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Odio a mi padre

Repasemos algunas de estas frases lapidarias que escuchamos a nuestros hijos e hijas:

“Los padres de mis amigos sí que son buenos padres”, ¡pues claro que sí!. De hecho, en las casas de los amigos de tus hijos tú gozas de una reputación estupenda. Yo sin ir más lejos soy la madre “guay”, a pesar de que para mi hija soy una carca y una pesada. Todos los hijos tienen la sensación de que el día que repartieron padres y madres les tocó lo que no quería nadie.

“¡Qué ganas de irme de esta casa!”. Esto de largarse de los sitios en los que tenemos conflictos es muy antiguo, todos hemos amenazado con irnos.

Y es que mientras estamos educando a nuestros hijos, los estamos sometiendo sistemáticamente a un conjunto de normas y límites: “Estudia hija; recoge hijo; come; eso no; a las 10 en casa; etc…” y los hijos creen que, en cuanto se vayan de casa, van a poder vivir en un estado de libertad absoluta (¡qué ingenuos!). Cuando los hijos amenazan con irse de casa, tú recuérdales que estás encantado o encantada de vivir con ellos, y no se te ocurra decirles eso de ahí tienes la puerta. Y menos aún lo de “y si te vas, aquí no vuelvas a entrar”. No te pongas a ser más “flamenco” que tu hijo, pues te recuerdo, que tú eres el que tiene que poner el cerebro en los conflictos con los hijos. Además no olvides nunca que los hijos cuando dicen eso de irse de casa lo que hacen es provocar y buscar el conflicto, por lo que si tú les dices que se vayan, ya se lió y eso no es lo que queremos, que no es bueno para nuestra salud mental. Mientras que decirles lo que les vas a echar de menos les fastidias mucho más y en ocasiones lo de fastidiar un poquito también cuenta o sólo pueden fastidiar ellos.

“Sólo queréis amargarme la vida”. Esto te lo dice tu hija o tu hijo cuando por ejemplo le has impedido ir a un concierto nocturno de reggeaton, de unos individuos gangosos, que hacen canciones en las que solo se hablan de sexo y drogas. ¿Qué quieres? ¿qué te abrace y te diga: ¡olé mi madre y olé mi padre! que vigilan y cuidan por mi bienestar?. Cuando te digan esto, tú no te enfades, simplemente recuerda que están contrariados por las normas y límites que guían nuestra manera de educar, e insisto en que la tranquilidad es nuestra mejor arma, los gritos nos pierden y desgastan y envejecen y hacen que cada día estemos más cerca del ictus.

Para mí estas tres son el top, pero seguro que cada uno en vuestra casa sufrís las vuestras, desde las sutiles tipo la de la “paria social” y las más duras como la de “que no me interesa lo que digas”. No olvidéis que todas son armas arrojadizas, que utilizan nuestros hijos para iniciar una batalla, que están convencidos que van a ganar. Así que sólo puedo daros un consejo: tranquilidad y paciencia, esa es nuestra carta ganadora y como me dijeron una vez “recuerda que es tu y le quieres”.

