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Sin ganas de hacer nada

No tengo ganas de hacer nada, ¿estaré [email protected]?

Sonia Castro (Psicó)

“Últimamente, Leticia se ha estado sintiendo extraña. Sus amigas también lo han notado. María se sorprendió cuando Leticia rechazó su invitación a ir de compras el sábado pasado (siempre le ha gustado ir de compras). En realidad, no había razón para no ir, pero simplemente no tenía ganas. En lugar de ir, pasó gran parte del sábado durmiendo.

Pero quedarse en su casa más de lo habitual no es el único cambio en Leticia. Siempre fue muy buena estudiante, pero en los últimos meses sus notas han bajado de manera notoria y tiene problemas para concentrarse. Incluso ha suspendido algunos exámenes y aún no ha entregado un ejercicio que debía entregar la semana pasada.

Cuando regresa a su casa para la cena, después de entrenar, no tiene hambre. Si bien hace el esfuerzo de comer un poco con su familia, no tiene demasiado apetito. Después de la cena, Leticia va a su habitación, hace algunas tareas y se acuesta. Ni siquiera tiene ánimo para hablar por teléfono con sus amigas.

Cuando su madre muy preocupada le pregunta qué le pasa, ella siente ganas de llorar pero no sabe por qué. Todo parece estar mal, aunque no ha ocurrido nada malo en particular. Simplemente se siente triste todo el tiempo y no se puede liberar de ese sentimiento.”

Por ejemplo, septiembre es un mes de reinicio, de vuelta de las vacaciones y toca empezar nuevos proyectos o continuar con las que ya teníamos tras el parón y el merecido descanso.

Hay personas a las que les puede costar más de lo habitual empezar y arrancar el día con cierta energía y ponerse a llevar a cabo las actividades y tareas habituales que supone cualquier día normal: tareas de casa, hacer la compra, la rutina diaria del trabajo fuera de casa, encargarse de los niños… En nuestro post Síndrome Postvacacional ya te hablamos de ello.

Todo el mundo atraviesa períodos de tristeza, de soledad o de infelicidad. Los acontecimientos cotidianos y nuestras reacciones ante ellos, afectan a veces a nuestra calma y paz interior. Así funcionamos y así es la vida.

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Pero cuando esos sentimientos y sensaciones duran semanas o incluso meses, impidiendo que volvamos a adoptar una visión sana de la realidad e interfiriendo de manera notable en nuestro día a día es posible que nos hallemos ante una depresión.

Cómo recuperar las ganas de hacer cosas

Conjuntamente con el tratamiento psicológico y/o médico adecuado para cada caso, aquí os dejamos varios tips o consejos que llevados a la práctica pueden mejorar y que aumenten tus ganas de hacer cosas.

  1. Si te gusta, hazlo: reflexiona y piensa qué actividades te gustan de verdad y te provocan placer y un sentimiento de felicidad: hacer yoga, leer, ir al cine, pasear, ir de compras, escuchar música, bailar, cocinar… Es fundamental que retomes algunas de ellas y obligarte a llevarlas a la práctica, de esta forma las emociones positivas volverán y te sentirás bien.
  2. Proponte metas sencillas a corto plazo: piensa qué es lo que te gustaría conseguir o lo que más deseas alcanzar a corto plazo y céntrate en perseguir ese sueño y conseguirlo. Prepararte una oposición, mudarte de casa, empezar ese curso que tanto llevabas buscando…
  3. Rodéate de gente: es fundamental que sigas interactuando con las personas de tu entorno: amigos de toda la vida, familia, pareja, compañeros de trabajo. Trata de no aislarte y esfuérzate por quedar y hablar con ellos.
  4. Busca la felicidad dentro de ti: ya os lo detallamos en nuestro artículo Lo tengo todo y no soy feliz la felicidad está en ti. Deja de compararte y buscar fuera, la fuente de tu felicidad la tienes en tu interior, sólo has de encontrarla 😉
  5. Practica ejercicio físico: aunque te sientas incapaz de moverte y te apetezca menos de cero, has de hacer un gran esfuerzo y empezar a realizar cualquier actividad física.
  6. Entrena y familiarizate con el Mindfulness: te va a ayudar y es que está comprobado que su práctica habitual mejora y frena los niveles de ansiedad y de depresión. Aprende más sobre esta técnica en nuestro post “Qué es el Mindfulness”. Gracias al Mindfulness podrás escuchar con más detenimiento tu diálogo interior y por ello es terapéutico para prevenir la depresión puesto que para poder minimizar el impacto de los pensamientos negativos, en primer lugar es fundamental identificarlos para poder cambiar el enfoque. También te va a beneficiar para calmar ese ruido mental muchas veces presente en personas depresivas.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ya indicó que la depresión se convertirá en el año 2020 en la segunda causa de incapacidad en el mundo, detrás de las enfermedades isquémicas (infartos, insuficiencia coronaria, accidente cerebrovascular) mientras que en el año 2000 ocupaba el cuarto lugar.

