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Testimonios de mujeres maltratadas

Testimonio de una mujer maltratada: «Me dio varias patadas y me tiró por el balcón a la calle»

«Me aseguraron que me ayudarían a conseguir un piso y un trabajo estable para que pudiera recuperar a mis hijos. Pero no han cumplido. Desde septiembre trabajo en esta tienda (un establecimiento de ropa en Palma) y me encuentro emocionalmente bien, como dictaminó una psicóloga de los juzgados de Vía Alemania que asiste a víctimas de delitos. Así que me decidí a alquilar un piso grande en Inca para poder rehacer mi vida con mis tres hijos. Para ello me entrampé porque tuve que adelantar 1.500 euros, quinientos para la agencia y dos meses de fianza. Y luego, cuando reclamé ayuda al Ayuntamiento de Inca, la regidora de Benestar Social me dijo que con lo que cobro no entro en los parámetros para recibirla. Y yo no pido una ayuda mensual, sino un apoyo para comenzar de nuevo», lamenta esta madre maltratada que, mientras tanto, tendrá que conformarse con ver a sus hijos una hora al mes en el Consell de Mallorca.

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Testimonio de una mujer maltratada

Afortunadamente, entre todas, lo hemos cogido a tiempo, no he tenido que lamentar nada, salvo la herida interna que producen estas situaciones. El tiempo todo lo cura.

Ahora tengo las ideas más claras, no podemos dejarnos maltratar en beneficio de otro; el maltrato físico o psicológico es un delito que atenta contra la libertad y el desarrollo de las personas. Hay que ponerle límites y dejarse ayudar por quien está preparado para hacerlo. Los beneficios son infinitos.

Después de esta desagradable experiencia comienza para mí una nueva etapa, individual, sin falsos ayudantes ni asesores supuestamente gratuitos que encubren otro interés que no es mi bienestar, como dicen, sino el suyo propio a costa mía.

Mi actitud es diferente, más reflexiva y prudente. Y la ilusión y la esperanza, siento como fluyen muy poco a poco. He comenzado a sentir el equilibrio que había perdido y eso me da fuerza para poder afrontar nuevas situaciones que se puedan plantear. Si algo he aprendido de esto es a mantenerme alerta, siempre alerta, no bajar la guardia nunca, ante nadie, ni ante nada. Y respetar al otro, merece el mismo respeto que yo.

Espero que mi testimonio ayude a todas aquellas mujeres maltratadas que deseen salir de esta situación. Con mis mejores deseos.

El duro testimonio de una mujer maltratada durante 49 años por su marido

La víctima tiene 73 años. GETTY IMAGES

El calvario de los malos tratos se prolongó durante 49 años. Los mismos que duró su matrimonio. Hasta que en el verano de 2016 un nuevo episodio, uno más del sinfín que había padecido, le hizo decir «hasta aquí». Pensó que no sería capaz de «buscarse la vida». «Pero me la busqué», afirma. Lo primero que hizo fue ir a por ayuda al Ayuntamiento. «Del Concello me remitieron a la asistente social y de ahí a la Guardia Civil», cuenta. Y denunció.

Con el apoyo de sus hijos, de sus hermanos, de otros familiares… inició una nueva etapa en su vida alejada del maltrato, los insultos y las humillaciones que había padecido durante casi medio siglo. Hoy, con 73 años, esta vecina de Nigrán, en Pontevedra, todavía vive con miedo, va acompañada a todos los sitios y si está sola en casa «se encierra». Pero tuvo la fortaleza de salir de un auténtico «infierno». «Lo que me pesa es no haberlo hecho antes», afirma. Ahora, como víctima, suplica que las mujeres que pasan por esta misma situación tengan más ayudas económicas y también de otra índole: «Hay que auxiliarlas porque se sufre mucho».

El caso de esta mujer llegó a juicio esta semana en Vigo. Hubo un acuerdo entre fiscal, acusación particular y defensa. El septuagenario aceptó 21 meses de cárcel al asumir la autoría de un delito de maltrato habitual. Pero no llegará a ingresar en prisión. Durante cuatro años y medio no podrá aproximarse ni comunicarse con su ya exesposa -a raíz de la denuncia se divorciaron- y debe indemnizarla con 16.000 euros por el daño moral que le causó durante décadas.

La mujer, finalizado este proceso judicial, confiesa que no está satisfecha con la condena. «Me hubiese gustado un castigo mucho más mayor; pero con que ya no se meta conmigo me siento feliz», confiesa. Y es que, tras la denuncia inicial, aún lo tuvo que denunciar en otras ocasiones por quebrantamientos de la medida de alejamiento.

Desde adolescente

La relación de esta mujer con el hombre que después se convertiría en su maltratador empezó cuando todavía era adolescente. Apenas tenía 16 años cuando empezó a salir con él. «De novios era la mejor persona del mundo», recuerda sobre aquella primera época. Pero todo cambió cuando se casaron. La boda fue en 1967. Ella tenía 24 años. Empezaron a vivir juntos y ya comenzó el maltrato, las humillaciones… Nunca cesarían. «Al principio piensas que tú eres la culpable de todo; te dicen que no vales para esto, que no sirves para esto…, y te lo crees», confiesa.

La Fiscalía concreta en el escrito de calificación relativo a la vista de conformidad celebrada esta semana en Vigo que el condenado ejerció desde el inicio del matrimonio un dominio y control sobre la vida de su mujer, aislándola socialmente y no permitiendo que se relacionase con otras personas. Con el paso del tiempo ya no le permitía comprar ropa, le escondía la comida o le impedía tener dinero. Los episodios de maltrato fueron a más a medida que pasaban los años.

Súplicas

La denuncia de 2016, la que derivó en que se divorciase de su marido y en que éste haya acabado con una condena, no fue en realidad la primera vez que esta víctima intentó salir de la pesadilla que vivía. «Ya lo hice hace 28 años; me fui con mis hijos del domicilio, pero él vino a buscarme, me suplicó, me lloró, me pidió que volviese a casa; en aquel momento la gente que me conocía me decía que regresase, que nos íbamos a arreglar, no sabían lo que en realidad estaba pasando…; así que como no tenía a nadie que me ayudara volví a casa», cuenta.

En aquel momento, la visibilización de la violencia de género no tenía nada que ver con la concienciación existente ahora. «Aquella primera vez me encontré con que no había apoyos por parte de las instituciones, no había ayudas, no es como ahora…; tenías que aguantarte», señala. Distinta fue la situación que se topó en esta última ocasión. En todo caso, considera que se precisan más ayudas de las existentes. «Lo que quiero pedir es que ayuden a las mujeres que pasan por esta situación, a las jóvenes, a las mayores, a todas…; que nos ayuden un poco más, y en lo económico también», suplica. Sabe bien de lo que habla. «A mí el primer año me dieron 600 euros, pero después me los quitaron; estoy cobrando 230 euros, dígame usted que hago yo con eso…», afirma.

Ayuda de la familia

El apoyo de sus hijos y del resto de su familia es fundamental. «Uno de mis hijos se vino para mi casa a cuidarme; tengo también el apoyo incondicional de mis otros hijos, de mis hermanas…, pero es como vivir de la caridad; hace falta que las instituciones aporten más, para que las víctimas podamos valernos por nosotras mismas…», señala.
Cuando hace dos años decidió dar el paso definitivo para salir de aquella «rueda» de malos tratos estaba en una situación límite.

«Yo ya había perdido el habla, no hablaba, y había adelgazado 10 kilos, pesaba poco más de 40…; me vi en esa situación, sin nada, y decidí marcharme; pensaba que iba sin rumbo pero logré salir adelante», dice. ¿Cuál fue el detonante? ¿Qué hizo que se animara a denunciar, cerrando así una etapa infernal de su vida? «Fue un día que vino mi hermana a buscarme para dar un paseo; ella fue a saludar a mi marido y él solo entró en cólera; creí que nos mataba a las dos; cogí a mi hermana de la mano y salí para fuera…», describe. Y ese paso fue fundamental. Ese fue el día que dijo «hasta aquí».

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Cinco mujeres alrededor de una mesa repleta de coca de pastelería y galletas de chocolate hablan y ríen. “¡De la que nos hemos librado!” dice una. Todas se ponen a reír. “Es que esa no era vida”, añade con una sonrisa amarga Laura, una de ellas, resumiendo el sentir general. Son supervivientes, mujeres que dijeron basta y lograron salir del laberinto de la violencia machista.

