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Santo de paula

Paula es un nombre para niña de origen latino que significa ‘la pequeña’. Al contrario que su masculino, Pablo, es un nombre que no ha variado fonéticamente desde su forma latina y ambos nombres son de los más frecuentes en la actualidad. Un nombre tremendamente atractivo para cualquier niña. Celebra su onomástica el 26 de enero que es el día de Santa Paula.

Curiosidades sobre el nombre Paula

El nombre Paula implica una personalidad seductora y sofisticada. Paula desprende amabilidad y confianza y gracias a sus dotes comunicativas es una persona conciliadora capaz de poner sosiego en cualquier conflicto familiar. Se maneja como nadie en el ámbito de las relaciones sociales, ya que su carisma la hace ser admirada y querida por los demás.

Las diferentes variantes de Paula hacen difícil la elección de una de ellas para vuestra hija, pues todas son interesantes. Paulina es una de las formas que más nos gustan porque refleja sensualidad y sensibilidad a la vez. Pero la forma francesa Paulette presenta una musicalidad a la que no podemos resistirnos, y la italiana Paola posee una elegancia difícil de igualar.

El nombre de vuestra hija lo hemos visto en algunas localidades de Latinoamérica, pero también en una revista chilena y, por supuesto, no podemos olvidarnos de la novela de Isabel Allende ‘Paula’ dedicada a su hija. Además son muchas las mujeres que conocemos de nombre Paula, todas ellas con una personalidad arrolladora y muy atrayente.

Paulina Rubio es el dinamismo y la energía hecha canción. Y como referentes en el mundo del cine, tenemos a la española Paula Echevarría, un icono de la moda que se caracteriza por su belleza, simpatía y estilo.

Para conocer el origen y significado de otros nombres que celebran su santo en el mes de enero, consulta nuestro calendario de los nombres de santos de Enero. Encontrarás todas las curiosidades relacionadas con el nombre y la fecha de su onomástica.

Y además, tenemos la guía más completa de nombres para bebés de niños y de niñas. Aquí encontrarás todos los nombres para bebés ordenados alfabéticamente para conocer su origen y significado.

SANTORAL – ONOMÁSTICA

ONOMÁSTICA

Santos del día 18 de Junio

PAULA

Paula viene del latín paulus, pequeño, que ha dado origen al conocido nombre de Pablo, con sus variantes Paúl, Pol, Paulino (como gentilicio de Paulinus, de la familia de Pablo) y los nombres femeninos de Paula y Paulina.

Santa Paula, fue una dama romana (347-404) que, al enviudar de Toxotius, a los veintidós años, siguió, junto con su hijo Eustoquio, a san Jerónimo, cuando éste pasó a Palestina. Una vez allí fundó numerosos monasterios en Belén y fue el propio San Jerónimo quien nos ha dejado escrita su vida.

En la iconografía de la santa, los atributos que la representan, y que han sido tomados de su maestro San Jerónimo, son la Vulgata (traducción de la Biblia al latín) y un crucifijo. Ha sido representada por varios ilustres pintores, entre ellos: Dosso Dossi (colección particular), Claudio de Lorena (Prado), Zurbarán (colección particular) y Valdés Leal (Museo de Le Mans).

Santa Paulina fue una mártir romana del siglo II, martirizada junto con otras cinco mujeres cristianas de Roma, cuyos nombres nos han llegado, al ser enterradas todas ellas en las catacumbas de la Vía Salaria: Donata, Rústica, Nominanda, Serotina e Hilaria.

Entre las Paulinas, destaca Pompea Paulina, esposa del filósofo Séneca, que acompañó a su marido en el suicidio al que le había condenado Nerón (de quien había sido preceptor). Paulina no quiso seguir viviendo sin él y se cortó también las venas. Pero el tirano, deseoso de prolongar su sufrimiento, ordenó que le detuvieran la hemorragia y le curaran las heridas. Así se hizo y sobrevivió.

