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Estos niños son incapaces de desarrollar emociones como la empatía, el amor o la compasión, lo que se traduce en dificultad para mostrar arrepentimiento por las malas acciones (en realidad, no saben que están haciendo una mala acción). Y aquí ya hablamos de causas biológicas. No se trata de niños que en algún momento perdieron la capacidad de ser empáticos, sino que nunca tuvieron esa capacidad.

Por otro lado, podrían tenerse en cuenta ciertas causas sociológicas, en un entorno en el que se desprestigia el sentimiento de culpa y se alienta el consumismo, la gratificación inmediata y el hedonismo (valgan como ejemplo los concursos y reallitys de televisión en los que no son válidos factores como el esfuerzo, la inteligencia o la empatía para triunfar).

¿Qué podemos hacer para prevenir la violencia de nuestros hijos

Vemos que no todos los factores son controlables y en ocasiones existen causas biológicas asociadas a determinados trastornos psicológicos que hacen que un niño maltrate a sus padres.

Pero si hay algo en nuestra mano para evitar el maltrato de los hijos (y voy más allá, para evitar el maltrato a sus compañeros, para excluir la violencia como un modo de relación con el entorno), destacaríamos los puntos siguientes:

  • No ser violentos con ellos. No pegar a nuestros hijos ni aplicar con ellos ninguna forma de maltrato es fundamental para que ellos no vean el maltrato como una forma habitual de relacionarse. Una de las consecuencias de los azotes es esa normalización de la violencia.
  • Eduquémoslos en las emociones. Recordemos que la educación emocional está entre las bases para que los niños de hoy sean adultos capaces y felices. La disminución de la violencia y el altruismo están vinculados al aprendizaje emocional. Y para ello es clave enseñar al niño a gestionar sus emociones.
  • En relación al punto anterior, es importante compartir con ellos sentimientos y preocupaciones, comunicarnos intensamente, buscar intereses comunes…
  • Expliquémosles las razones morales y prácticas que supone su mala acción. Por muy pequeños que sean, aun cuando pensemos que no van a entendernos, es importante hablar con ellos una y otra vez sobre estos temas.
  • Enseñémosles autocontrol, la capacidad de esfuerzo, la necesidad de los errores para aprender, herramientas para la canalización de los conflictos…
  • Debemos ser claros en los valores y las normas, explicadas, para que no se sientan desorientados o inseguros y tengan puntos claros de referencia, al tiempo que respetamos su forma de hacer las cosas dentro de lo acordado. Hay que hablar con ellos para explicarles cuáles son sus deberes o papel en las tareas de la casa, porque ellos también son importantes en ello.
  • Mejoremos la autoestima de los hijos, pues tener una valoración positiva de uno mismo les ayudará a afrontar la vida y las dificultades de modo decidido y positivo.
  • Para llevar a cabo todos los puntos anteriores necesitamos dedicarle tiempo a nuestros hijos.

La violencia, física o psicológica, de niños y adolescentes hacia sus padres tiene una incidencia cada vez mayor tanto en las familias tradicionales como en las monoparentales (más elevadas todavía). Y lo que conocemos tal vez sólo sea la punta del iceberg, porque muchos padres no denuncian estos hechos.

Fotos | wsilver y mdanys en Flickr
Más información | Nuestra edad, Reflepsiones
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La violencia psicológica que se ejerce sobre la pareja, es también maltrato infantil, es sin duda violencia contra los hijos.

Dado que el maltrato psicológico se caracteriza por ser mucho menos visible y detectable que el maltrato físico, los hijos que crecen en una familia donde esto ocurre, lo aprenden e internalizan como la forma normal de relacionarse. Son víctimas desde una doble vía: aprenden una forma patológica de relacionarse con los otros y además padecen las secuelas del maltrato de la misma manera que la persona maltratada.

Es muy frecuente que los hijos varones se conviertan en futuros maltratadores mientras que las niñas tienden más a convertirse en víctimas de maltrato cuando llegan a adultas. Esto es una tendencia, lo que implica que pueden darse excepciones en ambos géneros.