Qué hacer si mi hijo dice que me odia

  1. Acepta los sentimientos del niño. Comprende el motivo de su enfado. Eso no significa que tengas que ceder para concederle su capricho, sino que es positivo que observes el propio enfado como una reacción natural del niño cuando siente que un límite externo rompe sus ilusiones. Intenta tener empatía para comprender que, aquello que tal vez para ti no sea tan importante visto desde la perspectiva adulta, sí lo es para tu hijo.
  2. No tomes las palabras al pie de la letra. No te tomes como algo personal si tu hijo te dice que te odia, porque tu hijo te quiere. Simplemente, está molesto contigo y lo expresa de este modo. En esta etapa, no tiene el lenguaje y los recursos necesarios para explicarte cómo se siente. Por esta razón, no te tomes estas palabras de forma personal.
  3. Ten paciencia. En unos minutos, el niño se habrá calmado y, entonces, su ánimo hacia ti habrá cambiado. Este tipo de enfado tiene un periodo breve y temporal.
  4. Racionaliza el motivo de la reacción infantil. Aunque estas palabras hieran tu afectividad, en realidad, tu hijo expresa este mensaje para mostrar su enfado cuando le marcas un límite con el que no está conforme. No le preguntes por qué te dice que te odia en el mismo momento en el que siente ira. Espera a que se calme para hablar con él.
  5. Intenta analizar la causa. Generalmente, el niño expresa este mensaje cuando se siente herido por alguna razón. Ayúdale a poner nombre a sus emociones. Por ejemplo, puedes decirle “comprendo que te has enfadado porque no te he comprado ese juguete”. Es decir, por medio de tu propio lenguaje, puedes ayudarle a identificar sus sentimientos.
  6. Dile que le quieres. Refuerza a tu hijo en el mensaje positivo del afecto, al margen de lo que haya ocurrido, tu respuesta es la demostración de amor incondicional hacia él.
  7. Recuerda las anécdotas que tus padres te han contado sobre tus reacciones infantiles. Esto te ayudará a tener empatía con tu hijo.

¡Mi hijo me insulta! Estrategias para afrontarlo

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Cualquier padre o madre de este mundo intentará que sus hijos reciban una buena educación y sean cordiales y respetuosos con las personas no sólo del entorno, si no también en general. Pero puede ocurrir que un niño respetuoso empiece a decir palabrotas y lo que es peor, insultos hacia sus progenitores. Si un niño insulta a sus padres, insultará a cualquiera que se le ponga por delante.

El primer consejo es que intentes no alarmarte, que un niño utilice un insulto como «tonto» o «estúpido» es bastante habitual. Tanto en el patio de la escuela como entre los iguales se utilizan. ¿Por qué? Porque normalmente son palabras aprendidas por los adultos que rodean a los pequeños, éstos lo ven como una palabra «más» sin saber exactamente qué es lo que están diciendo y su único fin es expresar su malestar. En el momento que te empieza a poner a prueba, debes saber cómo reaccionar ante estas incómodas situaciones para evitar que se agraven en el futuro. Pero, ¿cómo hacerlo?

¿Qué hacer cuando un hijo nos insulta?

Tu hijo te acaba de llamar estúpida, ¿cómo reaccionas? Seguramente y primero, sorprendida. Totalmente normal, tu inocente hijo acaba de insultarte pero debes saber que antes de ponerte nerviosa debes tener muy presente que no sabe qué es lo que significa. Por esto mismo justo después de que te haya insultado y con calma mantén esta conversación con él:

  • ¿Por qué me has insultado?
  • Me he sentido … porque…
  • La palabra que me has dicho significa…
  • Hazle ver cómo se sentiría si recibiera un insulto (pero sin insultarle jamás).

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No te enfades por el insulto en sí mismo, porque lo que un menor intenta es saber el efecto que produce en ti la palabra, es por eso que resulta imprescindible que entienda qué significa y descubrir por qué los ha utilizado para evitar situaciones semejantes, y sobretodo, no te alteres.

¿Cómo evitar que tu hijo te insulte?

Los niños deben aprender a manejar su enfado, pero ellos mismos no saben, necesita que tú seas su guía como madre que eres. El primer paso para evitar que los niños insulten es enseñarle que esas palabras hacen daño a las personas y conjunto con una leve reacción tuya ante los insultos verás que poco a poco irán menguando, pero aún y así te explicaré otras buenas estrategias a tenerlas en cuenta:

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  • Sé su ejemplo. Si no usas palabrotas o él nunca te escucha hacerlo será poco probable que lo haga, puesto que tu ejemplo es lo más importante, seguirá tu modelo.
  • Si son provocaciones mantén la calma, ignora las palabras y no te pongas nerviosa porque si no le estarás haciendo un refuerzo negativo y repetirá la conducta.
  • Enseña a tu pequeño que con buenas palabras se consigue mucho más.
  • Establece normas y límites en casa bien claros respecto a las malas palabras.