Vamos a profundizar un poquito más.

Abulia

Cuando “no tengo ganas de hacer nada” se convierte en la frase constante que escucho dentro de mi cabeza de manera habitual y estoy de verdad sin ganas de hacer nada, entonces hablaríamos de abulia. La abulia es la ausencia casi total de ganas de vivir o de hacer cualquier actividad.

Puede ser un síntoma de múltiples trastornos mentales y en uno de los que se observa con mayor frecuencia es en la depresión.

Sus principales características son:

  • Falta de automotivación y energía para hacer cualquier actividad que anteriormente le generaba placer o interactuar con otras personas.
  • Pasividad.
  • Respuesta emocional tardía.
  • Disminución de la espontaneidad.
  • Dificultad para tomar decisiones, centrarse en objetivos y cumplirlos.

Una vez que detectamos abulia es fundamental ponernos en manos de profesionales para intervenir lo antes posible y poder mejorar la calidad de vida del paciente.

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Anhedonia

Definimos anhedonia como la incapacidad por experimentar placer. Aparece una disminución o total incapacidad para disfrutar con aquellas situaciones o actividades con las que el sujeto antes sí disfrutaba.

La anhedonia y la abulia son íntimas amigas y suelen ir de la mano en el diagnóstico de la depresión.

Hipersomnia

La hipersomnia hace referencia a la somnolencia excesiva aun habiendo dormido unas 7 horas seguidas. La persona durante el día sólo quiere dormir y no hacer nada más que dormir.

Depresión

La depresión es uno de los más comunes y serios problemas de salud mental que enfrenta la gente hoy en día. Millones de personas en todo el mundo sobreviven en medio de la depresión.

Los síntomas varían mucho de una persona a otra. Varían tanto que dos personas deprimidas pueden tener muy poco en común, más allá del estado de ánimo deprimido. Aun así, los síntomas principales que la definen son:

  • Tristeza patológica: se diferencia de la tristeza normal y habitual, alcanza un nivel tal, que interfiere negativamente en la vida cotidiana, tanto en lo social, en lo familiar y lo sexual. Puede aparecer sin motivo alguno o tras un acontecimiento significativo. Es una sensación muy profunda, arrasadora. Tanto, que el paciente se siente «en baja», tal como si hubiera perdido el sabor, el placer de vivir. Se considera incapaz de brindar amor o afecto, lo cual aumenta sus sentimientos de culpa.
  • Anhedonia
  • Ansiedad: es la acompañante habitual del deprimido, que experimenta una extraña desazón, como un trasfondo constante.
  • Insomnio: al paciente le cuesta conciliar el sueño y, además, se despierta temprano y de muy mal humor.
  • En algunos casos puede presentarse la hipersomnia de la que acabamos de hablar.
  • Alteraciones del pensamiento: imagina tener enfermedades de todo tipo; surgen ideas derrotistas, fuertes sentimientos de culpa, obsesiones, distorsiones cognitivas. El pensamiento sigue un curso lento y monocorde, disminución importante de las capacidades cognitivas: memoria, atención, concentración, velocidad mental, etc.
  • Alteraciones somáticas: por lo común surgen dolores crónicos o erráticos así como constipación y sudoración nocturna. Se experimenta una persistente sensación de fatiga o cansancio. Fatiga, dolores de cabeza, dolor de espalda, náuseas, vómitos, estreñimiento, molestias cardiorrespiratorias, etc.
  • Alteraciones del comportamiento: el paciente tiene la sensación de vivir arrinconado. Puede estar quieto, de manos cruzadas, o explotar en violentas crisis de ansiedad o en ataques de llanto por motivos insignificantes. Le resulta difícil tomar decisiones y disminuye su rendimiento en el trabajo.
  • Modificaciones del apetito y del peso: la mayoría de los pacientes pierde el apetito y, en consecuencia, provoca una disminución de peso considerable.
  • Culpa excesiva: siente con exceso la carga de una culpa inexistente, lo cual puede desembocar en delirios.
  • Pensamiento suicida: los pacientes presentan una preocupación exagerada por la muerte y alimentan sentimientos autodestructivos.
  • Disminución de la energía: se produce un cansancio injustificado, a veces con variaciones durante el día, muy a menudo más acentuado por la mañana. Las personas afectadas suelen sentirse más fatigadas por la mañana que por la tarde.