Es un mito que alguien que maltrata psicológicamente a la persona que es su pareja y a la que dice amar, no sea también una persona que maltrata a sus hijos de una u otra forma.

Ser testigo y víctima de una comunicación tóxica, basada en el control, la manipulación, el chantaje, el discurso ambivalente (si hago esto es porque te quiero) y la progresiva aniquilación de la autoestima de otro ser humano, pasa unas facturas enormes a los hijos que respiran esa atmósfera. Las secuelas son tanto físicas como psicológicas y les afectan a su presente pero también a su futuro: condicionan la vida de los niños de forma muchas veces irreversible.

Seguramente muchas personas intuyen que el daño será psicológico. Lo que en general se desconoce es que las secuelas pueden ser también de índole física, puesto que el desarrollo de los niños se ve alterado por la exposición a ambientes emocionalmente tóxicos. Estas consecuencias son, entre otros, problemas relacionados con el sueño y la alimentación, retraso en el crecimiento, síntomas psicosomáticos tales como asma, problemas de piel e, incluso, retrasos de crecimiento, retraso o poca habilidad motriz.

A nivel emocional el daño es mayor, afectando a todas las escalas de una estructura de personalidad en formación, con problemas de ansiedad, ira, depresión, trastornos del apego, del autoconcepto e incluso trastornos de conducta en la adolescencia y edad adulta. En la infancia todo eso se traducirá en problemas de comportamiento tales como conducta agresiva hacia iguales o hacia animales, rabietas, comportamiento disruptivo, hiperactividad, habilidades sociales muy pobres, falta de empatía, aislamiento y depresión.

El autoconcepto es la imagen de “sí mismo” que el niño construye. Esta construcción la hará con los materiales que le proporciona el entorno, esencialmente sus padres, a través de quienes se identifica, es decir, el niño adquiere el autoconcepto mediante un proceso de imitación en el que incorpora en sus propios esquemas las conductas y creencias de aquellas personas que son más importantes para él. Así, no es difícil entender, que cuando dichas creencias y conductas son tóxicas y de maltrato para con los otros, ese será el esquema de sí mismo interiorizado por el niño y que más adelante desplegará en su forma de relacionarse con los otros.

Emociones como la culpa, la impotencia y la rabia son compañeros de viaje en la infancia de aquellos niños que ven como uno de sus progenitores maltrata al otro. Culpa porque los niños menores de cuatro o cinco años aún no tienen desarrollada por completo la teoría de la mente, etapa del desarrollo a través de la cual pueden empezar a ponerse en el lugar de otro y entender que no todo gira en torno a ellos (el egocentrismo infantil es normal, deseable y evolutivo) y por tanto tienden a creer que el dolor, la tristeza y la sumisión de la persona maltratada deben de ser culpa suya, por algo que han hecho aunque no saben muy bien qué. A partir de la edad en que ya son capaces de entender que lo que ocurre puede que no sea culpa suya, entonces sentirán la impotencia que deriva de no poder remediar ni evitar el dolor de alguien a quien quieren profundamente.

Lo verdaderamente perverso de la exposición infantil al maltrato es lo que los expertos llamamos el “doble vínculo”: el niño recibe dos mensajes contradictorios imposibles de resolver, por un lado está programado para “imitar” la conducta de sus padres aunque esta sea patológica o reprobable y por otro también ve el sufrimiento y el progresivo deterioro de la persona maltratada. El doble vínculo es foco de ansiedad y origen de trastornos posteriores.

Quiero insistir en que el maltrato psicológico (sin maltrato físico) es poderosamente lesivo porque en la mayoría de los casos no es percibido por la víctima como maltrato y por tanto no hará nada para defenderse, sino que tenderá a culpabilizarse cronificando así un daño que afectará siempre a los hijos.

