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Pareja por destino

Seguro que muchas veces habrás oído aquello de “estábamos destinados a conocernos”. Es un comentario común entre esas personas a quienes les gusta pensar que su relación, lejos de ser un hecho casual, tiene detrás todo un designio del destino. El querer a alguien o el sentirnos enamorados hace que en ocasiones vayamos más allá de esa visión romántica para adentrarnos ya en una dimensión casi “mágica”,

Vale la pena adentrarnos hoy, desde un punto curioso, en todas estas construcciones mitológicas para analizarlas en detalle. Todas somos conscientes de esa unión especial que establecemos con nuestra pareja, pero lejos de sumirnos únicamente en esa visión mágica y especial, existe la necesidad de mantener los pies en el suelo en todo momento. Todos tenemos un destino, no cabe duda. Pero nunca olvides que el destino lo marcamos con nuestras elecciones, con nuestras decisiones. Y siempre tendrás ese poder de elección para decidir a quien amas, con quién deseas compartir la vida, y a quien dejar si no eres feliz. Demos pues un vistazo a todas estas visiones tan especiales sobre el amor.

El hilo mágico del destino en el amor

Puede que pienses que es el propio destino quien echa por ti las cartas del amor. Él quien decide cómo y cuando poner en tu camino a esa persona que habrá de formar parte en tu vida. Tener esta visión no es negativa, pero hemos de ser prudentes. Dejar en manos del destino algo tan importante como nuestras relaciones afectivas, provoca, de algún modo, que nosotras mismas dejemos de tener poder de decisión sobre lo que ocurre en nuestras vidas. Vale la pena entonces equilibrar la balanza. Deja que el destino te seduzca, pero sé siempre tú quien escoja y quien decida.

Dentro de esta dimensión “tan especial” sobre el amor, existen dos teorías curiosas que vale la pena recordar y que, sin lugar a dudas te harán sonreír. Toma nota:

1. Teoría de la sincronicidad

No existe la casualidad, existe la sincronicidad. Esta teoría ya fue enunciada en su momento por Carl Gustav Jung, Este médico psiquiatra y psicólogo fue precursor junto a Sigmund Freud del enfoque del psicoanálisis, aunque su perspectiva científica fue un poco más allá.

Jung solía hablar a menudo de la sincronicidad como una conexión íntima y especial entre el individuo y su entorno. En ocasiones se ejercen fuerzas de atracción hasta originar situaciones coincidentes. Como puede ser por ejemplo estar pensando en una palabra, y, de pronto, ver ese término en un cartel publicitario. Para él las coincidencias no existían, pero eso sí, las personas deben ser muy receptivas al mundo que les rodea para sentir todos esos estímulos que podían estar relacionados con nosotros. Años después, este enfoque empezaría a relacionarse con algunas teorías de la física cuántica. Todo un curioso campo de estudio que, según él, nos llevaría a la conclusión de que las personas, no se conocen por un acto casual. En ocasiones, el contexto a nuestro alrededor se predispone para que, simplemente, dicho encuentro se suceda.

2. Teoría de los hilos rojos del destino

La teoría del hilo rojo también resulta interesante dentro de esta perspectiva. Tiene su contexto en una creencia tradicional de Asia Oriental, y está muy asentada entre el pueblo japonés. Su idea se basa en que las personas al nacer, ya estamos predestinadas con la que ha de ser nuestra pareja. Y esta unión se establece por un hilo invisible, un hilo de color rojo.

Dentro de esta mitología oriental esto se identifica con la idea de que existe una vena que conduce desde nuestro dedo meñique hasta nuestro corazón. Y que a su vez, está atada con un hilo rojo a esa persona que está predestinada a ser nuestra pareja afectiva. Es un vínculo que existe siempre. No importa cuánto tiempo discurre hasta que esas dos personas se encuentran, pero dicho instante se dará en algún momento de nuestra vida más pronto o más tarde.