Ahora ya saber cómo reaccionar si tu hijo te insulta y cómo educarlo para que la situación no vuelva a repetirse.

María José Roldán tiene una diplomatura como Maestra de Educación Especial (Pedagogía Terapéutica) cursada en la Universidad de Barcelona (España) en la Facultad de Formación del Profesorado. Además, es licenciada en Psicopedagogía por la UOC (Universidad Abierta de Cataluña, España). Desde el 2008, trabaja en contacto con el sector educativo y brinda asesoramiento individual a padres y madres.

La vida familiar puede ser una gran fuente de conflictos que, en caso de no ser debidamente gestionados, pueden convertirse en una bola que se hace más grande con el tiempo.

Los motivos de esta tendencia a la intensificación de ciertos conflictos tiene que ver con muchos factores: el trato diario (que hace complicado tomarse unos días de tregua para empatizar mejor con el otro durante el reencuentro), la importancia de los roles parentales y la gravedad de las negligencias en el cuidado y educación de los hijos e hijas, etc.

Por eso, en ocasiones, muchos pacientes que asisten a terapia muestran un grado alto de enfado y resentimiento contra uno de los progenitores, o ambos. Frases como «odio a mi padre» son relativamente frecuentes en este ámbito.

Posibles motivos del odio al padre y cómo solucionarlo

Ahora bien, ¿qué hacer cuando los conflictos de este tipo cobran mucha intensidad y parecen ser crónicos?

Existen muchas posibles causas que explican el nacimiento de este sentimiento de odio, y por eso aquí me centraré en algunas de las más comunes que tienen que ver con el rol de los padres en las culturas occidentales.

1. Si es por sentimiento de culpabilidad

En algunos casos en la historia familiar se producen hechos traumáticos la culpa de los cuales se atribuye a alguien concreto, a pesar de que hacer esto sea una simplificación. Es una manera de tener un blanco sobre el que descargar la frustración.

La figura del padre, que tradicionalmente ha sido relacionada con el rol de protector de la familia, muchas veces es el blanco de estas recriminaciones. Para solucionar estas situaciones es necesario reestructurar los esquemas de pensamiento y las creencias sobre lo que pasó de manera que se adopte una óptica más realista y con más matices y detalles.

2. Si es por historial de abusos

En algunos casos el resentimiento acumulado contra el padre se debe a un historial de abusos sexuales cometidos por parte de este.

Estos pueden ser recientes o haberse cometido en el pasado remoto, pero en ambos casos la solución debe pasar por la apertura de una vía judicial que permita esclarecer si estos abusos se cometieron realmente o no. Durante el proceso, la persona debe permanecer aislada de la influencia del padre, por el posible daño físico o psicológico que este pueda hacerle, además de para evitar que se pueda dar manipulación basada en el chantaje emocional. Por la constitución física de los varones, la capacidad de los padres a la hora de utilizar la coacción física es mayor, por lo que es necesario tomar medidas de seguridad.

Cualquier posibilidad de posible reconciliación entre el padre y el hijo o hija debe de estar supeditada a una reinserción clara y lo suficientemente probada por parte del primero, a largo plazo.

3. Si es por negligencia parental

La negligencia parental, entendida como el abandono de los hijos y la negativa a realizar las tareas de cuidado y educación que deben ser realizadas por los cuidadores de manera obligatoria, es una forma de maltrato infantil que acostumbra a dejar huellas en el comportamiento de las personas cuando pasan a ser adultas. Entre estas huellas es frecuente el sentimiento de odio.