Por otra parte, habría que preguntarse sobre la capacidad educativa y emocional de una persona que es maltratada psicológicamente, qué puede aportar a un niño, de dónde va a sacar la energía que se requiere para criar, la paciencia, la tolerancia, la flexibilidad. Se necesitan ingentes cantidades de recursos psicológicos y emocionales para criar a los hijos incluyendo una gran conciencia sobre cuáles son nuestras limitaciones y nuestras carencias primarias. Se requiere un máximo de estabilidad psíquica para afrontar los retos que supone un hijo. Una persona que sufre el desgaste y el dolor del maltrato aunque no sea consciente de ello, no va a encontrar recursos para nadie que no sean los mínimos que necesita para sí misma, para no ser psicológicamente aniquilada: los hijos quedarán desamparados y el representante de la fuerza y la presunta protección será, dolorosa y patológicamente, el que maltrata. Así se perpetúa la violencia por generaciones, así es como se cierra el círculo que condena a miles de niños a convertirse en víctimas o en verdugos. Adultos que ejercerán, justificarán o sufrirán el maltrato a través de generaciones.

En palabras del neuropsiquiatra chileno Jorge Barudy, “tratar bien a un niño es también darle los utensilios para que desarrolle su capacidad de amar, de hacer el bien y de apreciar lo que es bueno y placentero. Para ello, debemos ofrecerles la posibilidad de vivir en contextos no violentos, donde los buenos tratos, la verdad y la coherencia sean los pilares de su educación”.

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El ‘síndrome del emperador’ o del ‘hijo tirano’, cuando el maltratador es nuestro hijo

«Hay que alejarse de la idea de que esto solo pasa en familias desestructuradas», dicen desde la oficina del Defensor del Menor, a lo que la Fiscalía del Estado, añade en una circular de julio de 2010 que «no es infrecuente que el menor maltratador esté integrado en familias con nivel económico y social medio y alto» y apunta a «una evolución del perfil del menor maltratador», que tiende a ser indistintamente hombre o mujer, aunque elige mayoritariamente a la madre como víctima.

«La causa del síndrome del emperador no son los padres permisivos», añade el profesor Garrido. «Un padre excesivamente permisivo tiene como resultado un hijo caprichoso e irresponsable, pero no un hijo violento, salvo que esa permisividad implique una falta mínima de atención, en cuyo caso ya hablamos de padres negligentes (una forma de maltrato). La violencia hacia los padres exige que el niño no haya desarrollado la conciencia (los principios morales que incluyen el sentimiento de culpa)», explica e introduce el matiz de la predisposición genética.

«La violencia del síndrome del emperador se basa en dos aspectos: uno, una predisposición constitucional consistente en tener muchos problemas para sentir emociones morales y, por ello, para desarrollar la conciencia; y dos, un ambiente que no es lo suficientemente apropiado para inducir el autocontrol», dice Garrido, que insiste en evitar la crítica a los padres «en una sociedad que fomenta el egocentrismo de los ‘emperadores». «La inmensa mayoría de los padres fracasarían ante un reto así», concluye.

Pero el sentimiento de culpa y frustración que sufren los padres que han tenido que denunciar a sus propios hijos es evidente, incluso para la propia Fiscalía del Estado, que recomienda a los fiscales de estos casos «desplegar toda la sensibilidad requerida en el tratamiento de unas personas que normalmente, cuando dan el paso de denunciar a sus descendientes, se encuentran totalmente desbordadas, derrotadas e impotentes, conscientes de su fracaso como padres y con un dolor insondable por denunciar a su hijo».

Detección precoz

Tanto fiscales como psicólogos subrayan la importancia de detectar precozmente el problema y pedir ayuda especializada, que probablemente incluirá una terapia familiar.

Para Garrido existen tres síntomas fundamentales, que pueden dar pistas a los padres y que se observan en la segunda infancia (6-11 años): «Primero, una incapacidad para desarrollar emociones morales (empatía, amor, compasión, etc.) auténticas; ello se trasluce en mucha dificultad para mostrar culpa y arrepentimiento sincero por las malas acciones. Segundo, una incapacidad para aprender de los errores y de los castigos. Ante la desesperación de los padres no parece que sirvan regañinas y conversaciones: él busca su propio beneficio. En tercer lugar, conductas habituales de desafío, mentiras e incluso actos crueles hacia hermanos y amistades».