Cuando dicho encuentro se haya dado, ya nunca podremos separarnos. El vínculo ya es más fuerte y ese hilo ya está tensado. Si nos alejamos sentiremos un dolor insoportable…

Todos somos dueños de nuestro destino

Lo admitimos. Todas las visiones anteriores disponen de su encanto y, creer en ellas, hace que nuestra relación sea aún más mágica y especial. Pero vale la pena recordar varias cosas. Creer en el destino de un modo férreo hace que perdamos cierto control sobre nuestra vida. Y eso es un riesgo. Jamás pierdas la perspectiva de tu vida y de tus relaciones. No atribuyas a factores externos problemas del presente, ni dejes en manos de la providencia situaciones que tengan que ver contigo.

Para mantener una relación madura, estable y feliz, debemos ser consecuentes y dueñas de nuestras propias acciones. Ama con apertura y equilibrio, eres tú quien ha elegido a la persona que forma parte de tu vida y tú quién ha de jugar en todo momento si eres feliz o no. En el momento en que no lo seas, decide qué acciones tomar. Pero nunca te rindas o dejes en manos de “algo invisible o intangible” las elecciones que tú misma debes tomar.

Creer en estas ideas es positivo desde un punto de vista cultural. Desde un plano curioso y anecdótico. Pero el amor, las relaciones personales y afectivas son una dimensión demasiado seria como para perder algún tipo de control sobre lo que nos ocurre y lo que sintamos. Siempre habrán encuentros casuales. Siempre sucederán cosas que escapen a nuestra comprensión, la vida a veces tiene sus juegos, pero recuerda: sé dueña de tu destino en todo momento con tu poder de elección. Elige lo que de verdad, haga feliz a tu corazón.

El amor es fácil de evocar, pero es difícil de explicar. No se trata de cualquier cosa, sino de aquello a lo que Goethe se refirió como lo único necesario en el mundo de los seres humanos. Pero aquello tan necesario es siempre un misterio: he ahí, quizá, por qué nos embelesa tanto el amor, y por qué no renunciamos a él.

Sin embargo, siempre queremos encontrarle explicaciones –filosóficas, científicas o hasta metafísicas– a esa pasión que se nos presenta de maneras tan imprevisibles en distintas etapas de la vida.

Muchos creen, por ejemplo, en una especie de contínuum en los procesos individuales del amor, desde el primero hasta el último. En esta concepción, cada uno de estos procesos tiene sus características predeterminadas: los primeros amores son los que siempre están ahí, mientras que, entre los amores de madurez, siempre hay uno que se devela como el “amor verdadero” de nuestro destino.

Existe incluso una famosa metáfora japonesa que indica que estamos ligados desde que nacemos a nuestro amor verdadero, por medio de un hilo rojo amarrado en nuestros respectivos meñiques. Pero sea cual sea la aproximación, siempre estamos destinados a estar con otro, a tal grado que los reencuentros entre amantes son recurrentes más allá de la ficción. Y muy probablemente, a todos nos ha pasado.

No obstante, valdría la pena no entrometer sólo al destino, y pensar que también estamos determinados por otras cosas a estar cerca de una persona. Por ejemplo, por nuestro cerebro, que tiene un papel fundamental en la manera como afrontamos la existencia. En los mecanismos de nuestra psique, el amor y el odio son instintos de supervivencia que, sorprendentemente, ocurren en y activan las mismas regiones del cerebro.

Eso explica los momentos en los que creemos “odiar” al otro, siendo que en realidad lo amamos.

Así que nuestras neuronas sin duda condicionan la manera en la que amamos; no nos atreveríamos a decir que lo hacen más que el destino, pero definitivamente juegan un rol esencial. Entonces, destino y psique podrían tener alguna complicidad en este devenir del amor y sus sincretismos. Pero en un sentido más terrenal, la explicación de por qué las personas destinadas una a la otra se reencuentran necesita de un último elemento: la voluntad.

A nivel psicológico, el “hilo rojo” de la metáfora japonesa se podría entender, más bien, como una cuestión de resistencia: cuando una relación ha podido afrontar momentos difíciles y rupturas y la pareja es capaz de darse segundas y hasta terceras oportunidades, existe sin duda un vínculo de comprensión que fortalece el sentimiento de amor –y que, de hecho, debería ser inherente a todo buen cariño–.

