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Miedo a IR sola por la calle de noche

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“Ya he llegado. Estoy bien”. Escribe Sara en el grupo de whatsapp de sus amigas cerrando la puerta tras de sí. Deja las llaves encima del mueble de la entrada. Y resopla. “Otra vez más lo he conseguido, otra vez más no me ha pasado nada”, se dice. Son las seis de la mañana. Vuelve a coger el móvil y en la pantalla ve repetido el mismo mensaje en bucle: todas sus amigas han llegado a casa, es hora de irse a dormir.

El de Sara es el guión que se repite cada noche en su grupo de amigas (aunque podría ser el de cualquiera) y que describe la sensación de inseguridad que sufren la mayoría de las mujeres tras volver a casa de fiesta. La escena acostumbra a ser la misma. Una chica va caminando sola por la calle de madrugada. Un hombre que pasa por su lado la increpa. Ella acelera el paso. “Guapa. ¿A dónde vas tan sola? ¿No quieres que te acompañe?”. Lo ignora y continúa andando, se mete las manos en los bolsillos y agarra con firmeza las llaves. Hasta que desiste. Unos minutos después ella cruza la puerta del portal. Solo entonces decae la sensación de alerta.

El acoso callejero es una de las prácticas más normalizadas de la violencia contra las mujeres, hasta el punto de que se minimiza y no se llega a mencionar, según explica Tania Sordo, abogada especializada en género. Pero el problema existe. Solo hay que fijarse en las estadísticas para darse cuenta de ello. Según una encuesta realizada por la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea en 2012, casi una de cada dos mujeres de nacionalidad española reconoció evitar ciertos lugares o situaciones por miedo a abusos físicos y sexuales.

Este es el caso de Sara Liaño, de 23 años. Hace un tiempo decidió cambiar de ruta al volver a casa para no exponerse a las miradas y comentarios de los chicos que había frente a las puertas de las discotecas. Aunque luego cambió de idea. “Me daba más miedo todavía porque era una calle pequeña y solitaria en la que no había nadie. Prefiero una calle grande donde haya gente, aunque sea de este tipo, por si tengo que gritar o decir algo”, explica.

Calle vacía por la noche. / Getty Images

La inseguridad que afirman sentir cada noche al volver a casa provoca que sean ellas las que acaben desarrollando estrategias para evitar el acoso callejero. Escoger el camino con más luz posible (aunque sea el más largo), quitarse los cascos, acelerar el paso, tener a alguien al otro lado del teléfono, cambiar de acera, esconder las llaves entre los dedos… son algunos de los ‘trucos’ que se intercambian en cualquier grupo de amigas cada vez que sale el tema.

Liaño lleva un bolso grande para cambiarse de ropa antes de volver a casa. Los días que lleva falda mete unas mallas en el bolso para que así, cuenta, “no se le vean las piernas”. Sara G., de 22 años, selecciona la ropa de su armario en función de la hora a la que tenga previsto llegar a casa. Las noches de fiesta descarta llevar una falda corta o escote. “Son cosas que hay que tener en cuenta por el miedo a que te pueda pasar algo”, aunque “me puede pasar igualmente si no lo llevo”, cuenta.

“Con esa ropa iba pidiendo guerra”, “estaba borracha”, “qué hacía sola a esas horas en la calle”… Son solo algunos de los mensajes que se utilizan para culpabilizar a las víctimas de agresiones machistas y que alejan el foco del agresor. “Es una forma de justificar unas agresiones que no son justificables”, explica Sordo: “Aunque cumplas al pie de la letra el rol que se asigna a las mujeres vas a sufrir agresiones y violencias en distintas manifestaciones porque estás siendo construida como mujer”.

«No se me va a olvidar el resto de mi vida»

Carla G. tenía 20 años cuando un hombre la sorprendió por la noche cuando salía del metro: “De repente salió de entre los coches un tío con los pantalones desabrochados y la polla fuera masturbándose. Solo me dio tiempo durante un segundo a ver lo que estaba pasando y a salir corriendo. Oí un jadeo muy asqueroso”. La misma agresión se repitió otras dos veces, una de ellas en un parque cercano a su casa a las ocho de la mañana. “Yo ya voy con un miedo por todos lados de noche que no es normal”, cuenta.

No llegó a denunciar ninguna de las tres agresiones. “Estaba tan centrada en volver a mi casa que ni lo pensé, aunque luego sí me dije que tendría que haber llamado a la Policía”, explica. “Pero luego cómo se demuestra que ese hombre me ha hecho lo que sea, si no me ha tocado”, añade.

Su desconfianza es compartida por muchas mujeres, que dudan en denunciar porque socialmente no se contemplan como agresiones. De forma que estas violencias, que no llegan al extremo de una violación pero que también son importantes, quedan fuera de los registros oficiales.

Para Sordo es fundamental que cuando se produzca una agresión no se culpabilice a las mujeres, independientemente de si quieren hablar o no. También subraya la importancia de que los profesionales que atienden a las víctimas no actúen conforme a estereotipos de género y prejuicios. “Lo importante es que exista un sistema que les dé la confianza para que ellas puedan denunciar esa agresión”, afirma la letrada.

Imágenes de las marchas por la igualdad de las mujeres. / Mariscal (EFE)

Unos meses antes, cuando todavía no había cumplido la mayoría de edad, Carla cuenta que un chico de unos 17 años le tocó el culo al pasar a su lado. “Me hizo hasta daño. Él no dijo nada. Recuerdo gritarle y quedarme con una sensación muy mala en el cuerpo, como de qué asco que se haya atrevido a violar mi espacio y mi cuerpo”, relata.

Aunque ya han pasado varios años desde la agresión sigue recordándola con todo detalle, también la sensación de desprotección que la acompañó después: “Ojalá sea consciente de lo que provoca porque él coge y a los diez minutos se le olvida lo que ha hecho, pero a mí no se me va a olvidar el resto de mi vida”.

«A todas nos pasa lo mismo»

Sara G. ha optado por no salir de fiesta y reducir esas salidas nocturnas al mínimo tras sufrir varias agresiones. “He tenido bastantes experiencias negativas de acoso, por lo que he llegado a un punto en el que no veo necesario seguir soportando eso”, afirma. Una de ellas se produjo a la salida de una discoteca de Madrid, cuando acompañaba a una de sus amigas de vuelta a casa.

“Se fue un momento al baño y volvió con una bebida. Dijo que la había comprado, pero realmente se la habían dado y le habían echado droga”, cuenta. Salieron del local para coger un taxi, pero tuvieron que caminar hasta Gran Vía porque no pasaba ninguno libre. Durante el trayecto un grupo de chicos empezó a increparlas por la calle y a perseguirlas. “Decían: deja a tu amiga con nosotros que nos vamos a encargar de ella”, cuenta. “Yo no podía hacer nada porque estaba sujetando a mi amiga que estaba medio inconsciente”.

En otra ocasión, esta vez en el coche y de madrugada, la empezaron a perseguir un grupo de chicos que viajaba en otro vehículo. Al principio la miraban, luego bajaron las ventanillas y comenzaron a pitar, cuenta. Cuando el semáforo se puso en verde, la persiguieron en coche por la carretera hasta su pueblo, durante unos diez kilómetros.