Es una tarde de martes y como llevan haciendo desde 2009 las mujeres de la asociación de supervivientes de la violencia de género No estás sola se reúnen en la sala diáfana que les cede el ayuntamiento de Sant Cugat -una ciudad acomodada del norte de Barcelona- en el gran edificio de piedra que ocupa su Casa de Cultura. Laura es trabajadora social, licenciada en historia, amante del deporte y madre de dos hijos adolescentes. No quiere especificar su edad y pide salir con un nombre ficticio porque aún tiene miedo a su ex pareja: “sé lo violento que puede ser; lo he sufrido”.

La ex pareja de Laura, de profesión arquitecto, acaba de ser condenado, en primera instancia, a cuatro años y cuatro meses de prisión por cinco delitos de malos tratos y uno de maltrato habitual. Su antiguo compañero sentimental ha recurrido la sentencia y se espera la decisión de la segunda instancia. Mientras, Laura tiene una orden de alejamiento que impide que su ex se le acerque a menos de 500 metros, pero él vive a solo cinco minutos caminando del domicilio de ella. Laura aún vive con los hijos de ambos -que ven a su padre semanalmente- en el mismo apartamento que la pareja compartió durante 19 años en un barrio de Barcelona.

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El hecho de tener una orden de alejamiento fue lo primero que les contó Laura al resto de mujeres de No estás sola cuando un Sant Jordi de hace tres años se topó con la caseta de la asociación para ese día especial. Intrigada por el nombre, se acercó. “Nosotras le preguntamos si tenía apoyo, y le dimos nuestro contacto”, recuerda su presidenta, Maribel Guillamón. Al poco tiempo Laura, que siempre se ha sentido apoyada por su familia, empezó a hacer terapia y acabó entrando a formar parte de la entidad.

Otra de las cinco mujeres del grupo, Bibi -nombre ficticio por petición suya-, solamente se dio cuenta de la situación que padeció durante dos décadas “tomando distancias de él y del entorno en el que vivíamos”. Arquitecta técnica de 57 años y madre de tres hijos ya veinteañeros, Bibi llegó a la conclusión de que la relación en la que se había sentido manipulada, controlada, agredida, ignorada, y de la que había conseguido salir unos años antes, había sido de maltrato.

“Cuando estaba con él no era consciente de que estaba recibiendo agresiones psicológicas”, explica ante un refresco en un bar ruidoso del Raval de Barcelona. Ahora Bibi se está recuperando de una operación de cáncer de mama y vive en casa de su hermana. “Yo tenía la idea de que solo había maltrato si había agresión física”, dice.

En realidad la primera vez que Bibi vio su historia asociada a la violencia machista fue cuando, poco después de separarse de su ex, acudió a la policía a denunciar que él había cambiado la cerradura del despacho de arquitectura que los dos compartían y no podía entrar. Entonces los agentes la derivaron al juzgado de violencia sobre la mujer.

La violencia machista o de género puede afectar a las mujeres sin distinción del nivel de ingresos económicos o de educación y sacude la dignidad por igual, con independencia del origen social o el barrio de residencia. Igualmente, puede ser protagonizada por cualquier hombre. No hay estereotipos. Según la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género esta es “una violencia que se dirige sobre las mujeres por el hecho mismo de serlo, por ser consideradas, por sus agresores, carentes de los derechos mínimos de libertad, respeto y capacidad de decisión”.

En España a raíz de la Ley Orgánica se elevaron a delitos conductas que anteriormente eran consideradas faltas cuando estas “se cometan sobre persona que sea o haya sido esposa, o mujer que esté o haya estado ligada a él por una análoga relación de afectividad aun sin convivencias”. Son los delitos de maltrato que tienen un componente ‘de género’. Diferentes son, en cambios, los delitos de maltrato que entran dentro de la violencia doméstica, o sea la que puede ser ejercida sobre cualquier miembro de la familia.

“Los delitos de violencia machista son instruidos por juzgados especializados, mientras que en el caso por ejemplo de una madre o padre que maltrata a un hijo, la instrucción la hace un juzgado normal”, explica por correo electrónico Pilar Rebaque, abogada penalista y presidenta de la Comissió de Dones Advocades del Colegio de la Abogacía de Barcelona (ICAB)

La verdadera magnitud del problema

En los primeros 10 meses de 2016, hasta el 31 de octubre, ha habido en España 39 mujeres asesinadas por violencia de género en pareja, pero esa cifra muestra solo la punta de un iceberg profundo. Los casos de muerte son la manifestación más extrema y no reflejan la magnitud del problema. Por ejemplo, según datos oficiales del Ministerio de Sanidad, en 2015 hubo 46.931 denuncias con atestado policial y 19.366 casos merecieron la protección de los cuerpos de seguridad. De hecho, en el Estado español se dictaron el año pasado 16.100 órdenes de protección.

El problema es muy grande dentro de la sociedad. Hay muchos tipos de violencia antes de llegar a las agresiones físicas, como se observa en el gráfico adjunto. Y la mayoría de las mujeres afectadas no presenta denuncia. Pese a esos datos y la extensión del problema, el presupuesto que destina el gobierno español a la prevención de la violencia machista ha bajado un 26% desde 2010.

Cuando Bibi entendió a donde la estaban dirigiendo tras su denuncia, se asustó. “Pensé que no era para tanto, que era un tema muy penalizado a nivel social y que no me gustaba que mis hijos tuvieran un padre vinculado con la violencia machista. Y pensé que incluso para mí podía suponer una vergüenza ante la gente: me hacía sentir muy débil, como una pobre desgraciada, una mujer sin carácter. Entonces pedí retirar la denuncia”.

Marta Mariñas López, psicóloga del Servicio de Atención, Recuperación y Acogida del Ayuntamiento de Barcelona (SARA) y activista feminista, explica que lo que le ocurrió a Bibi es habitual: “Muchas mujeres me cuentan que les preguntan ‘¿cómo te ha podido pasar a ti con lo lista, con lo fuerte que eres? Y las mismas mujeres también se lo acaban cuestionando. La violencia machista está en toda la sociedad, pero sigue siendo un estigma el haberla vivido”.

Marta Mariñas, psicóloga del SARA

Muchas mujeres me cuentan que les preguntan ‘¿cómo te ha podido pasar a ti con lo lista, con lo fuerte que eres? La violencia machista está en toda la sociedad, pero sigue siendo un estigma el haberla vivido”

Hoy por hoy, cuenta Bibi, actuaría de otra forma. “A mis hijos les diría: me sabe mal que nos haya tocado vivir eso, pero ha pasado y lo tenemos que visibilizar: si no, las cosas no se saben, y si no las sabemos, no las podemos corregir”. Y añade: “Para llegar hasta aquí me ha ayudado mucho la red de mujeres: juntas no hay quien pueda con nosotras”.

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Una vivencia parecida tuvo Edid (nombre ficticio), de 29 años, estudiante de enfermería, originaria de Guayaquil, Ecuador, aunque educada de pequeña en Barcelona. “Yo no me di cuenta de hasta qué punto había padecido violencias hasta que no escuché a otras mujeres que también las habían vivido”, cuenta hablando rápido y sentada en el salón del apartamento sencillo y luminoso que hasta hace poco compartía con su ex novio, un barcelonés de 36 años.

Después de más de cuatro años de relación, Edid se encontró con que se había quedado totalmente aislada. “Desde el principio él se enfadaba si salía con mis amigas y poco a poco dejé de hacerlo. Luego el control se extendió a todo (el teléfono, cómo iba vestida), empezó a menospreciarme y finalmente llegaron las agresiones físicas”.

Oriol Ginés, psicólogo y vicepresidente de Conexus, asociación que se dedica a la atención, formación e investigación psicosociales, apunta: “la mayoría de las violencias que hacen los hombres, las hacen para poder controlar: no hacen daño para hacer daño, sino para que sepas que la próxima vez pueden volver a hacerlo”.

Cuando después de la última agresión Edid decidió acudir a comisaría, la derivaron al SARA. “Como allí hay mucha lista de espera”, dice, “desde la Oficina de Atención a la Víctima de Delito del juzgado me dirigieron a Exil -una ONG que brinda atención terapéutica, médica y psicosocial. Allí me atienden una vez por semana y si no fuera por Exil no estaría como estoy ahora de recuperada, entendiendo y aceptando las cosas”.

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A diferencia de Laura, Edid no tiene una orden de alejamiento que la proteja: el Juzgado de Violencia sobre la Mujer número uno de Barcelona se la denegó al considerar que no concurre una situación de riesgo para ella: “Nada nos hace pensar que él vaya a molestarla, ya que ha sido denunciado y acusado por estos hechos y por lo tanto es conocedor de las graves consecuencias de su comportamiento. Por ahora se considera suficiente medida de protección la existencia del presente procedimiento y la eventual condena, pues estas disuadirán al imputado de molestar a la denunciante contra su voluntad”, se lee en las diligencias. Poco después, el juzgado de lo penal número seis de Barcelona absolvió al ex novio de Edid de un delito de maltrato , fallo que Edid atribuye a la mala defensa del abogado de oficio.