Entre los Paulinos podemos citar a San Paulino de Tréveris, obispo de esa ciudad (m. 358), sucesor de san Maximino; a San Paulino de Nola (353-431), que con la intención de apartarse del mundo se retiró en Barcelona, donde nadie le conocía, pero era tal la fama de santidad que le seguía a todas partes, que tuvo que refugiarse en Nola, donde los feligreses, a la muerte del obispo, le obligaron a aceptar esa dignidad y hacerse cargo de aquella diócesis; a san Paulino de York, monje romano (580-644) enviado a evangelizar el reino de Kent, en Inglaterra y que fue obispo de York;a san Paulino de Aquilea (730-802), amigo y colaborador de Alcuino, que participó en varios concilios y evangelizó Estiria y Carintia.

Existen hasta 67 santos, seis papas, un zar de Rusia, un rey de Grecia e infinidad de celebridades que llevan o han llevado algunas de las variaciones de Pablo, Paulo, Paula, Paulino, Paulina. Todas las variantes de este nombre, que sigue aún en el candelero, fueron revitalizadas por la Reforma, entraron en el Romanticismo y de ahí se extendieron por todo el mundo. Es, realmente, un bello nombre. ¡Felicidades!

Francisco proviene del italiano Francesco, significando ‘el que viene de Francia’. Hoy, 509.403 hombres en España celebran uno de sus santos gracias a San Francisco de Paula, ermitaño.

Nació en el año 1416 en Paula, un pequeño pueblo de Italia. Con pocos años de vida, cayó gravemente enfermo y perdió la visión. Tanto él como sus padres se encomendaron a Dios y este les brindó la curación. En agradecimiento,con 14 años marchó a Asís, y allí recibió la inspiración para convertirse en ermitaño, rezar y dedicarse a la penitencia.

Permaneció en el monte cinco años a base de agua y hierbas silvestre, durmiendo sobre las piedras. Pronto su ejemplo se extendió y muchos hombres adoptaron su modo de vida, por lo que tuvo que construir varias casas para sus religiosos. En los conventos instauró la orden de «Cuaresma perpetua». Nombró a sus seguidores como los Hermanos Mínimos. Cuentan que Dios bendijo al santo con los dones de hacer milagros, de hacer curaciones y de emitir profecías. Francisco pasó el resto de sus días recorriendo ciudades e increpando a alcaldes, gobernadores, ministros y jefes de estado por derrochar sus riquezas y no ofrecérselas a los más pobres. Llegó a convertir al rey Luis XI antes de morir. El monarca quedó tan agradecido que nombró al ermitaño como director espiritual de su hijo Carlos VIII, futuro rey de Francia.

Este y otros santos son recordados durante el 2 de abril:

