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Mi madre no me quiere

El difícil paso de ‘divorciarse’ de una madre tóxica

Hace cinco años, Marcia fue al zoo con su madre, su hermano y la esposa de este. Fue una tarde agradable, pero más tarde se desató el caos.

«Al terminar la visita, mi madre me preguntó qué pasaba entre mi hermano y su mujer, porque sabía que habían tenido algunos problemas», dice Marcia. «Yo le dije que no lo sabía, pero me volvió a preguntar». Aquella interacción continuó hasta que, dentro de un ascensor lleno de gente, «se sintió tan frustrada conmigo que me dio bofetada. A mis 35 años».

Marcia cortó toda relación con su madre unos pocos años después de ese incidente. Su relación había sido muy tensa desde hacía mucho tiempo, explica, pero Marcia empezó a tomarse el estrés que le provocaba la relación con su madre más en serio cuando le diagnosticaron esclerosis múltiple. Cuando su médico le insistió en que redujera toda posible fuente de estrés en su vida, Marcia informó a su familia de que cesaría todo contacto con su madre. Según ella, fue la decisión correcta. «Me sentía genial, como si me hubiera quitado un enorme peso de encima».

«La vida sin mi madre es una alegría»

Echando la vista atrás, Marcia afirma que su error fue no fijar fronteras con su madre. «Mi pensamiento era, ‘así es tu madre, está loca, no sabe lo que hace… Déjalo estar y todo irá bien’. Pero nunca iba todo bien». Se muestra más que feliz de explicar su decisión a la gente, simplemente diciendo que fue una elección que tomó para vivir una vida mejor. Pero como cabría esperar no todo el mundo está de acuerdo. «Varias de mis amigas dicen que rezarán por mí y yo me limito a responder, ‘Gracias, pero si vas a rezar por alguien, reza para que ella sea capaz de ver el daño que ha hecho'».

El alivio que sintió Marcia tras separarse de su madre no es una reacción poco frecuente y tampoco es la única reacción posible. «La separación de la familia puede dejar secuelas», indica Mark Sichel, asistente social clínico y autor de Healing from Family Rifts: Ten Steps to Finding Peace After Being Cut Off from a Family Member (Sanación de las desavenencias familiares: diez pasos para encontrar la paz tras romper con un miembro de la familia) . «Como por ejemplo síntomas psiquiátricos de ansiedad o depresión, o ambas. La desolación por perder a un hijo o a un padre es muy frecuente. Y mucho más cuando una hija se ‘divorcia’ de su madre. En este caso, la madre a menudo se culpa a sí misma y esto puede dañar profundamente su autoestima.

«Sin embargo, divorciarse de uno de los padres puede tener el efecto contrario», explica Sichel. «En palabras de una de mis pacientes: ‘Mi madre y yo estuvimos enfrentadas durante toda mi vida. De algún modo reuní el valor para decirle que se acabó, que se acabaron las peleas, se acabaron las provocaciones, se acabaron las críticas. Me sentí liberada, como un esclavo liberado de un malvado tirano. En general, la vida sin mi madre es una alegría'».

Eso no significa que todas las mujeres que se «divorcian» de sus madres se encuentren en el séptimo cielo y, en función del tipo de abuso o conflicto, la fase siguiente tras la separación puede ser la más complicada de todas. Rebecca Bland, fundadora de la organización británica Stand Alone, que presta ayuda a adultos que experimentan una separación familiar, afirma que el proceso de separarse de uno de los padres, incluso aunque en última instancia resulte beneficioso, puede ser complicado y confuso.

«No estar en contacto con la familia o con un miembro fundamental de la misma puede ser fuente de vergüenza y aislamiento», explica Bland. «Con frecuencia la gente tiene baja autoestima porque no ha conseguido hacer que la relación funcione, lo que puede desembocar en una enorme sensación de desarraigo y separación de los demás».

«Medios como el cine, los libros y las revistas defienden que nuestra madre debería ser nuestra mejor amiga»

«Nuestros beneficiarios hablan de la necesidad de ocultar su circunstancia por miedo a que les juzguen. Esto es especialmente cierto en el caso de las relaciones madre-hija, que se supone que deben ser sagradas y muy estrechas. Medios como el cine, los libros y las revistas defienden que nuestra madre debería ser nuestra mejor amiga».