“Hasta ahora Catalunya es la comunidad autónoma donde menos órdenes de protección se conceden. Cuando las profesionales que nos dedicamos a la defensa de las mujeres víctimas de violencia machista preguntábamos a fiscalía, nos decían que era porque aquí, a diferencia de otras comunidades, los Mossos d’Esquadra no hacían una valoración del riesgo”, denuncia la abogada Pilar Rebaque. “A raíz de una gran movilización por parte nuestra los Mossos han empezado a hacer esa valoración cuando deciden enviar las actuaciones al juzgado: así se puede valorar el riesgo que padece la mujer y acordar la orden de protección”, prosigue la letrada.

Oriol Ginés, psicólogo y vicepresidente de Conexus

La mayoría de las violencias que hacen los hombres, las hacen para poder controlar: no hacen daño para hacer daño, sino para que sepas que la próxima vez pueden volver a hacerlo”

Edid se queja de que hasta la fecha su ex la sigue llamando “con cualquier excusa”, y que este verano apareció, solo, en un bar donde ella estaba con unas amigas. Poco antes de que se lo encontrara, la Cruz Roja, a través del SARA, le había entregado el teléfono de Atenpro (el Servicio Telefónico de Atención y Protección a las víctimas de la violencia de género). “Tenerlo me tranquiliza”, dice. Y agradece que sus vecinos están pendientes de ella: “están al tanto,si ven o escuchan algo, me avisan”.

Muchas mujeres, como Edid ha hecho con los vecinos, buscan medidas de autoprotección. “Yo siempre apelo a la capacidad de cada mujer de buscar estrategias que minimicen las posibilidades de agresión”, apunta la psicóloga Mariñas. “Por ejemplo, poner como contacto en la pantalla del móvil al 112 para poder llamar directamente si se encuentra al agresor, caminar en calles donde haya comercios abiertos para poderse eventualmente meter, o la autodefensa física”.

Mònica (otro nombre ficticio), de 35 años, maestra de primaria de Barcelona, fue una de las mujeres atentidas en el SARA que ya recibió el alta de la terapia. “En esos momentos piensas que no puedes salir de esta espiral, pero sí que se puede. Antes tenía miedo de ir por la calle por si me lo encontraba. Hoy siento que él ya no puede conmigo: si me lo encuentro, lo enfrentaré. O iré a un bar y diré: ‘este tío me está acosando, ¿podéis llamar a la policía? ”.

Un rol muy importante en su recuperación la han tenido sus amistades: “creo que si una pareja de amigos no me coge seriamente y me dice ‘tienes un problema’, probablemente tú y yo no tendríamos esta charla”. Las expertas coinciden en que tener gente de confianza que apoye y no juzgue ayuda mucho tanto a la hora de identificar la violencia y de separarse como en tener un proceso de recuperación más rápido y sólido.

La psicóloga trabajó con Mònica para que liberara su sentimiento de rabia. Lo resume así: “Acabo dejando a mi ex porque es muy autoritario y me controla pero él no lo aceptaba y empezó a perseguirme. Yo le digo que me deje tranquila pero, como no lo hace, le tengo que denunciar, con todo lo que eso representa: soy yo la que tiene que explicar sus intimidades -una y otra vez: al SARA, a la policía, al juzgado-, soy yo yo la que tiene que dar la cara, la que tiene que faltar al trabajo para ir al juzgado, donde siento que me están juzgando a mí, cuando lo único que quiero es acabar con todo eso lo antes posible y rehacer mi vida sin miedo y paranoia”.

Bertha Valenzuela, de 40 años, de Porvenir, Ecuador, limpiadora del metro, ve la magia en todo: en las hojas de las plantas -de las que conoce orígenes y usos- en las piedras, incluso en las plumas de las palomas, que considera un signo de la protección de los ángeles. Las pequeñas cosas le alegran el día. En el pasado, explica, ella también tenía mucha rabia. Sobre todo por haber nacido pobre en una familia campesina de 11 hijos y huérfana de padre, donde la única que trabajaba era su madre. Ni zapatos propios tenía, todo lo heredaba de Herlinda, su hermana mayor.

Herlinda fue la única de la familia que entendió y apoyó las rupturas de Bertha para liberarse de las violencias que sufría: la del padre de una hija de 17 años y un hiijo de 19. La hermana también estuvo con ella cuando Bertha decidió separarse. En cambio, el resto de la familia, incluida su madre, la culpabilizaban a ella: “decían que algo debía de haber hecho yo para que él me pegara”.

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Luz, de 41 años, tampoco se sintió apoyada por la familia. Subdirectora de una tienda de óptica, madre de una niña de nueve años y de un niño de casi ocho, además de soportar años de violencias por parte de su ex, que era drogadicto, Luz tuvo que soportar que justificaran socialmente los abusos porque ella también consumía drogas. “Mi familia me hizo sentir que, por consumir, me merecía que él me pegara”, explica con la voz rota sentada en el salón de la que fue casa de su abuela materna.

Los expertos consultados subrayan que no hay una relación causa-efecto entre el consumo de tóxicos (o los trastornos mentales) y el ejercicio de la violencia: “Todavía hay una idea patológica de la violencia, de que no forma parte del sistema y por lo tanto serían una serie de personas individualmente las que tienen un problema: es la que llamamos la ‘teoría del monstruo’”, apunta Ginés, quien también es investigador en el grupo sobre drogas y violencias de género del Departamento de Salud de la Generalitat de Catalunya.

Pero la teoría del monstruo se desmiente fácilmente. “En realidad ese hombre ejerce violencia únicamente sobre su pareja, no sobre los compañeros de trabajo ni los amigos,es lo que definimos como especificidad de la violencia”, apunta el psicólogo Oriol Ginés.

En la casa de la abuela se crió Luz y allí ha decidido empezar su nueva vida desde que, este verano, ya recuperada de la adicción, se le devolviera la tutela de sus hijos tras tres años separada de ellos. Luz no quiere salir con su verdadero nombre porque todavía necesita explicar a sus hijos por qué su padre estuvo en la cárcel, y tampoco quiere que en su nuevo trabajo sepan de la adicción que tenía. “Yo no le denuncié aunque me daba cuenta de que me estaba maltratando. Yo lo quería y quería seguir con él, pero me iba a matar”, confiesa Luz.

Después de la denuncia fue muy duro, recuerda Luz: “Tardas dos años hasta que hay sentencia y, mientras, esa persona está en la calle, y lo único que tienes es un teléfono. Yo en esos dos años tuve dos intentos de homicidio”. Y remacha: “cuando denuncias es cuando empieza el calvario, por eso es vital que una mujer no esté sola en esos momentos”.

El ex de Luz tuvo tres sentencias. Una, de dos años de prisión por maltrato habitual, de los que solo cumplió seis meses por buena conducta. Las otras ya son firmes, pero aún las tiene que cumplir: una de 18 meses por dos quebrantamientos de la orden de alejamiento y otra de 10 meses por lesiones. “Ha pasado casi un año desde ambos juicios y él todavía está fuera. Y yo, mientras, con la Atenpro”, dice Luz con cansancio.

Aprender a respetarse

Igual que el resto de protagonistas de este reportaje, Luz encontró la fuerza para dar el primer paso para salir en sus ganas de vivir y de ser feliz. Así fue como antes ingresó voluntariamente en comunidad; de allí, gracias a un terapeuta que entendió que necesitaba otro tipo de acompañamiento, la derivaron al Espai Ariadna, iniciativa que presta atención integral a mujeres e hijos para abordar violencias de género (no solo en la pareja) y adicciones.

Para Bertha Valenzuela, quererse significó en primer lugar aprender a respetarse: “donde no hay amor y no hay respeto, lo único que tienes que hacer es alejarte”, dice con voz calmada mientras mira el paisaje que se ve desde el ventanal del piso-puente en el que ha estado viviendo el último año.

Un piso del que está a punto de salir para empezar una nueva vida en un pequeño apartamento de un barrio popular de Barcelona. Es la casa que tiene en copropiedad con el padre de sus hijos y cuyo uso y disfrute el Juzgado de Violencia sobre la Mujer número tres de Barcelona recientemente le ha atribuido a ella. Su ex pareja fue condenada, con procedimiento abreviado, por un delito de malos tratos en el ámbito familiar a la pena de 56 días de trabajos en beneficio de la comunidad y la prohibición de acercarse a menos de 1.000 metros de Bertha durante un año.