– San Abundio

– San Affiano

– San Diego Luis de San Vitores

– Santo Domingo Tuoc

– San Eustasio

– San Juan Payne

– Santa María Egipcíaca

– San Nicecio de Lyon

– Santa Teodora Mártir

– San Víctor

Patrona de las Viudas

Martirologio Romano: En Belén, de Judea, dormición de santa Paula, viuda, la cual pertenecía a una noble familia senatorial y, renunciando a todo, distribuyó sus bienes entre los pobres, retirándose con su hija, la beata virgen Eustochio, junto al pesebre del Señor (404).
Santa Paula nació el 5 de mayo de 347. Por parte de su madre, tenía parentesco con los Escipiones, con los Gracos y Paulo Emilio. Su padre pretendía ser descendiente de Agamenón. Paula tuvo un hijo, llamado Toxocio como su marido y cuatro hijas: Blesila, Paulina, Eustochio y Rufina.
Paula era muy virtuosa como mujer casada y con su marido edificaron a Roma con su ejemplo. Sin embargo ella tenía sus defectos, particularmente el de cierto amor a la vida mundana, lo cual era difícil de evitar por su alta posición social. Al principio Paula no se daba cuenta de esta secreta tendencia de su corazón, pero la muerte de su esposo, ocurrida cuando ella tenía 33 años, le abrió los ojos. Su pena fue inmoderada hasta el momento en que su amiga Santa Marcela, una viuda romana que asombraba con sus penitencias, la persuadió de que se entregara totalmente a Dios. A partir de entonces, Paula vivió en la mayor austeridad.
Su comida era muy sencilla, y no bebía vino; dormía en el suelo, sobre un saco; renunció por completo a las diversiones y a la vida social; y repartió entre los pobres todo aquello que le pertenecía y evitó lo que pudiera distraerla de sus buenas obras.
En una ocasión ofreció hospitalidad a San Epifanio de Salamis y a San Paulino de Antioquía, cuando fueron a roma. Ellos le presentaron a San Jerónimo, con quien la santa estuvo estrechamente asociada en el servicio de Dios mientras vivió en Roma, bajo el Papa San Dámaso.
Santa Blesila, la hija mayor de Santa Paula, murió súbitamente, cosa que hizo sufrir mucho a la piadosa viuda. San Jerónimo, que acababa de volver de Belén, le escribió una carta de consuelo, en la que no dejaba de reprenderla por la pena excesiva que manifestaba sin pensar que su hija había ido a recibir el premio celestial. Paulina, su segunda hija, estaba casada con San Pamaquio, y murió siete años antes que su madre. Santa Eustoquio, su tercera hija, fue su inseparable compañera. Rufina murió siendo todavía joven.
Cuanto mas progresaba Santa Paula en el gusto de las cosas divinas, mas insoportable se le hacía la tumultuosa vida de la ciudad. La santa suspiraba por el desierto, y deseaba vivir en una ermita, sin tener otra cosa en que ocuparse más que en pensar en Dios. Determinó, pues, dejar su casa, su familia y sus amigos y partir de Roma. Aunque era la más amante de las madres, las lágrimas de Toxocio y Rufina no lograron desviarla de su propósito. Santa Paula se embarcó con su hija Eustoquio, el año 385; visitó a San Epifanio en Chipre, y se reunió con San Jerónimo y otros peregrinos en Antioquía. Los peregrinos visitaron los Santos Lugares de Palestina y fueron a Egipto a ver a los monjes y anacoretas del desierto. Un año más tarde llegaron a Belén, donde Santa Paula y Santa Eustoquio se quedaron bajo la dirección de San Jerónimo.

Las dos santas vivieron en una choza, hasta que se acabó de construir el monasterio para hombres y los tres monasterios para mujeres. Estos últimos constituían propiamente una sola casa, ya que las tres comunidades se reunían noche y día en la capilla para el oficio divino, y los domingos en la Iglesia próxima. La alimentación era escasa y mala, los ayunos frecuentes y severos.
Todas las religiosas ejercían algún oficio y tejían vestidos para sí y para los demás. Todos vestían un hábito idéntico. Ningún hombre podía entrar en el recinto de los monasterios. Paula gobernaba con gran caridad y discreción. Era la primera en cumplir las reglas, y participaba, como Eustoquio, en los trabajos de la casa. Si alguna religiosa se mostraba locuaz o airada, su penitencia consistía en aislarse de la comunidad, colocarse la última en las filas, orar fuera de las puertas y comer aparte, durante algún tiempo. Paula quería que el amor a la pobreza se manifestase también en los edificios e iglesias, que eran construcciones bajas y sin ningún adorno costoso. Según la santa, era preferible repartir el dinero entre los pobres, miembros vivos de Cristo.
Paladio afirma que Santa Paula se ocupaba de atender a San Jerónimo, y le fue a éste de gran utilidad en sus trabajos bíblicos, pues su padre le había enseñado el griego y en Palestina había aprendido suficiente hebreo para cantar los salmos en la lengua original. Además, San jerónimo la había iniciado en las cuestiones exegéticas lo bastante para que Paula pudiese seguir con interés su desagradable discusión con el obispo Juan de Jerusalén sobre el origenismo. Los últimos años de la santa se vieron ensombrecidos por esta disputa y por las preocupaciones económicas que su generosidad había producido. Toxocio, el hijo de Santa Paula, se casó con Leta, la hija de un sacerdote pagano, que era cristiana. Ambos fueron fieles imitadores de la vida de su madre y enviaron a su hija Paula a educarse en Jerusalén al cuidado de su abuela. Paula, la joven, sucedió a Santa Paula en el gobierno de los monasterios. San Jerónimo envió a Leta algunos consejos para la educación de su hija, que todos los padres deberían leer. Dios llamó a sí a Santa Paula a los 56 años de edad. Durante su última enfermedad, la santa repetía incansablemente los versos de los salmos que expresaban el deseo del alma de ver la Jerusalén celestial y de unirse con Dios.
Cuando perdió el habla, Santa Paula hacía la señal de la cruz sobre sus labios. Murió en la paz del señor, el 26 de enero del año 404.
Santa Paula, ruega por nosotros.