Los nombres cambian, pero al final las historias son las mismas. Cualquier mujer da cuenta de ello. “Lo hablas con tus compañeras y amigas y te dicen: es que a todas nos pasa lo mismo, a todas nos da miedo cuando un hombre se cruza mientras volvemos solas a casa”, explica Lucía, de 18 años.

Acoso callejero. / Getty Images

Parches contra el acoso callejero

La apropiación masculina de los espacios públicos y la construcción social de las mujeres como objetos sexualizados son, en opinión de Tania Sordo, las claves que explican el miedo de las mujeres a transitar las calles por la noche.

“Hemos sido objetualizadas sexualmente en un imaginario social que suele culpar a las mujeres en base de mitos y estereotipos como: iba vestida de esta forma, estaba las calles a esas horas, había bebido… Cuando jamás se justifica ninguna agresión y nosotras deberíamos de poder ir por las calles con total seguridad y nadie debería invadir nuestro espacio”, explica.

La falta de mecanismos para prevenir el acoso callejero ha motivado la inventiva de algunos desarrolladores para intentar poner un parche al problema. Es el caso de Andoni Suárez y Gustavo Íñiguez, desarrolladores de Trusted Circles, una app con la que pretenden facilitar el camino de vuelta a casa y prevenir cualquier tipo de agresión.

Su funcionamiento es sencillo. Ante la primera alerta de peligro solo hay que pulsar un botón y la app envía un aviso de socorro a tu círculo de amigos y a todas las personas que tengan instalada la app en un radio de un kilómetro. Cuentan que decidieron desarrollar la aplicación tras la violación múltiple de Sanfermines. “El hecho de que se diera una cosa así cuando había a poca distancia mucha gente nos dio la idea”, explican.

Algunas feministas, como Pamela Palenciano, instan a las mujeres a reaccionar ante los mal llamados ‘piropos’. En su monólogo ‘No solo duelen los golpes’, en el que narra su experiencia como antigua víctima de maltrato, Palenciano insta a las mujeres a sacarse un moco delante de sus acosadores cuando estos las increpen por la calle.

Falta de empatía

El silencio que rodea al acoso callejero ha empezado a romperse y cada vez son más las mujeres que alzan la voz y denuncian el problema desde las redes sociales. En mayo, Irene Tapia colgaba un vídeo donde relataba la agresión sexual que había sufrido minutos antes en la calle. Iba andando de noche hacia su casa cuando un hombre se le acercó, le tocó el culo y le agarró un pecho. Ella sacó su móvil y empezó a grabar cómo su agresor caminaba tranquilamente, como si no hubiera pasado nada. “Cerdo”, le gritaba. Unos hombres se le acercaron y le preguntaron si quería que la acompañaran a casa, mientras que al agresor no le dirigieron ninguna palabra. “¿Hay derecho?”, se pregunta en un momento del vídeo.

Precisamente, muchas mujeres denuncian la falta de empatía de la sociedad con los abusos que se ven obligadas a vivir en las calles y otros espacios públicos, como el metro. Lucía acostumbra a recibir la misma respuesta de sus amigos cuando el tema sale en cualquier conversación. “A mí me hace gracia cuando ellos dicen: a nosotros también nos pueden atracar por la calle. Pero a mí me pueden quitar la vida o violar. Lo pones en una balanza y no es lo mismo”, explica.

Para la abogada especializada en género Tania Sordo es importante aplicar una perspectiva de género para distinguir de dónde viene el miedo: “No es lo mismo que te puedan atacar por ser mujer a que te agredan por ser un ciudadano que puede ir por las calles”.

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¿Sienten miedo las mujeres cuando están solas en la calle?

Miedo al regresar a casa tras una noche de fiesta, miedo cuando salen tarde de clase, el miedo de una madre porque su hija vuelve sola a casa, miedo de una adolescente que prefiere coger un taxi antes que ir andando de noche, miedo de una mujer que se siente observada en un autobús, en el metro…

Eso hace que muchas veces eviten hacer ciertas cosas… Y eso es restringir la libertad. Así lo refleja la la última encuesta realizada por la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, que asegura que una de cada dos españolas reconoce evitar ciertos lugares o situaciones por miedo a abusos físicos y sexuales. Las que a pesar del miedo deciden seguir adelante toman una serie de precauciones: Avisar a alguien de confianza que está volviendo, no seguir nunca el camino más corto sino el más seguro, el más transitado o el mejor iluminado; dar un rodeo si se ve cualquier cosa sospechosa, caminar a paso rápido y con todos los sentidos alerta…

Esa sensación de miedo, de temor, raras veces es compartida por los hombres. A pesar de vivir en una sociedad desarrollada en pleno siglo XXI, el margen de libertad para moverse por la calle no es el mismo si eres chico o chica.

Laura Luelmo, la mujer asesinada en El Campillo, no era ajena a ese miedo. Y así lo reflejó en un tuit. Nada más conocerse su asesinato ha sido compartido más de 4.700 veces. Un tuit que dice «Te enseñan a no ir sola por sitios oscuros, en vez de enseñar a los monstruos a no serlo». Las redes se han llenado de mensajes de condolencia, rabia, denuncia y muestras de apoyos. Son muchas las concentraciones que se han convocado.

Lo último que se supo de Laura era que había salido a correr. Y las corredoras también han expresado su solidaridad y su miedo y piden Correr con miedo y no correr sin miedo. Nueve de cada diez mujeres aseguran que se sienten inseguras cuando salen a correr solas. Para amortiguar en lo posible ese miedo, ha nacido Sincronizada, una aplicación móvil que conecta a mujeres para salir a correr en grupo por cualquier lugar y cualquier hora.

La Policía y la Guardia Civil también recuerdan que existe AlertCops, que permite denunciar al instante ocho categorías de incidentes graves (robos, vandalismo, pelea, agresión sexual, violencia de género, acoso escolar, radicalismo y desaparecido) con solo tocar un icono. Cuando se lanza una alerta con esta aplicación, la posición del móvil se envía al centro operativo más próximo para que sean esos cuerpos policiales más cercanos los que acudan en auxilio de la posible víctima y puedan llegar hasta ella lo antes posible

¿Qué te parece todo esto? ¿Crees que tienen el mismo margen de libertad hombres y mujeres para moverse libremente por las calles? ¿Sueles recoger a tus hijas cuando salen? ¿Haces lo mismo con tus hijos? ¿Le das los mismos consejos a tus hijos, sean chicos o chicas, para moverse por la vida? ¿Tienes miedo cuando sales tarde por las calles o cuando vas a correr? ¿Tomas algunas precauciones? ¿Qué haces?

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Cariño, tengo miedo de andar sola por la calle

La semana pasada fue difícil. Difícil de esas en las que me cuesta ser mujer porque no ha habido un solo día en el que no haya recibido comentarios indeseados, miradas intimidatorias (no nos parecen algo sexy, nos dan miedo) o cruces por la calle con hombres que han pasado casi pegados a mí, cuando había acera de sobra, haciéndome sentir incómoda.

No voy a ir de valiente. Vivo en uno de los barrios más peligrosos de Madrid y frecuento sus calles todos los días. Si en mi anterior zona no tenía ningún problema en responder, aquí, conociendo que las armas y las peleas son el pan de cada día, agacho la cabeza, aprieto los dientes y acelero el paso, confiando en que quede solo en eso.