Cuando se empieza de nuevo existe el riesgo de recaer. La receta para evitarlo, o para que desde el principio no se tolere la violencia machista, según la psicóloga Marta Mariñas, “es ser muy respetuosa con las propias necesidades y emociones; si algo de lo que está haciendo el otro me molesta, poderlo expresar, y si la otra persona no lo acepta, retirarme”.

“Da igual lo que sea: no importa si es violencia verbal, ambiental, por ejemplo tirar objetos; hay una parte de responsabilidad en poner límites y detectar yo mis propias necesidades que me va a evitar muchos conflictos”, insiste Mariñas. O como lo ve Bertha, tras todo lo que ha vivido: “cuando estás a gusto, es que las cosas van bien”.

2017, el año de la supervivencia

El año 2017 será recordado, entre otras cuestiones, por los escándalos de acoso sexual producidos en la industria cinematográfica de Hollywood: El productor Harvey Weinstein (El Señor de los Anillos o Pulp Fiction), el director James Toback (Bugsy) o el actor Kevin Spacey (House of Cards) han sido algunos de los acusados de una larga lista. Numerosas actrices y actores se han pronunciado denunciando y uniéndose a una campaña titulada “No permaneceré en silencio” y, no casualmente, la revista Time ha nombrado personajes del año 2017 a las cinco actrices que han puesto rostro a esta lacra en el mundo del cine.

En España, la actriz y directora Leticia Dolera ha sido la primera en abrir una caja de pandora, que como en Estados Unidos, se espera termine por hacer justicia.

El año 2017 también deja en España un importante Pacto de Estado por la Violencia de Género. El Congreso de los Diputados aprobó el pasado mes de septiembre 213 medidas y un presupuesto de mil millones de euros (en cinco años) para atajar la violencia machista. Las medidas se articulan en ocho ejes que van desde la sensibilización y prevención, la asistencia, ayuda y protección de las víctimas y sus hijos, las modificaciones legislativas o el reconocimiento de otras formas de violencia de género como tal (violencia sexual, trata de mujeres, matrimonio forzado o la mutilación sexual femenina).

Un año en el que la violencia machista, la violencia de género, la violencia sexual, la violencia doméstica, la violencia de tantas maneras llamada, se hace más visible que nunca, señala y condena a los culpables y se pone del lado de las víctimas. Un año donde no se puede olvidar que hace más de una década Ana Bella dejó de ser víctima para convertirse en superviviente y catalizadora de este cambio que en 2017 toma protagonismo.

Una red particular de apoyo

Toni Ballabriga, director global de Negocio Responsable de BBVA

«Conocí a Ana Bella en el año 2011, durante su participación en el programa Momentum Project, hoy llamado BBVA Momentum. Ana Bella llevaba ya casi diez años apoyando a mujeres maltratadas para empoderarlas y ayudarlas a que rompieran su silencio y emprendieran una vida feliz y había decidido hacer crecer su empresa Catering Solidario para también dar a estas mujeres una oportunidad laboral que las dignifique.

De Ana Bella me quedo con su fuerza, su alegría de vivir y su sempiterna frase “no somos víctimas, somos supervivientes” haciendo referencia al hecho de que una mujer que ha sido maltratada y lo ha superado de forma positiva, es una mujer superviviente que ha adquirido habilidades como la resiliencia o la superación del fracaso, que realmente son muy útiles en un entorno laboral.

Enhorabuena, Ana. Tu ejemplo y tu tesón te hacen realmente merecedora de este reconocimiento».

Laia Mas, public affairs director de Danone

«Para Danone es un orgullo colaborar con Ana Bella en un proyecto especialmente querido por la casa, la Escuela Ana Bella. Trabajamos mano a mano con su Fundación desde 2011 cuando emprendimos juntos esta iniciativa de integración laboral para mujeres supervivientes de violencia de género. Ana Bella es una mujer increíble, con una fuerza interior y un espíritu transformador que ha servido de inspiración y ejemplo a muchas mujeres que se vieron inmersas en situaciones de violencia.

Nos da mucha satisfacción haber aportado nuestro granito de arena para ayudar a que la sociedad cambie su percepción de las mujeres que han sufrido violencia de género, de víctimas a supervivientes, dotadas de una extraordinaria capacidad de superación y un gran potencial, tanto personal como profesional».

Carmen Rodríguez, trabajadora y educadora social de F. Ana Bella

«La Fundación Ana Bella fue a mi universidad a dar una charla sobre testimonios positivos de la Red de Mujeres Supervivientes y ahí fue la primera vez que me cuestioné si yo había sufrido violencia de género; me vi reflejada… todas contaban mi historia.

Comencé a hacer prácticas en la Fundación y escuchando día tras día los testimonios de mujeres rompí mi silencio. Gracias a ellas yo me atreví a buscar ayuda. Porque no tenía nada de qué avergonzarme, las mujeres que rompen su silencio y dan su testimonio positivo ayudan a cambiar el mundo. Sientes que no estás sola y tienes esa necesidad de ayudar a mujeres que han pasado por la misma situación que tú…

Por ello, de Ana Bella admiro su capacidad de reinventarse, su fuerza incansable por perseguir sus sueños y su sensibilidad ante todas y cada una de las mujeres que atiende».

David Martín Díaz, codirector de Ashoka España

«En el año 2010, Ashoka se fijó en Ana Bella y la invitó a formar parte de la mayor red mundial de emprendedores y emprendedoras sociales. Nos fascinó su capacidad de superación y cómo ha conseguido poner al servicio de otras mujeres su aprendizaje personal. Pero también lo hizo el enfoque sistémico de su propuesta y los resultados tan tangibles que está teniendo en miles de mujeres de todo el mundo, desde ámbitos tan importantes como el acceso al empleo o el fortalecimiento de sus redes naturales de apoyo.

Gracias a Ana Bella hemos aprendido algo que no podemos desaprender después de entenderlo: las mujeres que sufren violencia machista no son víctimas, son supervivientes, y son un activo incalculable para construir una sociedad mejor».

Graci Prada, coordinadora del Programa Amiga de F. Ana Bella

«Gracias a los testimonios positivos y a la ayuda de Ana Bella, rompí mi silencio y decidí divorciarme. Para mí fue esencial porque conocerla me dio fuerza; no me sentía sola sino todo lo contrario, me sentí muy apoyada y muy arropada. Cuando la vi tan humana, tan cercana, tan cariñosa, dándote todo… gracias a ella, gracias a la Fundación, conseguí romper el silencio. Ha sido un ejemplo a seguir.

Cuando tomé conciencia que estaba siendo maltratada, que nadie lo sabía, que yo tampoco sabía qué iba a hacer con mi vida, que me sentía tan mal… y vi lo que estaba haciendo Ana Bella fue mi vía de escape, mi salida, parte de mi salvación, porque ahí ya no estaba sola… tenía una gran familia. Ana Bella ha sido mi mano amiga, mi gran apoyo».

Teléfono 016 – Por una sociedad libre de violencia de género

Fue un día del padre, por irónico que parezca. Encerró a sus tres hijos y su mujer en casa. Intentó estrangularla en el baño. Un bocado en el brazo lo redujo durante un momento y ella logró salvar la vida. Pero la siguió hasta la ventana de la cocina, desde donde pedía auxilio desesperada. Tirándole del pelo la arrastró hasta el suelo y delante de los pequeños, a los que quiso sentar en el sofá para que lo presenciaran, la amenazó poniéndole un cuchillo en el vientre. Llegó la Policía –habían recibido 11 llamadas de los vecinos– e impidió la tragedia. “Ocurrió en media hora, pero en ese tiempo a mí se me desmoronó toda la vida”, relata Silvia. Como ella, miles de mujeres siguen viviendo verdaderos infiernos hasta que son capaces y se sienten con los apoyos suficientes para decir basta.

A la pareja de Silvia se lo llevaron detenido y ella se quedó con tres hijos y diez euros en el bolsillo. Nunca había tenido acceso al dinero, a las cuentas bancarias. En el juicio, como él presentaba las lesiones del bocado, fue ella la que tuvo que pagar una multa de 80 euros. Él, un controlador compulsivo, se llevó el móvil de ella al calabozo y nunca más se lo devolvió. Tampoco las llaves de la casa. Aunque ambos tienen una orden de alejamiento del otro, él la persiguió en tres ocasiones, una de ellas “me siguió con la furgoneta para atropellarme y un hombre mayor que pasaba por la calle se puso en medio, me salvó”.

«Me siguió con la furgoneta para atropellarme y un hombre mayor que pasaba por la calle se puso en medio y me salvó»

Ese último incumplimiento de la orden de alejamiento lo llevó tres días al calabozo. Parece que esa privación de libertad le hizo reaccionar y no ha vuelto a acercarse. Ahora Silvia recupera su normalidad en un hogar sin gritos, sin objetos arrojados al suelo, sin sobresaltos. Pero, aunque es una mujer fuerte, necesitó mucho calor de su familia y amigos y horas de intervención psicológica en el programa de CaixaProinfancia que realizan en la asociación Arrabal.