«Hay que actuar en cuanto se ve que el niño apunta maneras», dice desde la oficina del Defensor del Menor, que lanza un mensaje esperanzador: «Existen buenos recursos para el abordaje de esta casuística; los servicios sociales dan buena respuesta, también se puede acudir a un médico de cabecera o a un orientador escolar para pedir consejo».

El papel de la televisión y los videojuegos

Si en algo coinciden también los psicólogos al tratar de explicar el complejo cúmulo de circunstancias que se dan en los casos de ‘hijos tiranos’ es que es importante dedicar tiempo a la educación de los hijos. «Sin cantidad no hay calidad», dice José Antonio Luengo, «el tiempo para la educación es imprescindible, si no estamos con nuestros hijos, ellos están con las niñeras electrónicas, que antes eran los televisores y ahora son los ordenadores e Internet».

Vicente Garrido tiene su propia opinión al respecto: «Hoy en día hay un competidor brutal frente a una educación moralmente comprometida: la televisión y los videojuegos. La televisión enseña valores muy hedonistas y consumistas. También enseña conductas violentas. Los videojuegos pueden todavía ser más dañinos en este sentido. Con los hijos tiranos el efecto de los medios es muy relevante, porque refuerzan la idea de que lo importante es triunfar obteniendo lo que uno quiere y sin que importen gran cosa los demás».

Referirse a una misma como víctima de abuso infantil, en concreto de abuso materno, es muy complicado. Tu dolor no es comprendido por una sociedad que constantemente está hablando en todos los foros de la violencia ejercida por algunos hombres hacia algunas mujeres, como si fuera la única posible y la peor. En las contadas ocasiones que se trata el tema del maltrato infantil, como mucho se habla del que ejercen los padres o padrastros. Las madres, en teoría, no son capaces de eso y, si son abusadoras, se supone que lo son en menor medida y en casos de menor gravedad. En ocasiones también se las exculpa responsabilizando únicamente al marido maltratador que las ha llevado a estados psicológicos en los que, de rebote, maltratan o tienen actitudes peligrosas o negligentes hacia sus hijos. En el caso del abuso materno dentro de familias monoparentales reina el silencio más absoluto.

Cuando se habla de tu dolor puede que sea para justificar a tu agresora y tutora legal en esos momentos de alta vulnerabilidad. Podría ser el caso, imaginemos, de un divorcio conflictivo en el que él pegara o vejara a la madre (o bien fuera un caso de violencia mutua) y ella comenzara a tener conductas autodestructivas por no poder soportar ese momento vital que la supera. Todo ello podría provocar una situación en la que la madre llegara a poner en peligro su propia vida y la de sus hijos. En un caso así de forma inmediata todos veríamos y hablaríamos del maltrato masculino. La negligencia y el peligro de la conducta materna serían olvidados o menospreciados. Quedaría eximida de responsabilidad, como si fuera todavía menor de edad. Es el lado del patriarcado* del que no conviene hablar, el hecho de que las violencias ejercidas por los hombres y las mujeres sean muchas veces diferentes de forma cualitativa y de que las ideas patriarcales tengan algunos regalos envenenados para las mujeres. La emancipación tiene unos costes y requiere esfuerzo.

Como decía, nombrarse víctima de abuso materno es difícil. Nadie entiende que temieras a tu madre o que tu mayor sufrimiento fuera causado por la persona que se supone que debía quererte y protegerte, no asustarte. Tampoco es fácil nombrarse víctima de abuso materno porque todo lo que puedas contar implica a una persona con la que tienes contacto, aunque sea mínimo, que se sienta cerca de ti en la mesa de Navidad o fin de año, a la que se supone que tendrías que querer y cuidar en su vejez. No podemos olvidar que es la mujer que te dio la vida, el mayor regalo que tenemos, y a la vez la persona que más te ha hecho sufrir.