Pero hace poco, un aviso me alertó de que una chica, también del barrio, había desaparecido. Hablándolo con mi pareja, le comenté que, en el caso de que algún día yo desapareciera, comentara también a la Policía mis inseguridades respecto a alguna calle concreta de la zona.

“No me digas esas cosas, que me rallo”.

No

me

digas

esas

cosas

que

me

rallo.

Una frase que se me quedó grabada, palabra por palabra, y me sentó como haber bebido algo en mal estado.

Estaba manifestándole a mi pareja un miedo con el que convivo todos los días de mi vida, una serie de comentarios, de miradas, de frases, de uno que disminuye el paso para ir a mi lado, pero él lo que no quería era ni oír hablar de mis preocupaciones, de si algún día me pasaba algo, para no rallarse.

Lógicamente, por si a estas alturas del texto no lo habías imaginado ya, mi pareja es un hombre. Un hombre de casi dos metros al que, las pocas veces que han podido decirle algo por la calle por parte de una mujer, me ha admitido, nunca le hizo sentirse amenazado.

Con esto no digo que sea una paranoica y quisiera contagiarle a él mis temores, sino simplemente hacerle consciente de lo que es mi día a día y, también claro, de las preocupaciones que pueda tener.

Una respuesta correcta (y empática) por su parte habría sido la de ponerse en mi piel, escucharme y, después, preguntarme si hay alguna manera, al alcance de nuestras posibilidades, de ponerle remedio. Interrumpirme y silenciar el que estaba siendo un discurso de desahogo de una persona preocupada por un hecho que no puede cambiar (haber nacido mujer), no.

Por otra parte, mi pareja estaba teniendo la sensibilidad de una piedra al poner su paz mental por delante de mí. Lo importante en ese momento era que él no se rayara. Que yo viviera con miedo, no tanto.

Y no solo eso, el hecho de que mi situación fuera la de riesgo por haber nacido con doble cromosoma X, porque como repito, somos las mujeres las que sufrimos las agresiones verbales (no solo yo), tampoco era lo bastante importante para él antes de que me soltara esa frase.

Aquello me recordó a una frase que me dijo una conocida de ambos hace poco. “Lo malo del feminismo es que importuna demasiado a los hombres, no tenemos que molestarles con esas cosas”.

Así fue, exactamente en ese momento, cómo mi pareja me hizo sentir. Una reivindicación más que válida de que quería ir por la calle tan segura y tan tranquila como él, le estaba importunando y prefería dedicarse a pensar en otras cosas.

Afortunadamente, una vez razonado, explicado y hablado, pudo entender mi situación y adoptar una postura más afín a lo que le estaba planteando.

Pero tuve que hacerle entender que, por mucho que él no quisiera oír hablar del tema (algo egoísta, vamos a decirlo claro), aquello no significaba que mi riesgo fuera a ser menor.

Simplemente estaba entrando en el modo de “Ojos que no ven, corazón que no siente”, manteniéndose ajeno a mi situación y a mis sentimientos.

Por supuesto que no quiero que me pase nada, pero si vivo de manera rutinaria el acoso callejero, problemas de violencia verbal y en ocasiones casi con roce físico (en serio, ¿no habéis oído hablar nunca del espacio personal?), qué menos que mi pareja se ponga en mis zapatos, aunque no pueda andar con ellos.

Que tampoco le pido que salga a partir piernas, solo que me preste su hombro para desahogarme.

Duquesa Doslabios.

(Y acuérdate de seguirme en Twitter y Facebook).

Almacenado en: acoso, acoso callejero, acoso sexual, machismo, pareja

Hay personas que, en un momento dado, pueden sufrir un episodio de ansiedad similar a los que produce la agorafobia, pero eso no quiere decir que la padezcan. A la hora de diagnosticar este tipo de trastorno es fundamental que la persona lo perciba como algo que limita su calidad de vida y que, por tanto, le incapacita para seguir con su rutina diaria.

El día a día de una persona con agorafobia: un ejemplo práctico

Inés sale de casa. Coge el metro para ir al trabajo. De repente comienza a sentir una oleada de miedo. No hay razón alguna para sentirse así, todo está en orden como siempre. Pero ella no puede evitarlo, ese sentimiento se sale de su control. Su corazón empieza a latir tan rápido y fuerte que parece que se le va a salir por la boca. Le falta el aire, siente que le cuesta muchísimo respirar. Comienza a dolerle el pecho, se siente mareada. De repente le entran unas ganas enormes de vomitar y no puede parar de temblar. Ella misma lo describe como una agonía mortal que no termina nunca. Está sufriendo una crisis de pánico.

Inés no quiere pasar por esa experiencia nunca más. Por eso, para evitar que se repita no vuelve a coger jamás el metro. Tiene mucho miedo de que la situación vuelva a ocurrir. La posibilidad de otro ataque le causa escalofríos. Inés empieza a ir a trabajar en autobús y comienza a sentirse más tranquila. Pero esa falsa tranquilidad tan solo dura unos días. La crisis de pánico amplía sus límites, se generaliza y hace de nuevo su aparición en el autobús. Después en el tren. Después en el coche. Después mientras camina. La historia se repite una y otra vez hasta el punto de que Inés ya no tiene alternativas para ir a trabajar. No quiere salir de casa.

Inés se ha convertido en una persona con agorafobia y miedo a salir a la calle. Y tiene que ponerle fin a su problema. Puede ponerle fin.

Tratamiento de la agorafobia

La historia de Inés solo es una de las muchas historias que viven cada día las personas agorafóbicas. Y aunque, a simple vista, pueda parecer que se trata de un círculo vicioso del cual no se puede salir, no es así. La agorafobia, como muchas otras tantas fobias y muchos otros tantos trastornos de ansiedad, tiene un tratamiento. Solo hace falta reconocer el problema y tener ganas de afrontarlo.

Se pueden comprender fácilmente las consecuencias de la agorafobia o el miedo a salir a la calle, las cuales pueden acabar por recluirte en casa, perder el trabajo y las relaciones sociales, familiares y de pareja. Estamos ante una fobia muy limitante y destructiva y para superarla se necesita ayuda psicológica.

La terapia más efectiva es la Cognitivo-Conductual la cual no tiene efectos secundarios (como sí pueden tener los fármacos al actuar directamente sobre la regulación de hormonas y neurotransmisores) y cuyos beneficios tienden a perdurar en el tiempo.

Es cierto que este tipo de terapia es lenta y se necesita mucha paciencia para empezar a percibir el progreso. ¿En qué consiste exactamente? La persona con agorafobia debe exponerse gradualmente y siempre ayudándose de las directrices y supervisión de un profesional a situaciones que le causen ansiedad o pánico hasta ir generando una mayor resistencia a aquello que se teme.

La terapia Cognitivo-Conductual hace especial hincapié en las creencias que la persona tiene asimiladas acerca de su entorno, sus hábitos y sus acciones rutinarias, de forma que poco a poco esas creencias van modificándose hasta el punto de que la persona ya no teme enfrentarse a todo aquello que le da miedo.

En muchos casos, para superar la agorafobia también se recomienda llevar a la práctica algunas técnicas de relajación que ayuden a entrenar la capacidad para gestionar la ansiedad.