Al respecto, Shirley P. Glass, psicóloga y autora experta en relaciones de pareja, compartió para El Confidencial:

La gente que es capaz de reconectar y volver a enamorarse de la misma persona siente que su amor es único, más especial que el del resto.

Por supuesto que esto no debe confundirse con el aferramiento emocional, la codependencia, o las expectativas ilusorias que suelen aparecer cuando ya no amamos a las personas sino a la zona de confort que nos representan. Basta ser francos con nosotros mismos, y cuestionarnos (aunque la verdad no nos guste), para detectar si en verdad se trata de un amor “destinado” que pareciera ser inevitable a nuestros ojos.

El hilo rojo del amor, ese reencuentro con la persona a la que estamos “destinados”, bien podría traducirse como una lucha consciente por querer estar con la persona que nos electrifica y con la cual nos mimetizamos. Es una voluntad la que nos mueve, y no sólo el destino, nuestros impulsos cerebrales o cualquier otra fuerza más allá del querer. Es esa fuerza que requiere también de tener valor y confianza en nosotros mismos; de cultivar el amor propio y reconocer si es necesario soltar o no hacerlo.

Reflexionar sobre esto es útil para afrontar los problemas que toda pareja tiene y no renunciar a quien podría ser nuestro verdadero amor. Porque, ¿y si el hilo rojo se cortó? Dependerá de ambas personas si quieren rescatarlo.

10 Historias de amor que revelan que el destino existe

  • A menudo, volviendo a casa del trabajo muy tarde, siempre recorría el mismo camino. Daba igual la hora, siempre me encontraba con un chico de pantalón corto con patitos amarillos que fumaba en la puerta, lloviese o luciera el sol. Parecía una especie de ritual. Con el tiempo, comenzamos a saludarnos, pero sin familiarizarnos. Un mes antes de que me despedieran, desapareció. Fui a una entrevista de trabajo y de repente lo vi, con traje y apariencia seria. Gritó que era el destino y me aceptó para el trabajo. Tres meses más tarde, me propuso matrimonio. Me regaló unos pantalones cortos iguales. Y fumamos juntos.

  • Una semana antes de mi boda, descubrí que mi prometido me engañaba. Inundada por la pena, decidí quemar mi vestido de novia. Caminando hacia los contenedores de basura, llorando a lágrima viva, me encontré con un chico en la misma situación. Nos entendimos sin necesidad de palabras y fuimos… directamente al Registro Civil. De camino, nos conocimos, él era bastante agradable, sorprendió con las manos en la masa a su novia también dos días antes de la boda.
    En una semana, hicimos las maletas y recopilando todo el dinero que teníamos para las bodas fracasadas compramos boletos a Río. Al principio fue complicado vivir juntos, pero ahora agradezco al destino que me haya unido con este hombre único.

  • Cada día, a las 6.30 de la mañana voy a la universidad en un autobús verde. De un extremo de la ciudad a otra. El trayecto dura una hora y media. Y, al igual que todos los estudiantes, durante el camino duermo. Durante casi un año me quedaba dormida al hombro de un chico que iba en el asiento de al lado. Esta mañana, ¡me trajo una pequeña almohada! Con un bolsillo secreto… donde había una nota: «No sé cómo te llamas, pero eres tan hermosa durmiendo que quiero casarme contigo».

  • Este verano me caso con mi chico, cuyos vecinos son nuestros buenos vecinos en mi casa de vacaciones. Él decidió contratar como organizador de la boda a su compañero de escuela, el mismo con el que yo estudié en la universidad. Este organizador acudía a una academia de baile y bailó con la exnovia de mi hermano en una fiesta de la empresa donde trabaja mi madre. La abuela de mi futuro marido vivió en la calle de al lado. Y su mejor amigo, toda su vida vivió frente a mi casa acudiendo a las mismas tiendas que yo. Y todo esto en una gran metrópolis… Se dice que toda la gente en el mundo se conoce a través de 7 apretones de manos, pero mi chico y yo nos conocemos solo a través de uno.

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Recuerda que el futuro tambien se puede cambiar, tenemos libre albedrio. Todos los actos generan unas consecuencias

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