Un estudio llevado a cabo en 2014 por la fundación Stand Alone descubrió que el 68 por ciento de sus 807 entrevistados creía que existía cierto «estigma en torno al tema de la separación familiar» y «una falta general de comprensión». Este estigma, junto con la destrucción de la autoestima, es el motivo por el que muchas mujeres posponen la separación, según Bland. El miedo a las ramificaciones sociales puede hacer que una mujer siga en contacto con su madre durante meses y en ocasiones años antes de decidirse a romper completamente con ella.

En este punto, muchas mujeres han acumulado tales niveles de ansiedad y estrés en torno a la dinámica que el acontecimiento que finalmente desencadena la separación a menudo es aparentemente insignificante. Para Amanda*, una mujer de 32 años, dos años después de su primer intento en 2013, fue tan sencillo como un comentario aislado. «Mi madre piensa que me alejé de ella porque me enfadé a causa de una tarta», dice, «pero en realidad estaba al borde de un ataque de nervios por un montón de problemas personales. Se los conté a mi madre en confianza y ella me respondió que solo tenía que ‘superarlo’ y que dejara de ser tan ‘egoísta'».

«Me di cuenta de que a esa persona le traía sin cuidado mi bienestar. Tenía que alejarme de ella para poder estar bien»

«Pero en aquel momento algo hizo ‘clic’ en mi cerebro», continúa Amanda. «Me di cuenta de que a esa persona le traía sin cuidado mi bienestar. Tenía que alejarme de ella para poder estar bien». El entorno de Amanda se sintió confuso pero lo que ellos no sabían es que su madre llevaba ignorando y menospreciando sus emociones desde el día uno. Había sido un patrón constante durante toda la vida de Amanda.

Drew*, de 32 años, también recuerda la separación de su madre hace varios años como un anticlímax. «La última vez que hablamos fue a través de mi hermano», recuerda. «Él me dijo que estaba muy enfadada conmigo y, por primera vez en mi vida, no la llamé para disculparme. Sobre todo porque sentía que no había hecho nada que mereciera una disculpa. Y ella nunca trató de ponerse en contacto conmigo de nuevo».

La manipulación y el rechazo eran constantes para Drew mientras creció. Aunque su proceso de duelo ha sido emocionalmente impredecible, darse cuenta por fin de que la madre que tenía nunca iba a ser la madre que quería tener fue, según ella, «liberador».

Según Sichel, las mujeres empiezan a pensar en «divorciarse» de sus madres a cualquier edad, pero normalmente empiezan a considerar seriamente la idea en la veintena o la treintena. «Las separaciones familiares de cualquier tipo normalmente se deben a problemas durante el desarrollo, cuando las madres intentan frustrar las etapas evolutivas de separación y diferenciación con sus hijas. Fundamentalmente, el ‘crimen’ que provoca la separación es una hija adulta que se niega a cumplir con los mandatos o expectativas de su madre», afirma Sichel.
Bland indica que, a menudo, cuando una mujer conoce a su pareja o se independiza económicamente, su predisposición a separarse de su madre aumenta porque el riesgo se reduce significativamente. Por supuesto, resulta difícil destacar un motivo concreto por el que una mujer desee cortar el contacto. Aparte de los abusos físicos y/o mentales, la sexualidad, la religión y el dinero también pueden desempeñar un papel clave. Como explica Sichel, «Hay tantos giros diferentes de guion y tantos acontecimientos inesperados en la vida familiar que resulta imposible hacer predicciones o generalizaciones».

Pero si una persona puede dejar atrás la irregularidad de su situación, «eso puede ser liberador», explica Bland. «A pesar de lo que vemos en los medios, el 80 por ciento de las personas de nuestra investigación dijo haber obtenido algo positivo de su separación».

Ese es el caso de Drew, que describe su vida tras la separación como «un diagrama de dispersión con una tendencia general al alza». Según ella, resulta que «cuando no tienes que estar cerca de alguien que te trata como si todo fuera culpa tuya, como si no valieras nada y como si fueras inmoral, dejas de sentir que todo es culpa tuya, que no vales nada y que eres inmoral».