Y en los casos más extremos, la agorafobia necesita de un tratamiento farmacológico que complemente a la ayuda psicológica. Este tratamiento suele componerse de:

1 Ansiolíticos: su gran ventaja es su eficacia. Tienen un efecto prácticamente inmediato a la hora de calmar las crisis de ansiedad. No obstante, los ansiolíticos tienen también bastantes efectos secundarios a los que debes estar muy atenta:

+ Somnolencia y falta de concentración.

+ Se trata de una medicina muy adictiva. De hecho, si se retira de forma brusca, puede provocar síndrome de abstinencia.

+ Desarrollo de tolerancia. Esto quiere decir que la persona que toma ansiolíticos tiene la necesidad de consumir dosis cada vez más altas para conseguir el mismo efecto.

+ Y su mayor desventaja, aunque pueda parecer contradictorio, es precisamente que funcionan y el hecho de que funcionen hace que la persona se olvide de que padece un problema y no tome otro tipo de medidas para atajarlo de manera radical.

2 Antidepresivos: los antidepresivos son otro de los fármacos más utilizado para tratar la agorafobia. Existen tres tipos concretamente: los inhibidores de la receptación de la serotonina (ISRS), los inhibidores de la receptación de la serotonina y norepirefrina (ISRSN) y los antidepresivos triciclicos. Y te preguntarás: ¿de verdad los antidepresivos funcionan para calmar la ansiedad? Y la respuesta es sí. Los antidepresivos pueden utilizarse tanto para controlar el estado de ánimo como para controlar la ansiedad. Además, también es posible que una persona desarrolle depresión a partir de la sensación que causa la agorafobia de tener una vida totalmente limitada. En este caso, los antidepresivos serían doblemente útiles. Eso sí, siempre tienen que estar controlados por un profesional.

¿Y tú? ¿Habías oído hablar de la agorafobia? ¿La padeces o sospechas que la padeces? Recuerda que en Diario Femenino tenemos una categoría de fobias donde podrás encontrar muchísima más información. ¡No dejes que el miedo paralice tu vida! ¡Actúa ya mismo!

Cómo superar la agorafobia sin medicación

Después de haber explicado cuales son los síntomas y las consecuencias que la agorafobia puede traer consigo, hay que saber en qué se basa su tratamiento para superarla. En cuanto al tratamiento de la agorafobia, es fundamental la psicoterapia, sin embargo, en algunos casos (no en todos) se combina con la administración de ciertos fármacos como los antidepresivos y ansiolíticos. El profesional es el que va a valorar si realmente es indispensable el uso de fármacos o no, ya que cada caso es distinto.

En caso de haber acudido con un profesional y que te haya recetado algunos fármacos, tienes que reflexionar acerca del por qué no quieres hacer uso de ellos, ya que muchas veces no se quieren consumir por temor causado por la falta de información. Por ello, es necesario pedir información acerca de los fármacos que te están recetando y valorar qué tanto pueden contribuir para tu bienestar. En cuanto al consumo de fármacos, hay que tener en cuenta lo siguiente:

  • Puede ser que los primeros días no notes la diferencia, ya que normalmente no hacen efecto enseguida o puede que aparezcan efectos secundarios indeseados, lo normal es que desaparezcan al cabo de unos días.
  • En ocasiones, es necesario ir probando con varios fármacos y/o reduciendo o aumentando la dosis hasta encontrar la correcta para ti.
  • Para que produzcan el efecto que tienen que hacer los fármacos, deben de tomarse de manera constante.
  • Cuando se quiere dejar de consumirlos, se debe de hacer con la orientación de un profesional, ya que está contraindicado dejarlos de tomar de un día para otro.
  • La administración de fármacos debe estar recetada y controlada por un profesional, nunca hay que automedicarse.

Lo que puedes hacer para tener menos probabilidades de llegar a necesitar medicación es ser constante con la terapia psicológica y poner realmente en práctica lo aprendido en ella. Algunos de los ejercicios más comunes que se aprenden en la terapia cognitivo-conductual y que puedes realizar fuera de ella son los siguientes:

Técnicas de relajación

Las técnicas de relajación aprendidas durante la terapia deben de ponerse en práctica diariamente fuera de ella. Estas técnicas son muy sencillas de aprender y son esenciales para superar la agorafobia y los ataques de pánico. Una de las técnicas que normalmente se utiliza es la respiración diafragmática, la cual consiste en inhalar lenta y profundamente, sintiendo cómo se inflama el abdomen, retener el aire unos segundos y exhalar lentamente sacando el aire por la boca.

Exposición en la imaginación y en vivo

Aparte de trabajar este tipo de exposiciones en la terapia, es necesario también llevarlas a cabo en casa. Puedes programar sesiones de este tipo de exposiciones, primero, en la imaginación (cerrando los ojos e imaginando las situaciones que te generen temor, empezando con las de menor intensidad y reduciendo la ansiedad con las técnicas de relajación) y una vez que hayas logrado reducir la ansiedad en la imaginación, es necesario que comiences a exponerte físicamente. Como en las exposiciones en la imaginación, tienes que ir exponiéndote de manera gradual a las situaciones temidas en vivo. Por ejemplo, si te da miedo salir de casa, puedes empezar por salir únicamente a la puerta, quedarte ahí un rato realizando tus ejercicios de respiración y cuando te sientas más tranquilo ir avanzando, puedes sentarte en la banca que está a fuera de casa un rato y así sucesivamente.

Si se quiere disminuir la probabilidad de tener que consumir fármacos para curar la agorafobia de forma natural, es importante la atención temprana de este padecimiento y la constancia en cuanto a este tipo de ejercicios como son las técnicas de relajación y la exposición gradual. No hay que olvidar que es importante seguir de manera rigurosa el tratamiento porque de no ser así, es más probable que existan recaídas y que se tenga que volver a empezar.

Cómo la ansiedad y el miedo me tuvieron encerrada en casa 3 meses

Derechos de autor de la imagen Kiki Ljung / BBC Three Image caption Durante tres largos y solitarios meses no fui capaz de cruzar la puerta de mi casa.

Puedo ponerle fecha al inicio de mi ansiedad: tenía solo ocho años.

Mi tío tuvo una muerte bastante trágica y mis padres lo pasaron mal con el duelo, así que yo tuve que arreglármelas sola para entender y lidiar con lo que había pasado.

En esa misma época me empezaron a acosar en el colegio. Y eso hizo que me aislara mucho.

Tuve mi primer ataque de pánico a los 10 años y desde entonces la ansiedad ha tenido una presencia constante en mi vida.

Ahora tengo 22 años. No puedo recordar los detalles de mi primer ataque de pánico pero sé que tuve que faltar al colegio durante varias semanas.

Y así es como empezó mi vida tal y como la conozco.

Cuando fui a la escuela secundaria la ansiedad hizo que no pasara los exámenes. Lo impactó todo.

Si había algo planeado que quería hacer, como una excursión con amigos, me pasaba dos días tirada sobre el sofá, para no cansarme.

Viviendo con emetofobia

Cada persona siente los ataques de pánico de distinta manera y los míos han cambiado a lo largo de los años, pero en aquel entonces sentía como si me fuera a tragar la lengua.