¿Cómo gestionar todos estos sentimientos? ¿Cómo superarlo? ¿Es necesario contarle al mundo tus miserias para que abra los ojos a esta realidad silenciada? ¿En qué lugar dejaría a esta otra persona? ¿Acaso no estarías contando parte de su intimidad al hablar de la tuya? Para evitarlo, callas. Tragas. Lo dejas encerrado en lo más recóndito de tu corazón, intentas no pensar demasiado en ello. No es difícil, al haber sufrido tanto estrés tu memoria no es demasiado buena de todos modos. Mejor que escondas bien esos recuerdos antes de que ella sufra. La proteges, la justificas, porque ella también fue víctima a su vez de otra madre tóxica, de otro contexto histórico, cultural y biopolítico tóxico. Y así continuamos perpetuando uno de los últimos tabúes. Y, así, intentas autoconstruirte, comprender el fenómeno, intentas detener el ciclo del abuso con tus propios hijos e hijas** sin tener la certeza de que podrás conseguirlo. Al menos lo estás intentando, lo que ya marca la diferencia con tu propia madre. Has dejado de ser una víctima y tomas tus propias decisiones, te responsabilizas de lo que puedas responsabilizarte, de lo que está en tu mano cambiar a mejor.

¿Cómo podrías explicárselo a una persona que no es consciente de que esta realidad está ocurriendo en este preciso momento en muchos hogares, tanto en familias nucleares como monoparentales y de todos los colores y sabores? Todo esto está pasando y no consta en estadísticas de ningún tipo porque los bebés, los niños, los pre adolescentes no ponen denuncias, no se lo cuentan a nadie, no tienen a nadie a quien contárselo, no saben cómo pedir ayuda ni asimilarlo. Solamente a veces, cuando llegan a cierto límite determinadas situaciones, sus resortes de supervivencia y de lucha-huida se activan y consiguen encontrar una salida, muchas veces mintiendo o inventándose excusas de nuevo para evitar más dolor a su madre. O por miedo.

No voy a hablar de abuso sexual ni de maltrato físico, terribles, execrables y muy difíciles de superar (la psiquiatra Estela V. Welldon los trata en su libro “Madre, Virgen, Puta” en profundidad). Voy a hablar de una variedad de maltratos ejercidos por algunas madres como son el abuso psicológico, el verbal y el ejercido sobre sí mismas que, en efecto dominó, repercute directamente en los hijos. Algunas manifestaciones concretas de abuso que puede ejercer una madre son (hablaré en femenino pero entiendo que es válido también para hijos):