Luis XI se moría en su castillo de Plessis-lez-Tours; él, que amaba apasionadamente la vida; él, que jamás había temido otra cosa que la muerte. Nadie pronunciaba impunemente en su presencia el nombre de esta pálida turbadora de alegrías. Y, sin embargo, se moría; se moría a los sesenta años, cuando podía conquistar nuevos reinos y ganar tantas victorias. «Sálvame», clamaba con acento de desesperación, dirigiéndose a su médico Juan Cottier, y se hacía su esclavo y le daba diez mil escudos cada mes a cambio de una palabra esperanzadora, de una promesa engañosa. Y allí vivía, encerrado en su castillo, un castillo rodeado de verjas de hierro, erizado de almenas y de guardias, aislado por fosos profundos para que ella no pudiese entrar. Cuarenta arqueros tenían orden de asaetear a todo el que se presentase sin previo aviso.

«Pero Dios puede más que los médicos», pensó el rey un día; y desde entonces empezó a hacer novenas, a prometer exvotos, a multiplicar las devociones, a favorecer a las iglesias, a rodearse de reliquias milagrosas, llegando a encontrar hasta «los corporales de monseñor San Pedro», y a buscar por todo su reino los hombres que obraban maravillas de toda clase. Muchos le prometieron curarle, pero fracasaron ruidosamente, y tuvieron que volver a la oscuridad, sin honra, sin dinero y con las carnes amoratadas. Más he aquí que un día alguien se acercó al paciente y le dijo:

—Conozco a un taumaturgo a quien no se resiste ninguna enfermedad. Obra maravillas increíbles y se ríe de las leyes de la naturaleza. Sé de un día en que quiso pasar el mar; pero viendo los marinos su aspecto miserable, se negaron a admitirle en el barco. Entonces él echa su capote al agua, se sienta encima, y de esta manera hizo su viaje. En otra ocasión cogió en el borde de su túnica un enjambre de avispas y le llevó al bosque. Este hombre hace lo que no ha hecho nadie. Calma las tempestades con una sola palabra, como Jesús, su Maestro; penetra los corazones, nos cuenta sucesos de nuestra vida que tal vez nosotros hemos olvidado ya, penetra en los hornos y las hogueras sin sentir el menor daño, enciende las candelas sin fuego, coge el fuego en la mano sin quemarse, sostiene un peñasco en el aire, devuelve la vida a los hombres y a los animales, multiplica el vino y recibe embajadas misteriosas a través de los aires. Se le ha visto llenar de vida un cesto de peces muertos, resucitar a un buey, despachar curados y consolados a más de doscientos enfermos…

—Pero, ¿dónde está ese hombre prodigioso? Que me lo traigan; quiero verle…

Así decía el rey Luís, presa de una alegría frenética; y añadió con aire de preocupación, encarándose con el cortesano:

—Antes necesitamos saber si es un brujo o si es un santo.