Me la mordía para asegurarme de que no lo hacía. Sentía que me iba a morir y que mi cuerpo estaba tirando la toalla.

Después de un ataque, tenía tanto miedo de tener otro que hacía cualquier cosa para evitarlo.

  • Amaxofobia: qué es y cómo se puede superar

Quedarme quieta y calmada en el sofá formaba parte de ese mecanismo de defensa.

Derechos de autor de la imagen lolostock / Getty Images Image caption Después de un ataque, tenía tanto miedo de tener otro que hacía cualquier cosa para evitarlo.

Pensaba: «Si no me canso en absoluto, puedo evitar tener otro».

Pero en mayo de 2015 las cosas se pasaron de raya: la ansiedad hizo que no pudiera salir de la casa de mis padres, donde vivía, durante 3 meses.

Desarrollé una emetofobia severa, un pánico grave a vomitar, que todavía tengo hasta ahora.

  • Qué es la emetofobia, el temor irracional a vomitar

Mi ansiedad giraba esencialmente a en torno a la idea de qué pasaría si vomitara, y además trataba de evitar esa posibilidad de cualquier manera.

Ese miedo fue el que hizo que no cruzara la puerta de mi casa durante 3 largos y solitarios meses.

Vivir a través de otros

Fue un verano caluroso. Uno podría pensar que la luz del sol me animaría a sentirme mejor, pero me dio aún más ansiedad porque me preocupaba que el calor me hiciera sentir náuseas.

Me pasé todo el tiempo viendo capítulos de la serie Friends y aprendiendo a hacer labor de punto. Ese pasatiempo me mantenía la mente ocupada.

La comida no me satisfacía. Mi fobia a la posibilidad de vomitar hacía que me alejara de cualquier cosa que potencialmente pudiera hacerme daño en el estómago.

Durante gran parte del tiempo evitaba comer, y cuando lo hacía eran comidas que consideraba «seguras» como ensaladas, pan y galletas. Nunca gambas, eso sería una pesadilla.

Me daba miedo ver cosas nuevas en la televisión, porque todo me abrumaba fácilmente.

Derechos de autor de la imagen Kiki Ljung / BBC Three Image caption Por mi ansiedad tenía pánico de estar sola.

Si veía o escuchaba a alguien que vomitaba o que se estaba mareando, me ponía ansiosa, pero con Friends conocía las historias, así que sabía que no habría sorpresas.

También miraba mucho YouTube, vivía mi vida a través de la de otras personas hasta cierto punto.

Hablaba con amigos en las redes sociales y ellos eran muy comprensivos, pero solo los veía en persona si venían a visitarme a casa.

También tenía un novio en esa época que me apoyó muchísimo. Estuvimos juntos 6 años y mi situación dañó la relación.

Venía a verme pero a veces me daba tanta ansiedad que solo quería que se fuera.

Con frecuencia él daba vueltas alrededor de mi casa hasta que yo me sentía mejor. Muchas veces yo estaba en pijama y ni siquiera podía hablar.

Una boda que me puso a prueba

Aproximadamente un mes después de este episodio grave de ansiedad, mis padres tuvieron que ir a una boda y yo me tuve que quedar en casa sola.

Por mi ansiedad tenía pánico de estar sola.

Me daba miedo que me dieran ganas de vomitar y no hubiera nadie alrededor para ayudarme.

Pero para ellos era importante ir a la boda y yo me habría sentido terriblemente culpable si los obligara a no ir. Sabía que tendría que lidiar con la situación.

La preparación para pasarme esa noche sola fue como un ejercicio militar.

Derechos de autor de la imagen Koldunov / Getty Images Image caption Por mi ansiedad tenía pánico de estar sola.

Mis padres y yo escribimos un gran plan con la programación de televisión, qué iba a hacer cada hora y qué iba a comer.

Como había visto antes videos de vioblogueros, esa noche decidí probar a hacer uno yo misma.

Así que agarré el celular y empecé a explicárselo todo a la cámara.

Hablé de cómo me sentía, de por qué estaba ansiosa, de cómo vivía yo la ansiedad y de por qué había hecho que me aislara.

El grabar cómo me sentía fue como compartir con alguien mi experiencia y eso me ayudó a sobrellevar esas horas sola.

Para cuando mis padres regresaron tenía ya hechos como seis videos, que juntos, con la ayuda de mi ahora ex novio, edité para un primer post en mi videoblog.

Una escalera para superar el miedo

Durante ese verano cualquier cosa podía desencadenar un ataque de pánico o un brote de ansiedad severa. Hasta los cambios en el clima me asustaban.

Un día perfecto para mí consistía en estar en el sofá mientras mis padres estaban en la habitación contigua y no pasaba absolutamente nada a mi alrededor.

Me daba miedo estar tan nerviosa todo el tiempo. No podía dejar de pensar en cómo me tendrían que encerrar en un hospital cuando mis padres ya no estuvieran a mi lado porque no podría estar sola.

La ansiedad es tan sobrecogedora… es como estar nerviosa cada segundo del día pero a un nivel que es 10 mayor que lo normal.

Derechos de autor de la imagen eugenesergeev / Getty images Image caption Para superar su ansiedad empezó a hacer «escaleras para vencer el miedo».

La primera vez que salí fue para ver a una amiga que vivía a cinco minutos de distancia.

Primero fui hasta la verja de fuera. Aunque me sentí abrumada era importante para mí seguir avanzando más allá, ya que después de tres meses sin salir ya no podía soportar más estar en casa.

Al llegar a la puerta del patio de delante de mi casa, di un par de pasos más hasta la calle. Después, unos cuantos más. Me llevó tiempo, pero lo conseguí. No me quedé mucho tiempo en su casa, pero fue un comienzo.

Entonces empecé a hacer «escaleras para vencer el miedo»: en lo alto de la página escribía mi objetivo, como ir al centro de la ciudad para ir de compras.

Después, debajo, escribía una serie de pequeños objetivos, como «caminar hasta la parada del autobús».

Una vez que me sentí preparada, me subí al bus solo durante una parada. Y después seguí haciéndolo hasta que pude completar el viaje entero en autobús.

«Ahora tengo más esperanza»

Las cosas todavía no son fáciles, pero ahora vivo sola.

Fui haciéndome independiente poco a poco, al principio quedándome unos días sola en un apartamento cerca de casa de mis padres.

Derechos de autor de la imagen Kiki Ljung / BBC Three

Con el tiempo me las arreglé para pasar tiempo yo sola sin estar consumida por el miedo.

Ahora trabajo una noche a la semana en un bar local, un lugar hasta el que hace un tiempo ni siquiera podía caminar.

Solía pensar: «Nunca encontraré trabajo ni conseguiré hacer algo por mí misma».

Mis jefes son muy comprensivos. Si no logro llegar a hacer mi turno no se enfadan porque saben que ese día simplemente no consigo salir de casa.

Hacer videos en YouTube también cambió muchas cosas. Es increíble saber que no eres la única persona que está sufriendo ese tipo de ansiedad.

Y al pensar en el futuro, ahora tengo más esperanza.

He estado pensando a qué lugares me gustaría ir si pudiera viajar y qué me gustaría hacer, en términos profesionales, a largo plazo.

Me atrae la idea de trabajar con redes sociales o en el ámbito de la salud mental.