* Hemos cambiado algunos nombres para proteger su identidad.

Tener una madre ausente hiere para siempre el corazón de un hijo

La carencia de lo material, ambientes poco favorecedores, falta de educación, e inclusive la insuficiencia del padre, pueden ser contrarrestadas en gran manera cuando la madre cumple su papel de nutrir y formar a los más pequeños.

Thomas Verny en su mundialmente famoso libro “The secret life of the unborn child” tras años estudiando a miles de mujeres embarazadas y siguiendo la vida de sus hijos a lo largo de su desarrollo, encontró que una mujer con la actitud apropiada, consciente de la vida que lleva, y con el suficiente amor e interés por su hijo, puede superar las condiciones de vida más adversas y forjar hijos fuertes, seguros y emocionalmente estables. Pero una madre que no se interesa, puede ser altamente destructiva para su hijo en formación.

Un niño puede superar la muerte de su madre, pero no su ausencia o desapego emocional, especialmente si ella no se hace presente o vincula durante la primera infancia del hijo, pues impacta directamente sobre su desarrollo afectivo y cognitivo.

La muerte no es ausencia

Un niño cuya madre murió puede construirse como una persona sin mayores problemas emocionales cuando la información que tiene sobre ella es emocionalmente sana; ésto es, que el niño supo que ella lo amaba, lo quería mucho y que era importante para para ella.

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Con esta información, el niño construirá una imagen sólida, íntegra e inspiradora que le acompañara a lo largo de su vida. Un niño puede superar la falta de su madre, pero nunca su ausencia.

El desinterés y desapego emocional son ausencias que destruyen

Una madre que trabaja largas jornadas y solo ve poco a los hijos no necesariamente es una madre ausente, está en peligro de serlo pero puede evitarlo.

Se considera “madre ausente” a aquella madre que:

Así sin mayor explicación y peor aún, si la información con la que el niño crece es negativa, está mal influenciada, o le hace responsable de su partida. Estas situaciones provocan serios daños emocionales e la larga.

Tiene periodos prolongados o muy frecuentes de ausencia y no los contrarresta

Hoy en día, muchas madres trabajan, viajan, y por diversas razones pueden no estar el mayor tiempo con sus hijos. Sin embargo, el niño siente y sabe cuando no es amado ni valioso.

Los regalos costosos o cualquier objeto que se regala al niño no contrarresta la ausencia, solo la hace más grande porque proviene de la culpa y no del amor sincero.

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No se vincula emocionalmente

Hay madres que por diversas razones, inclusive biológicas y emocionales, no se vinculan a sus hijos emocionalmente; son distantes y frías. Hay algunas que incluso no le dirigen la palabra al niño o no tienen contacto físico con él. Este tipo de casos requiere de una adecuada intervención profesional con la madre para evitar el daño irreversible en el niño. Este tipo de ausencia es altamente peligrosa.

Está presente físicamente pero distraída con otros asuntos

Curiosamente, este tipo de ausencia es la más común, la más absurda y la que actualmente más daño está provocando. Se trata de madres que el poco o mucho tiempo que tienen con sus hijos “están y no están”. Esto es, están físicamente ahí, a un lado del pequeño, pero no le prestan la mínima atención pues están con su mente absorta en otras cosas tales como la TV , la computadora o el celular.

Este tipo de ausencia tal vez sea la menos peligrosa a nivel emocional, pero está formando una nueva generación de niños sin límites, respeto, habilidades para socializar, y con trastornes de conducta e hiperactividad.

Al final del día, también hablamos de niños sin amor, pues nunca fueron educados y mucho menos disciplinados con normas y limites sociales. Son niños que se criaron buscando llamar la atención de su mamá por lo que se acostumbraron a recibirla solamente cuando hacían algo grave o serio que la quitara de ver su celular.