“La psicóloga ya me decía antes de las agresiones físicas que mi marido no hacía cosas normales, que no era lógico que me revisara el móvil todas las noches, que me persiguiera y me llamara cada 10 minutos”, recuerda Silvia. Ella lo disculpaba, creía que sus celos eran algo incontrolable, y le permitía que le mirara sus contactos, que recuperara cada whatsapp borrado, que escuchara sus audios. También grababa las conversaciones con sus amigas buscando en los silencios señales ocultas de los múltiples engaños que le imaginaba a su mujer.

“Para evitar problemas y como no tenía nada que ocultar le permitía ese control pero cuando ya no lo hice se fue volviendo cada vez más agresivo hasta aquel día”, relata Silvia, que nunca ha acudido a una cena de empresa, a una salida con las amigas, por temor a la posterior bronca en casa. Y si con ella se ponía violento, también lo hacía con sus hijos. Y eso Silvia no lo podía permitir.

«Se me ponía un nudo en el estómago cada vez que tenía que entrar en casa, siempre traía algún problema para discutir»

“Se me ponía un nudo en el estómago cada vez que tenía que entrar en casa, porque no sabía por dónde iba a salir, algún problema traía para discutir, y los niños cuando él llegaba se iban a su habitación”, cuenta. Pero dijo basta, denunció y, aunque la jueza le dijo “que no cumplía el perfil de maltratada, porque se me veía una mujer luchadora”, encontró una salida laboral gracias a la ayuda del Instituto Andaluz de la Mujer y ahora puede decir que ha normalizado su situación.

Sara (nombre ficticio) aún está en proceso. También es fuerte pero sigue viendo a su agresor y éste solicitándole constantemente que vuelva a su lado. “Viene llorando, me dice que ha cambiado, pero esto lo he escuchado miles de veces”, asegura. Y sabe perfectamente que es mentira. Pero no es fácil romper con un marido cuando, además de todo, hay tres hijos en común, de 8, 6 y 5 años. Ellos son su principal arma para chantajearla e intentar restaurar una relación por la que, realmente, no siente ningún respeto.

Sus problemas se remontan a 2006, cuando él la trajo a España desde Marruecos con dos hijas de otro matrimonio. “Muchas veces, cuando se iba de casa, nos dejaba encerradas con llave y no podíamos salir hasta que no llegara del trabajo”, relata Sara. Los empujones, los insultos y también los golpes eran constantes. Un día la pelea fue más fuerte de lo habitual y terminó con el cuerpo amoratado. Se asustó, cogió su ropa y se marchó sola a Madrid. Desde allí presentó la primera denuncia. Luego se trasladó a Barcelona y encontró trabajo allí. Pero hasta la otra punta del país la siguió para pedirle que volviera a su lado. “Parecía que había cambiado un poco a mejor, me volví a Málaga y tuvimos hijos, pero nunca se cambia realmente”, considera.

«Muchas veces, cuando se iba de casa, nos dejaba encerradas con llave y no podíamos salir hasta que no llegara del trabajo»

Los enfados y el maltrato se recrudecieron tras la llegada del primer niño. Y cuando ella le dijo que como siguiera golpeándola lo iba a denunciar nuevamente, cambió de táctica. Ahora la agresión se la llevaba a la cama. “Me agarraba del pelo, me sujetaba los brazos detrás del cuerpo y me forzaba sexualmente”, relata. Cuando no pudo soportar más vejaciones llamó a la Guardia Civil y puso su segunda denuncia. A él lo metieron en el calabozo y le impusieron una orden de alejamiento y ella cogió a sus hijos y se marchó para intentar empezar de nuevo lejos de él.

Sara no tiene un trabajo estable y vive, en su mayoría, de las ayudas que consigue en entidades y asociaciones. En su actual residencia está de okupa. Los niños comen en el comedor del colegio, Málaga Acoge les ayuda en el refuerzo escolar por las tardes y Arrabal y otras entidades como el Instituto Andaluz de la Mujer le ofrecen ayuda psicológica. “Soy fuerte, me fui sin dinero y sin nada, sola con mis hijos, para buscarme la vida, pero en esta situación se sufre mucho”, afirma y asegura que él “antes de hablar pega”. Siempre vigilada, siempre controlada, sin libertad ni para llamar a su familia, ni para hablar con conocidos. Así vivió hasta la separación definitiva, hace un par de años. “Yo lo que quiero es vivir tranquila, sacar a mi familia de una situación mala y no tener más problemas”, demanda.

«Yo lo que quiero es vivir tranquila, sacar a mi familia de una situación tan mala y no tener más problemas»

Pero para poder salir de infierno los esfuerzos que han de hacerse no son pequeños. “Es muy difícil dar este paso, siempre dudan de ti cuando pones una denuncia, te metes en los tribunales, un mundo que no conoces, que no controlas, no sabes lo que te puede pasar y se viven situaciones muy difíciles que dependen mucho de la jueza que te toque”, dice Silvia. Ella, por ejemplo, perdió un trabajo como limpiadora en una casa porque él la siguió y a la empleadora le dio miedo de que pudiese hacerle daño a las dos.

«Es muy difícil dar este paso, siempre dudan de ti cuando pones una denuncia, te metes es un mundo que no conoces»

Si el apoyo psicológico es fundamental para seguir adelante, el laboral es también imprescindible. Pero antes de poder reconstruir, lo más importante es salir del hoyo. Según los datos del Consejo General del Poder Judicial de enero a junio de este año se han puesto en Málaga 4.241 denuncias por violencia de género, lo que supone 23 diarias. Pero esto supone la punta del iceberg. De las 44 mujeres asesinadas en 2018 en España, tan sólo tres habían denunciado a sus agresores. Entidades como Cruz Roja tienen a disposición de las víctimas el servicio telefónico de atención y protección del que actualmente más de 13.100 mujeres son usuarias activas en toda España, 602 concretamente en la provincia de Málaga.

Olivia Roca es una de esas mujeres que no tienen pinta de haber sido maltratadas. O eso le han dicho muchas veces. Porque una señora con estudios superiores, buen porte y las cosas claras “no puede ser tan tonta” de aguantar durante más de una década los insultos, vejaciones, humillaciones y golpes de su marido. Olivia, que en realidad prefiere mantenerse en el anonimato bajo este pseudónimo, ha decidido que es el momento de contar su historia derribando los mitos que aún rodean a la violencia de género y reivindicando la necesidad de dar soluciones reales a un problema que nos afecta a todos. Recientemente ha publicado, con la ayuda de la comunidad digital, Ponte en mi lugar, la decisión de una mujer maltrada* (Libros.com), un testimonio en el que narra cómo una relación modélica a ojos de los demás convirtió su vida en un infierno. Un necesario relato en primera persona sobre el largo camino al que se enfrentan las mujeres maltratadas a todos los niveles: social, legal y personal. Entrevistamos en exclusiva a la autora.

¿Por qué decidiste escribir el libro?

Un día escuché cómo mis compañeras de trabajo, mujeres formadas a las que considero inteligentes, hacían un comentario despectivo acerca de una mujer que había sido asesinada a manos de su marido. Comentaban que cómo era posible que una señora que había ejercido varios cargos de responsabilidad pública consintiera una relación de ese tipo. No estaban sorprendidas por la noticia, únicamente hacían una crítica destructiva contra la mujer, como si fuera su culpa morir apuñalada. En ese momento no me pude contener. Me estaban doliendo mucho sus palabras y decidí levantarme de mi sitio. “¿De qué estáis hablando?, les pregunté. ¿Qué idea tenéis de una mujer maltratada?, ¿pensáis que es débil, fea o que vive en un cuchitril?, ¿creéis que yo, por ejemplo, por mi forma de ser o de vestir, he podido tener una relación de maltrato?”. Por supuesto me contestaron que no. «Pues sí», les dije. Fue en ese momento cuando decidí que había que hacer algo. Porque si nosotras, que somos mujeres que podemos romper porque hemos tenido la gran suerte de tener formación y podemos hacer cosas interesantes a nivel social no las hacemos, ¿qué va a pasar con las mujeres que están atadas de pies y manos?

¿Por qué crees que la sociedad asocia el maltrato a un estereotipo de mujer concreto?