– Gritar e insultar a su hija en cada conflicto, tener explosiones de ira imprevisibles y periódicas. Jamás pedir perdón por haberlo hecho y hacer como que no ha pasado nada.
– Estar siempre deprimida o con crisis habituales de llanto.
– En relación a lo anterior, utilizar a la hija de “amiga” y “confidente” en lugar de tratarla como “hija” simplemente porque la madre abusadora no quiere o no puede relacionarse de forma sana con otras personas adultas.
– Utilizar a la hija de “madre”, infantilizarse para sentirse cuidada.
– Utilizar a la hija como una prolongación de una misma, fagocitarla y vampirizarla para evitar el propio vacío interior.
– Contar a la hija eventos sentimentales, sexuales o reproductivos íntimos trágicos y otros problemas que una mente infantil no puede gestionar. Si la hija se lo cuenta a terceros, enfadarse porque no ha sido capaz de guardar el secreto. No comprender que hay secretos demasiado grandes y pesados para una niña.
– Utilizar a la hija a medida que se va haciendo mayor como medio para sus propios fines, ya sean económicos o de otro tipo, incluso aunque eso sea negativo para la propia emancipación de la hija. No alentar la independencia sino la dependencia para seguir manteniendo el control sobre ella.
– Intentar compensar todo esto con dinero, hiperconsumismo, regalos.
– Hablar mal a la hija del padre con o sin motivo. Hablar mal de los hombres en general e intentar condicionarla en el odio o el prejuicio hacia el sexo masculino en base a las malas experiencias de la madre con ellos. Por ejemplo: todos los hombres son así o asá, solamente buscan sexo…
– Embarcarse en relaciones afectivas tóxicas con hombres. Dejarse abusar sentimentalmente o de otras formas por ellos.
– Aislar a la hija de su propia familia o alejarla físicamente de ella. Alejar a la hija lo más posible del padre. Puede ser con la excusa de haber conseguido un empleo mejor en otra ciudad u otro país o con razones de otro tipo.
– No querer tratar ni hacer ningún esfuerzo para sanar ni autoanalizar en ningún momento los propios problemas psicológicos y desequilibrios mentales.
– Culpar de todos sus problemas a los demás: a la ex pareja, al mundo, a sus padres, a la vida, al trabajo… Es decir, evitar cualquier tipo de responsabilidad.
– Egocentrismo: volver tarde a casa o volver por la mañana sin haber avisado a la hija ni medir el miedo que puede sentir una niña de 11-12 años que se despierta sola en casa un sábado por la mañana y no sabe dónde está su madre.
– Dejarse arrastrar a fases autodestructivas.
– Anteponer los propios caprichos o deseos a las necesidades básicas de seguridad y equilibrio de la hija para crecer en un ambiente sano.
– Negar e intentar no ver el dolor y el sufrimiento de la hija. Negar los padecimientos físicos, psicológicos y psicosomáticos de la hija. Desesperarse, ponerse nerviosa ante ellos, no querer afrontarlos.
– Decirle a la hija que no puede soportarlo más, hablarle de sus traumas infantiles cuando ni siquiera la niña es capaz de entenderlos. Estar siempre triste, melancólica e insatisfecha. Decir que no sabe qué hacer con su vida y vivir dando bandazos sin ni siquiera imaginar la sensación de peligro que puede suponer para una niña que la persona que “maneja el barco” esté totalmente perdida y fuera de control.

Aunque haya gente que piense que este tipo de conductas no son tan graves como los maltratos sexuales y físicos, son comportamientos muy peligrosos para los niños que conllevan problemas psicológicos y físicos a corto, medio y largo plazo. Pueden incluso provocar el suicidio o la autodestrucción de los sujetos en la vida posterior sin que nadie ni ninguna estadística correlacione unos hechos con otros. Quiero resaltar que muchos de ellos parece que son ejercidos por las madres sobre ellas mismas. Esto es lo peor, ya que todo lo que destruye a la madre, destruye a la hija que está a su cargo. Por eso es tan importante cuidarse y ser cuidadas para cuidar. En este sentido cobran tremenda importancia las alomadres, los padres, las tías, los abuelos. Una mujer que está desequilibrada y cría sola es mucho más peligrosa para su hija que una que está igual pero mantiene algunos vínculos sociales con la familia extensa, amigos y vecinos. Al menos esa niña tiene otros referentes y personas cercanas a las que acudir y su madre tiene una pequeña red social de apoyo, aunque en la época que nos ha tocado vivir muchas de estas relaciones estén también muy deterioradas. Recordemos que el abuso habría que analizarlo mirando atrás tres o cuatro generaciones. No podemos olvidar tampoco la responsabilidad del padre ausente (no del ausente de forma involuntaria, claro) que delega en la madre abusadora y prefiere mirar hacia otro lado.

No es mi interés crear una nueva alarma social o una nueva paranoia en la que cualquier comportamiento o conducta entre madres e hijos sea observada como posible maltrato. Si todo es maltrato nada es maltrato. No se trata de eso. Pero sí me gustaría sacar a la luz esta problemática y abrir la mente de las personas que solamente se centran y ven un solo tipo de violencia. Las mujeres no somos inferiores a los hombres, no somos más pacíficas o débiles que ellos. Podemos ser violentas aunque en muchas ocasiones lo seamos de formas diferentes. Podemos ser abusadoras incluso utilizando como excusa que queremos mucho a nuestros hijos. Ni siquiera la crianza con apego, el piel con piel nada más nacer y que nuestro nacimiento y primeros 1.000 días hayan sido idílicos es garantía de nada. No hay determinismo posible, el respeto mutuo debe crearse y recrearse cada día, desde el nacimiento hasta la muerte.