—Es un santo —replicó el informador—. Eso lo sabe todo el mundo en su tierra. Sus virtudes son admirables, como sus obras: abstinencia inaudita, caridad seráfica, pobreza de anacoreta, bondad infantil, oración extática. Su vestido es una túnica miserable; su alimento, hierbas crudas; su lecho, una tabla suspendida en el aire. En invierno como en verano, por los caminos como por los bosques, se le ve siempre caminar con los pies descalzos, indiferente a los hielos y a las espinas. Su inocencia es como la de un niño que acaba de nacer. Una muletilla suya es la palabra caridad; un principio que repite con frecuencia: que hay dos cosas peligrosas para los siervos de Dios, los dineros y las mujeres. Jamás ha fijado los ojos en una mujer; jamás ha manchado su mano con el contacto de una moneda. «De las religiosas, sobre todo —les dice a sus discípulos—, debéis huir como de víboras.»

—Basta —dijo el rey—; si ese hombre no es engendro de tu imaginación, sin duda podrá curarme. ¿Dónde vive? Es preciso buscarle, aunque se halle en el confín del mundo.

—Lejos vive, pero no tanto. En lo más apartado del reino de Nápoles, mirando al mar de Sicilia, asentado sobre una roca de granito, hay un pueblo insignificante que este varón de Dios va a librar del olvido. Llámase Paula. Allí nació, ¡oh rey!, el taumaturgo que tiene vuestra salud en sus manos. Sus padres le dieron el nombre de Francisco, en recuerdo del patriarca de Asís, a quien se parece en la pobreza y en la penitencia, aunque, según dice la gente, los rasgos de su cara recuerdan más los de San Antonio de Padua. Podéis mandar a buscarle por aquella tierra…

Al día siguiente, los embajadores reales dejaban el castillo de Plessis. Al entrar en Italia, vieron que toda la tierra estaba llena del nombre del penitente calabrés. En Nápoles les confirmaron cuanto les habían referido en Francia. Se trataba, efectivamente, de un hombre tan prodigioso por sus milagros como por su vida. «Por lo que he podido averiguar —les dijo el rey Fernando—, desde niño vive como un solitario de la Tebaida. A los doce años se encerró en una caverna, sin más vestido que un cilicio y una soga. Allí se le juntaron otros imitadores de su santa locura, y ahora recorre las tierras de Calabria y de Sicilia fundando conventos. Por cierto que un día me enfadé porque hacía todo esto sin contar con las autoridades del reino; mandé prenderle, pero pronto me convencí de que con hombres como éste hay que transigir. A veces son raros; me temo que no vais a conseguir llevarle a Francia.»

Los emisarios encontraron al taumaturgo en Cosenza. Le expusieron el objeto de su viaje, y él se puso a temblar. Hubo idas y venidas a Nápoles y a Roma, y sólo una orden de Sixto IV pudo asegurar el éxito de la embajada. Los milagros se escapan de las manos de los taumaturgos sin que ellos se den casi cuenta. Los obran sin cesar, viven en una atmósfera maravillosa; pero en cuanto alguien les pide una maravilla, se asustan como la paloma delante del azor.