A veces podemos estar bajitos de energía o pasando una etapa de más cansancio, pero si esta sensación de no poder con tu cuerpo, de estancamiento emocional, de sentirte sin motivación y de no querer hacer absolutamente nada se prolonga en el tiempo e incapacita tu día a día, afectando en tu calidad de vida, es posible que no sólo sea falta de ganas o falta de energía y sea algo un poco más complejo.

Si consideras que tu situación va más allá y no necesitas un simple refuerzo de tu autoestima, te recomendamos que solicites una cita con nosotros en el IEPP para una primera orientación sin compromiso donde hablaremos de todo esto y podemos empezar juntos un proceso individual que te dará herramientas para poder recargar pilas y energía, y ver algo de luz entre tantas tinieblas.

Puede sonar cruel o desesperanzador, pero es la verdad y, como os iré contando en los próximos artículos que publicaré, es mejor que nos enfrentemos a los hechos lo antes posible: por mucho libro de autoayuda, por mucha ayuda de tu psiquiatra o psicólogo que tengas, si no tienes motivación se hace mucho más complicado.

Cuando, tras unos meses desaparecida, regresé, os dije que había estado trabajando mucho y muy duro. Bien, pues es en esto en lo que he trabajado más… y lo he tenido que hacer sola porque es de esas cosas que tenemos que hacer solos: encontrar algo que nos motive.

Con este artículo pretendo que veáis que la vida nos pone a veces en situaciones complicadas en las que nos vemos obligados a reinventarnos para salir adelante. No importa si es una enfermedad recién diagnosticada, un brote de la que ya tenemos o que hemos perdido el trabajo. Todos, en algún momento, hemos tenido que reinventarnos. Así que vamos a ello, os parece? Yo, como os conté ya, lo hice hace mucho tiempo. Así llegué al maravilloso mundo de la salud y la e-salud. Ahora, por motivos muy diferentes al lupus, debo reinventarme de nuevo y, os avanzo, ni os imagináis a dónde he llegado! 😉

Comparto mi camino para animar a los que estéis en él. Sé que no es cosa agradable ni fácil.

Comparto porque, ¿quién sabe? Quizá a alguien le inspire lo que yo he hecho y estoy haciendo.

Comparto porque compartir es crecer y aprender. Toda idea es siempre bienvenida, ya lo sabéis! Nunca se sabe quién se va enamorar de nuestra sonrisa ni dónde o cómo vamos a encontrar aquello que nos cambie la vida.

Con la depresión pierdes la motivación

Junto con el estigma y la incomprensión en torno a la depresión, la pérdida de motivación es de las cosas más duras que hay. De la noche a la mañana, sin razón aparente, todo lo que te llenaba y hacía feliz ni te va ni te viene. Tus hobbies, las cosas que te divertían, esas cosas que siempre deseabas hacer como si fuera tu último día de vida… Todo, absolutamente todo, deja de llenarte y hacerte feliz.

No os imagináis lo que es eso. Sólo los que lo hemos vivido sabemos lo que se siente. Pero os digo que es duro: porque, en primer lugar, no comprendes cómo es posible que eso que te hacía tan feliz no te apetezca ni hacerlo… En segundo lugar, porque nunca llegas a comprender por qué ha sucedido…

Sin embargo, lo más duro llega cuando, en un intento por salir adelante, lo intentas hacer una y otra vez sin éxito. Y te sientes más vacío aún porque…

¿Qué hago yo ahora con mi vida? ¿Cómo ocupo mi tiempo?

Los días son eternos cuando sólo observas la vida pasar. Muchos lo sabemos muy bien porque, al vivir con una enfermedad crónica, el cansancio extremo o los dolores (o ambos) no nos permiten hacer cosas tan sencillas como esto que hago yo ahora: escribir unas simples líneas.

Con la depresión, sin embargo, es distinto. Tu cuerpo sí que podría responder porque no hay dolor ni cansancio (esto, tomando la depresión aislada), pero es tu mente la que está en un estado de «paso de la vida».

De esto hablaremos más adelante porque ahora me quiero centrar en la búsqueda de la motivación… y en cómo es perder algo tan valioso y que mueve el mundo sin que nos demos cuenta.

Las fases de la depresión

Como en todo, las hay, aunque a veces se solapan o pasamos de la fase 1 a la 4 de golpe y porrazo.

Lloramos sin consuelo, como un niño de 2 años al que se le cae el helado al suelo… Cada día, sin motivo aparente… sin que ni tú ni yo podamos hacer algo por evitarlo.

No queremos hablar, ni salir a la calle… Y, desde luego, tampoco queremos ver esa comedia que quieres que veamos «para que me ría un poco y me anime». Sé que lo haces con la mejor de las intenciones y que estás desesperado por sacarme de ese estado… pero es que no puedo. Es superior a mí 🙁 .