Hace muchos años, cuando yo aún no quería ver que estaba siendo maltratada, escuché una frase en televisión que siempre recuerdo: “Todo depende del grosor de las paredes”. Siempre ha habido casos de maltratos en familias importantes pero es más difícil que trascienda o se perciba. Por eso muchas veces se identifica a la víctima con una mujer de clase social baja o con pocos recursos económicos. Por eso muchos han puesto en duda a lo largo de este tiempo que yo, con mi aspecto y mi trabajo, pudiera ser una mujer maltratada.

¿Qué crees que diferencia tu experiencia de otros libros que registran vivencias similares?

Habrá muchos puntos en común con las historias de otras mujeres maltratadas porque todas pasamos por fases parecidas (no querer verlo al principio, disfrazarlo…). Mi intención en el libro es poner hincapié en que esto es cosa de todos. Y no es una frase hecha. Hay que romper tópicos tanto de la víctima como de la persona que infringe el maltrato y mostrar la soledad a la que te enfrentas cuando tomas medidas legales contra lo que estás viviendo. Crees que va a ser fácil y rápido pero el sistema es lento y no funciona. Tienes protección, te vigilan y actúan en caso de que él haga algo pero, ¿por qué no le vigilan a él? Yo no he hecho nada. De todo esto hablo en el libro para que todas las mujeres que estén en la situación sepan a lo que van a enfrentarse pero, sobre todo, para que den el paso.

¿Por qué has decidido escribirlo desde el anonimato, bajo un pseudónimo?

Quiero mantener una vida tranquila, pasar desapercibida y no hacer de esto una feria. He elegido contarlo a través de un pseudónimo porque necesito hacerlo. Desde un punto de vista egoísta me está sirviendo sacarlo fuera y hasta me siento liberada cuando me levanto por las mañanas. Y también lo considero importante porque hay muchas chicas jóvenes que tienen relaciones muy desiguales. Basta con entrar en un centro comercial para ver cómo muchos novios les dicen a sus parejas que se quiten esa falda, “que les sienta mal y les hace paticortas”. Y ya vale.

En tu relación, ¿cuál fue el punto de inflexión que te hizo abrir los ojos?

Una bofetada muy fuerte que me dio delante de mis dos hijos. Eso me hizo darme cuenta pero no llegué a decir “hasta aquí”. Raras veces se es capaz de decir “se acabó” con determinación salvo que acabes en el hospital. Ese no es mi caso. Nunca tuve heridas tan desgraciadas como otras mujeres pero sí fui víctima de patadas, bofetadas, insultos, vejaciones… El dolor físico se queda ahí pero me volví una mujer torpe, acomplejada, que tenía la sensación de que la gente notaba lo que estaba pasando. Después de recibir la primera bofetada y de ver los ojos de mis hijos observando lo que había sucedido me dio miedo que ellos fueran los siguientes. Lo hice por ellos.

¿Cuánto tiempo transcurrió desde que comenzó a aislarte y dominarte hasta que fuiste consciente de lo que estaba pasando?

En realidad fue desde que empecé a salir con él. De hecho tenía amigas que intentaban avisarme pero yo no lo veía. A veces ejercía un papel casi paternal, de protección y eso lleva implícito el control. Tu llegas a pensar que es bueno, que te ama mucho y por eso se preocupa tanto. Luego todo se deforma. Pero es sutil, gradual.

Una vez que decides dar el paso y denunciar, ¿te sentiste más preocupada o juzgada por tu entorno, por la sociedad, por la justicia o por ti misma?

Por parte de mis amigos y de mi entorno laboral tuve muchísimo apoyo y se alegraron de que diera el paso. Mi familia, sin embargo, no me respaldó como me hubiera gustado. Socialmente, creo que si oímos algo al otro lado de la pared deberíamos actuar.

¿Tiene consecuencias en tu vida actual la situación que has vivido?

No he vuelto a tener pareja ni quiero tenerla. Me he cerrado. Totalmente. Vas atravesando distintas fases: asumir, liberarte, recuperarte como eres e incluso perdonar. En mi caso llegué a decirle a mi expareja: “Te perdono”. Y él me contestó: “Gracias”. Pero no llegas a olvidar porque ellos además buscan cómo llegar a ti, sobre todo, si tienes hijos. Son muy hábiles.

Así es la portada de ‘Ponte en mi lugar’. Foto: Libros.com

¿Cómo se puede reconocer a un hombre autoritario? ¿Qué comportamientos ‘normales’ son en realidad pistas para ponernos sobre aviso?

Hay una cosa muy reveladora, cuando él quiere saber todo de ti y de tus amigas o trata de que en lugar de quedar con ellas te vayas con él. El siguiente paso suele ser empezar a criticar a tu familia y argumentar que “el mundo entero os tiene envidia por lo felices que sois”. Por eso te pide que dejes de invitar a la gente o de quedar con ellos. El aislamiento es lo más detectable, la base para el control. Posiblemente la situación conlleve que te enfades con tu mejor amiga, con tu hermana o con tu madre. Te quedas sola y piensas que dependes de él. Pero no es así.

¿Qué tiene que saber una mujer antes de dar el paso de denunciar? ¿A qué se va a enfrentar?

No tienen que tener miedo porque la situación siempre va a ir a mejor. A peor es imposible. También creo que es importante contar con el apoyo del entorno más cercano. Si viven lejos de sus familias que vayan a verlos y les cuenten todo desde el minuto uno. Además deben perder el miedo a ser juzgadas porque su conducta no es la anormal, ellas son las víctimas. Y, por último, que se asesoren muy bien. Que sepan sus derechos y no se dejen arrastrar por chantajes emocionales porque eso es lo primero que va a hacer: prometerte que cambiarán y que van a convertirse en una persona nueva. Muchas veces esto provoca que se de un paso hacia delante y dos hacia atrás. Que se retiren denuncias. Que se tengan órdenes de alejamiento y las víctimas les dejen entrar en casa. Pero no se las puede juzgar. Muchas de ellas dependen de ellos económicamente y si tienen hijos en común la cosa se complica todavía más.

En tu caso, ¿qué ha sido lo peor o lo más duro del proceso legal?

Mi proceso duró casi 12 años. Por eso quiero reivindicar que debe ser rápido. Rápido. Rápido. Hay que agilizarlo para que la mujer pueda rehacer su vida. En mi caso no ha sido fácil porque un proceso tan largo conlleva cambios de abogados, entre otras cosas. Lo más difícil es aguantar sin terminar loca. Pero arruinada sí acabas. Pero de todo se sale y el dinero es lo menos importante. Doy gracias de no haber enfermado como les pasa a muchas.

¿Qué tiene que cambiar desde el punto de vista institucional cuando una mujer denuncia?

Creo que debe haber más delicadeza, más profesionalidad. Hay jueces maravillosos pero hay otros para los que solo eres una más. O policías que ni te escuchan ni anotan lo que les dices. Yo en una ocasión me fui sin poner la denuncia gracias a una jueza de un juzgado de guardia que me mandó a casa a ver si se me pasaba. También hace falta mayor comunicación y que se deje de creer que influenciamos a nuestros hijos para que estén en contra de sus padres. Habrá algún caso así pero lo que todas las madres queremos es que estén bien y tengan una vida equilibrada.

¿Qué crees que se puede hacer desde el punto de vista político? ¿Qué opinas de la marcha del pasado 7 de noviembre en la que se pedía que las agresiones contra las mujeres sean consideradas cuestión de Estado?

Para mi las campañas y las manifestaciones son abstractas. Quedan bien y sirven para visibilizar sí, pero luego toca poner los pies en el suelo y entrar en la casa en la que vive esa mujer y saber lo que pasa. Creo que lo importante es que se busque la excelencia de las personas que trabajan en estos ámbitos, que quien haga ese trabajo sea porque le gusta y tenga experiencia. Hace falta un compromiso formal porque las asociaciones de mujeres están saturadas.

A nivel educativo, ¿cómo se podría evitar que esto siga ocurriendo en el futuro?

En los patios de los colegios muchas veces se repiten los mismos esquemas que hace 50 años: ellos juegan al balón como locos y ellas están hablando sentadas. Es necesario cuidar detalles como el lenguaje, los juguetes que se regalan a los niños, la publicidad o el “cuidado no te manches el vestido que eres una señorita”. Del mismo modo, hay que acabar con la concepción idealizada del amor que transmitimos principalmente a las chicas.

Las mujeres maltratadas sufren una doble victimización. Por un lado soportan la agresión y por otro son menospreciadas por su entorno por seguir al lado de su maltratador (recordemos las críticas hacia la mujer del jugador de la NFL). ¿Qué tiene que cambiar para que se deje de culpar a las mujeres maltratadas por ‘aguantar’ al lado de su marido?