Señales de alerta que emite un niño que se siente abandonado

Problemas de sueño

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Desordenes alimenticios

Desesperación

Distanciamiento

Agresividad o mucha ira

Tristeza

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Terror a que lo dejen o se aparte de su lado su madre o cuidador

Toma conciencia

Reconocer que tenemos un problema siempre es el primer gran paso. Toma un tiempo para revisar tus ausencias, incluso, su origen. Seguramente descubrirás que hay mucho más de fondo y entre más profundo llegues, más decidido será tu deseo de cambiar y mejorar.

Imagina que es un vaso sucio que hay que lavar para poder poner lo mejor de ti.

Expresa tu sentir y tu situación

Los niños y los hijos en general, necesitan saber qué pasa, necesitan saber de boca de sus padres lo que ellos significan y su lugar en la familia. Los niños ven y escuchan más de lo que tú te imaginas, por lo que entienden -pero sobre todo sienten- y reconocen cuando se les miente o se les dice la verdad.

Habla con ellos, lo que te tengan que decir te lo dirán. Cuando se trata de hablar con hijos, especialmente adolescentes, puede haber palabras duras e hirientes; escucha, acepta lo que te dicen, y cambia si hay algo para cambiar. A los jóvenes las promesas no les sirven, ellos requieren de acciones reales y consistentes. Finalmente piénsalo: el abandono tiene un precio alto pero posible de pagar.

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Pon metas, traza un plan, promete (pero sobre todo, cumple)

A veces ni siquiera es necesario decir “te prometo” pues el no hacerlo daña más. Pon metas con tus hijos solo si en verdad estás dispuesto a cumplir y comienza con pasos pequeños; uno a la vez, eso es mucho mejor que prometer grandes cambios motivados por la emoción y la culpa, pero lejanos de ser reales.

Perdona y perdónate

Abandonar a alguien casi siempre está ligado a que alguien también nos abandonó o nos hizo sentir tan poca cosa, que ni la presencia o el amor merecíamos, y por eso nos dejaron. Por ello, es bueno revisar el origen y perdonar, eso nos sanará a nosotros y nos dejará en mejor posición para enmendar y corregir, rompiendo así con esa pesada cadena de tristeza y soledad.

Sentir culpa o culpar a alguien no ayuda, solo empeora la situación.

Respeta y adáptate

A veces, cuando reaccionamos y vemos que estuvimos ausentes para nuestros hijos, nos damos cuenta que han pasado muchos años y el niño que era ayer, hoy es un joven o un adulto, ya quizá hasta papá también. Volver a la vida de alguien que construyó sin tu presencia es complejo, pero posible.

Respeta la vida que tienen, sus tiempos y formas, no critiques, adáptate y con amor y esfuerzos sinceros, pronto los vacíos se llenarán con perdón, alegría y el gozo que solo la familia puede dar.

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Créeme, vale la pena el esfuerzo.