No podemos abordar el problema de la violencia de una forma parcial, sesgada y corporativista. No podemos victimizar a las agresoras ni exculpar determinadas responsabilidades. Hay que tratar la violencia de forma holística y global, empezando por los comienzos, por la base, por la infancia. Los niños y niñas actuales son las futuras maltratadas/os y maltradoras/es. No tengo ninguna clave secreta para solucionar estos problemas convivenciales y ni siquiera sé si es posible solucionarlos, pero el único camino que veo posible es el de retomar la responsabilidad una vez que somos adultas, independientemente de nuestro pasado, y construir el propio camino desde allí. El reto es conseguir amar.

Relacionado (enlaces externos):
– Tengo que decir que no me suelen gustar los textos de la psicóloga Laura Gutman pero en este da en el clavo: http://www.lauragutman.com.ar/newsletter/laura_gutman_abr12.html

Una víctima no puede defenderse, padece de forma indefensa. ¿Cómo pasar de ser víctimas a responsabilizarnos por lo que podamos cambiar?

*Tampoco tengo muy claro, por ejemplo, qué rol ejerce una madre abusadora separada o en una situación en la que no hay padre que cría sola. ¿Es una madre patriarcal como la que describe Victoria Sau (madre-función-del-Padre? ¿O es un nuevo rol híbrido de madre y padre matriarcal-patriarcal todo en uno? ¿Es una madre matriarcal que ejerce y abusa de la autoridad materna? Ahí queda para el debate. Quizás ni siquiera sea importante la nomenclatura o los adjetivos que elijamos para etiquetarla.

** El embarazo, el parto y la crianza remueven mucho a todos los niveles y pueden ser momentos clave para el despertar de la conciencia. En relación al tema tratado, la maternidad puede provocar que te des cuenta que jamás podrías hacer muchas de las cosas que a ti te hicieron en la infancia porque amas a tus hijos/as y estarías dispuesta a mirar más allá de tu propia nariz y cambiar tu orden de prioridades vitales por ellos. Darte cuenta de este contraste puede ser duro y a la vez convertirse en el acicate para asumir de una vez por todas que sí, que la forma en la que fuiste tratada no estuvo bien, que fue injusta y vas a intentar no repetir esos errores. El conflicto interno resultante es muy difícil de resolver.

Madres emocionalmente abusivas

La figura de la madre está envuelta en un halo casi sagrado dentro de muchas culturas. Aparentemente, ellas entregan todo de sí por el bienestar de sus hijos; y muchas esperan en respuesta, que éstos les profesen una especie de veneración hasta el fin de sus días. No obstante, hay madres emocionalmente abusivas.

Madres que pueden ser muy sensibles. El solo hecho de hacerles una crítica causa enormes heridas en sus maternales corazones. Desobedecerlas es una grave afrenta, por absurdas que sean sus órdenes, por infantil que resulte su comportamiento. Todas estas actitudes y conductas acaban dando forma así al síndrome de la progenitora tóxica, una realidad muy común en nuestro día a día.

Esta situación es particularmente visible en Latinoamérica, pero tampoco es ajena a otros lugares del mundo en donde hay un fuerte arraigo de la idea de familia como un valor absoluto. Por supuesto, no todas las madres tienen ese talante.Las hay saludables y dispuestas a formar hijos libres e independientes. Desgraciadamente, también son muchos los casos en donde la madre es fuente de abuso.

“No es fácil encontrar la felicidad en nosotros mismos, y no es posible encontrarla en ningún otro lugar”

-Agnes Repplier-

Definiendo el abuso

Visto tangencialmente, las cifras indican que la palabra “abuso” aparece con mayor frecuencia asociada a los padres y no tanto a las madres. Los hombres encabezan las listas del abuso físico y el abuso sexual. Así, y en lo que se refiere al maltrato emocional casi siempre está relacionado con temas como el abandono o el maltrato directo.