Una vez me dijo un médico forense que el maltrato es como un hilo fino con el que te atan y luego van estirando, aflojando… Para ellos es como un juego pero a ti te llega a anular. Es más fácil juzgarnos a nosotras porque somos más visibles. Pero no se puede hacer. Esta chica, por ejemplo, se casaría con él porque le prometería el cielo o algo así. No sabemos lo que pasa por su cabeza. Hay que estar ahí, con quien lo sufre, pero sin juzgar.

¿Qué le dirías a una mujer que te esté leyendo y se esté sintiendo identificada contigo, que esté siendo maltratada por su pareja psicológica o físicamente?

Le aconsejo que analice su vida como si no fuera ella, desde fuera, como si lo que está viviendo le pasase a una amiga suya. Que reflexione sobre lo que vive como si estuviera mirando un cuadro en la lejanía y que sea sincera con la realidad. Una vez que haya aceptado que algo falla, que eso no es amor, creo que es bueno que busque alguien con quien tenga confianza para que la vea llorar, enfadarse o estar hecha una porquería. A partir de ahí que busque asesoramiento. Que pregunten, pregunten y pregunten. Hay asociaciones, como la de Clara Campoamor, que te orientan desde el primer momento. Y también les diría que nunca se sientan culpables por poner la primera denuncia. Porque una vez que das el salto siempre hay algo debajo, siempre caes en una red.

* Ponte en mi lugar, la decisión de una mujer maltratada está a la venta en Libros.com en formato papel y e-book.

Flavia Limone Reina

Psicóloga Social

Sexóloga/Terapeuta de pareja

Inventario de preguntas para reconocer situaciones de violencia machista contra las mujeres

Este inventario de preguntas, pretende ofrecer a [email protected] profesionales [email protected] una idea global de cómo se manifiesta la violencia machista contra las mujeres y orientar las preguntas para su detección. Si bien está especialmente pensado para las situaciones en que las mujeres son maltratadas por sus parejas, puede también aplicarse a otras relaciones violentas al interior de la familia o en relaciones ya finalizadas (aunque para esto habría que considerar otras variantes).

Es importante tener muy claro que la mujer maltratada NO ES MASOQUISTA ni desea continuar en la relación agresiva. Debe considerarse la dependencia afectiva, económica y legal así como las posibilidades reales y contextuales de enfrentar la situación con el mínimo riesgo posible para ella y las personas que estima.

La autoestima de la mujer maltratada está dañada por la relación (si es que no lo estaba ya antes, lo cual es una posibilidad y no una certeza). Sus sentimientos hacia su pareja se mueven, entre la admiración por la fortaleza (física, psicológica, económica, etc.) que le atribuye a él en comparación consigo misma y el dolor, la rabia (contra él y contra ella misma), el miedo y la impotencia.

Dada la socialización patriarcal que pone en las mujeres la necesidad y responsabilidad de la mantención de las redes familiares y la dinámica relacional que la culpabiliza, ella suele sentirse responsable del maltrato. Lo vive como un fracaso personal y tiende a justificar las conductas de su pareja (ya sea por experiencias infantiles que él vivió, las dificultades socioeconómicas, sus adicciones si las tiene o cualquier otra causa). Por tanto, la primera medida necesaria es la toma de conciencia de que está siendo maltratada y que, si bien ella es responsable de cuidar de sí y salir de esta forma de relación, NO ES CULPABLE del maltrato que ha vivido.

Es de vital importancia, hacer sentir en todo momento que ella NO ES UNA VÍCTIMA SINO UNA SUPERVIVIENTE. Destacar en sus propios relatos las estrategias de cuidado de sí (y de quienes quiere) que ella ya ha puesto en juego y valorarlas, aún cuando, en adelante, estas deban modificarse si es que perpetúan la conducta del agresor.

Maltrato psicológico orientado a la dependencia emocional

    • ¿La insulta, le grita, la menosprecia, hace comentarios racistas, sexistas u homófobos sobre ella, su familia de origen o de modo genérico para que se sienta ofendida?
    • ¿Constantemente la critica o la menosprecia a ella y a su capacidad como esposa, pareja, trabajadora o madre?
    • ¿Se comporta de una manera muy protectora o se vuelve extremadamente celoso?
    • ¿Cuestiona su salud mental llamándola “loca”, “exagerada”, etc.?
    • ¿Le pone trabas para que vea a sus familiares o amistades, o habla mal de su familia y amistades?
    • ¿Le impide ir donde quiera, cuando quiera y con quien quiera?
    • ¿La humilla o avergüenza frente a otras personas?
    • ¿Cuestiona su apariencia física diciéndole que es fea o poco atractiva?
    • ¿Le asegura que nadie más la amará?
    • ¿Le repite que ella no sería nada de no ser por él?

Maltrato psicológico orientado a la dependencia económica

    • ¿Le niega el acceso a los bienes de la familia, como las cuentas bancarias, las tarjetas de crédito o el automóvil?
    • ¿Le impide abrir una cuenta bancaria personal?
    • ¿Controla todas las finanzas, le obliga a rendir cuentas de lo que gasta, o toma o pide su dinero por la fuerza o con excusas?
    • ¿Le impide obtener o mantener un trabajo o estudiar?
    • ¿Le limita el acceso a la atención médica?

Chantaje emocional orientado al control psicológico

    • ¿La amenaza con suicidarse?
    • ¿La culpabiliza de enfrentar a [email protected] niñ@s con escenas de peleas y violencia?
    • ¿Le dice que la ama y que por eso pierde el control?
    • ¿La acusa de no darle suficiente atención, amor o sexo y con eso justifica sus conductas agresivas?
    • ¿Deja de hablarle o de relacionarse afectiva/sexualmente con ella para castigarla?
    • ¿La amenaza con abandonarla o buscar una amante?

Maltrato psicológico por amenazas orientado a producir terror

    • ¿La amenaza con denunciarla a las autoridades (la policía, los tribunales, o los servicios de protección infantil) por algo que ella no hizo?
    • ¿Amenaza con hacerle daño o quitarle [email protected] niñ@s?
    • ¿Amenaza con dañar a sus familiares, amistades o, incluso, animales domésticos?
    • ¿La atemoriza por medio de miradas, actos o gestos?
    • ¿Exhibe armas para atemorizarla, o directamente la amenaza con armas?
    • ¿Emplea el enfado o el «mal genio» –o el anuncio de que se enojará y de que ella ya sabe lo que ocurre- para lograr que ella haga lo que él quiere?
    • ¿La amenaza con revelar detalles de su vida íntima a sus amigos, familiares o empleador/a?
    • ¿La amenaza con denunciarla como inmigrante ilegal si es el caso?
    • ¿La amenaza con hacerla encerrar en un hospital psiquiátrico?
    • ¿Le dice que no será capaz de sobrevivir ella (ni [email protected] [email protected]) si le abandona y que si lo hace no la dejará en paz?

Violencia sexual

    • ¿La presiona u obliga a tener relaciones sexuales cuando ella no quiere?
    • ¿La presiona u obliga para realizar actos sexuales que ella no desea y la hacen sentir humillada?
    • ¿La presiona u obliga a tener actividad sexual con otras personas, animales u objetos o a ser observada?
    • ¿La obliga a continuar el acto sexual hasta que ella tenga un orgasmo o lo finja aún cuando ella diga que ya no quiere continuar?
    • ¿Le impide alcanzar el orgasmo?
    • ¿La insulta si ella toma la iniciativa para una relación sexual?
    • ¿La acusa de tener amantes y la insulta si ella introduce una variación en la actividad sexual habitual?
    • ¿Le impide o prohíbe el uso de métodos anticonceptivos?

Maltrato o violencia física

    • ¿Destruye propiedad personal o arroja cosas por todas partes?
    • ¿Golpea o lanza cosas contra ella e, intencionadamente, no acierta para asustarla?
    • ¿La agarra, empuja, pega, golpea, abofetea, le da patadas, intenta estrangularla, o la muerde?
    • ¿Le impide tomar medicinas o conseguir atención médica?
    • ¿Le niega el acceso a la comida, a la bebida o le impide dormir?

El orden que se ha dado a los ítems intenta reflejar la escalada de la violencia. Sin embargo, no siempre se da de esta manera. Se ha decidido, a pesar de ello, darle esta estructura por cuanto permite entender que las primeras cuestiones resulten tan difíciles de reconocer aunque la/s última/s parezcan más evidentes.

ESTE INVENTARIO DE PREGUNTAS NO DEBE UTILIZARSE COMO CUESTIONARIO A RESPONDER POR LAS MUJERES EN LAS PRIMERAS ATENCIONES. SERÁ RESPONDIDO POR QUIÉN LAS ATIENDA DE ACUERDO A SUS RELATOS Y NO HACIENDO LA SERIE DE PREGUNTAS DE MANERA DIRECTA. Es posible hacer algunas preguntas intercaladas en sus relatos para aclarar ciertos puntos, pero ha de considerarse que, en los primeros momentos, muchas veces se sentirían poco o mal escuchadas si, en lugar de dejarles hacer su narración personal de lo vivido, se les hace una serie de preguntas pre-formuladas.