En estos casos la reconciliación acostumbra a ser difícil, ya que los padres que han desatendido el cuidado de sus hijos y el establecimiento de vínculos afectivos con estos durante su niñez acostumbran a no sentir más apego por ellos cuando son adultos, lo cual hace que la separación sea una estrategia efectiva para no tener que estar pensando recurrentemente en todas aquellas cosas relacionadas con los padres.

En los casos en los que estos últimos se muestren arrepentidos y quieran empezar a tener una relación sana con sus hijos, la ayuda de la asistencia psicoterapéutica acostumbra a ser un requisito.

4. Si es por fallos de comunicación

Los defectos en la comunicación es una fuente de problemas y conflictos no solo entre padres e hijos, también en la relación de todos los miembros de una familia en general. La adopción de roles familiares muy delimitados y la creación de temas tabú puede hacer que en el seno familiar se respire una atmósfera opresiva en la que las personas no pueden expresarse de manera honesta, lo cual suele estar asociado a la aparición de un estado de auto-vigilancia contínua y, por lo tanto, de estrés, que puede ser fuente de explosiones de ira y enfados.

En estos casos también es recomendable asistir a formas de psicoterapia en la que se trabaje a la vez sobre varios de sus miembros, para conseguir de este modo que fluya la comunicación.

En el año 1912, Carl Gustav Jung, un médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo, acuñó el término Complejo de Electra en contraposición al de Edipo relatado por Freud. Este fundador de la psicología analítica explicó que dicho complejo consiste en una atracción afectiva de la niña hacia la figura del padre algo que, según él, es muy común a todas las niñas en algún momento de la infancia. Después de esta teoría, han venido muchas otras a confirmar o a quitar la razón, pero lo que, sin duda no tiene contestación, no al menos en contra, es que la figura del padre es también muy importante para los hijos y tiene un componente especial en las niñas. ¿O no?

Alejandro Busto es psicólogo clínico en Psicología Ceibe y padre de dos hijos, uno de ellos, es una niña. La primera equis a despejar para poder seguir hablando es si realmente la figura paterna (generalmente la primera masculina) será la más importante y la que, de algún modo, configure su futuro, entre otras cosas, en cómo establecerá sus relaciones de pareja en la etapa de adulta. Busto cree que no necesariamente. “Como referente de lo masculino parece claro”, explica, pero “siempre que nos preguntemos qué es lo masculino. Hay autores que hablan de esa figura masculina como “el primer amor” y que no es más que una especie de eslogan simpático que parece marcar las elecciones futuras de la mujer a fuego”, sostiene. “Pero no estoy en absoluto de acuerdo, yo prefiero que hablemos de referentes, de referentes de un tipo de masculinidad, de masculinidad distinta de la establecida, de gestión emocional o no, de autoridad ética o autoritarismo, de empatía o incomprensión, referentes que influyen pero no determinan”, sentencia.

El padre en su papel cultural y social

Comencemos por la primera etapa. Sabemos que la figura de la madre es primordial durante la lactancia o, si esta no se da, en la etapa de bebé, o lo que es lo mismo hasta los dos años que es más o menos lo que suele durar el puerperio (o la exterogestación) ¿Qué influencia podría tener ahí el padre? Desde un punto de vista biológico, el padre, junto con el resto del grupo, tiene un papel fundamental en el sustento y cuidado de la díada madre-bebé, pero ¿y en lo social? También.

El psicólogo está de acuerdo en que sí, en que los primeros años se construye mucho, “entre otras cosas la autoimagen, la autoestima, nos guste o no somos agentes de influencia decisivos… y si parece que no hay mucha discusión sobre el papel de la madre, sí la hay sobre el papel de los padres». «Pero para mí, la respuesta es clara: no solo en la lactancia, sino en todos esos años y en todas las interacciones, la influencia del padre es toda», prosigue. «Y toda significa que nada es gratis. Lo que digas o lo que no digas, el que estés o no estés, tu estilo de educación, tu implicación o no. Nada es gratis y va a algún lugar. Y ese lugar es la autoestima, la propia valoración que el niño (en este caso la niña) comienza a construir de sí mismo”, explica.