Cabe señalar que fue en los años 90 cuando apareció por primera vez la figura de la madre como foco del abuso gracias al libro de la psicóloga Susan Forward «Padres que odian».En este interesante trabajo, se empezó a definir los comportamientos de esas madres caracterizadas por una crianza tóxica.

Características psicológicas de las madres emocionalmente abusivas

En ocasiones, las madres emocionalmente abusivas parecerían víctimas de un abuso perpetrado por los padres. Sin embargo, este hecho no siempre se cumple. Veamos por tantos los principales que les caracterizan.

  • Se puede decir que una madre es emocionalmente abusiva cuando utiliza a sus hijos para satisfacer sus propios vacíos emocionales. Cuando piensa que sus hijos no son seres humanos independientes, sino que existen para compensarlas a ellas por lo que perdieron o no tuvieron.
  • Por eso más que educarlos para que crezcan emocional y psicológicamente, se encargan de poner obstáculos para su desarrollo individual.
  • Muestran una baja autoestima, así como una falta de confianza en ellas mismas.
  • Son controladoras y usan a sus hijos para lograr determinadas metas.
  • Necesitan ser el centro de atención.
  • Son autoritarias y críticas.
  • Vulneran toda necesidad emocional de los hijos.

Asimismo, estudios como el llevado a cabo en la Universidad de Michigan, nos señalan que los efectos de este tipo de crianza son inmensos. Los niños desarrollan una menor competencia en cuanto a habilidades sociales, autoestima y madurez personal.

Quienes han sido criados por madres abusivas desarrollan una profunda inseguridad para vivir. Sienten una honda angustia de abandono. Les cuesta trabajo decidir y se sienten invadidos por cientos de temores imprecisos. También desarrollan fuertes sentimientos de culpa y normalmente se aprecian bastante poco a sí mismos.

Los signos del abuso de las madres emocionalmente abusivas

Hay varios comportamientos puntuales de las madres emocionalmente abusivas que pueden catalogarse como una forma de maltrato. Entre ellos están:

  • La utilización de la amenaza como medida para controlar el comportamiento de su hijo. Amenaza con golpear, con castigar… Pero también amenaza con la condena eterna, con abandonar, con las venganzas del destino, con enfermar.
  • Utiliza la fuerza y la imposición, antes que el diálogo y la persuasión.
  • Acude de forma constante a la culpacomo instrumento de presión.
  • Se apropia de las conversaciones. Interrumpe a su hijo cuando está hablando y siempre quiere decir la última palabra en una discusión.
  • Invade la privacidad de sus hijos y rechaza a los amigos de estos. En general, mira con recelo a cualquier otra persona que tenga importancia afectiva para sus hijos. Son rivales que ponen en riesgo su reinado absoluto. No tiene problemas en meterse en sus conversaciones o exigir que le cuenten los pormenores de las mismas.
  • Desconfía de sus hijos, los subestima y los critica. Busca anular la autoestima, porque sabe que el amor propio es su principal enemigo. Minando la capacidad de que su hijo sienta aprecio por sí mismo, logra que dependa de ella toda la vida.
  • No explica sus actos, no se disculpa, no reconoce sus errores. Si se le pregunta, afirma: “Eso no se hace porque está mal”, o “Dios no perdona algo así”, pero nunca explica por qué. Y en lugar de reconocer que se equivocó, busca justificarse.
  • Puede hacer uso de la agresión. Las bofetadas, por ejemplo, son uno de sus recursos más extremos.

Estas señales, entre otras, alertan sobre la existencia de un abuso emocional por parte de las madres, con graves consecuencias para quien lo sufre. Ahora bien, no debemos creer que sólo corresponden a madres con hijos pequeños o adolescentes.

Más de un adulto permanece atado a una situación similar. En estos casos, no debemos dudar en establecer adecuados límites, distancias sanadoras y solicitar ayuda experta.

La sanación y la superación de este tipo de marcasrequiere de adecuadas terapias psicológicas con las cuales, restaurar la identidad y la autoestima para trazar nuevos y mejores rumbos vitales.

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