No puedo. Y, por ahora, la verdad es que tampoco quiero intentarlo y quiero quedarme en este estado porque todo me da igual, sabes? Como diría mi querida Vecina Rubia, «me he bajado de la vida» y no hay quien me vuelva a subir.

Porque a la vida tengo que subirme yo. Sólo yo puedo hacerlo. Por desgracia, nadie podrá hacerlo por nosotros.

Puedes darme un empujoncito… que estés ahí, a mi lado, me consuela aunque no lo parezca y ni tú ni yo lo notemos en ocasiones… pero sólo yo puedo salir de este agujero en el que he caído. Ojo, que digo «he caído» y no «me he metido»… porque yo jamás quise caer en esta depresión que me lo ha quitado todo.

Cuando hacemos ‘clic’

Llega el día, sí… aunque no lo parezca, llega el día en que nos decimos «vamos a salir de aquí» y nos ponemos a trabajar.

Bueno, no es tan fácil como «ponerse», pero lo diremos así para simplificar. Te aseguro, no obstante, que no es un proceso naaaaada sencillo.

Pero, eh! Nos hemos levantado. Bien! Ahora… volvamos a hacer lo que siempre nos había llenado, vale?

Me tomo mis pastillas de la mañana, me hago un té (sabéis que me flipan) y me siento en el ordenador.

«¿Y para qué?»- fue lo que me dije esa mañana cuando vi esta misma pantalla que estoy viendo hoy.

Al no verme capaz de escribir, intenté responder a los comentarios que me enviáis y que siempre respondo… pero no me sentía con fuerzas. Tenía un tremendo vacío interior que no me dejaba hacer nada.

De ahí pasé al sofá. Cogí el cuadro de punto de cruz que llevaba sin terminar desde hacía casi un año… pero nada. Con lo que siempre me había gustado a mí eso! 🙁

Intenté de todo: leer, hacer amigurumis… pero cada vez que me planteaba hacer algo, me hundía más en la miseria. Nada me llamaba la atención. No me apetecía hacer nada porque nada de lo que antes me encantaba hacer me gustaba ya.

¿Por qué perdemos la motivación?

¿Por qué, de repente, dejan de llenarme las cosas que antes me hacían tan feliz?

Todos sabéis lo mucho que disfruto escribiendo y hablando con vosotros en las distintas redes sociales. Soy una friki, y me encanta. Cada mañana, desde hace años, me he levantado y he encendido el ordenador para dar visibilidad al lupus y otras autoinmunes.

Desde hace años también, he ido a eventos, he dado charlas y he hecho mil cosas que todos habéis podido seguir a través de este blog y las redes sociales.

Creo que nadie diría que no era feliz haciendo lo que hacía, ¿verdad?

Pues ya no lo era…

Eso, os lo aseguro, provoca una desazón difícil de explicar. No sólo te desorienta porque no lo comprendes, sino que te coloca en el punto de partida: la cama (o el sofá).

No tienes nada que hacer, así que ¿para qué levantarse?

¿Es bueno obligarse a hacer cosas?

Quizá un profesional nos diría otra cosa, pero yo os voy a dar mi opinión en base a mi experiencia.

Cuando vi que no me llamaba ya la atención hacer nada, intenté obligarme. Pensaba que si hoy no lo lograba, mañana o pasado sí que podría… pero cada día que lo intentaba me llenaba menos aún y «le cogía más manía». Y, por supuesto, me hundía más aún.

Dejé de intentarlo porque no me ayudaba nada y, cuando superé el cataplof que supone enfrentarse a esta realidad de la no motivación, me puse a trabajar.

Trabajando para encontrar nuevas motivaciones

Tarea ardua! Y más si tienes limitaciones como dolor, cansancio o el simple hecho de que no te puede dar el sol.

No me levantaba de la cama, pero pensaba cada día en qué cosas podía hacer para llenar mi tiempo y hacer mis días llevaderos y mi vida soportable.

Y, por más que pensaba, no encontraba nada.

Y seguí buscando… y buscando…

Y buscando… y buscando…

Hasta que se me ocurrió algo. Una tontería muuuuuy grande: escanear las fotos familiares. Una pérdida de tiempo para muchos, pero que a mí me dio la vida porque llenó mis mañanas durante un tiempo.

Un consejo para los que estéis en esta etapa de búsqueda: no descartéis nada. Pensadlo, informaos… Y, si os veis con fuerza, intentadlo. Os he hablado más sobre mi búsqueda y las cosas que he probado en el artículo sobre mis hobbies. Leedlo y espero que os. entre la inspiración 🙂 .

Con el tiempo, ya lo veréis, llegará el día en que encuentres tu nuevo hobby, carrera profesional o te vuelva a apatecer hacer lo que antes te gustaba.