El psicólogo recuerda una anécdota que relató en un libro, una experiencia con su hija respecto a la lactancia, “una frase suya muy sabia respecto a nosotros los hombres y las tetas. Yo quise jugar a darle la teta, le dije que “papá también tiene tetas”… y ella me dijo que sí, pero que “las tetas de Mamá “tenen leche”… y las de papá tenen pelos” es decir… me vino a decir, no me des la teta que no puedes, haz otras cosas que permitan que me la siga dando mamá, que es lo suyo, así que creo que ese es nuestro lugar de influencia, que al final es una forma de comunicarnos, una forma de relacionarnos y convertirnos en circunstancia favorable de una autoimagen valorada y cuidada de sí misma”, dice Busto.

Otra cosa que sucede o más bien sucedía, porque la paternidad está cada vez más implicada, es que el padre sentía una especie de miedo o rechazo a coger al bebé y siempre se aducía a un miedo a lastimarlo. El experto cree que no es miedo al bebé “sino a sentir”. “Si dibujamos el escenario nos sale lo siguiente», explica: «Por un lado la llegada de una bebé a la vida de hombre, la paternidad… que es profundamente emocional. Por otro lado, hombres padres, poco habituados a sentir… porque no han tenido referentes emocionales, porque no saben o porque la sociedad no les deja».

«Ahora dime ¿qué es más cómodo? ¿Comer con tenedor y cuchara o con palillos chinos? Y tú dirás… pues depende de si eres chino o no… de si sabes o no… así que en esta sociedad, para la gran mayoría de hombres padres es más cómodo servir al sistema patriarcal jugando el rol de patrocinador de la familia y ejercer ese lugar conocido ya aprendido y cerrar el círculo del mandato social». «Más cómodo que ser parte activa de la crianza», continúa, «que influir conscientemente en su aprendizaje social y relacional, sometiéndose al torrente emocional que significa vincularse cada día, reinventándose cada minuto. Mal empieza un padre su relación con los hijos si, probablemente sin ser consciente, su primer consejero es el miedo a las emociones y los sentimientos». Porque eso será lo primero que transmita. «Es posible que los padres comiencen a relacionarse con los niños más grandes a través del juego, porque en el juego las emociones están permitidas y no censuradas… y para entonces el niño o niña ya está en primaria y la autoestima más o menos consolidada pero a veces ya es tarde”, argumenta Busto.

¿Qué pasa si la figura del padre no está?

Las estadísticas son muy claras al respecto y el número de divorcios o separaciones es considerablemente alto por lo que muchos niños (y en el caso que nos ocupa, niñas) pasarán su infancia viendo poco o, en los casos más desgraciados, nada a sus padres. ¿Qué consecuencias directas tiene esto en la niña para la construcción de sus futuras relaciones sentimentales con hombres? El psicólogo no lo ve concluyente ya que “basándome en experiencias de mi consulta puedo afirmar que algunas de las mujeres que mantienen relaciones de pareja poco beneficiosas, neuróticas o patológicas lo relacionan con ciertos tipos de paternidad… pero no es menos cierto que esto también se observa, y mucho, en las relaciones con las madres, porque como hemos dicho la relación precisamente es con la madre prioritariamente con quien empezamos a construir vínculos”.