Pero ahora mismo lo importante es ver cómo me siento al levantarme y qué me trae cada nuevo día.

Lee aquí el artículo original en inglés en BBC Three.

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Agorafobia        

Características Causas y Síntomas
Tratamiento en las Fobias

En la Agorafobia el sentimiento de malestar y miedo a la perdida del control, la intensa sensación de inquietud y ansiedad se incrementa al tener que estar en espacios abiertos

En la Agorafobia el sentimiento de malestar y miedo a la perdida del control, la intensa sensación de inquietud y ansiedad se incrementa al tener que estar en espacios abiertos o al encontrarse en lugares que si bien pueden no ser grandes espacios o hasta en la propia casa, son situaciones o lugares donde para la persona la sola idea de perder el control de la cosas le producen estados de ansiedad.
Los síntomas le generan un fuerte miedo a que pueda aparecer una nueva e inesperada crisis de panico y angustia,
Desde la psicología clínica vemos como estos síntomas afectan la mente, el cuerpo y la calidad de vida de la persona.


Para su ayuda, en el tratamiento de la agorafobia, la terapia tiene que implementar una terapéutica puntual y especifica, directa que apunte rápidamente a la disminución de la ansiedad y ayude en el control del miedo y los síntomas agorafobicos.

“La agorafobia es un trastorno de ansiedad
que puede o no estar asociado a los
ataques de pánico o trastornos de angustia”

  • El miedo en la persona agorafóbica suele estar relacionado con un conjunto de situaciones características, entre las que se incluyen estar solo, sin otras personas fuera de casa; mezclarse con la gente o hacer cola; pasar por un puente, o viajar en autobús, tren o automóvil.

    Agorafobia Definición

  • A modo de definición, la agorafobia es un trastorno de ansiedad que puede o no estar asociado los ataques de pánico, la fobia social o la depresión.
  • Si bien la agorafobia es la fobia a los espacios abiertos o espacios donde los limites no están bien determinados, esto no siempre es tan asi, pues al estar ligado a sentimientos próximos al miedo a perder el control puede también presentarse en espacios reducidos como puede ser un medio de transporte o al estar usando un ascensor
  • Algunas veces por error refieren a esta enfermedad como agarofobia, pero en realidad su denominación es correcta es agorafobia.

  • En la agorafobia siempre hay una preocupación excesiva por el malestar o miedo a perder el control y hasta el punto de temer sufrir un ataque de pánico en la calle o en un lugar público, en un tren, un subterráneo o viajando en aviones, pero no siempre implica sentir fobia a la gente
  • La ansiedad que se produce al encontrarse la persona en lugares, espacios o situaciones donde sienta, imagine o perciba que la sola idea de escapar puede resultar difícil o muy complicado.
  • Se presenta generalmente entonces la urgencia y perentoria necesidad de regresar a la casa, como sito de protección, refugio y alivio.

    Agorafobia Descripción de sus Características

  • En las fobias y en especial en la agorafobia el miedo o evitación a aquellas situaciones en las que sería difícil o vergonzoso poder escapar, para llegar a algún lugar donde se sienta seguro y cómodo, es uno de los motivos de preocupación permanente y esta ligado a la ansiedad anticipatoria.
  • Al ser un temor tan intenso, quienes sufren estas fobias suelen evitar dichas situaciones y, en el caso en que las enfrenten, lo hacen realmente con muchísimo malestar.
    Muchas veces, el estar en compañía de alguien, ayuda a disminuir dicho temor.
  • ¿Te imaginas vivir constantemente con miedo al miedo? ¿Te imaginas no poder salir de tu casa por sentir temor a determinados lugares, o quizás por la simple idea de sufrir un ataque de pánico y estar sólo?

Agorafobia Causas

  • Si bien se desconocen la causas exactas que la provocan, los aspectos biológico – genéticos, las características personales, factores socio ambientales, experiencias de vida y aprendizajes, incluidas las enfermedades pueden ser factores predisponentes que influyan en que los síntomas de agorafobia se manifiesten.Otros factores de riesgo que influyen parecen ser

· Depresión y Estados Depresivos

· La utilización de sustancias abusiva de drogas, alcaloides y consumo de alcohol

· Otros trastornos de salud mental, como otros trastornos de ansiedad o trastornos de la personalidad

· Fobias, ansiedad social o fobia social, sufrir de trastornos de pánico, o trastornos de la ansiedad

· Aspectos temperamentales personales como personalidad ansiosa, nerviosa, temerosa o fóbica

· Reaccionar frente a los ataques de pánico con miedo excesivo o conductas de evasión

· Vivenciar sucesos de vida estresantes, maltratos físico o psicológico, muerte o ausencia de un padre, agresiones, bullying,

· Haber sufrido, escuchado o presenciado,hechos traumáticos que dejaron secuelas como las de Estrés Post Traumático TPEP

· Antecedentes familiares de haber padecido de síntomas de agorafobia y otras fobias

Agorafobia Prevalencia

Parecería que en las mujeres el diagnostico de agorafobia es ligeramente mas frecuente que en varones.
Si bien puede tener inicio en la niñez o bien presentarse en adultos mayores, la etapa de aparición es mas frecuente en el adulto hacia los 35 / 40 años

Tratamientos Actuales

La agorafobia puede acompañar a otros trastornos de ansiedad como los ataques de pánico, la fobia social o la depresión, si bien con diferentes características, pero con un similar sensación de angustia y dando como resultado, el no salir de sus casas, ya que consideran que es el “único lugar donde se sienten bien y mas seguros”.
Los temores pueden ser tan abrumadores que la persona puede quedar como “atrapado” dentro de su propia casa.

El Tratamiento de la agorafobia ayuda a la persona hacerle frente a sus propios miedos.

En Buenos Aires desde la psicologia, el Instituto Gubel integra en el tratamiento psicoterapia breve cognitiva que incorpora hipnosis clinica para tratar y superar fobias

Ocasionalmente pueden indicarte medicamentos apropiados para atenuar los sintomas los que junto a la psicoterapia ayudaran a que puedas salir de la trampa de la agorafobia, combatir la ansiedad para desarrollar tu propio cambio y resiliencia.

Ansiedad Agorafobica
Espacios Generadores de Tensión , Angustia, Miedos

Lugares y situaciones comúnmente temidos y con tendencia a la evitación, son los trenes, subterráneos o metro, los colectivos, el avión, el transporte publico en general, los centros comerciales, los eventos deportivos, atravesar puentes, las multitudes, los espacios abiertos, las plazas o el hacer colas o filas en diferentes circunstancias.

Agorafobia Síntomas Típicos

Los Síntomas típicos de la agorafobia incluyen:

· Miedo intenso a estar solo en cualquier situación

· El miedo de estar en lugares concurridos

· El miedo a salir y caminar por las calles

· El miedo a perder el control en un lugar público

· El miedo a estar en lugares donde puede ser difícil de dejar, como un ascensor o el tren

· Dificultad para salir de su casa en largos períodos (salir de casa)

· Sentimiento de impotencia

· La dependencia excesiva de los demás

· La sensación de que su cuerpo es irreal

Las personas con agorafobia, también pueden presentar signos y síntomas similares a los de un ataque de pánico como ser

· Mareos

· Sensación de perder el equilibrio

· Sindrome vertiginoso

· Sensación de caminar como “flotando” o caminar “entre algodones”

· Dificultad para respirar

· Sensación de incompletud respiratoria

· Transpiración o sudoración excesiva

· Aceleración del ritmo cardíaco

· Náuseas

· Malestar estomacal o diarreas

· Dolor de pecho

· Sensación de pérdida de control

· Disfagia o dificultad para tragar

Situaciones comunes evitadas por una persona con agorafobia

Medios de transporte: automóviles (como conductor o pasajero), autobuses, trenes, subterráneos, aviones.