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Mi madre nunca me quiso. No por algo que yo hiciera o dejara de hacer. Mi único pecado original fue nacer y en eso, de los 3 seres implicados, yo fui la única que no decidió nada. Simplemente, nací( me nacieron) en un mal momento, momento que yo tampoco elegí , y mi madre me vivió como parte de la cárcel en la que convirtió su vida casándose con mi padre. Pero yo no construí esa prisión y mucho menos, la convertí en una cadena perpetua. Ella solita fue poniendo barrote a barrote, año tras año, hijo tras hijo. Por cobardía, por miedo, por haber sido hija y nieta de madres solteras, por lo que fuera, decidió casarse. Casándose rompía una pequeña tradición familiar quizá triste para ella. En todo caso, fuera por lo que fuera, fue decisión suya y de mi padre. Nadie les empujó a tomarla. Y si alguien lo hizo, desde luego, no fui yo, que ni había nacido siquiera y fui de polizón invitada a la boda de mis padres.
Mi madre fue incapaz de quererme. Quizá debía hacerlo, pero no pudo. Yo no había hecho nada, ni malo ni bueno, para ser querida u odiada. Pero sabía que mi madre no me quería. Lo supe muy pronto. Cuando naces en un ambiente hostil, todos tus sentidos se agudizan. Al menos, yo viví y crecí observando a mi alrededor. Siempre con miedo a no acertar. Siempre con el temor de desbaratar el frágil equilibrio familiar.
De mi padre, sólo sabía que toda su capacidad de amar empezaba y terminaba en mi madre. Al menos, así lo sentía yo, como a alguien totalmente anulado por ella. Trabajaba demasiado y le veía muy poco, así eran entonces los padres. Extraños seres que aparecían para cenar y en los que las madres depositaban la autoridad en forma de veladas amenazas: “ya verás cuando se entere tu padre”.
En medio de esos 2 extraños entre sí, yo sólo era una niña terriblemente consciente de no ser amada.
Pero, hoy, me doy cuenta de que no se puede obligar a nadie a que te quiera. Así que he aprendido a aceptarlo. Con tristeza, hasta con envidia hacia esos hijos que fueron deseados y/o son queridos.
Pero de ese desamor he aprendido algo: que mi madre no me quisiera, no significa que yo no sea digna de ser amada. No he logrado el amor de mi madre pero, por fin, empiezo a quererme a mí misma. Después de todo, mi madre es una persona más. Ahora que puedo, ahora que soy adulta, decido el protagonismo que tiene en mi vida. Escojo con qué me quedo y qué dejo atrás para siempre. Como uno elige las amistades y los amores. La familia es la que toca,y el amor incondicional no existe. (Por pocas que sean, todos ponemos condiciones para querer.)
Y vista desde fuera, mi madre, como todo el mundo, también tuvo cosas buenas.
Su desamor me ha enseñado que la vida está llena de grises. Sitios donde no todo es blanco o negro. Tú no lo sabías, madre. O pensábamos como tú o estábamos en tu contra. Así eres tú, siempre en las trincheras. Pero la vida está llena de matices. ¿No crees que es una lástima no saber apreciarlos?
Hoy, desde la sanadora distancia, te veo como una mujer que intenta mantener el control a toda costa. La novia en la boda, el niño en el bautizo y el muerto en el entierro. Segura de estar en posesión de la verdad. Segura de haber sido siempre una víctima. Pobre mamá, tan férrea que ni se da cuenta de que si por algo es digna de lástima es por su incapacidad para amar a los demás tal como son, sin obligarlos, sin atarlos, sin controlarlos.

Pero hoy, ya ves, me he despertado acordándome de tu lado bueno. A decir verdad, como me gustaría ser irreprochablemente perfecta y ecuánime, el juez que hay en mí hoy ha ejercido de abogado defensor tuyo. Y ha recordado momentos buenos con mi madre. Contigo, mamá.

Un domingo, mi madre me enseñó a dividir. Gracias por eso, mamá.
Todos los días de Reyes desde que puedo recordar, el sofá del salón amanecía lleno de cuentos para mí.

Cuentos preciosos, ilustrados, de tapa dura. Ahí leí a Andersen y los hermanos Grimm y hasta “El príncipe feliz”, de Oscar Wilde. Aprendí a amar los libros gracias a ti. Gracias por eso, mamá.