Custodia compartida

Existe, y cada vez es más común, cuando llegamos a la separación, la opción de la custodia compartida. Cuestiones legales al margen, ¿qué opinión le merece este tema? “No se pueden tomar decisiones sobre la base de porcentajes: Ni custodia compartida por bemoles, como pasa en alguna comunidad autónoma de este país diverso, ni custodia a la madre siempre, ni al revés», admite. «Cada historia y cada sistema merecen una especial atención y no parece razonable darle la custodia compartida a un padre que no ha estado presente y le van a presentar a sus hijos el día del juicio o a un maltratador o a un tipo que simplemente no ha ejercido una paternidad responsable” afirma. Lo que sí parece obvio es que “hay una mayoría de casos en este país donde la crianza y la educación las han ejercido las madres, con mayor o menor acierto y esto lo podemos discutir. Voy a inventarme el término de custodias merecidas que es en lo que creo. ¿Estamos hablando de influir en la vida de los hijos? Pues la posible custodia de futuro se empieza a conquistar y a merecer el día que la pareja sabe que está embarazada, no el día de la separación o de la ausencia”.

El trato del padre hacia la madre como modelo

¿Determina de alguna manera a la mujer que será la niña de hoy cómo trate el padre a la madre? El psicólogo no lo cree al 100%: “La determinación deja sin libertad al ser humano, los deterministas a veces son historicistas o genetistas o biologicistas…no, determinar, no. Yo creo en la libertad al estilo que explicaba el gran Viktor Frankl. Circunstancias que influyen para que tomemos nuestras decisiones, facilitadas o no por esas circunstancias. Desde luego que una niña absorbe la relación de sus padres y va a estar influida por el estilo de comunicación, relación y gestión de conflictos de su padre. Y que no aprende las mismas cosas una niña cuyo padre ama en la palabra y los hechos a su pareja, su madre, que uno que no lo hace. Porque dice «te quiero» mientras ignora, o dice “eres lo más importante”, mientras los hechos demuestran que lo importante es su trabajo por ejemplo. Y no es igual la agresividad, el insulto, el desprecio, que la comprensión, la empatía y la asertividad”.

Padre maltratador, hija, ¿futura mujer maltratada?

Tradicionalmente, se ha establecido que las niñas que vivieron maltratos en su infancia son mejores candidatas a sufrirlos siendo adultas, casi todas las escuelas coinciden en esto, ya que la relación causal entre el maltrato y la posterior búsqueda de la pareja es un hecho bastante estudiado. Hijos ven, hijos hacen. “Decía Einstein que el referente no es la mejor forma de influir, es la única forma de influir, lo que supone que sea lógico pensar que sometidos a un modelo de víctimas y verdugos, eso es lo que sabrán o necesitarán hacer. Quizá junto a otras variables tendremos una víctima o tendremos un verdugo. Y creerán en una especie de diabólico y patológico juego, que asumir estos roles es la forma de “salvar” a sus padres de lo que hicieron con ellos”, explica el psicólogo. Obviamente a la inversa, “otros tipos de crianza más empática y respetuosa también se han vinculado a personalidades más equilibradas y consistentes, siguiendo el mismo modelo, pero, no hay que hacer psicología barata de manual de autoayuda, debemos respetar la historia de la gente», dice.

«No podemos, diría no debemos, afirmar que todas las mujeres que de niñas sufrieron un padre ausente, autoritario, castigador o maltratador tendrán vidas disfuncionales o relaciones de pareja traumáticas. Eso es determinismo y no creo en él. El ser humano es deliciosamente complejo y el tipo de paternidad no es más que un elemento de influencia en el entramado de construcción de la autoestima sana. ¿Esto significa que da igual?, que es gratis ¿y podemos ser cualquier padre? Obviamente no. Gratis no es. Pero tampoco determinante», reitera Busto.

«Vemos a diario en consulta pacientes con historias de las de no dormir, y son capaces (ellos no sus terapeutas) de reconstruirse y apostar por la felicidad, tomando decisiones saludables a pesar de y contra su propia historia. Los fantasmas del pasado, al decir de Boris Cyrulnik, solo murmullan y a veces hablan más de la cuenta. Pero en ningún caso, escriben nuestra vida. Es parte de nuestra responsabilidad mandarles callar y ser nosotros y nuestras decisiones los protagonistas”, concluye.