Testimonios de mujeres supervivientes de violencia de género

En España, la violencia de género es una de las realidades sociales más duras. A pesar de todos los avances en la lucha por la igualdad de género, especialmente en el ámbito laboral y económico, los casos de abusos y malos tratos, psicológicos, verbales y físicos, de muchos hombres hacia sus parejas o exparejas sigue siendo muy elevado. Pero los casos que llegan a nuestros oídos no son más que «la punta del iceberg», tal y como explican desde la asociación Mujeres Unidas contra el Maltrato (MUM). Y es que son muchas las mujeres que experimentan cada día la violencia desde otras perspectivas.
Hemos hablado con la Presidenta de la asociación MUM, quien nos ha puesto en contacto con algunas mujeres que han sido víctimas de malos tratos y que hoy son dueñas de sus vidas. Sus testimonios son todo un ejemplo de fuerza, voluntad y valentía y la prueba feaciente de que salir de estas situaciones es difícil pero, sin duda, se puede.

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Todas ellas han coincidido en que en estos casos las ataduras emocionales son increíblemente poderosas, capaces de vendar los ojos hasta a la mujer más fuerte. Además, todas consideran que la independencia y solvencia económica, así como la estabilidad laboral son fundamentales para poder dar el gran paso del abandono.

Marisa Fernández, «una mujer nueva»

Marisa se considera una mujer fuerte y con personalidad y ha sido víctima de malos tratos durante más de una década. Hoy, es una mujer «feliz». De su relación asegura que «al principio era muy intensa porque los dos éramos muy pasionales, nos lo pasábamos muy bien y nos queríamos mucho». Con el tiempo todo fue cambiando y las cosas empezaron a ir de mal en peor. «Fue transformándose, pero me mantenía enganchada y absorbida, quizá por el recuerdo de aquellos primeros años». Pese a todo, reconoce que no era consciente de que estaba siendo víctima de malos tratos psicológicos. «Relativicé sus ataques de celos, su agresividad… Y ‘justificaba’ con cualquier argumento sus desprecios, sus ataques verbales, sus faltas de respeto… Lo que hoy llamo sus castigos emocionales».

Cuando empezaron los desprecios y los malos tratos psicológicos empecé a ir a una psicóloga, pero no porque me sintiera maltratada, entonces no me daba cuenta, sino porque me sentía vacía, triste, sola… Tras años de tratamiento y de leer mucho sobre autoayuda, empecé a identificarme con lo que leía, veía o escuchaba en los medios sobre violencia de género y me reconocí como una víctima de maltrato». Un día, «me empujó y me tiró al suelo mientras me tachaba de incompetente y profería otros insultos». En ese momento, sus sospechas quedaron definitivamente confirmadas.Marisa asegura que, independientemente de lo que piensen los que lo ven desde fuera, «en mi opinión y por mi experiencia, cuando no hay agresiones físicas es muy difícil reconocer el maltrato, pero existe». Pese a todo lo vivido, «soy una mujer muy alegre, serena y equilibrada. Una mujer nueva, totalmente distinta a aquella que fui. He recuperado mi dignidad y mi autoestima y se me ha olvidado lo que es llorar. Ahora, mi vida es mía». Y lo más importante para Marisa es que «mi hija está contenta, feliz y muy cerca de mí. Dice que le gusta mucho la madre que tiene ahora, más que la de hace dos años. Y es que si tú no estás bien contigo misma, nada a tu alrededor funciona bien».

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María, «esos 4 años fueron como 40»

María ha sido víctima de violencia doméstica durante 4 años aunque, según sus propias palabras, «es como si hubiesen sido 40». En su caso, los dos eran mayores y tenían niños de parejas anteriores, por lo que enseguida decidieron comprarse una casa juntos. «Tenía sus cosillas, pero como siempre que empiezas a conocer a alguien». El problema llegó cuando comenzaron todas las discusiones y las agresiones verbales y físicas. «No eres consciente de nada. Un día, de pronto, te ves con un cuchillo en la mano porque él ha cogido otro… Yo estaba en una burbuja incapaz de reaccionar». Un día, su cuerpo y su mente dijeron basta.

Nuestra última pelea, que fue bastante grave, hizo que me decidiera a marcharme. Fui al hospital, denuncié los golpes y tuve un juicio rápido en el que impusieron una orden de alejamiento». Sin embargo, la ley no fue suficiente. Él se saltó varias veces la orden y aún así le redujeron el tiempo de tres años a uno.María se fue a vivir a casa de una conocida de su pueblo, que la acogió con los brazos abiertos y la ayudó en todo lo que pudo. «Era chilena y había pasado por algo similar en su país. Ella se dio cuenta de lo que me estaba pasando antes que nadie». Entre las cosas más difíciles a la hora de salir, está el decírselo a la familia. «Es muy duro… No siempre te creen». Es el caso de su hermano mayor, quien no la creyó cuando confesó haber sido víctima de malos tratos. Otro de los traspiés con los que María se encontró por el camino fue la parte económica. Ambos tenían una cuenta conjunta pero cuando decidió separarse, «tardaron un año en separarnos las cuentas y él me robo lo poco que había ahorrado». Y es que «el tema económico es muy importante a la hora de salir de ahí», incide.

Ahora reconoce que le ha cambiado el carácter, es algo más susceptible. Además, «no me siento bien en sitios donde hay mucha gente o cuando alguien grita, incluso aunque no sea a mí… Y no soporto discutir». Pese a todo, su mensaje es esperanzador: «es muy difícil salir y seguir adelante. Hay que tener claro que lleva tiempo, pero que merece la pena».

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Carmen, «no somos víctimas sino supervivientes»

Cuando su hija pequeña tenía 4 años y el mayor 12 se fue a vivir con otro hombre. Estuvo 11 años con él. A lo largo de ese tiempo llegó a abandonarle hasta siete veces por cuestiones de violencia de género. Sin embargo, no logró romper lazos definitivamente y seguir adelante hasta hace 5 años. Hoy, lejos de todo aquello, a Carmen le gusta recordar que: «No somos víctimas, sino supervivientes».

Cuando empecé con él teníamos una relación normal. Es cierto que era un poco celoso, pero poco a poco el celo fue in crescendo hasta llegar al ‘no te pongas esa falda o ese top’, y fue cerrando progresivamente nuestro círculo de amigos».

Carmen es consciente de que tardó demasiado tiempo en salir definitivamente, pero explica que «hay una dependencia emocional enorme». Además, «inconscientemente te culpabilizas y poco a poco llega el miedo». Se refiere, por un lado, al miedo a lo que él será capaz de hacer si le abandona, pero no sólo a ese: «Desde dentro tenemos miedo a que no nos crean, a que no nos entiendan». Cada mujer tiene su punto de inflexión en un lugar diferente. Para Carmen, fue Lucía: «Mi hija tuvo varias depresiones e inicios de anorexia… Y esa fue la gota que colmó el vaso. Un día, tras una pelea, cogí unas bolsas de basura con algo de ropa y me fui con ella». Una niña que, a pesar de haber pasado su infancia en convivencia con los malos tratos, hoy es toda una mujer.

«Que traten así a tu madre no te gusta, pero cuando eres niño crees que lo que ves en casa es normal». Pese a todo, Lucía sabía que algo no iba bien pero tardó mucho tiempo en ser verdaderamente consciente de cuál era la situación. «Tuve varias depresiones y empecé con algo de anorexia. Mi cuerpo necesitaba llamar la atención, que alguien lo escuchara, pero yo no lo sabía».

a los 2 años reconoce que «me empecé a dar cuenta de lo que estaba pasando en el momento en el que simplemente quería estar en cualquier sitio menos en mi casa». Hasta el punto en que sus estancias en los campamentos de verano se convirtieron en el momento más feliz del año. «Socialmente no sabía desenvolverme porque siempre estaba encerrada en casa». Por eso, una vez que se fueron, el cambio para Lucía fue enorme. «Pasé de no poder expresarme con libertad ni salir de casa a poder quedar con mis amigos».
Si bien las cosas han mejorado desde entonces, sigue yendo a terapia y confiesa que «he sufrido más desde que salí de allí, porque he empezado a razonarlo todo y a ser plenamente consciente de lo que sufrí». Pese a todo lo vivido, mantiene desde hace años una relación de pareja sana, estable y asegura: «En cuanto veo algo que no me gusta, lo digo. Desde luego, tengo muy claro que a mí no me va a pasar».

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