A mí me pasó. De repente, un día, me levanté con ganas de escribir! Ni yo me lo explicaba! Claro que tampoco me lo planteé mucho porque me sentí aliviada. Y así fue como volví 🙂 .

La motivación en la depresión con dolor o/y cansancio

Si ya de por sí es duro caer en una depresión, más duro lo es cuando hay dolor o cansancio extremo de por medio. ¿Cómo encuentro algo que me llene si, simplemente, no puedo hacer nada porque mi cuerpo no me deja?

Encontrar algo que nos llene y que, además, podamos hacer, no es fácil. Para muchos se convierte en un círculo vicioso-depresivo porque cuando por fin logramos levantar un poco la cabeza no hay nada que podamos hacer… Y nos volvemos a caer o nos hundimos más.

Para los que viven con dolor o cansancio hay gestos simples que son imposibles. Sin ir más lejos, el movimiento de poner una foto en un escáner o hacer clic con el ratón es un imposible.

Como comprenderéis, en esas circunstancias todo se hace más complicado. Querer no es siempre poder 🙁 .

A todas esas personas les digo que yo he estado en esa situación. No igual porque los dolores y el cansancio son diferentes en cada uno, pero sí en una situación en la que todo lo que hacía dolía… en la que hasta lavarme los dientes me cansaba hasta la extenuación.

No dejéis de buscar… porque hoy en día hay soluciones para casi todo, y en casi todo hay formas en que podemos hacer adaptaciones para que nos duela o canse menos. No en todo, pero yo sí encontré algunas ayudas que me hacían las cosas más llevaderas.

Buscad. Imaginación al poder!

Hay que intentarlo, aunque no siempre lo consigamos. Yo os iré enseñando mis cosillas, por si a alguien le sirve o le inspira 😉 .

Cuando vivía con dolor y cansancio siempre pensaba en modos para adaptar o cambiar las cosas para que todo me doliera menos. Y Jorge siempre me decía que buscaba cosas que no existían cuando salía a la calle o me lanzaba a internet buscando lo que había pensado, jeje. Pero casi siempre acababa encontrando al menos algo similar. Así que buscad! Y no dejéis de decirles a vuestros médicos que el dolor y el cansancio os limitan mucho y os hacen sentir así. Es importante que lo digamos porque no es ser pesados ni quejicas. Es hacerles conscientes de que, a pesar de todo, ese dolor y ese cansancio siguen ahí y nos limitan en muchos aspectos.

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Si alguna vez algún familiar o amigo cercano te ha dicho la famosa frase «tú lo que tienes que hacer es salir más» es porque llevas un tiempo encerrada en casa, aislándote de los demás, sin querer ver a nadie ni hacer nada. Aunque a veces no se trata de lo que quieres, sino de lo que no te sientes capaz de hacer. Al margen del peligro que supone dar ese tipo de consejos a una persona con depresión o ansiedad, es importante que te des cuenta de que si no tienes ganas de salir de casa, es porque tienes un problema que debes tratar. Aislarte en casa es peligroso y no va a solucionar tu situación, pero nadie mejor que nosotras para comprender por qué te ves incapaz de abrir la puerta y salir a la calle.

Por qué no quieres salir de casa

Hay que advertir que también hay muchas personas a las que no les gusta mucho la vida social y son muy caseras, prefieren hacer actividades en casa y necesitan muchos momentos de soledad para estar con ellas mismas. No hay ningún problema en este caso, es una cuestión de preferencias y no están evitando o evadiendo nada. Y, por supuesto, no ven limitadas sus funciones diarias.

La alarma se dispara cuando tu necesidad de estar en casa o, más bien, de no salir a la calle reduce considerablemente tu vida social, familiar y puede perjudicar hasta tu vida laboral. ¿No quieres ver a nadie? ¿No quieres salir de casa? Presta atención porque puedes estar ante un problema importante.

+ ¿Sufres depresión?

La depresión es el motivo más habitual por el que las personas se quedan en casa. Un trastorno depresivo quita las fuerzas, las ganas y la motivación, entre otras muchas cosas. Y lo que menos te apetece es salir de casa y ver a gente cuando te encuentras en un estado de desesperanza y agotamiento físico y mental.

+ Un trastorno de ansiedad no te deja salir de casa

Los problemas de ansiedad, que antes o después se hacen familiares de la depresión y viceversa, son también uno de esos motivos frecuentes por lo que no quieres salir de casa ni ver a nadie. Tanto en el caso de la depresión como en el de la ansiedad, se produce una mezcla de motivos para el aislamiento. Por un lado el agotamiento que producen estas dos situaciones, pero hay otro tan importante: la incomprensión que genera tu estado emocional en el resto de las personas.