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No quiero a mis padres

Hola chicxs:

Nunca he tenido una relación «buena» con mis padres, pero tampoco he tenido una relación «mala» tampoco. No quiero sonar desagradecida: siempre me han vestido, me han dado alojamiento, me han alimentado, nunca me ha faltado de nada, como comúnmente se dice. Pero mis padres siempre me han machacado psicológicamente (especialmente mi madre) y siento que me han «maltratado» un poco. No quiero hacerme la víctima, nunca me han pegado físicamente, pero en mi casa siempre he crecido con gritos y voces, malos comentarios hacia mí por todo: por mi peso, por no ser como las demás niñas (no era la típica niña delgadita y mona sino que era un poco gordita y de gustos frikis en plan leer libros y demás), porque hablaba, porque no hablaba, porque no quería ir a misa (a día de hoy soy atea), porque tenía el pelo muy lacio, porque era demasiado bajita… en fin, todo en mí estaba mal.

De pequeña lo pasaba muy mal, iba a casa de mis amigas a los cumples o a merendar y veía que la relación que tenían con sus padres era completamente distinta a la mía: había cariño, besos, abrazos, las típicas riñas como en todas las familias pero nada comparado al mal ambiente en mi casa. En mi casa nunca quise traer a amigas porque mi madre aprovechaba para soltar malos comentarios sobre mí delante de mis amigas y me hacía sentir mal («mira qué delgadita Fulanita, ¿por qué no eres como ella?») y cosas de ese palo.

No me quiero alargar más para no aburriros, el caso es que bueno, no quiero ser desagradecida con mis padres ni quiero sonar egoísta, pero digamos que para «sobrevivir» me «desconecté» de ellos emocionalmente, aprendí a callar, a aguantar, a decir a todo que sí y a que no me afectara nada de lo que me decían, y a día de hoy, adulta y mucha terapia mediante, siento que son dos extraños para mí. Siento que no quiero a mis padres.

Yo cumplo con mis «obligaciones» de hija, voy a las cenas de Navidad, estoy cuando toca, cuando alguno de los dos se ha puesto enfermo voy al hospital y le atiendo… ¿me entendéis, no? Pero siento que no son nadie para mí, no los siento como si fueran mi familia. Y eso me pone muy triste.

Ya tenemos una edad y alguno de los padres o madres de mis amigos pues tristemente van falleciendo por unas cosas u otras, cáncer y cosas así. Y veo cómo lloran mis amigos y lo mal que lo pasan, y yo lloro con ellos. Pero pienso que el día que me toque a mí no voy a llorar por mis padres, aunque suene horrible y como una mala persona, pero de verdad, es lo que siento. Para mí son dos extraños, son dos personas que siempre me han hecho sentir que soy menos que los demás, que me han creado inseguridades y ansiedades por cosas absurdas y nimias y que aún hoy en día sigo lidiando con las consecuencias de todo aquello, no sé.

También, mis amigas tienen hijos y los abuelos están que se les cae la baba y ayudan en lo que pueden. Yo no tengo hijos pero cuando los tenga no me gustaría que tuvieran mucha relación con mis padres, no quiero que les hagan el mismo daño que me hicieron a mí. Y tampoco dejo que mis padres participen mucho en mi vida. Nunca llevo a mis parejas a casa ni les cuento casi nada sobre mi vida para poder ser feliz y que no me amarguen o me hagan llorar como cuando era pequeña.

La verdad es que vivo feliz así, yo hago mi vida, ellos la suya y ya está, no pasa nada, todo no tiene que ser como las familias americanas felices de las series de la TV, el mundo real es otra cosa. Pero me siento mala persona, mala hija, desagradecida… Porque soy incapaz de sentir nada por mis padres. Siento que me falta algo.

¿A alguien de vosotrxs le pasa algo parecido? Siento mucho el mensaje tan largo y muchas gracias por leerme.

Abrazos.

admin

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