Entre tanto, el rey Luís se consumía de impaciencia en los salones silenciosos de su castillo. La enfermedad le minaba; tenía ataques frecuentes; perdía el movimiento y el conocimiento, y temblaba pensando que iba a morir antes de que viniese su salvador. Pero, un día, alguien dijo: «Al fin viene. Hace unos días que se embarcó en el puerto de Ostia.» Una bolsa de diez mil escudos fue la recompensa de esta noticia. Tal era la cantidad con que Luís XI medía su generosidad con los amigos; la medida de su rapacidad con los pueblos era cien mil escudos. Pero Francisco venía. Al desembarcar fue recibido por el delfín. Más adelante encontró un grupo de magnates que de parte del rey le traían una bandeja llena de vasos de plata y de oro. Él rehusó aceptarlos. Después se le ofreció otro presente: una estatua áurea de la Virgen, que valía treinta mil ducados. «La Virgen que yo venero —dijo el asceta— es más preciosa todavía.» Ya cerca del castillo encontróse al mismo rey. Luís XI no había tenido paciencia para aguardar en su encierro. Al ver al hombre de Dios, se arrojó a sus pies, como si estuviese delante de los corporales «donde cantaba la misa monseñor San Pedro». Algo le desilusionó la presencia del italiano. Se había imaginado una figura demacrada y pálida, y veía un hombre de temperamento atlético, de cara ampollada y llena, de color rosado y brillante. Aunque viejo —tenía ya más de setenta años—, Francisco conservaba un aspecto de fuerza y jovialidad juvenil. No obstante, en su hábito remendado y en toda su presencia se adivinaba al penitente rígido, al hombre de quien se decía que nunca se había lavado, ni cortado los cabellos, ni cuidado la barba.

Pronto se vio que el italiano no era un charlatán como tantos otros que habían pasado por la regia alcoba de Plessis. «Señor —dijo al rey desde el primer momento—, yo pediré a Dios por vuestra salud; pero lo que más importa es la salud del alma.» Nuevo desencanto en el alma del rey enfermo. Para esto no merecía la pena de traer un hombre desde las costas de Sicilia. En otras entrevistas, el fraile fue más explícito: «No hay remedio —decía al enfermo—; ya que amáis la vida, lo que importa es asegurar la posesión de la verdadera vida.» El rey sentía que estas palabras inundaban de paz todo su ser, y empezaba a amar a su grave consejero. «Es un santo hombre —exclamaba—; que viva en mi castillo, que no le arranquen de mi lado.» Por allí estaba también Cottier, su médico, su tirano. Él se empeñaba en afirmar que su ciencia vencería aquella dolencia. Él, naturalmente, miraba de reojo al santo y se reía de sus maneras. Cuando le veía atravesar los regios salones apoyado en su bastón de espino, con los pies descalzos, vestido como un mendigo y escondiéndose, cuando veía alguna dama, como un ratón que hubiera visto un gato, decía a sus amigos con una sonrisa burlona: «Por ahí va ese buen hombre.» Y la gente le empezó a llamarle bonhome, a él y a una clase de ciruelas que había traído de su tierra.

Los sucesos mostraron que el buen hombre tenía razón. No curó al rey, pero le preparó a morir, le libró del terror de la muerte, alegró sus últimos días, y cuando ella vino unos meses más tarde, en el verano de 1483, la recibió valientemente, confortado por la palabra grave y sincera de aquel hombre, que era tal vez el único amigo que había encontrado en su vida, de aquel santo analfabeto que sabía decir cosas tan maravillosas.

Después, Francisco se quedó en Francia largos años todavía, hasta que Dios le llamó en una gloriosa vejez. Se quedó fundando conventos, bendiciendo cirios y rosarios para los devotos que le pedían su ayuda, haciendo maravillas y organizando su Orden. Derramó sus discípulos por las provincias francesas, los envió al otro lado del Rin y los trasplantó a la España de Cisneros e Isabel la Católica. Los pueblos recibían con admiración a aquellos hombres que iban vestidos de tosco buriel, que hacían voto de no comer carne en toda su vida, y paseaban por la tierra, emblema de su profesión escogido por su Padre y Maestro, la palabra caridad, inflamada en oro y empenachada en rayos de fuego. Se les llamaba los ermitaños de San Francisco, pero ellos prefirieron el nombre evangélico de Mínimos, es decir, menores aún que los frailes Menores del Pobrecillo de Asís, máximos en la pobreza, en la humildad y en la penitencia.

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