En mi vida contigo nunca me faltó un dulce ni un pastel. Aunque tuviera que comer los que tú decidieras y en el orden castrense que tú impusieras.
Y por poco dinero que hubiera en casa, siempre tuvimos regalos. En cumpleaños, en Navidad y en Reyes.
Cuando estaba resfriada, mi madre me hacía un zumo de limón con azúcar. No sé qué cualidades mágicas poseía, pero me hacía desear estar pachucha porque así te preocupabas por mí.
Cuando había fiestas en Barakaldo o en Bilbao, nos llevábais a las barracas: montábamos en las atracciones y comíamos churros , algodón de azúcar y manzanas caramelizadas.
Hasta cuando viniste de operarte de Madrid, de un cáncer que garganta que brotó inesperado y extraño a tus 29 años, nos trajiste dulces. Pero nos observabas, a mi hermano y a mí, con dureza, como si fuéramos culpables de tu enfermedad, de tu tristeza infinita.
Todo lo bueno lo tiñeron, siempre, tus reproches, mamá. ¿No te das cuenta? Nos acusabas, una y otra vez, de no tener sentimientos. Eramos niños, simplemente. Inconscientes, puede. Insensibles, jamás.
Nos culpaste de tu tumor. No echaste la culpa del cancer a haber vivido rodeada de fumadores toda tu vida( papá, la abuela, la bisabuela) y haberte eso convertido en fumadora pasiva. No. Nosotros te hacíamos gritar y eso te provocó un cáncer. Imagina oír eso durante años. Llevar esa carga, que crees real ( el maravilloso pensamiento magico de los niños que se creen responsables de todas las desgracias a su alrededor) sobre tu espalda y no saber qué hacer con ella. O cómo compensarte por el mal hecho, por inocente que fuera una de tu infelicidad. Esa infelicidad tan densa, tan espesa, tan profunda y absoluta, que lo rodeaba todo.
No te imaginas cómo llegué a odiar tu tristeza. Pero no a ti. A ti te quería demasiado. Pero esa tristeza que todo lo empañaba y de la que nos culpabas, ¿cómo no odiarla.?
La primera vez que me enfadé contigo maldiciendo que estuvieras siempre triste, me odié con toda mi alma. A mí, no a ti. Preferí pensar que me había vuelto loca antes de aceptar que mi instinto de supervivencia se rebelaba contra ti. Que si tú te empeñabas en ser infeliz recordándonos permanentemente el enorme sacrificio que habías hecho por nosotros, yo ya había tenido mi ración de infelicidad. Basta ya, me dije. Primero, quise morir. Luego, elegí vivir.
Y hoy, aunque la tristeza me persiga, intento alejarla siempre que puedo. No quiero que se quede a vivir conmigo para siempre. No pienso permitírselo. Por eso río tanto. Te extrañará oirlo, pero la mayoría de los que me conocen lo que recuerdan de mí es mi risa. Aunque tú me digas que río como una tonta, sigo pensando que es más inteligente quien consigue ver el lado cómico de la vida que quien se comporta como Juan Desiderio, siempre triste siempre serio. Reír hace que la vida sea mejor.
Por todo y a pesar de todo, gracias, mamá. Adiós, tristeza. Bienvenida, alegría.

Mi madre no acepta a mi pareja: ¿cómo puedo solucionarlo?

Es muy común escuchar alguna vez que una madre no acepta la pareja de su hijo o hija y genera un verdadero dilema. Los comentarios fuera de lugar y la imposibilidad de compartir fechas especiales son una constante. Y los hijos quedan aprisionados en medio de dos personas que aman, sin saber cómo actuar.

Lo cierto es que este rechazo de la familia hacia la pareja se da y hace daño. Más allá de que ya no sean adolescentes y tengan decisión sobre su propia vida, molesta. De hecho, influye más de lo que parece y, en general, provoca un desgaste en la relación.

Algunas claves para gestionar la situación

Las siguientes claves pueden ayudarte a gestionar la situación y así, mantener un ambiente equilibrado.

1. Aprender a marcar los límites

Las relaciones tóxicas se dan también en el vínculo madres e hijos y hay que detectar a tiempo esos síntomas. Este tipo de madres son controladoras y ven a cualquier pareja que se acerque como una amenaza. Por eso, siempre encuentran el motivo para rechazar a ese novio o novia.

Más allá del dolor que provoque, hay que marcarles el terreno en el que pueden opinar y el que ya no les corresponde. La forma es conversar con calma y con las palabras más asertivas posibles. Decirles que entienden su preocupación o sentimiento, pero son adultos y deben respetar sus decisiones.

En especial, se trata de lograr acuerdos para que nadie se sienta herido y fluya la armonía. Las amenazas emocionales no son buenas, por lo tanto, apela al afecto familiar y solicita acompañamiento. Y, lo que es mejor, resalta lo importante que es contar con ellos siempre para darles seguridad.

La terapista Mieke Rivka Sidorsky recomienda hacer esto en las primeras fases de la relación, si se nota algún rechazo. Mientras antes se hace más fácil es hacerlo amablemente sin que parezca un rechazo o reprimenda.

Descubre: 5 maneras de frenar las relaciones tóxicas en la familia

2. Generar confianza

Si la madre no acepta la pareja no significa que desea la infelicidad de su hija con una ruptura. En realidad, ella está convencida de que va a sufrir con esa persona y quiere protegerla.