+ Agorafobia: miedo a salir a la calle

Si sufres agorafobia, por ejemplo, es inevitable que tengas ese temor a salir de casa. Lo que decides es evitar la situación que provoca el miedo, así que la mejor forma de evitarlo es quedarte encerrada en tu casa que te da seguridad.

+ Duelo por la muerte de un familiar o alguien cercano

Si has perdido recientemente a un familiar, el proceso de duelo también puede mantenerte en casa. Es normal y hasta saludable, pero procura que ese aislamiento social no se alargue en el tiempo.

+ Crisis existencial: un motivo para no querer salir de casa

O puede que no quieras salir de casa ni ver a nadie en momentos puntuales de reconstrucción vital. Cuando te sientes perdida, cuando no encuentras el sentido de la vida, cuando estás sufriendo demasiado estrés y necesitas un parón, un descanso de todo.

Razones por las que no quieres ver a nadie

Una cosa es no tener ganas de salir de casa y otra cosa es no querer ver a nadie, aunque la mayoría de las veces una lleva a la otra. Si te encierras en casa porque estás sufriendo un trastorno emocional o porque estás pasando un mal momento, lo que menos necesitas es esos consejos que llegan con mucho cariño y mejores intenciones pero que te hunden un poco más en el pozo.

Tu madre, tu hermana o tu mejor amiga te dirán que tienes que salir de casa. «Tienes que». Y tú lo sabes, pero lo que no sabes es cómo hacerlo porque no te quedan fuerzas para nada que no sea sobrevivir emocionalmente un día más. Nosotras te entendemos, pero no todo el mundo consigue empatizar con esa situación y pueden hacerte sentir culpable, que es un peso extra que en estos momentos no puedes llevar.
Pero todos sabemos que necesitamos las relaciones sociales, ¿verdad? Puedes empezar por invitar a tu casa a esas personas de tu círculo social que sean más comprensivas.

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Los riesgos de no salir de casa

Lo que en principio puede parecer una medida de seguridad, no salir de casa porque te encuentras mal, se puede convertir en tu peor enemigo y en un obstáculo para que salgas adelante en tu situación. El riesgo de soledad es evidente, la gente al final deja de llamarte porque siempre dices que no a todo y llega un momento en que sientes que no puedes contar con nadie. Pero no lo creas del todo, seguro que hay personas a tu alrededor que están esperando a que pidas ayuda.

Es precisamente el pensamiento el que más sufre el aislamiento en casa. Todos los cuadros de depresión y ansiedad van acompañados de pensamientos obsesivos y distorsionados. Y no contrastar el mundo con nadie más lo único que hace es engrandecer esos pensamientos hasta convertirlos en una masa monstruosa que no te deja ver la realidad.

Con el tiempo, no querer salir de casa puede hacer que descuides algunas obligaciones laborales y familiares, pero el riesgo se produce sobre todo en tu interior. Tu vida se ve limitada en todos los aspectos, tu autoestima se reduce porque no te ves capaz de salir y finalmente tu mente y tu cuerpo normalizan ese aislamiento.

Qué hacer para recuperar el ánimo y salir de casa

Y no querer salir de casa no es ni normal ni saludable. Sabes que tienes que salir pero, ¿cómo hacerlo? Si te ves en esta situación, la mejor idea es que salgas al menos para ir al psicólogo y te ayude a encontrar la causa de ese aislamiento supuestamente voluntario. Pero más allá del psicólogo hay algunas cosas que puedes hacer por ti misma.

En los primeros pasos no tienes que pedirle ayuda a ninguna persona de tu entorno si no quieres. Pero toma la decisión de salir hoy (no pienses en el resto de los días) a dar una vuelta a la manzana. Tal vez ir a comprar el pan. Ya está, no tienes que hacer más. El simple hecho de darle los buenos días al vendedor del pan constituye un paso enorme.

Ahora no intentes hacer proezas como asistir a un concierto multitudinario con todos tus amigos. Sigue paso a paso la vuelta a la vida real. Despacio. Primero invita a alguna amiga a casa y cuéntale que no es que no quieras salir de casa, que lo que ocurre es que te cuesta un mundo. Tu mejor amiga te dará la mano y podréis ir al parque a caminar un rato o a un sitio que te guste y en el que te sientas cómoda. No hace falta que pases toda la tarde fuera, solo un momento es suficiente.

Poco a poco, con la ayuda del psicólogo y de tu entorno más cercano podrás ir recuperando tu actividad social o tu vida fuera de casa. No te marques objetivos grandes, sino pequeños pasos. Ir al supermercado y hacer la compra despacio sin salir corriendo, llamar a una amiga a la hora del café para tomarlo en un sitio tranquilo y con poca gente o invitar a comer a tu casa a dos de tus amistades.

