutable que explica señalando, por un lado, «el disfrute de muchas personas cuando castigan al ‘pecador’ y, por otro, el hecho de que mucha gente calla o critica ante el temor que les produce ser objeto del qué dirán de los demás si consienten y aprueban en público ese sentimiento».

Comparte esta opinión Laura García Agustín, quien defiende la idea de que «vivimos en una sociedad que se mueve aplicando una doble moral: puedes sentir algo fuera de lo normal, pero mejor no lo digas. Esto es lo que nos enseñan desde la infancia».

Si me pasa a mí, ¿qué hago?

Romper el silencio es, según los expertos, el quid de la cuestión. «Los sentimientos no expresados, no compartidos, se enquistan y provocan serios trastornos emocionales y una gran insatisfacción personal. Es más, muchas mujeres somatizan esta culpa, esta vergüenza o frustración por sentirse arrepentidas y acaban enfermando físicamente», asegura.

También Boyer defiende la verbalización pública de este sentimiento, ya que «comprobar que no eres la única que manifiesta estas reflexiones que muchos califican de antinaturales y que son criticadas por la sociedad, no solo es reconfortante, también es la prueba de que se ha asumido ese sentimiento. Mientras una persona no verbaliza lo que siente, el proceso de admisión no se inicia».

Si la culpa y el sentimiento de ser juzgados se enquistan, las consecuencias pueden ser nefastas, para la madre y los menores. La psicóloga reconoce que no aceptar esa idea que le corroe, puede culminar en una reacción de odio hacia los más débiles, los pequeños. «La evolución de ese sentimiento puede tomar diferentes grados y trayectorias, apuntando normalmente altos y bajos. No se odia con la misma intensidad un año tras otro. Pero se puede llegar a casos extremos, como madres que se desentienden de sus hijos a medida que estos crecen, o al incluso infanticidio», advierte la experta. Para estos terribles casos en los que una madre mata a su descendiente, no existe un perfil psicológico fijo, pero se sabe que implican una complejidad tremenda, donde no solo basta «encontrarse perdida y al borde del precipicio».

Finalmente, reconocer que su vida podría ser mejor sin hijos no tiene por qué ser un drama. ¿Y si prueba a tomárselo con humor? Más allá de las razones que le empujaron a tomar una decisión que ahora considera errónea, queda claro que ya no hay marcha atrás. Y la mayoría de las madres lo aceptan: «No debería haber tenido hijos, pero ahora los amo con locura». No hay nada de malo en ello. «Identificar emociones, permitirse experimentarlas, sean las que sean, aun pareciendo incompatibles, ayuda a gestionar la realidad, sin coste emocional ni vergüenza», asegura Laura García Agustín, psicóloga clínica y directora del Grupo Clavesalud, quien, además, aporta claves para salir del armario:

  1. Reconozca sus sentimientos y permítase tenerlos.
  2. Póngale nombre a sus emociones y deje que salgan.
  3. Diga en voz alta lo que siente.
  4. Comparta sus reflexiones con alguien de confianza.
  5. Trate de averiguar las creencias que le provocan malestar, cuestiónelas y cámbielas.
  6. Si no puede sola, busque ayuda profesional.

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