· Avenidas, túneles.

· Estar lejos de casa.

· Quedarse sin compañía, a solas en su casa.

· Esperar en una fila.

· Concentración de personas

· Multitudes: centros comerciales, restaurantes, teatros, ir al cine, recitales, supermercados,

· Ascensores,

· Escaleras mecánicas.

· Aeropuertos

· Parques y Plazas

· Estaciones de trenes, subte o micros

Agorafobia, algo más que miedo a los espacios abiertos

La agorafobia es el temor a los espacios abiertos y, por extensión, a otros espacios de los que puede resultar difícil o embarazoso escapar: grandes almacenes, ascensores, puentes, silla del dentista o del peluquero, etc. En un gran número de casos este temor está relacionado con el sufrimiento pasado o presente de crisis de ansiedad.

El caso de Pepa: “No puedo ir sola. ¡Me desmayaré!”

Pepa comenzó a tener crisis de pánico cuando tenía 22 años. Sus crisis solían comenzar con cierta opresión en el pecho que luego daba lugar a una sensación de vértigo creciente. Todo le daba vueltas y su gran miedo era llegar a desmayarse y golpearse la cabeza al caer, muriendo desangrada. Conforme se hicieron más frecuentes la crisis, notó que parecía que había lugares en los que era más fácil que le diera la crisis. Sus lugares temidos eran aquellos donde había grandes aglomeraciones de gente, como ocurría en los grandes almacenes y en el supermercado. Al principio, comenzó evitando las horas punta, pues de ese modo se sentía más tranquila y parecía prevenir la aparición de nuevas crisis. Posteriormente tuvo que convencer a su marido para que se las arreglara solo con la compra, pues ella se veía incapaz de acudir al supermercado (sola o acompañada). Pepa perdió la oportunidad de consolidar su plaza como profesora debido a que no pudo ir a realizar un curso que necesitaba por el mero hecho de impartirse en una ciudad cercana y tener que desplazarse sola en autobús.

¿Qué es la agorafobia?

A veces, cuando una persona desarrolla un trastorno de pánico por la experiencia repetida de crisis de ansiedad, ocurre que tiende a tener las crisis con más frecuencia en determinados lugares (supermercados, cines, aglomeraciones de gente, etc.). En esos casos es fácil que asociemos esos sitios con el hecho de tener una crisis de ansiedad —algo parecido al enchufe y el grito—, entonces puede ocurrir que “solucionemos” el miedo a tener una crisis de ansiedad evitando los lugares en los que pensamos que es más fácil que nos den las crisis. Dicha evitación nos puede llevar a problemas diversos y en tal caso habríamos desarrollado un trastorno fóbico que se llama agorafobia.

La persona con agorafobia puede evitar muchas y variadas situaciones, desde las ya mencionadas (aglomeraciones de gente) hasta otras menos evidentes según el significado literal del término como: pasar por puentes, viajar en avión, utilizar ascensores, etc. En realidad, para el agorafóbico que ha tenido o tiene crisis de pánico, cualquier situación en la que pueda ser difícil escapar o conseguir ayuda si tiene una crisis se vuelve potencialmente peligrosa ante sus ojos.

No siempre la agorafobia está relacionada con el trastorno de pánico. En un número menor de casos, las situaciones descritas se evitan por miedo a otros elementos que nada tienen que ver con las crisis de pánico. Yo he tratado menos pacientes de este tipo, pero ahora recuerdo un joven que había tenido una experiencia muy desagradable viajando en autobús. Había bebido mucha agua antes de iniciar el viaje y cuando aún faltaba una hora para llegar al destino, comenzó a sentir cierta urgencia urinaria. El autobús no disponía de aseo y eso resultaba aún más agobiante para el joven viajero. A medida que aumentaba la opresión en su vejiga, por su mente pasaba de todo: solicitar al conductor que parase y orinar en la carretera (lo que le producía una gran vergüenza), aguantar como pudiera hasta el destino, e incluso ¡orinarse encima!. Finalmente llegó a su destino, pero con un gran dolor que luego le impidió orinar normalmente hasta pasadas unas horas. A partir de ese incidente comenzó a evitar beber agua antes de los viajes, evitaba los autobuses que no llevasen aseo, evitaba beber agua antes de entrar al cine y cada vez que se ponía nervioso tenía sensaciones de necesitar orinar (aunque luego eran falsas alarmas).

La clave del trastorno

La agorafobia se mantiene principalmente por evitar los lugares temidos. Es importante subrayar que las crisis de ansiedad no se producen por ir a esos lugares. Lo que ocurre es que en esos lugares se dan las circunstancias propicias para que se produzcan los síntomas que disparan la crisis. Síntomas que, por otro lado, son completamente inofensivos. A partir de ellos, comienza la interpretación catastrófica de las sensaciones corporales, pero ahí comienza otro problema: el trastorno de pánico.

El hecho de evitar esas situaciones hace que el agorafóbico se vaya recluyendo más y más en un falso círculo de seguridad , llegando a quedarse aislado en casa (a veces por más de 20 años, como le había ocurrido a un paciente de nuestra clínica).

Mi primer viaje sola fue unos días a los países bálticos cuando tenía 20 años. Fui sola porque me lo pidió el cuerpo y así se lo decía a todo el mundo, para compartir mi emoción y también para asegurarme de que a nadie se le ocurriese unirse a mi viaje. Era solo mío. Atravesé Polonia en autobús (vivía en Praga en aquel momento) y 22 horas después me planté en Tallín, donde quién sabe cómo, supongo que con ayuda de un mapa físico y de los dibujos que me hacía de calles en una libreta para encontrar los sitios, llegué a mi hostel.

¿Tuve miedo en algún momento antes de subirme a ese autobús? La verdad es que no me acuerdo, pero seguro que tuve alguno de esos momentos de duda que tengo aún ahora antes de irme sola a algún sitio. Un tonto «¿me acordaré de cómo se hace esto de viajar sola?» que desaparece en el momento en el que piso suelo extranjero y siento un poco lo mismo que siento en un concierto de algún grupo favorito o cuando bebo mucho café. Se me contraen los músculos, me entra una risita nerviosa y mi cerebro estalla en fuegos artificiales. Quiero gritar que qué emoción, que es todo nuevo y desconocido, y parar a los viandantes para decírselo, pero me contengo. Desde fuera parezco una persona normal.

1. Viajar solo no es obligatorio

Antes de nada, piensa en si lo haces porque no te parece una idea atractiva o si te gustaría, pero tienes miedo a viajar solo. Si estás algo metido en el mundo viajero de internet, sabrás que existe cierta presión para viajar en solitario. Como si cualquier otro tipo de viaje fuese peor, menos auténtico, menos valioso. Y no es así. (Algunos tenemos el miedo contrario, el de viajar con gente). Pero si la razón por la que no emprendes aventuras viajeras en solitario no es que no quieras, sino el simple y muy real miedo, estos son algunos consejos para superarlo.