Verás cómo al relacionarte con alguien más que con tus propios pensamientos, tu perspectiva se va transformando, tu peso se va haciendo más ligero y empiezan a aparecer colores en medio de tanta oscuridad. Pero recuerda, cuando un trastorno emocional llega a tu vida, la mejor manera de combatirlo es con la ayuda de un profesional.

Escrito por Sarah Schuster.

La mayoría de las personas piensan que estar deprimido equivale a estar «muy triste» y, a menos que hayas experimentado la depresión en tus propias carnes, puede que no sepas que es mucho más que eso. La depresión se manifiesta de muchas maneras diferentes, algunas más evidentes que otras. Mientras que habrá a quienes les cueste mucho salir de la cama, otros rendirán lo justo en el trabajo; cada persona es diferente.

Para descubrir de qué formas —que la gente no suele entender— se manifiesta la depresión, hemos hablado con personas que padecen depresión sobre las cosas que hacen a causa de su enfermedad y de las que los demás no se dan cuenta.

1. En las situaciones de interacción social, hay personas que no se dan cuenta de que me aparto o no hablo mucho por la depresión. En vez de eso, muchos piensan que soy una maleducada o que esto siendo antisocial a propósito». — Laura B.

2. «Me cuesta mucho salir de la cama, a veces, horas. Después, el mero pensamiento de meterme a la ducha se me antoja agotador. Y si al final consigo hacer ambas cosas, ya estoy lista para echarme la siesta. La gente no lo entiende, pero tener ansiedad y depresión es agotador, es como una pelea física contra un boxeador profesional». — Juli J.

3. «Me apunto a un plan y me rajo a última hora. Pongo excusas porque entro en pánico. A veces piensas que tus amigos no tienen ganas de verte de verdad, que simplemente se sienten mal por ti. Que lo hacen por obligación». Brynne L.

4. «Me escondo detrás del teléfono. Sí, tengo una adicción, pero no como otras personas. No socializo, juego a juegos o miro tiendas por internet para distraerme de los pensamientos negativos. Es mi burbuja de seguridad». — Eveline L.

5. «Me voy a la cama a las nueve de la noche y duermo del tirón hasta las diez o las once de la mañana». — Karissa D.

6. «Me aíslo, no lo doy todo en el trabajo por la constante falta de interés en todo, hago chistes despreciándome. Lo he dicho muchas veces: ‘Me río por no llorar’. Por desgracia, es literal». — Kelly K.

Bebo en exceso. La mayoría de las personas asumen que intento ser ‘el alma de la fiesta’, pero es algo mucho más profundo que eso.

7. «Cuando le digo a alguien que estoy deprimida es porque quiero que alguien me diga que no estoy sola, no es que quiera llamar la atención». — Tina B.

8. «No me gusta hablar por teléfono. Prefiero mandar un mensaje. Supone mucha menos presión. También soy antisocial. No porque no me guste estar rodeada de otras personas, sino porque estoy segura de que no me aguantan». — Meghan B.

9. «Intento compensar en el trabajo y me paso… Trabajo de cara al público en un gimnasio y siento la necesidad de mostrar una personalidad súper alegre. En cuanto salgo por la puerta al terminar la jornada, noto cómo me derrumbo. Es agotador… soy una profesional a la hora de ocultarlo». — Lynda H.

10. «Bebo en exceso. La mayoría de las personas asumen que intento ser ‘el alma de la fiesta’ o que me gusta beber en general. Suelo recibir elogios por ello, pero mis problemas son algo mucho más profundo que eso».

11. «Me escondo en mi habitación durante horas mientras veo Netflix para distraerme o, en situaciones de interacción social, voy muchas veces al baño o salgo de la habitación porque las situaciones sociales me superan». — Kelci F.

12. «Digo que estoy cansada o que no me encuentro bien… la gente no se da cuenta de lo que puede llegar a afectar la depresión física y emocionalmente». — Lauren G.

13. «Respondo despacio. Noto que el cerebro me funciona más despacio y no puedo pensar en las respuestas a las preguntas tan rápido. Especialmente cuando alguien me pregunta qué es lo que me apetece hacer; realmente no me apetece nada. Me aíslo para no verme en una situación en la que tenga que responder, porque me resulta agotador». — Erin W.

14. «A veces, se me olvida que tengo que comer. Oigo cómo me ruge el estómago pero no tengo la fuerza de voluntad para levantarme y prepararme algo de comer». — Kenzi I.

15. «No hablo mucho en grupos grandes, especialmente si no conozco a la gente. Me aparto porque tengo depresión y ansiedad. Los demás piensan que soy una estirada. Pero en realidad lo que me pasa es que me da miedo no caer bien o que la gente se piense que estoy loca nada más mirarme…». — Hanni W.