En este contexto, lo que se debe hacer es tener mucho diálogo y demostrar todo el amor que existe en la relación. Poco a poco, se irá convenciendo de que su «bebé» está muy enamorado y es muy cuidado.

No ofrecer motivos para que desconfíe lleva a que, con el tiempo, apruebe la relación, o por lo menos, a que haya un acercamiento.Deben generarse los espacios para que se conozcan más y comprueben lo bello de esa persona.

3. Entender las causas por las que la madre no acepta a la pareja

Es importante darle a la madre el espacio para hablar sobre sus miedos y el porqué de ese rechazo. Quizá, allí se encuentren los argumentos para que cambie de opinión.

En especial, son los hijos los que deben mostrar autodeterminación y confianza en su elección. Mientras se mantengan firmes y aporten datos sobre los valores o actitudes de su pareja, irán mejorando.

Descubre: Lenguaje corporal: 7 claves para mejorar tu seguridad y convencer a los demás

¿Qué no hacer cuando la madre no acepta la pareja?

La psicóloga Marie Hartwell-Walker advierte que cuando la madre no acepta a la pareja se puede reaccionar con actitudes negativas. Estas, en vez de ayudar, pueden dañar más la relación. Por eso hay actitudes que debes evitar.

No contrarrestar críticas con críticas

Hay que entender que las intenciones de la madre son buenas y busca proteger a su hijo, aunque sea de la forma equivocada. Si reaccionas con críticas a sus acciones pensará que eras el enemigo y se hará peor la relación. Lo ideal es tratar de entenderla y ser su aliada.

No responder ni actuar a la defensiva

Cuando te defiendes con brusquedad y tratas de dar explicaciones, dejas entrever que algo está mal. Responde con respeto, pero con claridad. Deja claro que tienes diferentes puntos de vista, que pueden ser originados por diferencias culturales, de educación o de objetivos.

No escondas la relación.

Si te escondes das a entender que algo te avergüenza. Cuando se descubre, y eso pasará en algún momento, va a ser peor porque generará desconfianza.

Acuerda con tu pareja ser claros desde el principio y solidarios y unidos para enfrentar las adversidades.

No uses a tu pareja como escudo

Quizás piense que el rechazo de la madre de tu pareja es un problema entre ellos dos. Sin embargo, el problema es entre tú y ella. Que tu pareja conozca mejor a su mamá no quiere decir que tiene más capacidad para arreglar el problema.

Si dejas que tu pareja enfrente a su madre para protegerte, harás que tarde o temprano que escoger entre tú y su madre. En esa situación cualquier decisión es mala y hará sufrir a tu pareja, y tú terminarás siendo responsable.

Algunos motivos por lo que una madre no acepta la pareja de sus hijos

  • Apariencia. Si la pareja tiene un estilo completamente opuesto al familiar puede generar una impresión negativa. Los prejuicios más arraigados se hacen presente y quizá interfieran en la aprobación. Llevará un poco de tiempo, pero se logra cambiar la opinión con acciones.
  • Diferencias culturales, políticas o religiosas. Hay ciertos temas que están prohibidos para conversar en reuniones familiares. La única forma de que no acaben en discusión es no mencionarlos. Algunas personas tienen un fanatismo muy marcado y no aceptan a quienes piensan diferente.
  • Expectativas. Algunos padres tienen sus propias expectativas sobre la pareja que su hijo o hija «merece». Y, por lo general, son muy elevadas o distan de lo que su descendiente quiere. Así, es muy difícil que acepten a un pretendiente porque todos les parecen demasiado poco.
  • Cuestión de piel. Simplemente, por intuición, dicen que no les parece una buena persona para ingresar a la familia. Ni siquiera, se dan el permiso de conocer más en profundidad. Y muchas veces, se llevan luego una gran sorpresa al descubrir la clase de persona que es.

Conclusión

Si una madre no acepta la pareja de sus hijos, puede revertir la situación con el tiempo, pero necesita pruebas. Mientras ella tiene la posibilidad de ir conociendo mejor la relación, hay que marcar los límites. Se le tiene paciencia y respeto, pero también se le exige ubicación.

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