2. ¿A qué tienes miedo?

Esto suena un poco a autoayuda barata, pero es importante salir del abstracto y poner nombre y apellidos a tu miedo. ¿Qué es exactamente lo que te aterra? ¿Perderte? ¿Aburrirte? ¿Que te roben? ¿Que te asalten? ¿No ser capaz de disfrutar del viaje?

El tema del robo y el asalto es quizá el más grave, pero piensa que te puede pasar también en casa. Por supuesto, que te roben la cartera estando en el extranjero y solo es peor a que te pase en tu propia ciudad, pero basta con ser precavido. Divide y vencerás, es decir, lleva por separado pasaporte y DNI (o ten fotocopias o llévalo escaneado en el mail), separa tus tarjetas y separa el dinero.

Visualiza esas situaciones terroríficas, cómo evitarlas (es más difícil perderse si llevas un mapa) y qué harías si te ocurre. Cuando conviertes lo abstracto en concreto y diseñas contraataques, los miedos se diluyen.

3. Infórmate, infórmate, infórmate

Vivimos en la era de la información y con solo un par de clics podemos resolver casi cualquier duda y viajar sin movernos de casa. ¿Te preocupa no saber cómo llegar a tu alojamiento? Pregúntale previamente a Google Maps, busca la información que ofrece el alojamiento sobre cómo llegar, consulta en TripAdvisor si los taxis son recomendables o el transporte público cómodo. Busca los tipos de tickets y cómo comprarlos, dónde comprar una tarjeta SIM si vas a querer estar conectado, recorre las calles con Street View, lee blogs con experiencias de viajeros, etc.

4. No confíes demasiado en la tecnología

Porque ¿y si te quedas sin batería? Apunta en algún lugar físico la información que vayas a necesitar nada más aterrizar: la dirección del lugar en el que te alojas y cómo llegar (con el GPS ya no hace falta dibujar las calles como hacía yo de joven, pero no está de más hacerlo), su teléfono. Y, ejem, el PIN de tu móvil, por si al encenderlo se te queda la mente en blanco.

Lleva también una batería portátil cargada. Una solución más, un miedo menos.

5. Habla con gente que viaja sola

Descubrirás que no son (somos) superheroínas con recursos para todo, una valentía fuera de lo normal y libres de miedos. Deja que te cuenten sus experiencias, pregunta si nunca dudan, si nunca tienen miedo, cómo hacen para superarlos. Te contarán sus fobias estúpidas (haberse equivocado con las fechas de reserva del alojamiento), sus trucos para superarlas (plan B preparado: app de Booking o Atrapalo o TripAdvisor bien instalada), cómo una vez en el destino, con la realidad presente, todos los miedos se difuminan.

6. Recuerda que ahora es muy difícil estar solo

Esto tiene su lado negativo, pero lo cierto es que si tu miedo es esa salida brusca de la zona de confort, los smartphones y las conexiones de datos hacen posible que esa salida sea muy gradual. Vaya, que es como poner solo una patita fuera de la puerta, porque al otro lado está Whatsapp y tus redes sociales y la posibilidad de hablar con tus amigos como si estuvieras en casa.

Y, sí, esto le quita un poco a la experiencia, pero ayuda a ese primer paso, a ir poco a poco saliendo y viendo que no pasa nada. Ya te olvidarás del móvil y harás cosas temerarias como no conseguir una tarjeta SIM del país y depender siempre del wifi en algún otro viaje del futuro.

7. También puedes hacer amigos nuevos

Fascinante, ¿no? Si tu gran miedo es el aburrimiento, no saber qué hacer tanto tiempo en tu propia compañía, no tienes más que unirte a otros viajeros. Es fácil conocer a gente en tu misma situación en hostels o, si ya has dejado atrás esa etapa de tu vida, puedes buscar el grupo local de Couchsurfing, unirte a visitas guiadas o simplemente estar abierto a conversaciones.

Yo no soy mucho de iniciar conversaciones con extraños, pero sí de dejar que la gente me cuente cosas. En aquel autobús a los países bálticos se sentó a mi lado un señor de unos 60 años que me contó que era italiano, que su pasión era criar abejas pero lo había dejado porque su mujer le dijo «o las abejas o yo» (aunque se quedó sin mujer igual), y que soñaba con volver a tener un par de colmenas al jubilarse. Al entrar en Letonia dijo «¡63!» y me explicó que era el país número 63 que visitaba.

8. Confía en ti mismo

Que sí, que muchos tenemos unas cuantas razones de peso por las que creemos que en realidad no nos deberían dejar salir de casa nunca, pero lo cierto es que una vez fuera, una vez delante de ese obstáculo o dificultad, cuando no nos queda otra, salen a la luz nuestro ingenio y recursos. «Pero ¿y si yo no tengo?», te preguntas nervioso. Sí, tienes, de verdad. Y si no, en ultimísimo caso, lo peor que puede pasar es que alguien alerte a las autoridades de que hay una persona paralizada por el pánico en la puerta del aeropuerto y se ocupen de ti (¡para ayudarte!).

9. Si el ataque de pánico es real

Ahora en serio, si tienes miedo a un ataque de pánico o ansiedad porque ya te ha pasado (si nunca los has tenido es menos probable que te ocurra), vete preparado. ¿Qué haces cuando te ocurre en casa? ¿Técnicas de respiración? ¿Retirarte a un lugar tranquilo? Si ya te ha pasado más veces, lo reconocerás. No es agradable, pero recuerda que sabes qué hay que hacer y que lo puedes hacer estés donde estés. Puedes también informarte de antemano de los teléfonos locales de emergencias y llevarlos guardados en el móvil.

10. Viaja con seguro médico

Seas alguien sano como una manzana o una persona con algún tipo de condición médica, vayas con o sin miedo, viajar con seguro médico es siempre recomendable. Si además viajar solo te da miedo, saber que si te pasa algo te atenderán en un hospital o centro de salud borra ya varios escenarios terroríficos de un plumazo.

11. Confía en la gente

De verdad, la gente es buena. Así en general. Esto no significa que debas irte con el primer desconocido que te ofrezca coche y cama, sé un poco precavido y si alguien te da mala espina di educadamente que no, pero ya está. Ten claro que si te pasa algo —que no es probable pero sí posible (igual que en casa)—, alguien te ayudará, pidas o no esa ayuda. A lo mejor no es la primera persona a la que acudas o que te vea, pero sí la segunda o la tercera. Es humano desconfiar, pero también ver a alguien que está solo y lo está pasando claramente mal y acercarse a ver cómo se puede ayudar. (Y más aún si reconocemos a esa persona como viajera o turista).

12. Empieza por el primer paso: reserva un viaje

Es fácil y lo puedes hacer desde la seguridad de casa: clic y clic y billete de avión comprado. Sigue por el alojamiento. Ahora solo tienes que plantarte en el aeropuerto o estación el día indicado. Subirte. Cerrar los ojos. Ya no hay marcha atrás: una vez en el destino, no te quedará más remedio que abrirte camino. Y tendrás algo de miedo, sí, pero mezclado con adrenalina y felicidad.

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