16. «No mantengo el contacto con nadie, descuido la higiene personal y reacciono de manera desproporcionada ante cosas aparentemente triviales». — Jenny B.

17. «Me enfado, soy desagradable o maleducada con gente a la que quiero sin darme cuenta. Me doy cuenta de lo que he dicho y hecho después y me siento fatal por haber pagado mi cabreo con personas que no se lo merecen». — Christie C.

18. «Trabajo a propósito durante las vacaciones para evitar pasar tiempo con la familia. Me supera estar con ellos y hablar de la vida y del futuro, así que lo evito». — Aislinn G.

19. «Mi casa es un completo desastre». — Cynthia H.

Sonrío constantemente, incluso cuando no tengo ganas; lo hago porque siento que no tengo derecho a estar triste cuando estoy con más gente.

20. Hago voluntariados de todo tipo: desde cuidar niños a limpiar la casa de alguien. Me rodeo de situaciones que me obliguen a salir de la cama y a salir de casa porque pienso que si no se me necesita, no seré bien recibida». — Carleigh W.

21. «Le doy demasiadas vueltas a las cosas y planeo demasiado todo. Siento la necesidad de que todo sea perfecto y de que todo el mundo esté contento, aunque me cueste toda mi energía. Como si la aprobación de alguien externo mejorara las cosas. A veces empiezo con mucha energía y luego me estrello y ni siquiera disfruto de lo que llevaba semanas o meses planeando. Y durante los meses siguientes no veo a nadie porque me recluyo en mi burbuja de seguridad». — Vicki G.

22. «Sonrío constantemente, incluso cuando no tengo ganas; lo hago porque siento que no tengo derecho a estar triste cuando estoy con más gente. También hago lo que haga falta para contentar a los demás porque, como yo no estoy contenta casi nunca, me hace sentir un poco mejor ver a alguien feliz. También me aíslo aunque a veces me apetezca estar con alguien más». — Wendy E.

23. «La gente no se da cuenta de que pido perdón incluso antes de pensar en expresar una opinión porque me siento inferior. Pido disculpas por sentirme de cualquier manera ante cualquier situación porque siento que importo muy poco. Pero la gente no sabe que me sale pedir perdón incluso por respirar el mismo aire que ellos. Incluso pido perdón antes de preguntar dónde está el baño, aunque lleve mucho tiempo aguantándome las ganas. Siento que soy una carga por unas necesidades biológicas sobre las que no tengo ningún control». — Amy Y.

24. «Descuido tareas básicas como la colada, cocinar o comer. Y la gente suele pensar que lo hago porque soy una vaga». — Rebecca R.

25. «A veces paso días sin hablar con nadie. Los demás tienden a pensar que les estoy ignorando a propósito cuando lo que me pasa realmente es que me siento perdida. No quiero tener la sensación de que estoy presionando a la gente. Algunos días son duros porque me consumen los pensamientos y no encuentro la motivación para hacer cosas sencillas que otras personas hacen de manera rutinaria». — Alyssa A.

26. «La gente no se da cuenta de que no soy capaz de decir que no sin sentirme culpable. Tengo que tener motivos de peso para justificar todo lo que hago. Supongo que es habitual intentar convencer a alguien para que cambie de opinión, pero la gente no tiene ni idea de todo lo que me cuesta decir que no en primer lugar. Me siento tan inferior que me siento culpable por siquiera pensar en dar prioridad a mis necesidades o a lo que quiero. Después me siento como un felpudo cuando cedo a la presión, es un ciclo sin fin». — Amy Y.

27. «Me alejo de las personas que me importan porque no podría soportar que me hicieran daño. Todo el mundo piensa que lo hago porque soy cruel y antisocial». — Tina R.

28. «Salgo a pasear sola por la noche. La depresión no me deja dormir y los pensamientos llegan a ser tan agobiantes que me siento físicamente saturada por dentro. Los largos paseos nocturnos me ayudan a acallar los gritos que resuenan en mi cabeza». — Lynnie L.

29. «Muchas veces se me acusa de no tener sentido del humor. Pero se equivocan. Antes de caer en esta depresión, sonreía y me reía como una más. Ahora, después de llevar 15 años con depresión, cuando una situación o un chiste me parecen divertidos, no se me nota en la cara ni en la risa. Tengo sentido del humor, pero me supone demasiado esfuerzo expresarlo. No tengo la energía suficiente». — Martha W.

30. «Estoy más cómoda si mi casa está a oscuras. La gente siempre me dice: ‘No me extraña que estés tan deprimida. Tienes que dejar que entre luz’. La oscuridad me hace sentir cómoda, como si no estuviera sola. En los días buenos, me encanta el sol». — Michelle T.

Este artículo fue publicado originalmente en la edición estadounidense de ‘The Huffington Post’ y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero.

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